Tag Archives: música

Todo el amor de tu vida está dentro de ti

8 Dic

Recolección de fresas. Foto en flickr de M. Martín Vicente. Algunos derechos reservados.

A pesar de tan terribles confesiones, el hecho de que ambas hayan comenzado a abrirse la una a la otra les da fuerza. Son muy sanadores esos monólogos, tanto que Veronika advierte que en su amiga había un cambio sutil en el ángulo de su barbilla, en su postura. Determinación se dijo. Dignidad. Y quizá también alivio. Pero todavía hay mucho que contar, que exorcizar, y es el turno de Veronika, que está llegando a Nueva Zelanda: me sentía nueva, recién despertada a la vida […] Me había lanzado al vacío sin saber dónde ni cómo aterrizaría. Cuando se encuentra por fin cara a cara con James siente que todo lo vivido con él permanece intacto. Y comienza su nueva vida en el nuevo mundo. James ama el mar: para mí, el mar es la vida misma. Los colores, el olor. Es mi anhelo  […] Quiero que os conozcáis. Que aprendáis a quereros el uno al otro. James hace surf en un mar con impredecibles corrientes subterráneas y Veronika le tiene miedo a ese mar bravo: el mar se convirtió en mi enemigo. Luchábamos por el mismo hombre. Pero, a pesar de la amenaza, son felices. Se quieren y piensan en tener hijos.

Volvemos al presente. En una de las cenas que comparten, Veronika sorprende a Astrid con una sonata de Brahms que la madre de la anciana le ponía muy a menudo. La música cura, la música les trae lo mejor de sus vidas: hacía más de setenta años que no la oía. Sin embargo, ahora vuelve a mí y me doy cuenta de que siempre ha estado aquí, en mi corazón. Su madre le decía que la música contenía toda la belleza del mundo. Pero Astrid dejó de escuchar música, abandonó todo lo que significaba la vida para ella: yo maté la música. Y maté a mi hija.  Esta es la parte que me resulta más difícil de entender del libro. El porqué Astrid mató a su hija Sara. Supongo que en la siguiente afirmación unas páginas más atrás está la razón: subí la escalera y supe que él estaba allí La puerta no se hallaba cerrada, sólo tuve que empujarla suavemente y se abrió sin hacer ruido. Lo encontré inclinado sobre la cama […] Supe que no tendría tiempo. ¿Maltrato real a la niña por parte del padre? ¿Miedo a que haga con la niña en un futuro lo que ya le hace a ella y que también le hizo su padre a Astrid? Sinceramente no me queda claro. Y me parece terrible que la mate, ¿por qué? ¿No había otra salida? ¿Qué opináis vosotros?

Veronika no la juzga. Ve tanto dolor en sus ojos durante su confesión que la abraza y la consuela: Oh, Astrid. Mi queridísima, queridísima Astrid. La anciana comienza a llorar el llanto reprimido tantos años: era un llanto fruto de un dolor tan grande que parecía insoportable. Quizá en lo siguiente haya una respuesta: enterré todos mis pensamientos junto con mi hija. Es tan doloroso… […] ¿Lo ves?, era yo. Siempre fui yo. Porque mi amor no era lo bastante intenso. Y si no estaba segura, entonces podría haber vuelto a ocurrir  […] Tal vez es que mi odio lo era demasiado. Ella se siente culpable. Culpable de no haber amado lo suficiente o de haber odiado demasiado. También, hay confusión debido a su soledad: creo que, si encontramos las palabras y a la persona a quien contárselas, tal vez vemos las cosas de una manera diferente. Pero yo no tenía palabras ni a nadie.

Veronika retoma su relato del pasado. Los días felices en Nueva Zelanda van a tener un terrible final. James muere mientras surfea. El mar gana y le arrebata a su amor, a su hombre y ella se quedará estancada en su dolor mucho tiempo incapaz de reaccionar: yo estaba en otra parte, un lugar adonde la luz no llegaba. Pero aún hay más. Veronika pierda al hijo que estaba esperando. El hijo de James. El que podría haber mitigado su pérdida. Es terrible todo lo que les ha ocurrido a estas dos mujeres. Llama la atención su serenidad, su templanza al vivirlo y su resistencia. Ambas son fuertes aunque estén varadas. Muy fuertes.

Después de enterrar al marido de Astrid, las dos mujeres se encaminan a pasar un día en el lago. Antes han ido a comprar un bañador para la anciana que nunca se ha bañado. Es verano. Mientras lo escogen, ríen a carcajadas. Ambas se han liberado de terribles secretos y empiezan a recuperarse y a disfrutar. A Astrid no le importa haber tardado toda una vida porque ha llegado a tiempo de salvarse y eso es lo único importante: con el tiempo comprendes que no hay nada que temer y mucho por lo que estar agradecido. Me ha costado la vida comprenderlo.

He pasado más tiempo con él que con ninguna otra persona. Sin embargo, cuando lo veo ahora que soy adulta, no estoy segura de conocerlo. Sé que es bueno. Y amable. Sé que le gusta leer con qué música disfruta, qué deportes prefiere. Pero no sé lo que piensa. No lo conozco como persona. Sólo como padre. Es Veronika la que habla. Después de funeral de James, la joven va a visitar a su padre a Tokio. Su padre, indispensable en su vida. El único con el que podría estar en esos momentos. Su única familia. Con el que no necesita palabras: no hizo preguntas ni me interrogó con la mirada. Desplegó una callada y tranquila eficiencia. Su expresión y su lenguaje corporal venían a decir: “superemos esto lo antes posible y sin dramatismos”. Pasan juntos un mes sin hablar apenas, instalados en una rutina que le va a hacer mucho bien a Veronika, que todavía sigue en shock. La sutil relación de afecto que tienen padre e hija la va a ayudar a superar su dolor: resultaba tranquilizador darme cuenta de que el hombre que tenía delante era mi padre. Que yo era su hija. Y el último día de su estancia en Tokio, Veronika, por fin, puede llorar por primera vez: era una tristeza suave, indefinida, no el dolor físico de antes.

Después de bañarse en el lago, las dos mujeres celebran una cena de cumpleaños mutuo. La reconciliación con sus respectivos pasados es un hecho ya. Ambas están felices y en paz. Las heridas se están cerrando. Astrid le regala a Veronika el diario de su madre, un preciado objeto que ya no necesita pero quiero verlo en manos de alguien que lo proteja. El verano termina y la vida continúa instaladas en una cómoda rutina que consistía en paseos diarios y cena un par de veces por semana, alternando la casa. La vida se desarrollaba según un ritmo amable y predecible. Veronika se sentía en paz, descansando en el presente.  El libro que está escribiendo avanza. Ya no va a ser el libro de James. No es todavía el momento para escribirlo: era distinto, un libro que había sustituido al otro, y Veronika empezaba a creer que así debía ser. Su padre se ha jubilado y ha regresado a Suecia. La invita a visitarlo. La echa de menos. Ella también. Pero hay algo más: he estado pensando que quizá un día debería volver a Nueva Zelanda. Que quizá necesite una especie de conclusión. He estado pensando que me fui sin terminar mi vida allí. Que es preciso que vuelva. Astrid la anima a que haga lo que tenga que hacer: quizá haya llegado el momento. Cuando estés preparada. No hay prisa. Pero llegará el día en que tengas clara tu decisión. Según la anciana, sólo hay que escuchar a nuestro corazón para saber lo que tenemos que hacer.

Finalmente Veronika decide marcharse. Es el día de Todos los Santos. Irá primero a ver a su padre a Estocolmo y después a Nueva Zelanda. Pero algo de ella se queda en ese lugar donde ha vivido tan intensamente y donde han ocurrido cosas muy importantes: comprendió que aquella casa y aquel pueblo se habían convertido en su hogar. Que por primera vez se enfrentaba a una partida teñida de tristeza. Visitan el cementerio: ahora ya no tengo miedo, afirma Astrid. Y Veronika, a pesar de su tristeza, está preparada para partir: el vínculo entre la casa y ella se había roto. Ambas estaban a la espera de la siguiente etapa. Respecto a Astrid, Veronika siempre la tendrá en su corazón.

Han pasado los meses. Veronika vuelve al pueblo. Es marzo. Igual que la primera vez. Astrid ha muerto. Ha decidido poner fin a su vida y le ha dejado su casa a la joven. Veronika visita el cementerio. La tumba de Astrid está al lado de la de su hija Sara. En ella hay unas palabras grabadas: Déjame ahora cantarte dulces canciones. La joven deposita en cada lápida sendas dioritas traídas de Nueva Zelanda. Hay una carta de Astrid para ella y dentro de la carta, el colgante que siempre llevaba la anciana. La importancia que adquieren pequeños objetos cargados de simbolismo es muy importante en esta novela. La carta está llena de amor y agradecimiento. Y sobre todo de reconciliación con la vida. Emociona, mucho, leerla: me conoces como ninguna otra persona me ha conocido jamás. Y me gusta pensar que te conozco un poco. Durante mucho tiempo me reconfortó la idea de no tener nada. Ni a nadie. Pero ahora sé que no estamos hechos para vivir así. No me entristece haberlo comprendido tan tarde. Me siento agradecida por el simple hecho de haberlo entendido. Puede que a algunas personas mi vida les parezca trágica. Un desperdicio. Yo no lo veo así. Tú me has abierto una nueva perspectiva. Has vuelto a sacarme a la brillante luz de la vida, me has abierto los ojos. Has hecho que el hielo se derrita. Y te estoy muy agradecida. Astrid le dona su casa para que haga lo que quiera con ella pero espero que elijas aceptarla. Es una casa que necesita amor y felicidad, que la merece […] Me gustaría que me recordaras con una sonrisa. No olvides que hubo amor, pero permití que el odio bloqueara mis recuerdos. Ahora creo que mi vida toca a su fin con un cierto triunfo final. He recuperado el amor de mi vida. Astrid considera que todo lo bueno que ha logrado al final de su existencia se lo debe a Veronika: el amor, la música, la capacidad de admirar el paisaje, la reconciliación con su pasado, la vida a fin de cuentas. Y ella, como agradecimiento, le dona un hogar: ¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! La joven tiene también algo para ella: su libro, ya terminado, que se titula “Déjame cantarte dulces canciones”.

Plazos

Una vez terminada esta hermosa historia de amistad y redención, es hora de vuestros comentarios sobre esta segunda parte y sobre la novela en su totalidad. Disponéis de una semana para ello. ¡Espero que sean muchos los comentarios!

Anuncios

Sería un alivio contar la verdad

2 Dic

Un claro en el bosque. Foto en flickr de Jordi Armengol. Algunos derechos reservados.

Astrid y Veronika comienza con una estrofa del poema Insomne de Bo Bergman. Una loa a la escritura como salvación. A continuación hay un prólogo que contiene dos cortos párrafos encabezados por los nombres de ambas protagonistas y unas fechas y lugares. Lo que dicen es enigmático porque todavía no sabemos nada de sus vidas. En cada párrafo hay un “nosotros” y la naturaleza omnipresente.

Veronika llega al lugar que va a ser su hogar a lo largo de ocho meses. Es invierno, principios de marzo. Todo está nevado, oscuro y en silencio. Lo primero que divisa son dos casas, una más grande que la otra. La suya es la pequeña. La joven se ha pasado la vida viajando: toda su vida había viajado en compañía de su padre, cogida de su mano, rumbo a un nuevo destino en algún lugar lejano. Desde que su madre los había abandonado, padre e hija jamás se habían separado. Pero ya no son compañeros de viaje. Su padre vive en Tokio. Sabe que este viaje es distinto: éste sería un trayecto solitario. Una huida, una escapada. Un viaje sin objetivo. Su vida le parecía tan vacilante como la luz, suspendida en medio de una nada blanca. No sabe cuánto tiempo va a quedarse, había sido una decisión repentina. Hay algo que la ha empujado a aquel remanso de paz. Desde el principio la casa se personifica: la casa guardaba aún las distancias […] Era una inquilina huérfana en una casa huérfana. También desde el principio percibimos que a Veronika le ha pasado algo, algo que tardaremos tiempo en saber y que intuimos que no es bueno. La joven necesita silencio y soledad. Quiere escribir. Lo intenta desde los primeros días pero no puede: era como si el libro que había empezado a redactar en otro mundo, en otra vida, lo hubiera escrito alguien distinto. Las palabras ya no guardaban relación con la persona en que se había convertido. Da paseos matutinos y se fija en la otra casa que seguía oscura y silenciosa. La tendera del pueblo le informa que su vecina es Astrid Mattson, la bruja del pueblo. No le gusta la gente. Vive aislada. Me temo que no es una buena vecina. Veronika la ve por primera vez a las dos semanas de llegar. Una mujer mayor y encorvada.

Ahora es Astrid quien contempla a Veronika llegar a través de la ventana entreabierta. A oscuras, refugiada en su casa que constituía una parte orgánica de sí misma. El silencio lo envuelve todo y también la soledad. Su vida era una cuestión de sustento, de supervivencia, y sus necesidades eran mínimas. No hacía planes para el futuro. El jardín se desmoronaba, la casa se desmoronaba […] Era un edificio moribundo que albergaba un cuerpo moribundo. La una huérfana y la otra muriéndose en casas que son un reflejo de sí mismas. Astrid mantiene a raya al pasado, no tiene futuro y el presente era un vacío en calma donde existía físicamente, pero sin presencia emocional. Esperaba, con los recuerdos sumergidos, lo que suponía una tarea constante y agotadora que consumía todas sus energías. Y había momentos que flaqueaba. Astrid espía a su vecina pendiente de sus idas y venidas y, un día, responde al saludo que le hace Veronika y se sorprende. La anciana no está bien, un peso muy grande la habita. Un peso que cada vez soporta peor, y, a veces, llora.

Dos meses después, Astrid se da cuenta de que en la otra casa no hay señales de vida. Se empieza a preocupar y, pasados varios días, decide, sin saber el porqué, ir a ver qué pasa: cuando la puerta se abrió y se encontró cara a cara con la joven, se dio cuenta de que la vida había cambiado de manera irrevocable. Ahora le importaba. Veronika está enferma, con fiebre, con pesadillas que la llevan siempre a una playa en Nueva Zelanda con un mar tempestuoso. Y Astrid ha ido a ayudarla. Por fin se conocen. Y comienza su amistad. Dan su primer paseo. Hablan poco. Pero será Astrid quien rompa el hielo: y durante este tiempo infinito he estado sola en mi casa. Esperando. Guardando mis secretos. He aprendido a guardar bien mis secretos y soy una experta en soledad. Pero ahora… Una mujer que ha estado la mayor parte de su vida sola, anciana ya, de pronto se desborda en confesiones. La primera será sobre su madre. Su adorada madre.

Nunca la oí reír en casa, sólo cuando estábamos lejos, nosotras dos solas. Un hermoso día de su infancia pasean por el lago, ríen y juegan. La madre le dice que recuerde siempre que la quiere: y entonces tuve la certeza absoluta de que no habría más días como aquél. Todo está descrito con gran detalle y mucha emoción. Aquél hermoso día de verano que Astrid nunca olvidará, porque ese mismo día su madre se irá, y poco después encontrarán su cuerpo en un hotel de Estocolmo. Se había cortado las venas  […] tenía veintisiete años. Yo seis […] No descubrí lo que pasó hasta muchos años después, pero instintivamente supe que aquella noche la había perdido para siempre […] Acepté la soledad como un nuevo estadio en la vida. Inevitable y permanente. Para Astrid el principio y el final de su vida será ese momento en que vio a su madre marcharse para nunca más volver: ese hecho pareció señalar el fin de todo lo bueno, de la vida misma. Veronika recibe su confesión en silencio. Cuando hablan serán casi siempre monólogos que recuerdan pasajes de su vida. No hay un interlocutor que conteste. Hay mucho silencio entre las palabras.

Una nueva cita entre las ya amigas da lugar a una nueva confesión, de nuevo de Astrid. Al morir su madre, la niña es llevada a Estocolmo a vivir con su abuelo materno pero la soledad en la vida de Astrid ha venido para quedarse. Será la única vez que salga del pueblo. El abuelo apenas la habla, casi ni existe. Sólo la criada, la señora Asp, le hará algo de compañía y le dará un poco de afecto. No recuerda ni cuánto tiempo pasó allí. Sólo la biblioteca y el piano la entretienen. Nunca recibirá noticias de su padre. Y es precisamente su padre el causante de la indiferencia del abuelo: yo no pedí que viniera. Es la viva imagen de su padre y me resulta doloroso mirarla. Finalmente vuelve al pueblo, con su padre, para nunca más salir de él.

Veronika también tiene sus secretos, y su dolor, que afloran en sus sueños con la playa y el mar. En Nueva Zelanda. Tal vez necesitaba irse lejos para poder ver con claridad, para permitir que los recuerdos emergieran a la superficie. Pero, aunque empezaba a recordar el pasado, no era capaz de convertirlo en palabras. Permanecía horas frente al ordenador sin escribir. El libro que había empezado se le antojaba cada vez más esquivo. No están bien conectados su pasado, su vida presente en el pueblo y el libro. El verano está llegando y Veronika invita a cenar a su nueva amiga. Prepara con gran mimo la cena. Cenan sin hablar mientras escuchan música. Astrid comenta lo que le gustaba cantar, recuerda las canciones que su madre le cantaba. En un brindis final, la anciana habla de los recuerdos, de los secretos: puedes obligarte a creer que se han borrado. Pero si los buscas con atención, si deseas realmente descubrirlos, están ahí. Astrid necesita contar la verdad de su vida, su verdad, y será Veronika la destinataria de sus confesiones que poco a poco ya ha empezado a desgranar.

Un pequeño claro en medio del bosque tupido, con una suave hierba plateada y fresas silvestres. Di con él por casualidad cuando buscaba setas en otoño, y entonces se convirtió en mi escondite secreto […] A veces pasaba allí el día entero, tumbada sobre una manta. Estaba sola en el mundo y a salvo.  Astrid tiene ya dieciséis años. Nadie la echa de menos cuando pasa el día entero en su escondite secreto. Un día, encuentra a un chico en el claro. Está recogiendo fresas. Le sonríe y se las ofrece. Se sientan juntos en silencio. Después de aquel primer día, el deseo de seguridad en mi escondite secreto se convirtió poco a poco en el de encontrarme con él. O tal vez el lugar y el chico se convirtieron en mi mente en una sola cosa. Se llamaba Lars. Tenía un año más que yo […] “Por favor, por favor, por favor, que esté hoy” […] Para mí, el lugar en sí ya no bastaba. Un día su encuentro se convierte en amor. Pero Astrid tiene la certeza de que no durará. Ella no es merecedora de tal felicidad. Sólo la soledad. Lars muere poco después en un accidente pero en el jardín de Astrid los fresales siguen vivos.

Ambas les dan muchas vueltas al lugar que ocupan los recuerdos en sus vidas y al concepto del tiempo con respecto a ellos porque ambas tienen recuerdos dolorosos de los que no han podido liberarse. Pero ahora pueden hacerlo porque cada una tiene en la otra a la persona adecuada que la va a escuchar, y a comprender: Quiero recordarlo todo. Pero quizá necesite más tiempo. Concederme una temporada de reposo. Distanciarme un poco para comprobar si distingo la pauta. Y enfrentarme con la verdad de lo que hay realmente ahí. Es Veronika la que habla y a la que le toca el turno de empezar a soltar su dolor. Su dolor tiene un nombre: James, que ya ha sido un par de veces nombrado, pero que ahora se convierte en protagonista en el relato de Veronika.

Hasta entonces había llevado una vida segura. Había vivido en un mundo lento y cordialmente indiferente que me concedía tiempo para meditar mis acciones. Y ésa era la clase de mundo para la que yo disponía de mapa. En el mundo de James estaba perdida para siempre. James llega como un huracán que barrerá todas las certezas de la joven. Es el amor al que no se le puede preguntar porque no tiene respuestas. Londres, un pub, un camarero de treinta y un años de Nueva Zelanda que está viviendo su experiencia en el extranjero. Un encuentro casual que cambiará la vida de Veronika. Comienzan una relación de la manera más natural: pasaba la noche ante una cerveza, observándolo mientras trabajaba. Riendo de pura alegría de verlo, de oírlo. Me sentía como si jamás hubiera reído antes. Como si nunca hubiera sido feliz. Ahora siento que aquélla fue toda la risa de mi existencia. Mi cuota. Me contó que había prometido a su madre regresar por Navidad, así que yo sabía que pronto acabaría nuestra relación. Veronika  no tiene planes. Se deja llevar. Decide vivir ese amor sin pensar en el futuro. Y guarda, guarda imágenes. En Estocolmo está Johan que la espera. Para esto tampoco tiene respuestas. Cuando llega el momento de la partida de James, éste le dice que la quiere y que se vaya a vivir con él: he olvidado cómo vivir sin ti. No recuerdo cómo me las arreglaba solo. Por favor, ven conmigo, Veronika. Pero la joven no le responde y James se marcha.

Llega el verano. Astrid y Veronika no se han visto desde aquella cena. Un día, cercano ya San Juan, la joven visita a Astrid y ésta le comenta que su marido se muere: he ansiado esta muerte desde el día que me casé. Sesenta años. Ahora que llega, me doy cuenta de que no tiene importancia, de que nunca se trató de él. Sabe que esa boda será el día en que renuncie a la vida: mi marido se casó con un granja. Se casó con la tierra y la casa […] Y se casó con mi apellido. Mi padre creyó que había negociado un futuro para sí mismo y la granja. Yo me casé con la muerte. Astrid tiene dieciocho años. Era un hombre insignificante. La primera vez que lo vi estaba de pie junto a mi padre y parecía una mala copia. Menos corpulento, más joven, pero extrañamente semejante a él […] Ahora todo esto es mío, ¿sabes? Cuanto ves por esa ventana. Todo es mío. Aquí no hay nada que te pertenezca. Nada. Astrid tiene que ir a la residencia de ancianos donde su marido está muriéndose: no temo enfrentarme a él, sino a mí misma […] Ha sido una espera muy larga. He permitido que la vida se me escapara de las manos mientras alimentaba mi odio dentro de esta casa […] Ahora veo que todos estos años no he hecho más que aguardar a ser liberada, cuando en realidad no había más ataduras que las creadas por mí. Y ahora ha llegado el momento. Debo enfrentarme a la verdad.

Pero todavía hay más verdades ocultas y dolorosas en la vida de Astrid. Su padre. Otro hombre frío, seco, que la ignora y al que ella teme. La anciana no logra entender qué fue lo que unió a un hombre débil y menudo y a mi madre, alta, hermosa y risueña. Cuando ella tenía trece años su padre la llamó, mi padre no me hablaba casi nunca y jamás usaba mi nombre, y en su estudio la pide que se desnude. Él la contempla y le dice que se dé la vuelta: sólo se oía el rítmico roce de la lana contra la lana, de su brazo contra los pantalones. El tiempo seguía transcurriendo. Toda mi juventud se desvaneció. Terrible. El abuelo, el padre, el marido. Nefastos para ella, sobre todo los dos últimos a los que sufrió largo tiempo. En contraposición, la madre y Lars, a los que amó, desaparecen como una certeza de que la felicidad está prohibida para ella. Pero Astrid quiere enfrentarse a su verdad y acompañada por Veronika se dirige a la residencia a despedirse de su marido moribundo: He venido a verte morir, Anders. Y no me iré de aquí hasta que esto termine. Veronika no se despega de su lado, fiel amiga ya, hasta que el marido muere. En el coche, de vuelta y en silencio, uno de los numerosos silencios que comparten ambas mujeres, Astrid llora: No son por él. Mis lágrimas. No son por él, sino por mí. Es tal la intimidad y la confianza que están logrando estas mujeres que, una vez en la casa de Astrid, ambas se acuestan juntas para compartir su dolor. Es entonces cuando Veronika le habla a la anciana de Johan.

Hace tanto tiempo que conozco a Johan que a veces olvido que hubo un tiempo en que no lo conocía. Veronika está todavía en Londres cuando Johan la llama para que vuelva a casa por Navidad. Ha estado ausente casi un año. Durante la cena de bienvenida que le ofrece, Johan le confiesa: soy muy, muy feliz, Veronika. Justo en este momento es la felicidad absoluta. No me importa el mañana; estoy aquí ahora. Contigo. Y soy feliz. Ella intenta ilusionarse pero el móvil suena y es James: Ven a Nueva Zelanda, Veronika. Ven aquí y quédate conmigo. También aquí es Navidad. Una vez al año. Y el resto tampoco está mal. Ven a vivir conmigo al nuevo mundo. Ambos se quedan en silencio y cuando volvió a hablar, yo ya había tomado una decisión  […] Me marchaba. Se me había antojado viajar hasta el fin del mundo para vivir con un hombre al que apenas conocía. Y así podría volver a reír. Va a cenar con Johan: miré su rostro, memorizándolo también […] Cuando se lo dije, supe que no quería causar tanto dolor a una persona nunca más. Johan comienza a llorar: estaba equivocado, Veronika. Estaba equivocado. El momento nunca me bastó. También quería el futuro.

Es triste olvidar el rostro de una persona amada. Muy triste. Tal vez creemos que las cosas son más fáciles si no vemos la cara. Pero no es cierto. Sólo hace que el dolor sea más agudo. He olvidado el rostro de mi hija. Podría describir hasta el último y exquisito detalle, pero ya no puedo verlo […] Desde que nació, no ha pasado un solo día sin que pensara en ella. Pero no la veo. Sara. Su hija a la que puso el nombre de su madre: sus uñas eran escamas de pez diminutas. Apretó mi dedo con fuerza y miré sus negros ojos. Me invadía tal alegría que me sentía como si fuéramos invencibles, mi hija y yo. Mi hija Sara […] Llevaba a mi hija a todas partes. Tenía la impresión de que conocía todos sus deseos y necesidades, y ella nunca lloraba. Cuando el tiempo mejoró, me la llevaba al claro del bosque. Se lo contaba todo mientras caminábamos. Y hacía que todo pareciera hermoso. Le hablaba de cosas bonitas, porque quería que viviera en un mundo bueno. Deseaba ofrecerle un mundo bueno  […] Pero cuando volví la vista hacia los fresales, donde las flores todavía eran pequeños capullos prietos, lo supe. Supe que no tendría tiempo. De nuevo la amenaza en la vida de Astrid. Algo ha pasado que le hace presentir que la felicidad no ha sido creada para que ella la pueda vivir.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios, que espero que sean muy numerosos, sobre esta primera parte de la lectura. A la vez que la comentáis, seguiremos la lectura de la novela desde el capítulo 21 (pág. 114) hasta el final de la novela. Disponéis de una semana para ambas cosas. Hay mucho que comentar: los personajes, las descripciones, la relación tan especial que están desarrollando las dos mujeres, los recuerdos desgranados, su dolor, los silencios, la naturaleza… Sinceramente pienso que es una historia muy especial narrada de una manera muy delicada.

 

Astrid y Veronika: déjame ahora cantarte dulces canciones

24 Nov

Beautiful Swedish Home. Foto en flickr de Let Ideas Compete. Algunos derechos reservados.

La primera novela de Linda Olsson, Astrid y Veronika, al igual que Canciones de amor a quemarropa, es una historia de amistad, en este caso de dos mujeres, que surge de un curso de escritura (Astrid y Veronika es el resultado concreto del curso inaugural de posgrado “Escribir novelas” de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda). Si no hubiera seguido ese curso, seguramente jamás habría contemplado la posibilidad de escribir este libro). Los ahora tan de moda talleres de escritura comienzan a dar sus frutos. Los países anglosajones son pioneros en ellos. No sé qué pensáis de esta manera de escribir novelas, tan diferente de la clásica: un escritor y su memoria e imaginación a solas en su estudio ante un folio en blanco.

Astrid y Veronika se desarrolla en Suecia, el país natal de la autora: el proceso de escritura me ha llevado al otro lado del  mundo; es, de hecho, el viaje más largo que puede hacerse sin volver atrás. Mi país de origen ha estado presente en mí con una intensidad sin precedentes. Pero este libro sólo podría haberlo escrito aquí, en Nueva Zelanda. La distancia era esencial. Y es verdad que la novela está totalmente impregnada del paisaje sueco así como de sus costumbres. Ambas mujeres viven en sendas casas vecinas y aisladas a las afueras de un pequeño pueblo. Con frecuencia pasean solas o juntas por el bosque cercano o a las orillas del río que pasa por él, se bañan en el lago, se tumban en prados o recogen frutos del campo. La naturaleza, descrita con todo detalle, es un personaje más de la novela así como el tiempo atmosférico y la sucesión de las estaciones que inciden en sus estados de ánimo: la nieve y la oscuridad del invierno, la aparición del sol y el aire tenue en la primavera, el estallido del verano o la llegada del otoño con sus promesas de vida nueva. Un homenaje de la autora a su país escrito desde la distancia necesaria.

Veronika es joven, treinta y un años, y Astrid tiene casi ochenta. Una ha viajado por todo el mundo y es escritora y la otra prácticamente no ha salido nunca del pueblo y no se relaciona con nadie. La llaman “la bruja” porque es huraña y solitaria y camina por los campos o se recluye en su casa. Veronika se ha refugiado en este lugar porque necesita estar sola y además quiere escribir. Llega al pueblo en invierno. Un manto de nieve lo cubre todo. Ambas han sufrido mucho, están heridas, y ambas están solas. Y tienen secretos guardados. Y son vecinas. Tardan un poco en conocerse pero cuando lo hacen, la amistad surge lenta pero profundamente. Son muy diferentes en muchas cosas pero hay algo esencial que las une. Astrid, que lleva muchos años completamente sola por decisión propia, se abre a Veronika con una gran naturalidad, quizá porque su soledad es muy grande pero también porque siente que con ella puede hacerlo. A Veronika le pasará algo muy parecido. Su sufrimiento y su deseo de compartirlo con la persona adecuada será lo que las una. Sus recuerdos irán surgiendo a medida que la amistad avanza, y con ellos sus emociones. Y la ayuda mutua que se ofrecen les hará mucho bien en su proceso de reconciliación consigo mismas. Otro aspecto muy importante de su relación es que ninguna juzga a la otra sino que la acepta con todas sus imperfecciones. Una amistad sincera desprovista de interés. Una amistad que las salva.

Relato intimista, melancólico, reposado, de ritmo sosegado para leer muy despacio y recrearse en lo que las protagonistas nos cuentan y en cómo nos lo cuentan. Sus confesiones nos van atrapando sin necesidad de grandes acontecimientos. No hay mucha acción y sí mucho sentimiento y sensaciones. Y rodeándolo todo, las descripciones que van del paisaje a lo más nimio deteniéndose en los detalles. Al leerlo es como si nos hubiéramos retirado al campo haciendo un paréntesis en nuestras vidas. Aunque las confesiones sean a veces duras, todo está narrado con una gran calma y sutileza por lo que la autora consigue que las aceptemos como una parte más de la complejidad de la vida.

Hay una serie de elementos muy importantes en la novela: la(s) casa(s) que cobra vida, que se convierte en un ser animado, en un personaje más de la novela. La casa acoge, es un refugio: tal vez fue entonces cuando la casa y yo nos convertimos en una sola cosa. Se transformó en mi piel. Mi protectora. Ha oído todos mis secretos; lo ha visto todo. En las casas de ambas es donde pasa lo más importante, también en el bosque. Lo interior y lo exterior. Porque el bosque, la naturaleza, ya lo he dicho, es otro personaje más.

Otro elemento importante, pero sutil, es la música, presente a lo largo de toda la novela. Se asocia a lo positivo, a la vida, a la alegría, al cambio: la música. Hubo silencio, un silencio muy largo. Luego entraste tú en mi vida y me trajiste de vuelta la música. Escuchan música que pone Veronika cuando cenan, Astrid recuerda cómo jugaba con el piano de su abuelo o cuando escuchaba cantar a su madre canciones infantiles.

El silencio. Asociado a los momentos malos, a la parálisis que provoca el dolor. También a su soledad, la soledad es silencio y en él surgen los fantasmas y los recuerdos que hacen daño, el pasado que las hace sufrir.

La poesía. Cada capítulo comienza con unos versos extraídos de poemas de diversos autores, casi todos nórdicos (hay una lista al final de la novela de todos los poemas y de sus autores), que funcionan a manera de títulos y que nos dan información sobre lo que va a ocurrir en ese capítulo. Probad a leedlos todos seguidos y veréis cómo componen un bello poema. El título de este post es el verso con el que se inicia el capítulo treinta y dos que es de Karin Boye y que será el título que dará Veronika al libro que está escribiendo. Además de estos versos, en sus paseos, a veces leen poemas.

Otros elementos importantes son la oscuridad y la luz. El invierno, oscuro, con el que empieza la novela y la luz que traerá la primavera. Símbolos ambos de su transformación: tú me has abierto una nueva perspectiva. Has vuelto a sacarme a la brillante luz de la vida, me has abierto los ojos. Has hecho que el hielo se derrita. Y te estoy muy agradecida.

En cuanto a la estructura, la novela se compone de treinta y siete capítulos cortos más un prólogo y un epílogo. En cada capítulo el punto de vista es de una o de otra alternándose sin un orden. La historia salta del presente al pasado con flashbacks en los que cada una narra sucesos de su vida en monólogos que comienzan con el nombre de la narradora. Monólogos intensos, porque intenso, y muchas veces duro, es lo que cuentan y, a veces, también son poéticos. Con frecuencia, cuando alguna de las dos va a empezar a hablar, inicia su relato, al final del capítulo anterior, con expresiones del tipo: déjame que te cuente como ocurrió, o te voy a contar cómo fue… dándole al relato un carácter de narración oral.

No he encontrado ninguna entrevista a la autora ni ninguna crítica del libro. Sólo el enlace a la página web de la autora en inglés. Si encontráis vosotros algo sobre ella o el libro, os agradezco que lo pongáis en los comentarios.

Bien. Os dejo con Astrid y Veronika: amistad, amor (en todas sus facetas), infancia, familia, pérdidas, sentimientos, recuerdos escondidos o enterrados…

Plazos

Como la novela no es muy larga, vamos a dividir la lectura en dos partes. Leeremos a lo largo de una semana hasta el final del capítulo 20, “Sólo a ti te cuento lo que nadie más imagina. En caminos interminables tú fuiste mi soledad”, (Pág. 113).

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

Tras treinta y tantos años por fin habíamos dejado atrás la infancia

9 Nov

Rodeo. Foto en flickr de Carol Von Canon. Algunos derechos reservados por Big Grey Mare.

Y llegamos a la última parte de Canciones de amor a quemarropa en la que se suceden numerosos capítulos, la mayoría cortos. El mayor protagonismo lo van a tener Henry y Lee que vivirán una rocambolesca situación que a manera de símbolo servirá para solucionar la brecha que se ha abierto en su amistad. Todos van a terminar por encontrar su lugar en el mundo, como no podía ser de otra manera en una historia vitalista y positiva. Amigos para siempre, como dice la canción.

Mientras todos están buscando a Ronny, Beth recuerda cómo un día en aquella época confusa de su vida (no sé qué hacía ni qué límites quería romper), justo después de acostarse con Lee, Ronny la invita a un rodeo en Minneapolis en el que va a participar. Como dos buenos amigos pasan la noche bebiendo y charlando y será Ronny quien la ayude a salir de su confusión: Deberías volver con Hank. Te quiere. ¿Te das cuenta? Te quiere muchísimo, te quiere de verdad […] Hank es mi amigo, y es un buen tipo y está loco por ti, joder. Desde siempre… Ya lo sé, se supone que deberíamos estar todos por ahí viviendo a tope y todo eso, pero, la verdad, me parece que al final ese rollo es una chorrada enorme. Todo el mundo espera a esa persona única. Y Beth, una semana después, vuelve con Henry: al cabo de un año nos casamos. Al cabo de cuatro, tuvimos a nuestra primera hija, Eleanore. Para Beth, Ronny es un ángel que siempre ha estado y estará ahí para ayudarte.

También Lee tiene buenos recuerdos de su gran amigo Ronny. Mientras le está buscando junto a los demás, con la nieva casi hasta el cuello, recuerda cómo le llamó todo entusiasmado para decirle que se casaba y que quería que fuese su padrino (muy al contrario que él que, cuando se casó, únicamente les envió una invitación y unos billetes de avión). Lee, que aunque sólo lleva un mes casado con Chloe, siente que las cosas no van bien entre ellos, no puede dejar de alegrarse infinitamente y sentir cómo sus amigos siempre están ahí. Y será Lee, junto a Eddy, el que acabará encontrando a Ronny tendido en el patio de la escuela con los pies casi congelados, pero a salvo.

Cuando encontraron a Ronny volví a la fábrica, me hice un poco de café y me quedé sentado en el despacho mirando por la ventana. Kip toma la palabra. Está solo y se encierra en el único lugar en el que se siente él mismo. Esa fábrica que ha reformado, ya no sabe muy bien para qué, y que le ha arruinado: desde el mismo día de mi boda, pensé en cuánto me habría gustado volver a empezar, haber hecho las cosas de otro modo. En primer lugar, Felicia y yo hubiéramos hablado sobre todo lo que teníamos que hablar, todo aquello que siempre había estado latente. Hijos, Little Wing, la fábrica de piensos, el dinero, todo. Es justo en “su” fábrica dónde se va a celebrar la boda de Ronny. Y eso le lleva pensar en su propia boda y en Felicia. Decidí coger el coche para ir adonde estaba ella, a ese motel entre Little Wing y Eau Claire. Kip le propone que se marchen de Little Wing (él, en el fondo, quiere volver a Chicago), ella le pide tener un hijo: me dejas embarazada y nos vamos. Y Kip se rinde y accede. La reconciliación es un hecho. Serán felices y tendrán una casa llena de niños, tal como Felicia desea.

Y por fin llega la boda de Ronny y Lucy: pese a los dedos congelados y a la nariz colorada, Ronny insistió e casarse en el día y la hora convenidos. Será Lee quien nos la cuente. Todo el pueblo va a estar presente. Fue una boda preciosa, la típica boda luterana. Y va a unir a todos los amigos: no sabía cómo, pero el muy cabrón se había salido con la suya, había vuelto a juntarnos a todos. En ese espíritu de hermandad y felicidad, Lee decide que ya va siendo hora de reconciliarse con Kip, al que se le ve muy feliz, y le invita a salir fuera a tomarse una cerveza: Venga tío, ¿no vas a dejar que me disculpe? Lee siente que Kip ha cambiado y, además, sabe apreciar que el éxito de esa boda se debe a su buen hacer: lo que él había hecho era algo fuera de lo común, era algo bueno. Era una de esas cosas que se han perdido en América, me temo. Pueblos enteros, comunidades enteras unidas para celebrar algo, para divertirse. Sin política, sin negocios de por medio, sin un orden del día […] América, diría yo, consiste en gente pobre tocando música y en gente pobre compartiendo comida y en gente pobre bailando aun cuando llevan una vida tan desesperante y tan deprimente que ya ni debería haber sitio para la música o para algo de comida extra, cuando no deberían quedarles energías ni para bailar. Y ya me pueden venir con que no tengo razón, con que somos un pueblo puritano, un pueblo evangélico o un pueblo egoísta, pero yo no lo creo. No quiero creerlo. Estos dos párrafos, creo yo, contienen una de las ideas centrales que Nickolas Butler nos quiere transmitir con su novela. La visión, positiva, que él tiene y que nos quiere hacer llegar de la sociedad americana, sobre todo de lo que un día fue su país: todos juntos celebrando algo aunque no tengan donde caerse muertos. ¿No creéis?

Y sumidos en esta onda de buenrollismo, llega el turno de que se reconcilien los únicos que quedan por hacerlo: Lee y Henry. Será este último el que empiece a contárnoslo. Todo girará alrededor de un absurdo tarro gigante de huevos encurtidos. Decenas de huevos, cientos, tal vez, suspendidos en ese líquido amniótico turbio y verdoso que está detrás de la barra del bar de los veteranos. Los dos amigos están tomándose una cerveza en el bar: estábamos taciturnos y apesadumbrados. Los dos queríamos, muy en el fondo, volver a ser amigos, pero no sabíamos si eso sería posible, si lograríamos olvidar y deshacer […] Tomábamos un trago tras otro con ansía. Bebíamos para emborracharnos, para soltarnos. Y, de pronto, Lee, seguramente ya algo borracho, decide que va a robar ese tarro que lleva allí olvidado años, siglos, y que Henry, por supuesto, le va ayudar. Antes le pide perdón pero Henry se resiste, incluso Lee le propone pegarse porque dejaría que me molieras a palos si así volviéramos a ser amigos. Pero Henry está lleno de rabia y celos y siente que su amigo le ha traicionado: cada vez que se despertaba en mí algo parecido al perdón, evocaba alguna imagen de él y Beth juntos en la cama y me volvía loco. Y como no saben qué hacer, pues ¿por qué no robar ese maldito tarro de huevos y así convertirse en cómplices?, piensa Lee. Todo muy rocambolesco, todo muy americano, ¿no creéis? Yo creo que lo hemos visto en cientos de películas “made in USA”. No sé cómo vamos a arreglar esto, tú y yo, sin recurrir a algún acto juvenil de, ya me entiendes, solidaridad mutua.

Hablan claro y Henry finalmente le dice que para volver a confiar en él necesita tiempo, pero yo estaba tristísimo, más que nunca, y más solo que nunca, también. Porque sabía que podíamos seguir siendo amigos, pero sabía también que nunca, nunca, podría confiar en él lo bastante como para poder meterlo otra vez en casa o como para estar tranquilo cuando mi mujer anduviera por ahí. El tiempo había pasado. Todos habíamos tomado decisiones. Así que sólo les queda robar el tarro para salvar su amistad y, mientras Lee entretiene a los parroquianos que hay en el bar, será Henry el que lo robe (gana Lee y su poder de convicción, por fin cómplices en su acto simbólico de salvación de la amistad). Y por fin desaparecimos en la neblina de la noche de Wisconsin, sin un lugar adonde ir y con un inmenso tarro de huevos encurtidos entre los dos. Ya borrachos y en la calle comienzan a coger los  huevos y a tirárselos a los coches. Entre huevo y huevo, Lee le confiesa que se va quedar para siempre en el pueblo: he comprado la fábrica. Se la he comprado a Kip […] Puede que esté tirando el dinero […] Voy a montar un estudio de grabación, abriré un pequeño teatro y el pueblo tendrá música en vivo lo quiera o no. Y lo ha hecho para salvar a Kip de la quiebra y que se pueda marchar a Chicago, que es lo que desea. También, porque en el fondo quiere vivir en su Little Wing pero sin abandonar la música. Ahora estarán sólo los tres en el pueblo: Henry, Beth y Lee.

Y para que la amistad entre ambos quede sellada completamente, Lee terminará herido de bala en una pierna por un chaval que, al romperle el parabrisas con uno de los huevos, le ha disparado (también muy americano). Pero, como, afortunadamente, no es una herida muy grave, todo se arreglará incluso sin ir al hospita, sacándose el propio Lee la bala con la inestimable ayuda, claro, de su ya gran amigo Henry. Asunto resuelto “a la americana”. Entre medias de todo este desaguisado, hay un corto capítulo en el que Ronny nos cuenta que Chicago me gusta. A veces me subo al tren elevado con Christina, la niña, sólo por salir un rato del apartamento. Es un ángel (como no podía ser de otra manera, siendo hija de él)  […] Y ya nadie se fija en mí. Nadie me dice lo que tengo que hacer o dejar de hacer. Y cuando me pierdo, pido ayuda y ya está, porque llevar a un bebé en brazos no va nada mal. También Beth tomará la palabra en un breve capítulo en el que a través de una serie de recuerdos llegará a la conclusión de que todo ha merecido la pena: cada pelea, todos estos años de experimentación y de inmadurez, el desengaño aislado, la mísera cuenta corriente, las camionetas viejas de segunda mano. Haber vivido con otro ser humano, otra persona, con este hombre, todo este tiempo, y haberlo visto cambiar y crecer. Haber visto cómo se volvía más respetable, más paciente, más fuerte y más capaz; cómo quiere a nuestros hijos, etc, etc. Otro asunto resuelto.

La novela se está terminando y Lee nos cuenta con todo detalle, en un largo flashback, la boda de Henry y Beth (muchas bodas, ¿no?) y nos confiesa que todavía la quería, esperando, loco de amor y de tristeza. Y se permite soñar por un momento: ella y yo juntos sobre una cama blanca, con los brazos y las piernas enredados, su pelo castaño, la luz del sol por la mañana y la alegría de hacer un bebé juntos […] Qué tristeza despertar de ese sueño, Dios, para ver mi futuro tal y como se presentaba en realidad: décadas sin esa mujer, décadas viéndola con mi mejor amigos. Pero así estaban las cosas. Incluso se va a las cuatro de la madrugada hasta la habitación del hotel donde sus amigos están pasando la luna de miel. Y cuando está a punto de llamar a la puerta no sabe muy bien ni por qué, pasa ante sus ojos la vida que le espera, que se resume en su éxito y su soledad. Así que bajé el puño hasta la cadera y dejé escapar por la boca años de amor.

Creo que se me nota que no me ha convencido demasiado cómo el autor plantea y resuelve el autor el triángulo Henry-Beth-Lee. Pero, por lo demás, es una novela agradable que ensalza la amistad, el amor y las cosas sencillas de la vida. Aprender que en ellas se encuentra la respuesta a ese algo que todos estamos buscando creo que es el objetivo de esta historia. Y, sobre todo, quiero destacar al que yo considero el verdadero protagonista de Canciones de amor a quemarropa: Little Wing. Cuando el autor nos habla de este pequeño pueblo y lo que implica vivir en él, así como de la naturaleza que le rodea, su prosa se hace grande y ensombrece a todo lo demás que contiene esta novela.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios sobre esta última parte de la novela y sobre toda ella en general. Saquemos conclusiones. Espero que sean numerosas como así lo han sido en el anterior post. Disponéis de una semana para ello.

Polvo de maíz amarillo ascendiendo a los cielos

2 Nov

Wisconsin Winter Snow (In Color). Foto en flickr de sswj. Algunos derechos reservados.

Esta segunda parte que vamos a comentar también está dividida en cinco capítulos correspondientes a los cinco amigos. Comienza con un largo capítulo en la voz de Lee. Han pasado unos meses desde su boda y el músico vuelve a Little Wing, esta vez con la intención de quedarse para siempre, porque su matrimonio con Chloe ha fracasado, tal como pronosticó Beth. Llama la atención que por encima de su tristeza está la alegría por volver: en casa, repetirá varias veces. Es muy fuerte lo que le une a Lee con este pueblo, tanto como para conseguir que la fama no se le suba a la cabeza y siga siendo un hombre sencillo con los pies en la tierra. En este capítulo se alternan dos vueltas al hogar de Lee motivadas por dos fracasos en diferentes tiempos. El fracaso de su carrera como músico en el pasado que le hace volver a Little Wing derrotado y el fracaso personal de su divorcio en el presente que también le hace volver. Lee siempre vuelve a su origen. Sobre todo cuando está vencido por su propia vida. Y Little Wing le da respuestas o el impulso necesario para continuar. Ahí radica la fuerza de ese pequeño lugar tan importante para todos ellos.

Cuando vuelve diez años atrás sin saber muy bien qué va a hacer respecto a su música y se va a vivir a una granja a las afueras con una anciana y varios mexicanos acabará componiendo las canciones que siempre ha querido componer y que nunca había conseguido antes. Y será el principio de su éxito como músico. En un viejo gallinero sin apenas medios compondrá su disco “Shotgun Lovesongs” que le llevará a lo más alto de la fama. Un disco que nace de su propia desorientación y, sobre todo, del desamor. Todas serán canciones dedicadas a su amor por Beth (El disco, ese disco en cuya producción no gasté más que seiscientos dólares, vendió un millón seiscientas mil copias. Cada semana vende más que la anterior. Y las canciones de amor. Las escribí todas para Beth). Porque, como ha contado ella en el capítulo anterior, será en esa granja donde ambos vivirán una noche de amor que queda en nada pero que le dará el impulso necesario para convertir en canciones todo lo que siente por ella y no puede ser vivido (esa noche la recordaré durante el resto de mi vida. Me he acostado con cientos de mujeres. Más de mil, tal vez. Habré tenido más amantes que Little Wing vecinos. Pero esa noche con Beth es la única que recuerdo. Es la que me confunde, la que hace que el corazón me duela, la que me acelera el pulso). Es curioso cómo Lee encuentra su voz y la fama consiguiente a través de un desengaño amoroso. Mi música se parecía mucho a ese gallinero: un lugar frío sediento de calor. Las canciones arrancaban muy despacio; luego llegaba el deshielo y comenzaba a fluir. Si a media pista, en plena grabación, la estufa dejaba escapar un ruido, allí se quedaba.

Y a su vuelta a Little Wing diez años después, ya famoso pero fracasado de nuevo en su matrimonio con una actriz célebre, un matrimonio que no ha durado ni medio año, Lee siente renacer su amor por Beth a la que cree que  nunca dejó de querer. Pero Beth está felizmente casada con Henry, su mejor amigo, con el que ha tenido dos hijos. Y Lee, probablemente perdido y confuso por el dolor que le ha provocado el abandono de Chloe, mezcla sentimientos y se aferra a lo que sintió en el pasado por Beth (no sabría distinguir entre el amor, la soledad, la añoranza y la debilidad. ¿Qué coño sé yo del amor?). Y no se le ocurre nada mejor que, ciego de porros (¿una excusa para justificar su comportamiento?), contarle a Henry todo lo que pasó entre Beth y él hace diez años. Y mientras se lo va contando hay una voz interior que le dice que no está haciendo lo correcto pero él continúa impulsado no sé sabe muy bien porqué, como si quisiera estropearlo todo entre él y Henry (estás saltando por un puto barranco. ¿Qué coño haces? No les jodas la vida a ellos también), o es simplemente el dolor y la confusión lo que le ciegan, además de los porros: Puede que esté enamorado de Beth. “Demasiado tarde”. […] En realidad, creo que llevo mucho tiempo enamorado de ella. “Es guapísima…” […] Creo que ella también me quiere  […] Lo siento, pero tenía que decirlo  […] Hace años nos acostamos. “Cállate ya”. Henry le contesta: “¿Tú quién coño eres? Y la voz interior prosigue: “Me había equivocado” […] Tú y yo hemos acabado. ¿Me entiendes? Y que no te vea por ahí. Hemos acabado.

Lee siempre ha envidiado a Henry y a su matrimonio feliz. Algo que él nunca ha conseguido: nunca los he visto pelearse […] Siempre tan naturales […] Hace años que le tengo envidia a Henry: casado con una mujer preciosa y haciendo exactamente lo que quiere hacer. Al aire libre, bajo el sol, conectado con todo. Los padres de Lee se divorciaron cuando él había terminado el instituto. Cada uno se fue a vivir a otro lugar y me dejaron sin un hogar. A pesar de la de vueltas que había dado, Little Wing era el único lugar que conocía de verdad. Little Wing, donde estaban todos mis amigos.

Le toca el turno a Henry en un capítulo corto que centra en su padre: mi padre no tenía amigos. A través de un hermoso canto de amor al padre ya fallecido hace tres años, Henry, que está profundamente decepcionado de la amistad al saber que su mejor amigo le ha ocultado todos estos años lo que pasó con Beth y lo que parece que continúa sintiendo por ella, piensa que la mejor postura ante los demás es la que mantuvo su padre que nunca tuvo amigos y centró todo su amor en su familia. Un hombre enamorado de su mujer (la única amistad que le había importado a mi padre era la de mi madre) y que compartía noches de futbol por televisión sólo con su hijo. Henry, que siempre ha tenido amigos, al contrario que su padre, piensa ahora que invitar a otro hombre a tu casa es como jugar a los dados. Porque cuando de hombres y mujeres se trata, cuando se trata de sexo, es probable que no se pueda confiar en nadie, que todos seamos unos animales. Tú crees que conoces a alguien, pero nunca puedes llegar a conocerlo del todo […] Cuando ahora pienso en todas las veces que Lee vino a vernos, siento que allanaron mi casa, que me violaron, que me mintieron. Es el momento de preguntaros qué pensáis de la reacción de Henry al saber de la noche de amor que tuvieron su mujer y Lee. Algo que ambos le han ocultado, algo que pasó cuando todavía no estaban casados en un periodo en el que, incluso, no estaban ni juntos ya que habían dejado la relación. Es decir, eran libres. A mí me parece un poco exagerada pero, por otro lado, la puedo entender si la vemos desde el punto de vista de que Lee era, es, su mejor amigo. Y, sobre todo, porque le dice que todavía la sigue queriendo y que ella también le quiere a él. En fin, contadme qué opináis vosotros.

Beth toma la palabra junto con Felicia, de la que se ha hecho muy amiga. Ésta la ha citado en el bar de los veteranos para comunicarle que se separa de Kip porque no quiere tener hijos y eso es lo único que ella desea. A pesar de su brillante carrera profesional de ejecutiva el gran anhelo de Felicia es ver su casa llena de niños: no quiere hijos, ni los quiere ahora ni los ha querido nunca. No sé en qué andaría yo pensando. No tengo ni puta idea. Casarme con él. Venir aquí. Al ver el cariz que toman las cosas, Beth pide unos chupitos. También lo hace por ella porque desde que Lee había perdido la razón y se había ido de la lengua sobre lo que había pasado hacía ya casi diez años, Henry estaba cabreadísimo conmigo, como jamás lo había estado. Todo aquello era más de lo que yo podía digerir. Cuando Henry se lo cuenta, para los secretos, era de los peores, Beth se hunde: me puse a llorar. Era como si me hubiera pegado un puñetazo en la tripa y me hubiera dejado sin aire. No estaba deshecha por mí; estaba deshecha por Henry –este hombre tan, tan bueno, tan bondadoso –, mi marido. Beth decide darle tiempo ya que en su voz iba derritiéndose el hielo. Pero, después de un tiempo, sintiendo que, de alguna manera, lo está perdiendo, decide hablar seriamente con él: no estábamos casados, Henry. Pasó una vez. Sólo una vez […] No le quiero. Te quiero a ti. Eres mi marido y te quiero a ti. A Henry lo que más le duele es que haya sido con su mejor amigo. Y Beth medita sobre el asunto llegando a la conclusión de que nunca pensé que la  noche con Leland hubiera sido un error, pero ahora sí que lo pensaba. ¿Cómo no iba a pensarlo? ¿Iba a jugarme a Henry sólo por él, a mis hijos, a lo que piensan de mí y lo que pensarán de mí? ¿A perder mi casa, mi vida? Y todo porque me sentía sola, por la curiosidad. Creo que todo este tema de la “infidelidad” se le escapa un poco al autor. Me parece que no está bien planteado. Es como si necesitara que pasara algo en la historia y decide que sea esto, que no me parece tan importante, pero “tiene que serlo”. Pero como no lo es, entonces todos pasan de sentir unas cosas a sentir otras con una gran facilidad. A mi parecer no está bien desarrollado. No sé qué pensáis vosotros.

Nos vamos con Kip a lo alto de la fábrica de piensos. Yo creo que allí arriba es donde se siente él mismo, donde encuentra su esencia. Cuando Kip toma la palabra la prosa crece, es la mejor a mi parecer. Es el que tiene una voz propia más poderosa. Y completamente identificable. ¿No creéis? Es poética, sensible en sus descripciones de la naturaleza y en sus huidas buscando algo que le dé sentido a su vida. Es honesto en sus propias limitaciones, en sus errores. No se engaña. Y eso es mucho. Es el más imperfecto pero lo sabe. Me gusta Kip por esto y porque es el que más se aleja de tanto buenismo y perfección. Esto le humaniza y le hace más creíble que al resto. Sabe que en su relación con Felicia el problema soy yo […] Creo que no soy una buena persona. No le hago bien a la gente, lo sé. Lo que se me da bien es hacer dinero […] Pero vosotros plantificadme en una cena o invitadme al cumpleaños de vuestros hijos, y de repente me veré desamparado. Peor que desamparado, porque, por lo visto, siempre digo lo que no toca, siempre hago algo inoportuno. En lugar de ser simple y llanamente torpe, resulta que acabo siendo cruel […] Creí que esta fábrica, este edificio, sería el catalizador con el que mi vida iba a cambiar. Pensé que me aportaría algo concreto, algo real de lo que ocuparme […] A veces subo aquí y ni siquiera sé por qué. Para escapar, supongo. Para contemplar el mundo. Para ver qué viene después. No se ve capaz de tener hijos: nunca he logrado reunir el entusiasmo y el amor que hace falta para eso. La quería, de verdad que la quería. Y todavía la quiero. Pero no me veía siendo padre, siendo esa clase de hombre recto y respetable. Y se compara con Henry y no se ve a su altura: yo no soy Henry Brown.

Felicia ha terminado por irse a un motel cercano. No se ha alejado mucho porque en unos días va a celebrarse la boda de Ronny y Lucy (que está embarazada de seis meses) y quiere estar allí para ayudar. Pero le ha dejado aunque todavía le quiere: tienes que decidir si quieres ser un hombre o no, ya. Madura de una vez. Kip no se ve en el trajín de tener hijos, en la responsabilidad. Quiere disfrutar de su dinero, de viajes y lujos. Kip no ha madurado. Sigue siendo un niño que huye de cualquier responsabilidad personal a través de carreteras interminables con su Mustang. La fábrica ya está terminada y él arruinado, y no sabe qué va a venir a continuación. Y piensa en el suicido. Saltar desde lo más alto de esa fábrica. La verdad es que ya he subido en tres ocasiones distintas con la intención de acabar con todo. Pero no he podido. Simplemente no he sido capaz. La boda de Ronny se acerca y él lo ha preparado todo para que se celebre en la fábrica. El pueblo entero está invitado. Kip corre con todos los gastos: como ya os he dicho, me estoy esforzando.

La voz de Ronny cierra esta segunda parte de nuestra  lectura. Se está preparando para la boda a la vez que se acerca una tormenta de nieve que justo los va azotar el sábado 5 de enero: el día de su boda con Lucinda Barnes. Lee le acompaña a Eau Claire a comprar su traje de boda. Ronny se preocupa porque ha percibido que él y Henry no se hablan y quiere que su regalo de boda sea que vuelvan a ser amigos pero Lee no le promete nada. Ronny todavía no le ha dicho a Lee que después de casarse se va a ir con Lucy a Chicago a empezar una nueva vida ayudados por Chloe. Lucy sabía que yo había intentado escapar del pueblo y había pensado que tal vez esta era nuestra oportunidad de salirnos con la nuestra, de seguir adelante con nuestras vidas. De intentar algo distinto. Lo que no sabe Ronny es que al volver a Little Wing le espera una fiesta sorpresa en el bar de los veteranos. Una despedida de soltero en toda regla: yo no me lo podía creer. No me podía creer que todo el mundo estuviera ahí: toda la gente que conocía, toda la gente a la que quería. Pero esta vez sus amigos están demasiado borrachos pasándoselo en grande para evitar, como siempre hacen, que alguien le dé un chupito a Ronny. Y luego otro, y otro, y otro… hasta que ya no me acuerdo de nada salvo de tener la conciencia de que ya no estaba en el bar y de que hacía un frío del carajo y yo estaba completamente perdido […] Lo cierto es que perdí el conocimiento. Yo mismo apagué el interruptor. Buenas noches. Cuando vuelve en sí, Ronny está en medio de la tormenta de nieve, solo, mareado y sin ninguna referencia. Lo único que se le ocurre es ponerse a cantar una de las viejas canciones de Lee a ver si alguien le oye pero la nieve le va cubriendo y se tumba en el suelo agotado de tanto andar sin rumbo: sobre todo no te duermas  […] Tú sigue cantando. Te mantendrá caliente […] te mantendrá despierto.

Plazos

¿Qué pasará con Ronny? Tendremos que esperar a la tercera y última parte de nuestra lectura para saberlo. Mientras, podéis ir dejando vuestros comentarios sobre esta segunda parte a lo largo de una semana. Espero que sean muy numerosos. Seguiremos, a la vez, nuestra lectura desde el capítulo “B” (página 241) hasta el final de la novela.

Vivir aquí y ser quien soy, nada más

26 Oct

Bon Iver @ Oya 2012. Foto en flickr de aktivioslo. Algunos derechos reservados.

Canciones de amor a quemarropa se abre con la siguiente cita de Moby Dick de Herman Melville: Pero levanta el ánimo, muchacho, preferiría que me mataras tú a que cualquier otro me mantuviera vivo. En palabras de Nickolas Butler: en esta lectura creo que lo que más me golpeó fue la amistad entre Queequeg e Ismael, así como la fraternidad a bordo del barco. Al autor, que la leyó mientras escribía su debut literario, le pareció que esta frase era un buen resumen de su novela.

Esta primera parte que vamos a analizar se divide en cinco capítulos que corresponden a cada uno de los cinco protagonistas. La novela comienza con un largo capítulo en la voz de Henry, al que le siguen tres capítulos cortos correspondientes a Lee, Kip y Ronny, para terminar con otro muy largo en la voz de Beth. Como ya en esta primera parte vamos a poder conocer las cinco voces narrativas en las que está escrita la novela, os quería preguntar si advertís un tono diferente en cada una de ellas.

Henry comienza hablando de Lee (¿Quizá el personaje más importante? ¿Qué opináis?) para continuar presentándonos a los otros tres restantes amigos. Utiliza la primera persona en plural que yo creo que simboliza a veces al grupo, otras al pueblo y otras a él y su mujer, para dejar claro desde el principio el carácter coral de la narración. También desde el principio se aprecia que son buenos, generosos, amigos de verdad, con la excepción de Kip que es el que parece tener más diferencias y distancia con el resto. Lee es el mejor amigo de Henry, lo son desde los ocho años, y se percibe claramente que todos le quieren y le admiran mucho: De todos nosotros, él era el mejor. Componía canciones sobre nuestro rincón del mundo […] sus canciones era nuestros himnos. Pero Kip y Lee no parecían precisamente íntimos. Que yo supiera, Kip no tenía ni un solo disco de Lee.

Sin embargo, Henry valora a Kip: Lejos de nuestras granjas y nuestras fábricas, Kip se había abierto camino manejando los frutos de nuestro trabajo. Pero lo respetábamos igual. Era inteligentísimo, eso para empezar. Además, Kip ha vuelto al pueblo para reformar la fábrica de piensos del centro del pueblo, abandonada desde los años ochenta, y convertirla en Despachos. Talleres. Restaurantes, pubs, cafés... Esta fábrica ocupa un lugar muy importante para todos ellos, es casi otro personaje más: la construcción más alta del lugar, su silo de seis pisos siempre se había alzado sobre todos nosotros, imponente, proyectando unas sombras que eran el reloj de sol de nuestros días. Kip ha vuelto para traer modernidad al pueblo y porque, como Lee, siente nostalgia del lugar donde creció que parece que ejerce como un imán sobre ellos.

A continuación, Henry nos cuenta el accidente de Ronny y en cómo se transforma en una versión al ralentí de sí mismo […] pero aquello no le convertía ni en tonto ni en discapacitado, aunque me pregunto si no era así como lo tratábamos de vez en cuando. Todos le van ayudar mucho a recuperarse, también de su alcoholismo. Lo cuidan con mimo, quizá en exceso. Ronny es la bondad personificada. Y un motivo más para que consideren a Lee su héroe es que éste se va a encargar de todos los gastos de su gran amigo Ronny, que simplemente lo idolatra. Y Henry se pregunta por qué Lee es tan amigo de Ronny: pues claro: los dos eran solteros, amiguitos que se habían hecho mayores sin mujer ni hijos que les fastidiaran la diversión (¿Quizá envidia de que su mejor amigo quiera tanto a Ronny?).

La boda de Kip se acerca, se va a casar con Felicia que es una mujer de Chicago muy guapa e inteligente. A todos les extraña que le haya pedido a Lee que cante en su boda: a mí Kip me cae bien, ya lo sabes, pero no somos íntimos. Pero Lee lo va a hacer por los viejos tiempos y porque cree que Kip está haciendo cosas buenas por el pueblo. La fama le ha traído a Lee soledad: me falta gente en la que confiar. Gente que no quiera nada de mí. Eso termina cambiándote, ¿sabes? Y yo no quiero que me cambie. Quiero ser capaz de volver y vivir aquí y ser quien soy, nada más. Con vosotros. Aunque Lee tiene una sorpresa: está enamorado de Chloe, una famosísima actriz que va a venir a la boda.

Henry apenas nos habla de él ni de su vida ni su familia, sólo pequeñas escenas cotidianas. Su vida perfecta con su amada Beth y sus dos hijos. Pero podemos percibir que son felices y llevan una vida sencilla, con algún apuro económico, en su querido Little Wing. Buena gente. Casi todo el capítulo de Henry está enfocado a ensalzar la bondad y la amabilidad de Lee como cuando cuenta la despedida de soltero de Kip y descubren que éste no ha invitado a Ronny. Lee lo arreglará todo. Kip no va a quedar muy bien parado mostrándonoslo como “un maldito yuppie”. Y Lee se va calentando contra Kip: y entonces vi que algo había cambiado: ya no eran amigos, ya ni siquiera se llevaban bien, ahora no eran más que dos hombres que no se soportaban, dos hombres que lo único que compartían era una geografía común.

Por fin llega el día de la boda y Henry, Beth, Ronny, Lee y Chloe, que acaba de llegar, pasan la mañana juntos en la granja de Lee antes de la ceremonia que será por la tarde. Todo es armonía, risas (ayudados por algunos canutos), amistad. Pero Kip, de nuevo, va a estropearlo todo porque ha traído a paparazzi, helicóptero incluido, (oye, eres famoso. Tu novia es famosa. No sé, pensé que ya estarías acostumbrado a estas cosas) y eso Lee no lo puede permitir: ¡Aquí no, tío! ¡Aquí nunca! Este es mi hogar, ¿vale? […] Cantaré una canción. Y luego se acabó. ¿Me oyes? Para siempre. No vuelvas a llamarme nunca más. ¿Entiendes? Aun así la boda transcurrirá sin incidencias. Tiempo después, ya de vuelta a Nueva York, Lee les enviará una invitación para su próxima boda con Chloe.

Y ahora es Lee el que toma la palabra. Después de la boda de Kip, él y Chloe pasan unas semanas de ensueño en Little Wing: Esas semanas que pasamos en casa después de la boda de Kip fueron de las más felices de mi vida […] Quería descubrirle mi mundo, hacer que se enamorara de Wisconsin. Pero Chloe no está por la labor, no quiere, no puede, ser una persona normal: llevo ya mucho tiempo sin querer ser normal. Me gusta mi vida. Me gusta Nueva York. En Nueva York está todo […] La gente como tú y como yo, Lee, no vive en pueblos. Y Lee quisiera poder explicarle lo que le une a este lugar, quién es él verdaderamente: aquí podía vivir sin apenas dinero; no tenía en qué gastarlo ni a quién impresionar. Aquí a la gente sólo le importa tu espíritu de trabajo, tu amabilidad y tu capacidad. Yo volví a Little Wing y aquí descubrí mi voz […] Y cada vez que vuelvo aquí me encuentro rodeado de gente que me quiere, que se preocupa por mí, que me protege como si levantara una tienda de calor. Aquí escucho cosas, aquí el mundo tiene un latido distinto, el silencio suena como una cuerda que alguien hubiera rasgado millones de años atrás, música en los álamos y los abetos y los robles, hasta en los campos y en el maíz que se seca al sol. ¿Cómo le explicas todo eso a alguien? ¿Cómo le explicas todo eso a alguien a quien quieres? ¿Y si no te entiende?

Es el turno de Kip. Y, curiosamente, después de haber comprobado su comportamiento en su boda y el rechazo y el enfado que ha provocado en todos, me encuentro con una voz poética en un hermoso flashback en el que coloca al pueblo como personaje esencial. Un canto de amor a Little Wing y a sus amigos. El leitmotiv del capítulo va a ser esa fábrica de piensos que él quiere reformar. Y entendemos porqué ha vuelto al pueblo: porque quiere, justo, devolver a la vida a esa vieja fábrica que fue tan importante, tanto, para todos. Ya que cuando tenían catorce años se subían a la azotea de la fábrica abandonada, cargados de cervezas y porros los cuatro amigos porque en la cima de esos viejos silos de cementos y de madera habíamos descubierto trechos angostos donde tumbarnos boca arriba a contemplar las estrellas, beber cerveza, fanfarronear, soñar. Y hablaban de largarse muy lejos de allí. Henry y yo preferíamos las mañanas. El alba, el amanecer […] alguna que otra mañana sí que subíamos por esos peldaños de acero corrugado hasta la cima de los silos y nos poníamos a esperar en el aire frío y azul, vislumbrando a duras penas nuestro aliento […] No hablábamos mucho durante aquellas mañanas; nos quedábamos allí, mirando a lo lejos como si estuviéramos esperando a que llegara un barco. El lenguaje que utilizan todos, especialmente Lee y Kip, cuando se trata de describir a su lugar de origen es pura poesía. Son esos momentos, de alto voltaje estilístico, cuando la prosa del autor se eleva hasta esos cielos de Wisconsin para contemplar el paisaje y lograr transmitirnos su amor por él. No logro recordar quién era yo entonces, versión adolescente de mí mismo, ni qué pensaba. Supongo que, como el resto, me sentía inquieto. O tal vez solo. Quién sabe si allí arriba, en lo alto de los silos, llegué a creer que podría ver algo: mi futuro.

Lee y Ronny preferían el crepúsculo, ver salir la luna […] y en lo alto de esas torres, los dos con las piernas temblorosas […] los dos: siempre colocados, siempre cantando “Idiot Wind” o “Meet Me in the Morning” […] Pero los atardeceres… Con ellos entendí que Lee era distinto, que tal vez estuviera destinado a la fama […] ¿Lo oís? ¿Oís ese tono, esa nota? Lo juro, ese color de allí, es rosa. Cuando esa rosa empieza a sonrojarse suena como esta nota. No puedo describirla, es una nota aguda y delicadísima. ¿Y oís ese naranja de allá? El de color mermelada no,  el otro, el melocotón. ¿Lo oís? Joder. ¡Me muero de ganas de que lleguen los azules! ¡Los azules y los morados! Y luego, la última nota sostenida y grave, la negra, esa nota grave que retumba y dice: “Vamos, buenas noches. Buenas noches, América, buenas noches. Ya digo, pura poesía. Pero Kip, que está claro que admira a Lee, no logra, aunque se esfuerza, escuchar esa música del crepúsculo de la que nos hablaba. Kip, el hombre práctico que acabará dedicándose a ganar dinero como corredor de bolsa en Chicago. Pero termina por volver al pueblo y cuando Felicia le pregunta el por qué se responde a sí mismo: no sé si alguna vez logré dar con la respuesta adecuada, pero supongo que todo se reducía a esas noches y esas mañanas, a esos chicos. A la sensación de que éramos distintos de todo lo que habíamos conocido y tal vez también mejores que el lugar que nos había hecho. Y de que, con todo, estábamos enamorados de ese lugar. Enamorados de ser los reyes del pueblo, de levantarnos sobre esas torres en la ruina y otear el futuro en busca de algo: tal vez la felicidad, tal vez el amor o tal vez la fama.

Y llega el momento de conocer la propia voz de Ronny que parece ser el único que no está a gusto en Little Wing, que quiere marcharse porque ya no sabe qué hacer y a veces tengo la sensación de que nadie me deja hacer nada […] Ahora mi vida se pierde a lo lejos como una autopista que no va a ningún sitio. No encuentra su lugar. Y hace todo de una manera automática. Y le molesta que los demás le traten como si fuera un poco tonto porque les doy pena o porque creen que estoy triste. ¿Y sabéis qué? Que casi nunca lo estoy. No estoy triste. Lo que pasa es que muero de aburrimiento […] Tengo tantas ganas de largarme de aquí que ya ni sé adónde quiero ir. A San Dondesea, supongo. Sé que  piensan que no puedo cuidar de mí mismo, pero vaya si puedo. No soy un tío listísimo – eso ya lo sé –, pero tampoco soy tonto. Y tal como están las cosas, esto es como vivir en una jaula. Porque no hay que olvidar que Ronny fue un exitoso vaquero de rodeos, muy guapo además, que conseguía a la chica que quería y viajó por muchos lugares. Y ahora está varado y la impaciencia le mata y trata de escapar unas tres veces al año, casi siempre en verano, pero, curiosamente, nunca lo consigue porque algún tipo de fuerza tiene que tener este pueblo y siempre que se intenta ir es cuando más nota esa fuerza. Aunque quizá su vida va a cambiar ya que ha conocido a Lucy, una de las strippers de la despedida de soltero de Kip y se han gustado mucho, ya lo creo que se han gustado.

Y, por fin, podemos conocer el punto de vista de la única chica del grupo: Beth. Larguísimo capítulo que trataré de resumir ya que me estoy extendiendo mucho… Beth también ama mucho a Little Wing y su sencilla vida en familia pero la perspectiva de viajar a Nueva York por primera vez con motivo de la boda de Lee y Chloe le hace mucha ilusión ya que apenas sale del pueblo. Irá con su marido Henry, con Ronny y con su estrenada novia, Lucy. Kip y Felicia no han sido invitados, pero después de un largo periodo de vacío que les han hecho debido a todo lo ocurrido en la boda, se han vuelto a amigar y a Beth le cae muy bien Felicia. Son ellos los que les acompañan al aeropuerto y les dan un regalo para Lee. Pero la boda de Lee tampoco me hacía tanta ilusión y aquello me llenaba de una tristeza algo vulgar. ¿Por qué será? Quizá porque yo estuve enamorada de Lee, creo, y supongo que muchas mujeres del pueblo y del mundo entero podrían decir lo mismo. En mi caso, sin embargo, tengo la impresión de que él también se enamoró de mí, aunque el tiempo lo empaña todo y lo único que me queda son recuerdos de hace más de diez años, de cuando Henry y yo no nos habíamos casado y los niños todavía no habían llegado, de cuando yo era más joven y los límites de mi mundo más flexibles y menos definidos. De cuando aún cabía la posibilidad de no terminar viviendo en el mismo lugar durante toda mi vida. Parece que Beth no ha olvidado a Lee, a veces sí que pienso en él, aunque está felizmente casada y se imagina por un instante cómo habría sido su vida si en vez de con Henry se hubiera casado con Lee.

Así que Beth va a contarnos lo que pasó hace diez años entre Lee y ella en un largo flashback. Mientras ellos estaban en la universidad, Lee trataba de abrirse un camino en la música y, aunque lo intentaba, el éxito siempre se le escapaba. Sus amigos creían en él y estaban convencidos de que se haría famoso. Después de la universidad, Henry y yo lo dejamos una temporada, lo que no es sino una manera educado de decir que queríamos acostarnos con otra gente. Lee acababa de romper con su banda, con la que incluso había hecho una gira por Europa, porque no había conseguido la música con la que él soñaba, así que volvió al pueblo y estaba deprimido. Vivía en un cuarto de alquiler en una granja inmensa a las afueras del pueblo. Nadie lo había visto […] Vivía apartado, igual que un coyote. Y entonces le escribe una carta a Beth en la que le cuenta que se siente un fracasado, que no sabe lo que va a hacer, que está componiendo pero tampoco sabe qué pensar sobre esa nueva música, que está solo. En resumidas cuentas, que está a punto de rendirse, buscarse un trabajo normal y marcharse lejos del pueblo. En una posdata le da su teléfono. Y Beth no duda en ir a verle: no sabía lo que hacía, sólo sabía que tenía curiosidad, que me sentía sola, que nadie, ninguna relación, me obligaba a nada. Y va contenta, y no tiene ni frío a pesar de que están bajo cero. En fin, que se enrollan. Él tiene más dudas que ella pero tampoco hablan apenas sobre lo ocurrido. Lee le canta algo de lo que está componiendo y ella se pregunta: ¿Qué debe sentir él? ¿Qué verá? ¿De dónde viene toda esta música? Por la mañana, Beth se marcha.

Y volvemos a Nueva York, a la boda llena de famosos que les dejan boquiabiertos pero se comportan con naturalidad. Disfrutan. Y mientras Lee se está casando, Beth recuerda que en su propia boda durante los votos también había pensado en Lee – apenas una fracción de segundo –, había pensado en la noche en la granja, en que aquella había sido la única ocasión en que había traicionado a Henry. Porque nunca podría contárselo. Henry y yo llevábamos casi diez años casados y, si alguna vez, le había ocultado algo, no han sido más que secretos inocentes[…] Me pregunté si Lee se acordaría de mí cuando pronunciara sus votos ante Chloe o si me verá como algo más que una amiga. A la vez, Beth y Henry disfrutan de su estancia en Nueva York, pasean, van a museos, hacen el amor en el hotel, disfrutan de esas minivacaciones y se les ve felices. Está claro que se quieren. Durante la boda, Beth observa a Chloe y no le acaba de convencer: no creo que vayan a durar. Les doy un años, dos como máximo. A Lee le ve enamorado: era muy tierno con ella. Me pregunté si Chloe sabría ya, si llegaría a saber jamás, lo afortunada que era teniéndolo de marido. Si sabría ver el talento y la bondad y la fuerza de ese hombre. Me sentí incómoda. Y quizá culpable, añado yo, porque vuelve sus ojos a Henry, tan bueno y tan decente. El padre de sus hijos, el gran trabajador, el hombre que está enamorado de ella pero ella también lo está de él, pienso yo. ¿Qué opináis vosotros? Antes de que acabe la boda, Beth siente una nostalgia infinita de su vida en el pueblo, de su hogar, de sus hijos y se quiere ir ya .Quiere que se acabe ese viaje y esa boda.

Plazos

Ha llegado el momento de vuestros comentarios sobre esta primera parte que espero que sean muy numerosos. Comentad lo que queráis sobre ella: los personajes, las descripciones, el estilo, la historia…, por cierto, ¿quién es, por ahora, vuestro personaje preferido? Intentad, también, daos la réplica unos a otros. No sólo dejéis vuestras opiniones sino contestad a los comentarios de los demás para que esto se parezca lo más posible a un debate cara a cara. Todas las opiniones son válidas. Cortas o largas. Venga, ánimo. Disponéis de una semana para dejar vuestros comentarios y, mientras vamos comentando sólo esta parte (lo digo por aquellos que ya hayan leído más, ¡cuidado de no desvelarnos nada! 😉 ), continuaremos la lectura de la segunda parte de Canciones de amor a quemarropa que comprende desde el capítulo “L” (página 143) hasta el final del capítulo “R” (página 240).

Canciones de amor a quemarropa: una historia coral de amistad en la América rural

18 Oct

Colorful Winconsin Farm. Foto en flickr de newagecrap, William Garrett. Algunos derechos reservados.

Canciones de amor a quemarropa es una historia entrañable y sencilla sobre cuatro amigos, Henry, Lee, Kip y Ronny que están en la treintena. Crecieron juntos en el pequeño pueblo de Little Wing en Wisconsin, pero después sus vidas tomaron caminos diferentes. Lee Sutton es una estrella de rock de fama mundial al que le gusta volver al pueblo donde creció a descansar cuando termina sus giras. Necesita la paz y la introspección que le da el campo y reencontrarse con sus raíces. Henry Brown se quedó en el pueblo donde trabaja en una vieja granja que heredó de sus padres con numerosos terrenos y una explotación lechera. Está casado con Beth, su primera novia, con la que tiene dos hijos. Beth es la quinta protagonista, el personaje femenino (muy importante en la historia) que sirve de contrapunto (la necesitaba por un montón de razones. Sobre todo para aportar una perspectiva femenina en contraste con el resto de los personajes. Cuanto más escribía sobre ella, más importancia iba ganando). Henry es un marido y padre modélico, buen hombre, trabajador, realista y tranquilo. Ronny Taylor fue un vaquero de rodeos con un cierto éxito pero su alcoholismo le jugó una mala pasada en forma de caída que dio al traste con su salud y su carrera. Una hemorragia cerebral le dejó algo tocado y desde ese terrible suceso sobrevive en el pueblo gracias a la ayuda de sus vecinos y sobre todo de Lee, que es su mejor amigo y paga todos sus gastos. Kip Cunningham, el más alejado del grupo, se marchó a Chicago muy joven donde se convirtió en un exitoso agente de bolsa. Tras ocho años allí, una vez cumplido su sueño de triunfar, decide volver a sus orígenes para darle un impulso al pueblo comprando la vieja fábrica de piensos con el objetivo de convertirla en un centro de ocio. ¿Qué hay de Nickolas Butler en sus personajes? Creo que Lee representa mi lado artístico; Henry, la vertiente moral; Kip encarna gran parte de mis debilidades y mis carencias, y Beth, mis curiosidades. La pequeña comunidad de Little Wing, con sus apenas mil quinientos habitantes, será el sexto personaje. El escenario de todo lo que ocurrió y ocurrirá, su omnipresencia y la influencia que tiene sobre todos ellos.

La boda de Kip será el pretexto de su reencuentro. A partir de ese acontecimiento, todos intentarán recuperar su vieja amistad, algo que no será fácil pues las rivalidades y rencores del pasado, así como antiguos secretos aflorarán complicándolo todo. Una historia sincera que muestra cómo los estragos del pasado siempre pasan factura aunque haya transcurrido mucho tiempo. Pero también la nostalgia por aquella infancia y juventud, con recuerdos hermosos a pesar de los conflictos, está muy presente, haciendo verdad el dicho que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. A medida que vayamos leyendo querremos saber cómo se resolverán sus desavenencias, cómo será el futuro de los personajes. ¿Triunfará la amistad por encima de todos sus desencuentros?

Porque la amistad es el eje alrededor del cual gira esta historia. Aunque también toca muchos otros temas: las raíces (la vuelta a ese lugar que llamamos hogar, la necesidad de sentirse parte de algo), el paso del tiempo, la lealtad, el amor y el desamor, la fama, el dolor, el perdón, la búsqueda de la felicidad, las frustraciones, los sueños, la soledad, las dudas, el éxito, la bondad, la vida en suma. Y todo ello en el entorno rural de una comunidad del Medio Oeste americano, un lugar donde casi nunca pasa nada como dice uno de sus protagonistas, pero en el que he escogido vivir porque aquí la vida me parece real. Auténtica, verdadera. Y con la presencia constante de la fuerza atávica de la naturaleza. Otra de las protagonistas. Cuando la describe, su prosa crece consiguiendo los momentos más intensos y líricos. Quizá la tesis principal de este libro es que el hombre puede redimirse si vive en contacto con la naturaleza, llevando una vida sencilla y familiar lejos del ruido de las ciudades y de todos sus fastos.

El libro está dividido en capítulos encabezados por las iniciales alternadas aleatoriamente de cada uno de los cinco protagonistas. Según sea uno u otro la voz narrativa, nos irá contando la historia y mostrando la realidad desde su punto de vista. Cada personaje de esta narración coral en primera persona posee su propio tono. El porqué de las cinco voces es mostrarnos que no existe una única realidad sino múltiples interpretaciones de lo que entendemos por realidad. El desarrollo de la historia es lineal con frecuentes flashbacks.

Canciones de amor a quemarropa está escrito con un estilo sencillo, limpio, eficaz, natural, fluido, impregnado de un lirismo que a veces roza la poesía. Es una narración sincera que posee un ritmo ágil y directo, salpicada con frecuentes descripciones muy precisas y cálidas de los lugares y personajes.

La presencia de la música es notable. Lo impregna todo y está fundamentalmente en el personaje de Lee, en el título del libro que es, a su vez, el del primer álbum que compuso Lee, y en el nombre del pueblo donde viven, Little Wing, un homenaje a la hermosísima canción de Jimi Hendrix. Pero también hay que hablar de Justin Vernon (Bon Iver), un famoso cantante que fue compañero de instituto de Nickolas Butler. En palabras del autor: Lee está inspirado en Justin Vernon, nombre real del músico Bon Iver. Pero no está basado estrictamente en él. Tampoco su música fue la banda sonora durante su proceso de escritura: honestamente, la mayor parte del tiempo escuché a Cannoball Adderley, Miles Davis, John Coltrane y Bill Evans.

Sigamos dejando hablar a Nickolas Butler sobre su novela: lo único que sabía desde el principio era que quería explicarle a mis lectores cómo era Wisconsin. Quería que fuesen capaces de ver los paisajes y hacerse una idea de las pequeñas luchas y triunfos que se llevan a cabo en un pueblo de dicho Estado. Pero cuando empecé a escribir, no tenía ni idea de que se convertiría en una novela […]  Canciones de amor a quemarropa es producto de una buena mezcla de nostalgia, soledad y presión. Escribí la mayor parte durante mi tiempo en el Taller de Escritores de la universidad de Iowa. Fue un momento de mi vida extraño (y también maravilloso). Vivía dos o tres días en Iowa, pero lejos de mi mujer y mi hijo que estaban en Minnesota. Sentía que tenía que utilizar mi tiempo en Iowa con eficacia, porque no pretendía desperdiciarlo lejos de mi familia. No quería malgastar nuestros sacrificios.

El lugar de origen del autor tiene una gran importancia en su obra, de alguna manera autobiográfica: Aquí es donde he pasado casi toda mi vida. Mis descripciones del invierno son exactas y también la lucha por encontrar un empleo decente. Creo que he explicado de manera certera cómo puede ser un pequeño pueblo de Wisconsin. Para mí puede ser un lugar maravilloso para vivir, pero tiene un montón de deficiencias también: no hay trabajo, no hay buenos restaurantes ni librerías, hay intolerancia, etcétera […]  Me gusta viajar a grandes ciudades, pero yo prefiero vivir en el campo. Escuchar a los pájaros es importante para mí y también el silencio. No quiero vilipendiar a las grandes ciudades, sólo es que no estoy hecho para ellas. Aunque hay mucho de autobiográfico, también hay ficción: pasé casi tres años escuchando sus voces en mi cabeza, imaginando sus vidas ficticias.

Canciones de amor a quemarropa es una novela de personajes y de sentimientos. Una historia humana, real, cercana, entrañable, nostálgica, sensible, sincera y delicada. Un buen análisis de la condición humana.

Para terminar os dejo los enlaces de tres entrevistas realizadas a Nickolas Butler con motivo de la publicación de Canciones de amor a quemarropa: en ABC, Me convertí en escritor para combatir la soledad y la nostalgia; en Feedbooks, Desde mi punto de vista la identidad masculina no debería ser otra cosa que intentar ser alguien de bien, un hombre derecho, y en Clarín, En busca de amigos nunca perdidos. Asimismo, os dejo el enlace a la página de la editorial Libros del Asteroide dedicada al libro, con numerosos enlaces de reseñas del libro en los principales medios y de entrevistas realizadas al autor. También contiene el BookTrailer y un video sobre Nickolas Butler. Y, por último, el video en youtube del primer álbum de Bon Iver: For Emma, Forever Ago, para que conozcáis la música de esta autor, y la Playlist de Canciones de amor a quemarropa que se puede encontrar en Spotify.

Plazos

Vamos a dividir la lectura en tres partes, la primera nos llevará hasta el final del largo capítulo en que Beth (“B”) toma la palabra (Pág. 141). La leeremos a lo largo de una semana.

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: CANCIONES DE AMOR A QUEMARROPA de NICKOLAS BUTLER

10 Oct

Portada de la novela “Canciones de amor a quemarropa” de Nickolas Butler. Editorial Libros del Asteroide.

Nos vamos a EEUU de la mano de un joven escritor, Nickolas Butler (1979), con la que por ahora es su primera novela: Canciones de amor a quemarropa, publicada en 2014 tanto en su país como en España. Me parece interesante conocer a nuevos escritores de otros países, algo que últimamente estamos haciendo con frecuencia, y ahora nos toca el turno de acercarnos a la literatura actual estadounidense.

Cuatro amigos que crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin y cuyas vidas tomaron caminos diferentes se vuelven a reunir en una boda durante la cual tratan de recuperar su vieja amistad pese a lo mucho que han cambiado. Alegría por el reencuentro, pero también antiguas rivalidades y viejos secretos surgirán a lo largo de esta novela que nos habla de temas tan importantes como la amistad o el amor. Una novela en la que, asimismo, la naturaleza y la música van a estar muy presentes.

A partir de mañana martes 11 podéis pasar ya a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Disponéis de una semana para ello. Los que vivís fuera también contáis con una semana para conseguir el libro editado por Libros del Asteroide.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Tiempo de vida. Gracias.

Nos encontraremos aquí en el plazo de más o menos una semana para empezar a leer Canciones de amor a quemarropa. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Marcos Giralt Torrente podéis hacerlo a lo largo de estos días.