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No quería abandonar tan pronto a mi padre

3 Oct

Vuela vuela. Foto en flickr de Jorge Morrell. Algunos derechos reservados.

 2005 es el año fatídico. El año en que detectan al padre una enfermedad mortal: lo peor no avisa pero tampoco engaña. Cuando se presenta, intentamos no verlo, pero en el fondo sabemos que ha llegado, que está ahí, y que todo lo que hagamos para zafarnos solamente servirá para terminar aceptándolo. Comienza una difícil etapa que durará dos años durante la cual las relaciones entre el padre y el hijo cambiarán radicalmente a mejor. El hijo deja casi todo para ocuparse del padre, para estar con él, para solucionar todos los problemas que surjan, para que no se desaliente en la lucha que le ha tocado vivir. Se entrega en cuerpo y alma. Desde el principio mi implicación es total. Ya hace un tiempo que atravesamos un idilio. No un idilio cualquiera sino el que yo espero definitivo tras haber tomado tres años antes, en Berlín, la determinación de apartar de nuestro trato el problema entre nosotros. Cansado de la desconfianza, me he propuesto renunciar a mi susceptibilidad eterna, que considero justificada pero que nos aboca a una relación difícil […] y, justo ese otoño en el que no sabemos que le quedan dos años de vida, tengo la sensación de que por fin ha bajado la guardia. Marcos tiene treinta y siete años, su padre sesenta y cinco.

Mi padre derriba sus últimas defensas y por primera vez acepta mi ayuda sin complejos, incluso la demanda. Se muestra agradecido, vulnerable […] Yo me veo ante la oportunidad de demostrar que mi disposición al sacrificio está a la altura de mis reivindicaciones pasadas. Van a operar de urgencia al padre y éste, desde el primer momento, se apoya totalmente en el hijo, por alguna razón, le inspiro más confianza que la amiga que conoció en Brasil […] Desde entonces, sin darme cuenta, me convierto en su padre […] Yo soy su padre y él es mi hijo. Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, pero parece que mientras se sienta débil y enfermo buscará mi protección. Después de la operación, el diagnóstico no puede ser peor. La amiga que conoció en Brasil y Marcos deciden no contarle la verdad: empiezo a entrenarme en dosificar la información. Pronto comenzará la huida de la amiga que conoció en Brasil, a pesar de que ha prometido, al principio, todo su apoyo al hijo y olvidar las viejas rencillas. Es pronto para acusarla de deserción […] pero no puedo evitar cierto regocijo al corroborar una vez más lo acertado de mi desconfianza. Miedo a la soledad que se le avecina, su incapacidad para sacrificarse… en un principio. Más  adelante ya será quedarse con lo máximo que pueda de sus bienes en común. Además, no cumple su palabra de no decirle nada al padre sobre la gravedad de su enfermedad, y aunque el hijo desmiente todo, en su mirada se ha instalado ya una sombra de sospecha, de derrota y de desconsuelo que nunca lo abandonará.

Con frecuencia, cuando estoy solo, lloro […] Me siento lejos de todo, de lo que más de otras personas. No logro olvidar que llegará un día, no muy remoto, en que mi padre no esté. Siento su desvalimiento como propio y aún más me entristece pensar que su vida ha sido incompleta, que se irá insatisfecho, con cuentas pendientes. Sé que se trata de un prejuicio que nunca podré corroborar, pero en eso consiste mi principal tristeza. No tanto en su pérdida como en que pueda morir con la sensación de ser un perdedor.

El hijo se sumerge de nuevo en reflexiones, quizá repetitivas y obsesivas, aunque ahora serán desde el lugar en el que les ha colocado la enfermedad: en el del intento de conseguir una reconciliación y para ello es necesario ceder: lo que a ratos me parece prosaico y pueril es mi empecinamiento en no abdicar. Debería haber sido más conciliador. Perdonar antes. Pareciera que en Marcos convive el sentimiento de culpa con la seguridad de que tiene razón en muchas cosas que le reprocha. Difícil mezcla. Aún ahora nos habla de la inseguridad y de los miedos de su padre que incidieron en su comportamiento erróneo hacia él: lo atemorizaban las incertidumbres de la vida, lo atemorizaba quedarse sin asideros, se engañaba sobre sus capacidades, creía que a solas naufragaría, y se agarraba al flotador que la amiga que conoció en Brasil le cedía a un altísimo interés. El autor considera que su padre se autoengañaba, que no era feliz en se matrimonio y se interroga acerca de por qué estuvo con esa mujer veinte años llegando a la conclusión de que había amor. Un amor no de iguales, un amor que en mi padre entrañaba una extraña superioridad moral que lo llevaba a perdonar las arbitrariedades de ella, sus imposiciones, sus latrocinios, considerándolos debilidades de carácter, pero amor. Marcos sigue buscando respuestas a su relación con el padre. El libro entero es una búsqueda de respuestas. ¿Consigue encontrarlas? ¿Qué opináis?

Ante la deserción de la mujer y sus maniobras ya claras de quedarse con todo lo que pueda, el padre está atónito: nunca la consideró capaz de algo así, pero empieza a darse cuenta, con dolor, y piensa seriamente en separarse, algo que al final hará. En esa situación, el hijo se convierte en el único apoyo real y comienza a contarle, él, tan reservado,  muchas cosas sobre su pasado que nunca le ha contado. En consecuencia cada día está más cerca de mí. Se hacen inseparables, cómplices. La reconciliación ya está en marcha. Es obvio que me necesita. Es obvio que está agradecido y emocionado. La mujer que los separaba se está desvaneciendo. Y comienza la quimioterapia que durará seis meses. El padre parece que se va enfrentando a su suerte, su mala suerte, aunque no pierde nunca la esperanza. Es tiempo de incógnitas pero también de aprendizaje. El papel que le toca jugar al hijo es difícil: callo cuando calla, hablo si quiere hablar, pero Marcos consigue el equilibrio necesario para llevar adelante una situación tan difícil y delicada.

El autor prosigue con sus análisis y reflexiones, con su búsqueda de respuestas. Marcos admiraba a su padre, lo necesitaba: lo único que quería era tener más de él, lo único que quería era estar más con él. Ésta quizá es la gran respuesta a todo. Y algo más: necesitaba su reconocimiento. Quería aprender, parecerme a él, y lo imitaba, sí. Trataba de emularlo. Para que el padre lo valorara. Pasará mucho tiempo hasta que lo consiga, pero finalmente, en el proceso de su enfermedad, lo conseguirá. Y también está la culpa: su culpa y la mía. Su culpa por no darse cuenta de que eso era lo que yo más deseaba, su culpa dármelo a cuentagotas, vergonzosa, clandestinamente, a rebujo de su otra vida, de su vida en pareja, y mi culpa por estrechar con mi enfado sempiterno el caudal ya escaso por el que fluía.

El tiempo de vida continúa y Marcos se desvive porque hacer cosas con él mientras esté bien: una exposición, la última que hará, comidas fuera, visitas culturales e incluso un viaje a Kenia donde el padre empeorará. Mi padre debe seguir luchando con los fantasmas que su enfermedad le ocasiona. Sus dudas son continuas, sus preguntas y las trampas con las que trata de sondearme a mí también. Parece que quiere la verdad pero quiere que la verdad lo favorezca y, en la medida en que le proporcione esa verdad que no lo es y que le brinde apoyo y ayuda, continúa su querencia por mí, continúa convirtiéndome en su principal sostén. Aun así, el padre toma dos decisiones que contradicen la aparente docilidad con la que se deja engañar respecto a la enfermedad: quiere apostatar y quiere hacer un testamento vital para pedir que no se le prolongue la vida artificialmente y que, llegado el caso, se le aplique la eutanasia.

¿Qué aprendimos en el último trecho? Que perdimos el tiempo. Y que las cosas tienen siempre un final y que, cuando ese final llega, es mejor que nos deje en paz.

Y llega el momento del arrepentimiento: me arrepiento, ya lo he dicho, de no haber liberado antes la tensión entre nosotros. Me arrepiento de haberlo hecho sufrir. Me arrepiento del tiempo perdido. Me arrepiento de lo no hablado. Me arrepiento de haber necesitado demostrarle con hechos que él era mi padre y yo era su hijo. Me arrepiento de haber pensado en su muerte. Me arrepiento de haber dado un valor simbólico a lo material. Pero también subraya aquello de lo que no se arrepiente: Frente a eso, los posibles errores que cometí estando ya él enfermo palidecen gracias a la radicalidad de mi entrega. No me arrepiento de haberlo dejado solo, porque no lo hice. No me arrepiento de no haberle dicho nunca la verdad sobre su enfermedad. Creía que si mantenía la esperanza aún existía alguna oportunidad de curaciónMarcos se está limpiando y asimismo, está limpiando, salvando, la relación con su padre. Es tiempo de dolor pero también de redención.

Estamos ya en septiembre de 2006, el padre empeora: una tarde en que regresamos del hospital, se derrumba por primera vez y entre lágrimas de desesperación me dice cosas que en momentos del pasado fantaseé con escuchar, pero que ahora, dichas por lo que son dichas, me parten por dentro. Pero el padre, en general, afronta su situación con silencio, sin quejas y con resignación. Ya separado, de una manera muy fea, de la mujer deciden que irá a vivir con Marcos y su esposa. Todo lo concerniente a la amiga que conoció en Brasil es tan feo que prefiero obviarlo. Sólo voy a transcribir un apunte del autor: ¿Por qué actuó como lo hizo? Por codicia, por inmadurez, por egoísmo. Da igual qué fuese lo determinante […] Puedo juzgarla, pero no es mi cometido salvarla ni condenarla. Más necesario sería desentrañar, en todo caso, la huella que sus acciones dejaron en mi padre. Y la huella fue cambiante. Empezó con incredulidad, continuó con sufrido desengaño y terminó en despreciativa indiferencia.

La verdad es que es difícil hablar de estos temas, máxime si los has vivido, como es mi caso. Algunos habéis comentado que para vosotros también es difícil. Incluso que el libro os está costando. Pero una cosa que queda clara es que para el autor era completamente necesario escribir este libro. Y lo entiendo. Y por eso, y por mi dificultad añadida, he escogido en este post transcribir sus palabras más que comentarlas. Que hable él. Y para mí, no sé si para vosotros, sobre todo los que habéis vivido algo similar, ha sido sanador leerlo. Doloroso pero también sanador. Creo que la sinceridad apabullante de Marcos Giralt Torrente alivia y se agradece. Admite sus culpas así como habla sin tapujos de las faltas de su padre y, en la entrega final que realiza, llena de amor y dedicación, no se cuelga medallas. Y eso también se agradece. Una lección de vida. Y de humildad. Y de amor. Y de reconciliación. Escribiendo sobre este libro me he dado cuenta de que es difícil comentarlo. Entiendo que no lo hagáis en demasía. No lo pensé al principio cuando lo escogí. Pero sí podemos hablar de cómo enfrentarnos a la muerte de un ser querido, de cómo quedar en paz con alguien muy cercano con el que tuvimos una relación difícil. Algunos habéis destacado ese papel sanador de la reconciliación y la admisión de culpas que este libro tan bien describe.

La enseñanza final de Tiempo de vida es que creemos que el tiempo es mucho más laxo de lo que es. Y que hay para todo, cuando en realidad no es así. Yo tuve tiempo de decírselo a mi padre, más que decírselo, de demostrárselo, y él puso todo lo que estaba en su mano para que pudiera hacerlo. No hay cuentas pendientes, no las había cuando comencé a escribir.  Al autor, una vez fallecido el padre, sólo le queda acostumbrarse a su ausencia: la muerte. Lo que no se puede pensar, dicen. Y como la vida no se detiene, ya en los últimos párrafos del libro el autor nos anuncia que hace siete meses, en los primeros días de septiembre de 2008, supe que sería padre a finales del próximo mayo. Hermoso final para esta historia. La llegada del hijo del hijo del hijo. Que además lleva el nombre del abuelo, Juan. Y el hijo ante su inminente paternidad, se coloca en el lugar del padre que va a ser haciéndolo, a la vez, en el lugar que ocupó su propio padre respecto a él: pienso, entonces, en mi hijo aún no nacido, que llevará su nombre, y me pregunto en qué lo condicionaré, en qué le fallaré, qué deberé yo perdonarle y qué deberá él perdonarme, si no lo hace antes, cuando como mi padre me diluya en la nada.

Me gustaría conservar algo de lo mejor de mi padre para que le llegue a través de mí.

Plazos

Una vez terminado este tiempo de vida que hemos compartido con su autor, es hora de vuestros comentarios sobre esta segunda parte y sobre la totalidad de la novela. Todos los comentarios son bienvenidos, así como vuestras conclusiones sobre cualquier aspecto del libro que os haya interesado o no os haya gustado o lo que consideréis comentable. Dedicaremos una semana a ello. Espero con ganas vuestras opiniones, así que ánimo.

 

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Trato de comprender qué nos perdimos, en qué punto nos atascamos

27 Sep

Padre e hijo. Foto en flickr de Daquella manera (Daniel Lobo). Algunos derechos reservados.

Tiempo de vida se abre con una cita de Nietzsche: Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya. La ficción como salvadora de la realidad. El arte que ayuda a asimilar la verdad más dolorosa. Comentarlo daría para un tratado largo y no es el caso, pero se admiten en vuestros comentarios opiniones al respecto.

Ya desde el principio del libro la figura del padre se muestra omnipresente en la vida del autor/narrador. Para bien y para mal. Tanto como para que, incluso, decida, una vez adulto, su vocación, a la contra del padre. Y también desde las primeras líneas, cuatro y cinco para ser exactos, están muy presentes el rencor y la venganza del hijo hacia el padre. Marcos nos cuenta cómo en sus libros anteriores, todos de ficción, la problemática relación con su padre aparece de alguna manera a través de personajes y situaciones, tanto como para que el padre, al leerlos, y aunque él, culpable, intente camuflarlos lo más posible, se vea reflejado y le duela, pero es que, a la vez, el hijo quiere que el padre sepa. La figura del padre siempre proyectando su sombra sobre el hijo que le admira y le reprocha a partes iguales. Toda la vida del hijo condicionada por ese padre ausente la mayor parte del tiempo.

Después de la muerte de su padre, el autor se da cuenta de que solamente puede escribir sobre él (idea que surgió ya durante la enfermedad), pero, aunque lo intenta, no lo logra: me proponía escribir sobre mis últimos dos años y simplemente no sabía cómo hacerlo. Y entonces lee, mucho, a otros escritores que han escrito sobre los mismos temas. Nos pone las citas. Necesita sumergirse de lleno en ello pero no sabía qué libro quería escribir. O sí que lo sabía pero no sabía cómo hacerlo. O no había resuelto aún qué contar y qué callar. O la vida de mi padre, al fin y al cabo, no era tan novelesca. O simplemente dudaba de que a alguien le interesara. Dudas, dudas y más dudas. Intentos numerosos y fracasos consiguientes. Marcos está todavía viviendo el duelo, quizá es demasiado pronto y no tiene la distancia necesaria para hacerlo. Nos transcribe frases que escribió en esos intentos. No encuentra el tono.  Y lo bueno, literariamente hablando, es que el autor decide comenzar esta novela de no ficción narrándonos esa imposibilidad. Sabia resolución.

Otro tema que le preocupa es cómo escribir sobre su propia vida: la vergüenza, los pudores. Los propios y los ajenos. El reto, lo nunca hecho. Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar. Y otro más es la dificultad de encontrar un leitmotiv: me faltaba el  hueso y, dentro de éste, el tuétano. Me faltaba saber adónde quería conducir mi relato, qué quería resaltar. Me faltaba la idea motriz; no la tenía porque lo único que sentía era un gran vacío. Se suceden muchas preguntas sin respuestas: la escafandra me impide contestar. O a lo mejor no estoy tan recuperado. O sí lo estoy y en eso consiste la muerte, en dejar preguntas sin responder. Pero hay algo superior que le impele a encontrar esas respuestas: entender, quizá. Entender lo que pasó entre ellos a lo largo de casi cuarenta años, el porqué hicieron los que hicieron y no hicieron lo que no hicieron: trato de comprender qué nos perdimos, en qué punto nos atascamos. Pero también hay algo más muy importante, mucho, y es que tengo la convicción de que algo se ha roto en mí, de que algo se ha ido. No hablo del vacío, no hablo del desgarro de la pérdida. Hablo de la rabia con la que antes escribía. Porque el autor escribía contra su padre y ahora, una vez reconciliado y desaparecido el padre, esa rabia se ha volatilizado y no tiene razón de ser: su recuerdo no me solivianta, los agravios no perduran, no compito con él, no tendría sentido querer demostrarle nada. Nada le afecta ya, ni siquiera esto que escribo.

Y después de exponernos su imposibilidad y sus dudas, a lo largo de nueve páginas, el autor se aclara consigo mismo, encuentra el tono y comienza la narración, y con ella  las numerosas enumeraciones y repeticiones que constituyen una parte fundamental de su estilo (necesitaba una voz que fuese como una letanía que diese cuenta de los hechos sin casi profundizar en ellos). Estamos en 1964, el año en que sus padres se casan: mi padre tenía veintitrés años y mi madre veinticinco. El padre ya ha viajado por Europa, pinta y expone sus obras, es un hombre atractivo y la madre, de la que el padre se siente atraído por su elegante belleza y el misterio imperturbable de su mirada, todavía vive con sus padres. Se marchan dos años a Brasil y son felices. La felicidad continúa los dos años siguientes en Madrid, a pesar de ciertas dificultades económicas, y nace Marcos en 1968: cuatro años he tardado, y no porque hubieran hecho nada para evitarlo. Durante los primeros años de su vida, la presencia del padre, que trabaja en casa, es mayor que la de la madre, que trabaja fuera. Es el padre el que se ocupa de él mayormente y le deja acompañarlo mientras pinta, garabateando él también, a veces en sus propios cuadros. Y aunque Marcos recuerda muchos momentos juntos, el padre viaja con gran frecuencia y pasa largas periodos en otras ciudades. Sabrá después que los problemas en su matrimonio ya habían aparecido y aunque intentan salvarlo la insatisfacción de mi padre, su tendencia a liberarse del peso que mi madre y yo representábamos en un ambiente, el de sus amigos pintores, en el que las responsabilidades familiares eran la excepción, lo abocaban inexorablemente al final. Pero Marcos sólo tiene buenos recuerdos de esa época: el hecho de que conserve esos recuerdos, y ninguno de insatisfacción ni de infelicidad, me lleva a pensar que aún no era el problema en que luego se convirtió para mí.

Esta situación continúa hasta 1978 y, aunque las ausencias del padre cada vez son más largas, no representa ningún drama para el niño. Mi madre consigue hacer normal lo que no lo es, mi madre consigue que mi padre siga siendo mi padre sin dudas por mi parte, sin quejas, sin peligrosas grietas. Hasta que finalmente se fue mi padre de nuestra vida diaria y ni siquiera entonces supuso un choque. Mi madre estaba para amortiguarlo y él no dejó de venir en ocasiones. Pero empiezan los problemas económicos tanto para el padre como para la madre, altibajos que estarán siempre presentes en sus vidas, ante los que el padre manifestará su malestar: los problemas económicos lo abruman y sus visitas no son ya tan desinhibidas ni tan frecuentes como antes. La ausencia o no de dinero marca mucho sus relaciones. En los periodos en que la madre y el hijo están bien económicamente, el padre se siente aliviado y hace más acto de presencia, y viceversa. Lo mismo cuando le ocurre a él, que será menos frecuente. Pero al hijo, por ahora, sigue sin afectarle negativamente la actitud y la ausencia del padre. Disfruta de su compañía y quiere compartir con él cosas y entenderlo. Y continúa su búsqueda de identificación con la figura paterna.

A continuación hay un flashback donde el autor nos habla de la familia de su padre. Es necesario que me remonte en el tiempo si quiero trazar un retrato comprensible de mi padre: burguesía acomodada, ambiente distendido, alegre en casa de sus abuelos. Decadencia económica del padre y pérdida de la madre, con la que mantenía una relación muy estrecha, cuando tiene doce años: fue determinante en el carácter inseguro de mi padre. Desencuentros con su padre y marcha a Londres antes de la mayoría de edad para estudiar pintura. Los dos rasgos que, más allá de la pintura, definieron la vida de mi padre: un laberinto del minotauro femenino que en el fondo escondía la necesidad de correr al amparo de mujeres fuertes, y un miedo atroz al futuro, a quedarse repentinamente sin hierba bajo los pies. Sumémosle una sensibilidad quizá excesiva y dos más uno son tres.

Volvemos a la historia, y es en 1980 cuando el hijo comienza su conflicto con el padre: el mundo tejido por ella (la madre) para que su separación me pasara inadvertida empieza a resquebrajarse. Empieza a acusar sus ausencias, percibe mentiras, no aporta dinero para su manutención… Yo me debato, mi cabeza y mis deseos frustrados con mi padre, mi corazón y mi día a día con mi madre. Esta situación va creciendo a lo largo de los siguientes años. Marcos se ha hecho mayor: he madurado, estoy más atento. No soy ya un mero testigo, y cada vez le irrita más la actitud de su padre: es el comienzo de los silencios entre nosotros”. Los dos saben lo que está pasando: “nos basta con mirarnos a los ojos.

Y aparece “la amiga que conoció en Brasil”. Pieza fundamental en la historia del desencuentro entre los dos que, debido a la actitud de ella, no dejará de crecer (un padre incapaz de ejercer de tal para detener la amenaza que se cierne sobre él, y la mujer de éste, la desencadenante del peligro, la instigadora). El padre comienza una relación seria con esta mujer que con el tiempo acabará en matrimonio. Pero ella no soporta al hijo, y a éste, aunque intenta ser ecuánime, tampoco le gusta ella. El inicio de la relación coincide con una fuerte crisis creativa del padre por lo que tiene que buscar trabajos alternativos, además de sumirle en un estado depresivo. Con el tiempo, la mujer y él se dedicarán a comprar pisos (es el tiempo de la burbuja inmobiliaria en España) que él reformará para venderlos. Esto no hará sino aumentar los lazos de dependencia y unión entre la pareja, y, por consiguiente, crecerá el distanciamiento y los problemas del padre con el hijo: nada entre dos aguas y rinde más donde más se le exige. Se agudizan sus fluctuaciones, los silencios y la desgana mutua. Elige para verme momentos muertos que cortan la rutina doméstica. Mi descontento crece paulatinamente. Y para deteriorarse más las cosas, ante una nueva situación de apuro económico de la madre y el hijo, el padre no sólo nos los ayuda sino que desaparece: mi ira crece.

Pero Marcos duda cuando está escribiendo el libro, ya en 2009: ¿Sus ausencias fueron tantas? ¿Debí haber sido tan consciente de los problemas económicos? ¿Me competía reclamarle? Llegados a este punto me parece pertinente preguntaros: ¿Qué opináis vosotros de todo lo leído hasta aquí (pág.47)? Sé que sólo tenemos el punto de vista del hijo, desconocemos qué pensaba el padre y porque se comportaba como lo hacía, pero esto es un libro, y aunque cuenta hechos reales es también literatura, una “ficción sin invención”, y esto es un club de lectura, por consiguiente, creo que podemos dejar nuestras opiniones aunque hable de hechos reales tan personales. Por supuesto, también espero vuestras opiniones sobre el estilo y todo lo que consideréis pertinente comentar. El propio autor se cuestiona lo que está haciendo al escribir este libro: por momentos me asusta la responsabilidad […] pero es evidente que no puedo evitar tomar algunas decisiones. […] La ficción te permite decirlo todo. Con tu propia voz, en cambio, o bien tienes la tentación de callar, o bien echas de menos poder inventar  […] me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con el que pretendo acercarme a una objetividad imposible.

Los años se suceden más o menos parecidos. Mientras la madre es una presencia constante de gran apoyo (vivo con mi madre. La veo por la mañana, por la tarde y por la noche. Es ella quien paga mi educación, quien mi viste, quien me da de comer. Es ella quien percibe mis carencias, quien busca soluciones y trata de satisfacer mis deseos. Es ella quien me enseña a comportarme en sociedad, quien me marca el camino […] Casi nada de lo que me sucede la pasa inadvertido), el padre no está: mi padre es una presencia intermitente, y además tiene el poder de amilanarme con su desdén, de desesperarme con sus carencias […] El rencor, el resentimiento, me asaltan constantemente. ¿De qué le acuso? De todo. Marcos percibe que su padre es consciente del problema que existe entre ellos pero no lo hablan nunca, además no sólo constato que mi presencia es un incordio para la amiga que conoció en Brasil, no sólo se me imponen barreras, frente a las que él no se rebela, que los hijos de ella no sufren, sino que además percibo un conflicto latente que dificulta aún más mi acoplamiento. Para el padre, Marcos sigue siendo un niño (y tiene ya veintidós años) y todo lo reduce a caprichos, al capricho de un niño y a la influencia de su madre. A ese sintagma me veo reducido constantemente. Y apenas se ven ya: en muchos aspectos somos dos extraños. Él no me conoce al margen de nuestras artificiosas citas a comer, y yo tengo una idea muy limitada de su vida […] Nunca conseguimos dejar a un lado el problema entre nosotros. El problema está siempre latente. Próxima la hecatombe. No es relajado vernos […] Un círculo vicioso el de mi padre, la amiga que conoció en Brasil y yo: los rencores de cada uno retroalimentándose continuamente […] La cuerda está siempre tensa. Él sufre y yo sufro, pero somos incapaces de romperla, de prescindir el uno del otro […] Sólo hay un terreno, en realidad, en el que no hay riesgo de conflicto: me enorgullece que sea pintor, admiro su pintura […] pero tampoco soy del todo inocente. Me interesa crear esa complicidad. Intuyo que no la tiene con la amiga que conoció en Brasil y no quiero fallarle como creo que ella le falla.

A partir de ahí, viene otro paréntesis en la historia para hablarnos de cómo era su padre. Nos habla desde los detalles más nimios y superficiales hasta de su carácter y su obra pictórica y su relación con el acto de pintar. Os dejo a vosotros la posibilidad de comentar todo lo que nos cuenta acerca de su padre. Evidentemente en esta larga descripción hay numerosos datos para poder entenderle mejor.

Retomada la narración, estamos ya en 1991: de 1991 a 2002 las sensaciones se repiten y en ocasiones empeoran, se enreda el hilo del rencor mutuo, y aunque el hijo intenta la reconciliación, siempre ocurre algo que vuelve a removerlo todo. Marcos comienza  a escribir su primer libro en 1993, dos años antes ha conocido en la facultad a “una chica con los labios pintados de rojo” que se convierte en su novia y con la que acabará casándose después de muchos años de convivencia en pareja. Prosiguen las enumeraciones sobre esos años. El padre ya hace tiempo que, superada su crisis creativa, ha vuelto a pintar y a exponer, en España y en el extranjero. También hace tiempo que se ha casado con “la amiga que conoció en Brasil”.  Marcos consigue publicar y continúa escribiendo hasta conseguir con su primera novela un premio muy importante. Gracias a su éxito, puede ayudar a su madre que pasa por dificultades económicas grandes. El padre continúa con su desaparición intermitente pero, finalmente, a partir de 2004, con motivo de la boda del hijo, en la que el padre se emociona, algo va cambiando entre ellos: lenta, imperceptiblemente, algo ha cambiado entre nosotros. Me siguen molestando las mismas cosas que me molestaban, pero he decidido no pensar en ello y lo cierto es que, aunque al tran tran, también él hace esfuerzos.

Termina esta primera parte en la que he dividido la lectura con una larga reflexión del autor sobre su oficio de escritor y los motivos por los cuales lo eligió: diré algo más acerca de mi oficio, ya que tiene que ver en nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forzada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. Marcos piensa que si hubieran mantenido una relación más estrecha durante la adolescencia, que es cuando las vocaciones se consolidan, si hubiera pasado más tiempo de en su estudio como hizo de niño, hubiera sido, quizá, pintor como su padre. Pero, bueno, me he extendido demasiado ya, y os dejo a vosotros la posibilidad de comentar esta parte que tiene interesantes reflexiones y aclaraciones, entre otras, sobre por qué no fue la influencia de su abuelo materno, Gonzalo Torrente Ballester, la que le hizo convertirse en escritor, aunque sí influyó, de alguna manera, la oralidad prodigiosa de su madre.

Plazos

Ahora ya es el momento de vuestros comentarios sobre esta primera parte. Comentad lo que queráis sobre ella y también intentad daos la réplica unos a otros. No sólo dejéis vuestras opiniones sino contestad a los comentarios de los demás para que esto se parezca lo más posible a un debate cara a cara. No os cortéis en dejar vuestras opiniones sean estas las que sean porque así enriqueceremos la lectura además de compartirla. Todas las opiniones son válidas. Cortas o largas. Venga, ánimo. ¡Espero que sean muy numerosas! Disponéis de una semana para dejar vuestros comentarios, y mientras vamos comentando sólo esta parte, continuaremos la lectura de la segunda y última parte de Tiempo de vida: desde la frase “Lo peor no avisa pero tampoco engaña” (pág. 103) hasta el final de la novela.

 

Tiempo de vida: una hermosa historia de reconciliación

20 Sep

Marcos Giralt Torrente. Foto en flickr de Luis Asín. CRDO RIBERA DEL DUERO. Algunos derechos reservados.

Este libro que el autor define como “ficción sin invención” habla de la relación entre un padre y un hijo. El hijo es el escritor Marcos Giralt Torrente y el padre, el pintor Juan Giralt y lo que cuenta, en primera persona, es una historia verdadera, una confesión, aunque pasada por el tamiz de la literatura. Me gusta el concepto de apropiarse literariamente de la realidad, afirma Marcos. Y esa historia es una historia difícil porque la relación entre ellos estuvo llena de desencuentros, silencios, promesas incumplidas o cumplidas a medias y un cierto abandono por parte del padre, separado de la madre cuando Marcos todavía era un niño. Pero también hubo amor, complicidad, experiencias compartidas y una fuerte identificación del hijo con su padre. Y finalmente, cuando el padre enferma de cáncer y muere año y medio después, se convertirá en una historia de reconciliación. La enfermedad, durante la cual el hijo cuidará del padre, les concederá un intenso tiempo de vida en común en la que sanarán sus heridas, limpiarán sus culpas y reproches lo que les permitirá que afloren sus sentimientos de amor mutuo. Es en esa inversión de papeles en la que la herida del rencor se puede cerrar. Una verdadera redención. Y, una vez desaparecido, Marcos Giralt Torrente tendrá la necesidad de escribir esta elegía al padre.

El título Tiempo de vida alude a dos tiempos, el que los médicos definen como el tiempo de vida que le queda a un enfermo terminal y el tiempo que el padre y el hijo compartieron a lo largo de casi cuarenta años.

Marcos Giralt Torrente crece desde muy niño sin la presencia constante de su padre lo que hace que el autor desarrolle un gran malestar y rencor: ¿De qué le acuso? De todo. De no verme lo suficiente, de no  llamarme lo suficiente, de no acordarse de mis cumpleaños, de  no hacerme regalos, de desaparecer cuando sabe que las cosas a mi madre y a mí nos van mal, de veranear y viajar cuando yo no veraneo ni viajo, de incumplir sus promesas… Pero no vayamos a pensar que este libro es un ajuste de cuentas, una larga acusación. No hay traumas, ni interpretaciones psicológicas, ni secretos inconfesables, ni culpables, no: creo con la convicción de un náufrago que la historia es feliz, de otro modo no la contaría. Antes de morir el padre, el hijo ya se había reconciliado y cerrado las heridas. Las cuentas ya estaban saldadas. Perdonarlo tampoco, porque ya lo había hecho antes. En todo caso, perdonarme a mí mismo. Y además no lo va a contar todo: hay lugares que desconozco y lugares a los que no quiero llegar. Mi vista tienen que ser de pájaro.

¿Por qué escribió este libro Marcos Giralt Torrente? : yo no escribí el libro porque mi padre enfermase y muriese y necesitase escribir para contar esa experiencia, lo hice porque mi padre enfermó, murió y me di cuenta de que nuestra historia era hermosa y que apenas sin cambiarla, ciñéndome a la simple cronología, resultaba novelesca.

Ante la dificultad que le supone escribir este libro que necesita imperiosamente escribir después de la muerte del padre para cerrar el círculo, ante la dificultad de encontrar el tono, el autor decide finalmente empezar por hablarnos precisamente de esa dificultad, explicárnosla. Y nos habla también de los numerosos libros que ha leído sobre el tema de la muerte del padre y de las relaciones padre-hijo para meterse de lleno en la situación. Una vez encontrado el tono en que quiere escribir esta historia, comienza la narración propiamente dicha, sin pudor, con intimidad,  echando la vista atrás para contárnosla desde el momento en que sus padres se conocieron y se casaron. Tras su nacimiento, hijo único, va desgranando sus recuerdos centrándose en su relación con el padre, primero presente, después ausente. En palabras del autor: en mi libro hay dos líneas argumentales: el intento de recreación del tiempo que compartí con mi padre y la recreación de cómo fui escribiendo el libro. Asimismo, en el libro hay otro hilo sobre el oficio del artista: ese lazo entre nosotros era muy importante.

El libro, que no está dividido en capítulos, posee dos partes. Cada una ocupa más o menos la mitad del texto. La primera aborda su relación mutua hasta la enfermedad del padre, unas cien páginas en las que casi abarca cuarenta años y en la que cronológicamente va enumerando los acontecimientos más importantes de su relación, pasando muchas veces por encima de ellos. Es la parte del desencuentro casi continuo entre ellos, del rencor y los reproches, de la insatisfacción del hijo. Esta parte está interrumpida a menudo por reflexiones, percepciones personales, descripciones de los personajes y de las situaciones. La segunda, corresponde a la enfermedad y muerte del padre, alrededor de un año y medio, contada con mucha minuciosidad. Es la parte de la entrega absoluta a sus cuidados, la historia de su reconciliación en la que logran la manifestación de su amor. Es la hora de la comprensión y la compasión.

Marcos Giralt Torrente se centra en la historia con su padre, dejando a un lado a los demás personajes, que sólo aparecen como secundarios cuando la historia de ambos lo requiere para entenderla mejor. Pero hay que resaltar que es la versión del hijo y, aunque dice varias veces esta es una historia de dos aunque sólo yo la cuente. Mi padre no la contaría. Mi padre callaba sobre casi todo, el punto de vista es el del hijo, convirtiendo al autor/narrador en el verdadero protagonista. El mutismo del padre no ayuda a poder profundizar en quién era y cómo era, no ayuda a entender sus comportamientos siendo el hijo el que realiza una continua interpretación desde su punto de vista. El autor aclara que su libro no es una autobiografía: una autobiografía trata de contemplar a la persona a través de todas las esferas, buscando un retrato completo. “Tiempo de vida” es un libro completamente sesgado, es mi versión de los hechos; yo siempre me limito a hablar de mi relación con mi padre y no elimino del todo a los personajes secundarios porque sería imposible, pero sí me ciño, me impongo que sólo aparezcan allí donde son imprescindibles. El libro además tiene una estructura novelesca. Hay como una intriga y al final, una inversión.

Tiempo de vida está escrita con una gran autenticidad, sinceridad, desnudez y valentía. Llega a lo más hondo. Pura emoción e intensidad pero sin caer en sentimentalismos o dramatismos. El autor evita los caminos trillados y logra mantener una alta tensión narrativa que nos hace, como lectores, agarrarnos al texto y devorarlo. Lo vivimos con él. Su dolor, su culpa, su amor y su redención final. Toda una lección de vida. Y para los que hemos vivido una situación similar, el camino recorrido junto a él nos reconcilia con nuestra propia experiencia.

Posee un estilo portentoso: minucioso, numerosas enumeraciones casi imparables (necesitaba una voz que fuese como una letanía que diese cuenta de los hechos sin casi profundizar en ellos). Da mucha importancia a la forma: repeticiones, alternancia de párrafos largos (continuas frases subordinadas) y cortos así como de un ritmo lento que alterna con otro rápido… todo para distanciarse del tono confesional, de la literatura meramente autobiográfica. Asimismo, con su estilo rompe las convenciones de las etiquetas de géneros literarios.

Marcos no se hizo escritor por influencia de su abuelo materno, el gran Gonzalo Torrente Ballester (al que apenas se refiere en la novela), sino como consecuencia de su desencuentro con su padre: ya lo tenía a él para rebelarme, para construirme en su contra. Y añade: cuando mi cuarto de juegos dejó de ser su estudio, sentí su ausencia, y como venganza me volqué exclusivamente en la literatura, que era el mundo de mi madre y su familia.

Otra característica de cómo se enfrenta a la historia es que no usa nunca nombres propios para, por una parte, preservar de algún modo la intimidad (necesitaba reservarme una parte simbólica de pudor para salvaguardar a las personas que aparecen en él) y, por otra, para decirnos que lo que está contando es una historia universal.

La esencia de la novela sería la idea de que el tiempo no es infinito y, por lo tanto, no debemos perderlo: qué oportunidades perdidas. Qué pocas veces nos permitimos estar juntos y qué paralizados estábamos en la mayoría de ellas, incapaces de atender a otra cosa que al enroque de cada uno.

Para finalizar, os dejo una serie de enlaces para que podáis enfrentaros mejor a la lectura de Tiempo de vida. Varias entrevistas escritas concedidas en el momento de la publicación del libro a La Razón; a Revista de Libros; a El Comercio de Perú; a Clarín; a La Opinión de La Coruña y al blog del escritor Antón Castro.

Asimismo, os dejo enlaces a audios y vídeos en los que Marcos Giralt Torrente habla del libro: entrevista en el programa de Radio Nacional, “El ojo crítico”; entrevista en el programa de Televisión Española “Página 2”; presentación del libro por el escritor Ismael Grasa con presencia de Marcos Giralt Torrente en una librería de Zaragoza; conferencia, muy interesante, del autor con motivo del Premio Nacional de Narrativa en la Biblioteca Nacional. También un link de la editorial Anagrama que contiene muchos enlaces a críticas y entrevistas.

Y, por último, un vídeo de la obra pictórica del padre del autor, Juan Giralt.

Plazos

Vamos a dividir la lectura en las dos partes en las que el autor estructura Tiempo de vida. La primera nos llevará hasta la página 103. Leeremos a lo largo de una semana hasta la frase ¿A partir de qué momento empezamos a lamentarnos de todo lo que ya no podremos rectificar? ¿Sucede siempre?

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

 

Y volvemos con TIEMPO DE VIDA de MARCOS GIRALT TORRENTE

9 Sep

Portada de “Tiempo de vida” de Marcos Giralt Torrente. Anagrama.

Después de este paréntesis estival volvemos a la literatura en español de la mano de un escritor actual: Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) que ya con su primera novela París (1999) consiguió el prestigioso premio Herralde. Autor de cuatro libros de relatos y tres novelas, el Club ha escogido para leer su última novela Tiempo de vida (2010) con la que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa 2011 y el premio Strega Europeo por su traducción al italiano en 2014. Su obra ha sido traducida al alemán, al francés, al italiano y al portugués.

Tiempo de vida es un relato íntimo que aborda un tema universal: la muerte del padre. El autor reconstruye, con asombroso afán de fidelidad y con mucha valentía, la relación con su padre, el pintor Juan Giralt (fallecido en 2007) y el tiempo de vida que compartió con él. Con una prosa hipnótica y concisa nos relata su propia experiencia en un intento de comprender la relación más compleja que cabe entre dos personas. El retrato de un padre y un hijo.

Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, es una obra muy sofisticada, muy literaria, con una sinceridad poco usual, una desnudez fantasmagórica. Un texto, en cierta medida, sanador. Rosa Montero. La pérdida convertida en reencuentro, una estremecedora reflexión sobre las más duras complicidades entre la ficción y la vida. Un libro inolvidable. Pedro Zarraluki. Marcos Giralt Torrente es un escritor personalísimo, elegante, y aquí alcanza el nivel máximo de emotividad, de revelación y de desnudez. Tiempo de vida es, probablemente, uno de los más hermosos libros sobre la figura del padre que se han escrito en los últimos años. Antón Castro. Sorprendente e interesantísima ficción sin invención. Una conmovedora y extraña historia en torno a la muerte del padre. Enrique Vila-Matas.

Desde el lunes 12 por la tarde ya podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Nos encontraremos aquí en el plazo de más o  menos una semana para comenzar la lectura. Los que vivís fuera de Coruña disponéis de este tiempo para conseguir el libro publicado por Anagrama.

Hasta que empecemos la lectura podéis continuar dejando vuestros comentarios en el anterior post sobre los libros que habéis leído este verano.

¡Nos vemos en el blog!

Cómo se viene la muerte

30 Jun

Que se marche la violencia. Foto en flickr de Tonari no Totoro. Algunos derechos reservados.

Los tiempos felices se agotan, desaparecen. El motivo es la muerte en 1972 de su hermana Marta, con sólo 16 años, de un cáncer y, quince años después, en 1987, la de su padre, que con 65 años fue asesinado. De estas muertes habla fundamentalmente esta segunda y última parte del libro.

Y después de ese paréntesis de felicidad casi perfecta, que duró algunos años, el cielo, envidioso, se acordó de nuestra familia, y ese Dios furibundo en el que creían mis ancestros descargó el rayo de su ira sobre nosotros que, tal vez sin darnos cuenta, éramos una familia feliz, e incluso muy feliz.

El autor nos habla por fin de sus hermanas narrándonos sus amoríos, y posteriores bodas, como introducción a la historia de Marta: y ahora tengo que contar la muerte de Marta, porque eso partió en dos la historia de mi casa. Marta era la artista de la familia (la portada del título lo constata: una foto de niña con un violín, su primera pasión), inteligente, buena, la preferida de su padre como el autor nos dice. Se decantó por la música pero todo lo hacía bien: yo, de entrada, me había rendido ante su superioridad. En cuatro meses la muerte se la llevará a pesar de todos los intentos por curarla. El autor narra y describe los hechos con toda minuciosidad, con la distancia y la contención, a las que ayuda el tiempo que ha pasado, con que está escrito todo el libro. Hay pocas reflexiones ante un hecho tan terrible como es la fulminante muerte de alguien querido a tan temprana edad. A continuación de narrar el entierro de su hermana, hay un “flash forward” de quince años que nos lleva al entierro de su padre y lo que aconteció allí. Las dos muertes de seres tan amados que acaban con la felicidad de la familia.

Estoy seguro de que mi papá no padeció la tentación del martirio antes de la muerte de Marta […] Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave. Aunque uno no se quiera suicidar, o no sea capaz de levantar la mano contra sí mismo, la opción de hacerse matar por otro, y por una causa justa, se vuelve más atractiva si se ha perdido la alegría de vivir. A partir de ese momento, Héctor padre se compromete hasta la locura con batallas imposibles, con causas desesperadas. Su lucha social se hace mayor aún si cabe: Si me mataran por lo que hago, ¿no sería una muerte hermosa?, se preguntaba mi papá cuando algún familiar le decía que se estaba exponiendo mucho en sus denuncias de torturas, secuestros, asesinatos o detenciones arbitrarias, que fue a lo que se dedicó en los últimos años de su vida, a la defensa de los derechos humanos. Todavía siendo profesor universitario se sumergió de lleno en las manifestaciones de los estudiantes y los profesores que se enfrentan al Ejército que había ocupado la universidad. Después de una jubilación obligada y no deseada, además de leer, escuchar música, llevar un programa de radio, escribir artículos de prensa y cuidar de sus amadas rosas, trabajó sin descanso en el Comité para la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia, el cual presidía.

Antes de esto, en 1978, los dos, padre e hijo, pasan casi un año en Ciudad de México. El autor tiene 19 años y para él esta estancia es decisiva. Decisiva porque entra en contacto con escritores, asiste a talleres de escritura, lee sin parar (En busca del tiempo perdido de Proust será la obra que más le marque) y es en ese momento cuando se fragua su vocación que le llevará más tarde a convertirse en escritor. Y es entonces, también, cuando yo me di cuenta de que debía separarme de él, así fuera matándolo […] Un papa tan perfecto puede llegar a ser insoportable […] Es como si uno, de todos modos, en ese final de la adolescencia, no necesitara un aliado, sino un antagonista. Héctor ha llegado al clímax de su dependencia y comunión, tiene la edad de querer volar libre, y aunque no lo conseguirá hasta el año 82 en que se casa y se va a vivir a Italia (creo que realidad sólo me liberé de él, de su excesivo amor y de su trato perfecto, de mi excesivo amor, cuando me fui a vivir a Italia), en ese momento intenta, en una delirante escena, matarle y matarse él poniendo a toda velocidad el auto en el que viajan. No lo consigue y todo queda como una anécdota plena de significado de ruptura con la infancia y con el papel tan predominante que el padre había tenido en su vida.

En Colombia crecía de nuevo la epidemia cíclica de la violencia […] y esta pestilencia, a mediados de los años ochenta, tenía la cara típica de la violencia política. El Estado, concretamente el Ejército, ayudado por escuadrones de asesinos privados, los paramilitares, apoyados por los organismos de seguridad y a veces también por la policía, estaba exterminando a los opositores políticos de izquierda, para “salvar al país de la amenaza del comunismo”, según ellos decían. Más claro y contundente no puede ser. Y el padre habla, escribe, denuncia, exige con la única arma que le quedaba: la libertad de pensamiento y expresión: la palabra, las manifestaciones pacíficas de protesta, la denuncia pública de los violadores de todo tipo […] Publicaba artículos en los que señalaba a los torturadores y a los asesinos. Denunciaba cada masacre, cada secuestro y la única respuesta que obtiene del Gobierno es el silencio, la indiferencia, el desdén y las acusaciones injustas de ser un aliado de la subversión.

El autor detalla el horror de las torturas y pone nombres y apellidos a los asesinados en un intento de que no caigan en el olvido, en el olvido que seremos. El padre empieza a sufrir amenazas pero él sigue incansable su lucha, ingenuo, como le tilda el hijo, apasionado, lanzado en un camino ya sin retorno. Héctor entresaca fragmentos de sus artículos para que conozcamos mejor la obra de su padre pero también dedica un capítulo a hablar de sus debilidades, sus defectos, sus errores para no caer en la hagiografía. Entre estos habla de su debilidad por la belleza, nombrando la película Muerte en Venecia, que yo no acabo de entender, ¿y vosotros?, ¿alguien me puede aclarar este pasaje?

Antes de narrar con todo detalle los hechos del asesinato de su padre, el autor reflexiona sobre la inevitable muerte que a todos nos va a llegar un día, transcribiendo los hermosos versos de las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre y añade: este libro es el intento de dejar un testimonio de ese dolor, un testimonio al mismo tiempo inútil y necesario.

El padre estaba preparado para morir, no le temía a la muerte pero quería vivir: ojalá que no me maten: quiero morir rodeado de mis hijos y mis nietos, tranquilamente […] una muerte violenta debe ser aterradora, no me gustaría nada. Sobrecogedoras estas palabras. Los hechos son reconstruidos por el autor paso a paso, incluso se pone en la piel del padre en el momento en que cae abatido por las balas. Da voz a sus hermanas que cuentan cómo recibieron la noticia y de qué manera reaccionó cada una. Es hermoso el párrafo en que narra cómo se sintió él al lado del cadáver ensangrentado de su padre. El último artículo, publicado postmortem, se titulaba “¿De dónde proviene la violencia?” y contesta: esta violencia nace del sentimiento de desigualdad.

El autor finalmente reflexiona sobre qué le ha llevado a escribir este libro: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo […] poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira. No hay afán de venganza porque su padre les enseñó a no tenerla: los tristes asesinos que le robaron a él la vida y a nosotros, por muchísimos años, la felicidad e incluso la cordura, no nos van a ganar, porque el amor a la vida y a la alegría (lo que él nos enseñó) es mucho más fuerte que su inclinación a la muerte.

Y termino con estas palabras del autor: la única venganza, el único recuerdo, y también la única posibilidad de olvido y de perdón, consistía en contar lo que pasó, y nada más. Y eso es lo que ha hecho Héctor Abad Faciolince con sabiduría, con mucho amor, con inteligencia, con la verdad y con una cordura que no ha perdido en ningún momento del relato de los hechos.

Plazos
Es vuestro turno de comentar esta segunda parte y todo el libro en general. Tenéis una semana para hacerlo. Animo a los que todavía no habéis comentado nada a que lo hagáis. Es un libro para hablar largo y tendido. Si estuviéramos cara a cara lo haríamos ¿no? Pues entonces, venga, hagámoslo por escrito que es nuestra manera en este Club Virtual.
Después haremos una pausa en nuestras lecturas pues nos iremos de vacaciones estivales hasta septiembre que ¡también las necesitamos!

Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre

23 Jun

Medellín. Foto en flickr de laloking97. Algunos derechos reservados.

Con esta cita de Yehuda Amijai se abre este libro. Y Héctor Abad Faciolince lo dedica a dos de los supervivientes de la masacre que asoló Colombia en los años ochenta. Toda una declaración de intenciones y una mención a los dos temas principales sobre los que va a tratar El olvido que seremos: el amor que el autor profesó a su padre y la violencia de la que fue víctima él mismo.

Esta primera parte que vamos a analizar se centra en la relación padre-hijo durante la infancia del autor. Un recorrido por la Colombia de los años sesenta y un retrato de la familia del escritor y su vida cotidiana. Héctor Abad Faciolince nos va a contar la historia de su vida teniendo como figura central a su padre: el niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios / La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al rio Medellín si él llegaba a morirse […] Todo esto es una cosa muy primitiva, ancestral, que se siente en lo más hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensamiento. Ya desde el principio de su vida la relación más intensa que mantiene el hijo es con su padre: yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá. En una familia de mujeres, madre y cinco hermanas, ellos estaban unidos de una forma casi animal, el niño buscaba el refugio de su padre, no el de su madre, por la que, por otra parte, también sentía un gran amor.

Héctor crece arropado por su padre, buscando su apoyo y sus enseñanzas, sus caricias, abrazos y besos. Era un hombre generoso que daba todo lo que tenía por lo que la madre, una mujer con los pies en la tierra y muy decidida, siempre se ocupó de la economía tanto en la casa como fuera de ella. En un tiempo no muy proclive a que las mujeres trabajaran, la madre sí lo hizo (fue, en cierto modo, una feminista adelantada a su tiempo), montando un negocio de administración de edificios, en el que sólo trabajaban mujeres, que creció como la espuma y que permitió al padre ocuparse de sus filantropías y asuntos sociales. Tanto era el amor que esa mujer le tenía. El padre trabajaba en la Facultad de Medicina, en el Departamento de Salud Publica y Medicina Preventiva, y, más tarde, ocupó también cargos públicos en el mismo campo. Escribía artículos, participaba en programas de radio, siempre enfocando su labor en conseguir mejoras en el terreno de la salud para los más desfavorecidos.

Su padre le enseñó a escribir antes de ir al colegio y él, desde muy niño, le enviaba cartas. Héctor considera que si se dedica a la escritura es gracias a su padre. Cuando lo asesinaron, Abad Faciolince todavía no había comenzado a escribir: creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.

Su padre pensaba que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. Nunca los pegó, era muy permisivo con ellos y siempre les manifestó un amor excesivo: yo no le tenía miedo a mi papá, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil, sino fuerte; no me creía tonto; sino brillante. El autor está completamente de acuerdo con esta actitud: ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Todo el libro es una sucesión de manifestaciones de este tipo. ¡Qué feliz tuvo que ser Héctor y cuánto tuvo que sufrir cuando perdió a su padre de una manera tan violenta y terrible!

¿Por qué era el padre tan cariñoso y efusivo? El autor encuentra una causa posible en que el padre de su padre le educó con mano dura: creo que en la forma perfecta como mi papá nos trataba, había una protesta muda por el trato que él había recibido del abuelo. El libro está plagado de anécdotas sobre la infancia del autor, su familia, los diferentes personajes que la componían, lo que nos permite conocer su vida cotidiana en la Medellín de los años sesenta y que leemos como si de una novela se tratara. Asimismo, se extiende en la narración del trabajo de su padre, las diferentes labores que comprendía, los sucesivos puestos que fue desempeñando, siempre con el mismo objetivo: ayudar a los que menos tenían. En palabras del mismo Héctor Abad Gómez: el médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!…Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir. Su manera de trabajar no era bien vista, le tildaban de marxista y por ese motivo tuvo que ausentarse durante meses repetidas veces a lo largo de los años yendo a trabajar a otros países para no perder su trabajo, e incluso su vida, ausencias que Héctor llevaba rematadamente mal tan unido estaba a su padre. Durante esas ausencias el padre continuaba su labor de educación con su hijo enviándole largas cartas con las que el niño Héctor incluso dormía.

La madre, las hermanas y las familias del padre y de la madre eran muy religiosas, practicantes de misas e interminables rosarios y procesiones. A Héctor le hacían participar cosa que no le gustaba nada pero luego venía el padre a contrarrestar tanta mojigatería con sus enseñanzas laicas y filosóficas en la que la razón era el único mandamiento. Héctor creció entre estos dos mundos contradictorios: A esa edad en que se forman las creencias más sólidas yo vivía azotado por un vendaval contradictorio, aunque mi verdadero héroe, secreto y vencedor, era ese nocturno caballero solitario que con paciencia de profesor y amor de padre me lo aclaraba todo con la luz de su inteligencia, al amparo de la oscuridad / Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina en el colegio, y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá. El autor hace mucho hincapié en esta contradicción que vivían incluso los propios miembros de la familia pues la madre era muy religiosa pero luego trabajaba fuera de casa y era adelantada en sus ideas y abierta en sus convicciones y el padre, a pesar de su laicismo y no asistir a la iglesia, era creyente: esta guerra sorda de convicciones viejas y convicciones nuevas, esta lucha entre el humanismo y la divinidad, venía de más atrás, tanto en la familia de mi mamá como en la de mi papá. Y también el seno de la Iglesia y del país se estaba librando esa guerra. Eran los años sesenta en los que crecería el germen de la teología de la liberación.

A pesar de todo, la familia era feliz y los años transcurrían sin sobresaltos. Son tiempos felices. Más tarde llegará la tragedia, pero eso lo dejamos ya para la segunda parte de la lectura. Esta primera parte concluye con el relato de un incidente en el que el autor se muestra muy sincero respecto a su cobardía: no fue capaz de salvar a su hermana Sol que estuvo a punto de morir ahogada. Héctor tenia nueve años, al final, quien la salva es un niño negro de su misma edad: y aunque mi hermana no se ahogó, a mí me quedó para siempre la honda sensación, la horrible desconfianza de que tal vez, si la vida me pone en una circunstancia donde yo deba demostrar lo que soy, seré un cobarde.

Es hora de vuestros comentarios. El libro es tan denso en contenidos: reflexiones, descripciones, narraciones de hechos…, que me es imposible comentarlo todo. Así que es vuestro turno para hacerlo. ¿Cuál es vuestra opinión sobre lo leído hasta ahora? ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención?

Plazos
Dedicaremos una semana a los comentarios mientras seguimos leyendo desde la página 134 hasta el final del libro.

El olvido que seremos: un libro valiente y lleno de amor

16 Jun

El autor Héctor Abad Faciolince. Foto en flickr de marilink. Algunos derechos reservados.

Este libro que vamos a leer es muy especial, mucho, y muy valiente. También podría decir que es muy emotivo, contiene poesía de altura y emociones que nos llevan del humor al llanto. Pero un llanto contenido porque el autor lo escribe desde la distancia necesaria (sin un exceso de sentimentalismo, que es siempre un riesgo grande en la escritura de este tipo) que le impida caer en sensiblerías que empobrecerían el texto, y lo consigue con creces pues el libro posee una gran calidad literaria.

Para el autor, Héctor Abad Faciolince, ha tenido que ser muy difícil de escribir, no en vano dejó pasar veinte años para poder hacerlo (me sacó de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como uno se saca un tumor). Veinte años desde que grupos paramilitares abatieron a tiros en la calle a su padre Héctor Abad Gómez el 25 de agosto de 1987. Y es entonces, en 2005, cuando el autor, que ya era un escritor reconocido de novelas, cuentos, viajes, se siente capaz de escribir lo que es un verdadero homenaje a su padre. A un padre que amó incondicionalmente, que idolatraba incluso, al que estuvo muy unido, con el que no había secretos, el que le enseñó todo, el que le abrazaba y le colmaba de cariño, el que le guió en la niñez y la juventud, el que le apoyó siempre. Es emoción lo que sentimos al leer estas páginas llenas de amor. La unión que había entre padre e hijo era muy fuerte y especial. Eran los dos únicos hombres en una familia de muchas mujeres. Mujeres fuertes que también querían y eran queridas. Pero para Héctor su padre era como un dios. De ahí el dolor que tuvo que sentir y lo difícil que debió de resultarle escribir este libro. Difícil pero necesario, para él pero también para su familia, para todas las personas que lo quisieron, que fueron muchas, para los colombianos y, en último lugar, para nosotros los lectores.

El olvido que seremos, hermoso título extraído de un poema de Borges que su hijo encontró en el bolsillo de la chaqueta de su padre cuando fue asesinado, trata de esta especial, muy cercana y enriquecedora relación que Héctor Abad Faciolince mantuvo con su padre desde su nacimiento hasta que lo mataron cuando el autor contaba 28 años de edad y su padre 65. No estamos acostumbrados a leer sobre una buena relación, extraordinaria en este caso, padre-hijo. Normalmente, quienes han escrito sobre ello narran relaciones tormentosas, difíciles, ausentes. Así lo hicieron Kafka o Philip Roth, entre otros. Por eso, nos asombra, nos extraña. Y nos interesa. E incluso algunos podrán sentir envidia de la buena. Es toda una lección de vida lo que vamos a encontrar en estas páginas. De vida, de amor filial y familiar, de alegría, de dolor cuando toca, y, me atrevería a decir, de felicidad. Nos habla de una familia como tendrían que ser todas las familias. Una familia basada en el amor mutuo y en la expresión de ese amor a través de continuos abrazos y besos y gestos y conversaciones y apoyo y confianza.

Pero este libro es más que esta maravillosa relación. Es una denuncia de la violencia, de la injusticia, del horror, sea del color que sea. En este caso nos habla de la Colombia de los años ochenta pero que se puede ampliar a cualquier situación y lugar similares. Y es un homenaje a todos los que lucharon, y cayeron, por conseguir un mundo mejor. El libro recorre la historia reciente de Colombia, desde el nacimiento del autor, en 1958, hasta finales de los años ochenta. Denuncia la exterminación sistemática, silenciosa, muy violenta, selectiva y efectiva que asoló Colombia entre 1981 hasta 2012: 23. 161 asesinatos, con torturas incluidas en muchos casos, documentados en un informe reciente del Centro de Memoria Histórica. Mataron a todos aquellos que luchaban contra ese horror, que hablaron alto y claro y lo pagaron con sus vidas: profesores, estudiantes, intelectuales, sindicalistas, políticos, líderes comunitarios… en una guerra implacable que agentes del Estado, en alianza con grupos paramilitares, llevaron a cabo. De ahí el valor histórico de este libro con el objetivo de que el olvido no se lleve todo lo ocurrido a ningún lugar.

Héctor Abad Gómez, cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política, fue uno de estos luchadores, desde sus inicios como médico, para conseguir que Colombia fuera un país mejor. Desde el principio de su carrera estaba convencido de la necesidad del compromiso social de la medicina en países devastados por la pobreza como Colombia y quiso llevar la salud a los barrios más necesitados y a las zonas rurales más deprimidas. Y lo hizo a través de numerosos programas de salud pública y de medicina social preventiva. También como profesor de la universidad llevaba a sus alumnos a estos lugares para que conocieran la verdadera situación de su país e hicieran todo lo posible para mejorarla. Asimismo, escribió libros de análisis y denuncia y numerosos artículos en prensa donde no dejó de hablar claro, con nombres y apellidos, sobre el atropello que estaba sufriendo la sociedad colombiana. Toda su vida luchó por la paz, la tolerancia y la justicia. Por eso siempre fue una persona incómoda para el poder. Durante muchos años le salvó su prestigio como profesional y su bondad, que todos conocían. Hasta que Colombia se vio inmersa en una espiral de violencia muy difícil de parar, se convirtió en el país más violento del mundo, y acabo acribillado a tiros en una calle de Medellín. En cierta manera, era una muerte anunciada. Y él sabía que podía pasar. Pero ni esto le hizo callar y dejar de ser consecuente con todo lo que había sido a lo largo de su vida. Fue un hombre muy valiente. Como tantos otros, que el autor homenajea con nombres y apellidos, que tampoco callaron y dejaron de hacer, desde la lucha pacífica, de las palabras y los actos, lo que creían que debían de hacer: conseguir justicia, verdad, mejoras sociales… en un país marcado por las desigualdades.

El libro, dividido en cuarenta y dos capítulos, es la historia real del médico Héctor Abad y la de su hijo pero está narrado con los recursos de la novela y es, a la vez, testimonio, documento, ensayo y biografía. Lo leemos como quien lee una novela a través de una maravillosa prosa, precisa, clara, inteligente y culta, y unos acontecimientos que van desde lo cotidiano a lo histórico. El orden es cronológico pero, desde las primeras páginas, hay saltos al futuro que nos anticipan hechos y nos despiertan la curiosidad ante lo que va a suceder.

El olvido que seremos, que lleva quince ediciones sucesivas, ha gozado del favor de los lectores y posee numerosas críticas positivas. Asimismo, posee el premio WOLA-Duque Human Rights. Mario Vargas Llosa le dedicó en 2010 una de sus columnas quincenales, titulada “La amistad y los libros”, en la que afirmaba que era la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años.

Os dejo varios enlaces, además del de Vargas Llosa, para que podáis conocer más sobre la obra. Uno de ellos es un vídeo, “El olvido que seremos en el recuerdo que somos”, en el que el Héctor Abad Faciolince habla sobre este libro durante algo más de una hora. No dejéis de verlo. Es interesantísimo y una manera inmejorable de conocer al autor y a su obra a través de su palabra. Otro es un artículo, publicado en el diario El Espectador de Colombia, titulado “Acuérdate de olvidar”, escrito por el autor que sirve como un complemento necesario a El olvido que seremos y que, además, contiene fotografías de la familia. Y, por último, el propio blog del autor.

Plazos
Vamos a dividir la lectura en dos partes. A lo largo de una semana leeremos hasta el final del capítulo 22, Pág. 133. Como siempre, podéis ir dejando vuestras impresiones iniciales en este post hasta que publique el análisis de esta primera parte en la que entonces la comentaremos más profundamente. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: EL OLVIDO QUE SEREMOS de HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

8 Jun

Abandonamos Europa para irnos a Latinoamérica, más concretamente a Colombia. El autor escogido esta vez es Héctor Abad Faciolince (Medellín, Antioquia, 1958) y el libro, un homenaje que el escritor hace a su padre, el médico y humanista Héctor Abad Gómez, asesinado por los paramilitares en 1987. El olvido que seremos (2005) es una suerte de biografía de la vida de este hombre, y un testimonio de la estrecha y maravillosa relación que el autor mantuvo con él.

Éste será el último libro que leamos antes de las vacaciones estivales de julio y agosto. Desde mañana lunes 9 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Forum. Los que vivís fuera de Coruña disponéis de una semana para conseguir el libro editado por Seix Barral Biblioteca Breve.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Los platos más picantes de la cocina tártara. Gracias.

Nos vemos en una semana para empezar a leer este emotivo y valiente libro. Mientras podéis seguir comentando sobre Los platos más picantes de la cocina tártara, sobre todo los que todavía no lo habéis hecho. Acabo de dejar un comentario en el último post del libro.