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Atravesar el dolor

13 May

Luciérnaga. Foto en flickr de Yliaaaaa. Algunos derechos reservados.

Ya hemos llegado al final de este intenso viaje por el amor, la muerte, la enfermedad, el sexo… la vida, a fin de cuentas. Es el momento de que dejéis vuestras conclusiones finales sobre esta novela que aúna una mirada nostálgica con otra plena de vida hacia el futuro.

Con respecto a esta tercera y última parte, yo creo que la historia decae un poco hasta que vuelve a crecer y se llena de significado a partir del último capítulo en el que el suicidio de Naoko provoca el viaje de Toru. Un viaje que, como un sonámbulo, como si estuviera en estado de trance, emprende para vivir su duelo particular por Naoko, y también para intentar encontrarse consigo mismo y, a través de la aceptación de tanta muerte, asumir que ésta es una parte de la vida.

Por fin Watanabe se convierte en protagonista de esta historia, lo que nos va a permitir conocerlo algo más. Poco antes del suicido de Naoko, Toru, que acaba de cumplir 20 años, se encuentra inmerso en un lodazal infinito del que le cuesta horrores salir, pero, como siempre, lo intenta (sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies). Deja la residencia y se va a vivir solo a un apartamento donde aspira a comenzar una nueva vida y le ofrece a Naoko que se vaya a vivir con él. Pero esa nueva vida no llega ya que Naoko empeora. Toru, después de pasar unos días hundido, reacciona y a través de unas palabras, no exentas de reproche, que le dirige a Kizuki, toma una decisión muy importante que explica muchos de los motivos de su proceder hasta ese momento: a diferencia de ti, he decidido vivir como es debido […] Todo lo que está ocurriendo procede de tu muerte: abandonaste a Naoko a su suerte. Yo, en cambio, jamás podré hacerlo, porque la quiero y soy más fuerte que ella. Y aún seré más fuerte. Maduraré. Me convertiré en un adulto […] Hasta ahora había deseado permanecer eternamente en los diecisiete o dieciocho años. Pero ya no lo pretendo […] He cumplido 20 años. Y debo pagar un precio por seguir viviendo. Watanabe comienza a salir del túnel de una eterna y dura adolescencia y se encamina hacia la madurez con paso firme. Finalmente, las pérdidas que sufre parece que le salvan ya que se enfrenta a ellas, las supera, y, una vez dejadas atrás, puede avanzar con su propia vida.

Pero la vida sigue poniéndoselo difícil y se queda muy solo, hasta Midori, ante su indecisión, se aleja de él una buena temporada y este alejamiento le hace llegar a la conclusión de que sin ella no puede seguir adelante. Watanabe lleva mucho tiempo queriendo a las dos, quizás de distinta manera (¿qué opináis?), pero sin ser capaz de dar un paso hacia Midori mientras espera a Naoko que nunca llega. Midori, dolida, se resiste a verle a pesar de sus llamadas, pero un día vuelve a aparecer y le confiesa, en un reencuentro que, como una maravillosa escena cinematográfica, transcurre en la azotea de unos grandes almacenes una tarde de lluvia, que está enamorada de él y que le va a esperar. Ante su hermosa y honesta declaración de amor, Watanabe, vencido por la evidencia, le pide que le dé tiempo ya que no sabe si quiere a Naoko o sólo siente responsabilidad (mi relación con Naoko no fue algo tan simple. Desde el principio estuvimos unidos en la frontera entre la vida y la  muerte) y necesita aclararse. Pero Toru, en ese encuentro, se ha dado cuenta de que ama a Midori de una forma irreversible, quizá desde hace ya mucho tiempo.

Una vez muerta Naoko, y después de su viaje al interior de sí mismo en medio de una naturaleza apabullante, Watanabe percibe que el amor que sintió, ¿que siente?, por ella no deja de dolerle. ¿Será, en parte, porque, como afirma al principio de la novela, Naoko jamás le amó? Una vez conocido el desenlace, ¿por qué creéis que lo dice? ¿Será porque Naoko no había dejado de amar a Kizuki y, finalmente, al escoger la muerte lo escogió a él? El mal que le ha hecho la vida a la joven está muy dentro de su corazón y la presencia de Kizuki lo ocupa casi todo. Éste fue su gran amor y al truncarse, unido a la fragilidad de Naoko, le impide entregarse a Watanabe y a la vida.

Todo lo que ocurre en esta novela, por nimio que sea, es importante y cumple una función, no hay nada casual o gratuito. Lo mismo ocurre con los personajes. Hay un juego interno entre ellos, complejo y lleno de dualidades y contraposiciones, ¿os habéis dado cuenta? Hasta los más secundarios cumplen un papel en la historia.

La “consejera” Reiko, la única adulta, juega un papel fundamental en el paso a la madurez de Watanabe (además parece que se sienten atraídos desde un principio). Con sus conversaciones, le ayuda a desprenderse de tanta muerte, a salir de su particular mundo irreal y del “pozo” en el que cae después del suicidio de Naoko. Ese hermoso y vitalista funeral privado compuesto de 51 canciones (la música es vida) funciona como un acto simbólico y catártico. Pero también Toru ayuda a Reiko. Cuando ésta le pide hacer el amor y él accede, sabe que le está dando un empujón para que ella pueda volver a la sociedad que ha abandonado. A través de la sexualidad (el sexo es vida), Reiko coge fuerzas para enfrentarse de nuevo al mundo real. Es el final de un largo proceso de crecimiento personal que la coloca de nuevo en medio de la pavorosa existencia. Estábamos vivos y teníamos que preocuparnos por seguir viviendo.

Hatsumi, la novia de Nagasawa, es otra alma sensible que pagará caro la elección de ese hombre egoísta que representa el triunfo a toda costa pese incluso a sí mismo. Watanabe, en su breve pero intensa, como todas, relación con ella, siente una corriente de afecto hacia esa mujer que le hace desear que sea su hermana (la deseada hermana mayor del hijo único), pero, sobre todo, siente, al recibir la fuerza que emana de ella, un intenso estremecimiento en su corazón que, años más tarde, descubre qué es: un anhelo adolescente que no había sido, ni sería, jamás colmado. Quiero resaltar la escena que la que terminan juntos jugando al billar, después de la incómoda cena a tres (Toru, de nuevo, sintiéndose de más como le ocurría con Naoko y Kizuki), en la que la dulce Hatsumi explota y reprocha a Nagasawa, con todo derecho, su no correspondida relación. Ella había sido una mujer excepcional. Alguien hubiera debido salvarla.

No quiero dejar de señalar el papel que la música y la literatura ocupan en el libro, y, en general, en toda la obra de Murakami. Las canciones que escuchan y los libros que leen o los autores que nombran, son parte importante que no hay que obviar. Banda sonora de lujo y referencias literarias, simbólicas a veces, que abren el libro a una lectura más profunda: El guardián entre el centeno, La montaña mágica, El gran Gatsby, Capote, Chandler, Updike, Dostoievski, Boris Vian

Queda claro que Watanabe a los 37 años lleva un peso dentro que no tiene resuelto, han tenido que pasar 18 años para que se decida a escribir lo que ocurrió con el fin de poder entenderlo y, en consecuencia, resolverlo. Teniendo esto en cuenta, ¿qué os parece el final de la novela? ¿Creéis que es un final abierto? Para mí está claro que se queda con Midori: Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito verte. Quiero empezar una nueva vida a tu lado, y que Midori, aunque no diga nada (aquel silencio recordaba a todas las lluvias del mundo cayendo sobre la faz de la Tierra), le acepta, porque ya antes de su viaje le ha dicho que le ama.

Me parece adecuado terminar con estas palabras que yo creo que resumen muy certeramente la esencia de esta hermosa novela: el conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso.

Y yo añadiría: existimos en la medida en que somos recordados.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios, que espero que sean muy numerosos, sobre esta última parte y sobre la novela en general. Disponéis de una semana para ello. Hay mucho que comentar ahora que hemos terminado esta triste y elocuente historia de aprendizaje no exenta de redención. También sobre el peculiar mundo murakamiano y sobre todo lo que queráis. Los rezagados o los que habéis estado “mudos” hasta ahora animaos a dejar vuestra opinión. ¡Nos “vemos” en el blog!

Como un cuervo atesorando pedacitos de cristal en el hueco de un árbol

5 May

熊野古道 #5 – Foto en flickr de Benjyamin. Algunos derechos reservados.

Continuamos en esta segunda parte con el alto voltaje emocional. Estamos en el epicentro de la novela y, con respecto al argumento de la historia, estos son, yo creo, los dos capítulos más importantes. En ellos se profundiza en las dos protagonistas femeninas, y en la relación que mantiene con ellas Watanabe, y se abordan dos de los temas claves de la historia: la muerte y la enfermedad, tanto física como mental.

En esta segunda parte la dualidad es casi total. El capítulo 6 se centra en la vida de Naoko (y Reiko) en la Residencia Ami, un “peculiar” lugar de retiro, completamente aislado en el campo, para personas con problemas mentales, un “mundo irreal” que Watanabe visita durante dos días. El capítulo 7 se centra en la opuesta Midori y en la relación que Watanabe va estableciendo con ella (¡cuánto bien le hace Midori!: doy gracias por haberte conocido. Tengo la sensación de que me he readaptado al mundo) en medio del bullicio de Tokio, el “mundo real” donde el padre de Midori está muriéndose en un hospital (magistral la lección que nos da Midori cuando afirma: hablar es muy fácil. Lo importante es limpiar la mierda o no hacerlo). El autor nos acerca a la enfermedad y a la muerte, a la otra cara de la vida, la que no queremos ver. Murakami nos la pone delante de los ojos como diciéndonos: mira, esto también existe, esto también es la vida.

Tokio blues no nos habla de alegres y despreocupados jóvenes satisfechos con la vida sino todo lo contrario, nos muestra la juventud como un proceso difícil lleno de incertidumbres y desasosiego en el que siempre se quedan muchas cosas por el camino.

Seguimos sin saber mucho de lo que siente Watanabe, sabemos que es solitario, que no le interesan mucho los estudios, que está confuso sentimentalmente y “tocado” desde el suicido de Kizuki, pero parece que le gusta poco hablar de sí mismo, que no se siente cómodo hablando de él. De alguna manera, el autor lo pone ahí con el fin de que todos los demás personajes le “utilicen” para sacar fuera todo lo que llevan dentro. Si os fijáis, en los diálogos, él es el que hace preguntas y los demás se extienden en largas respuestas y cuando le toca responder a él, es muy escueto, como si le costara encontrar las palabras. Hay un diálogo con Reiko donde Toru contesta a una pregunta que ella le hace: me gusta ir de excursión, nadar, leer. A lo que Reiko contesta: veo que te gusta la soledad. Por cierto, ¿qué opináis del personaje de Reiko? ¿Creéis que está metido con calzador o, por el contrario, pensáis que su presencia es clave, o al menos importante, para la historia? ¿Por qué creéis que nos cuenta con tanto detalle la historia de su relación con la alumna? ¿Pensáis que aporta algo a la historia central?

Respecto a los sentimientos que existen entre Watanabe y Naoko ¿Creéis que lo que siente él por ella es sólo amor o éste está teñido con una mezcla de responsabilidad y culpabilidad? ¿Y Naoko? ¿Qué siente ella por él? ¿Será que no puede amar? Recordad que al final del capítulo 1, Toru dice: porque Naoko jamás me amó. ¿Cuál creéis que es el problema de Naoko?

¿Qué opináis acerca del papel que ocupa el sexo en la novela? ¿Qué pensáis de esta forma tan explícita y desprejuiciada que tienen los personajes de hablar de él? ¿Os habéis fijado que el sexo no aparece normalmente asociado con el amor? Donde hay amor hay poco sexo y donde no hay amor hay mucho sexo. ¿Por qué creéis que esto es así?

En el trasfondo de la historia están las luchas estudiantiles de los sesenta. Murakami, a través de las opiniones de Midori y Watanabe, no es nada complaciente con ellas, calificando a sus protagonistas de cobardes e hipócritas. En el capítulo 7, ambos hablan críticamente de todo esto. ¿Qué opináis de su punto de vista?

El final de este capítulo, en el que Watanabe le escribe una carta a Naoko, nos permite conocer un poco más a nuestro protagonista. Es una carta sincera y triste, muy triste, pero también bellísima. Murakami en estado puro, en estado de gracia literaria, nos concede frases como estas: las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos […] no me había dado cuenta de que hablo mucho solo. Puede que, mientras me doy cuerda, no pare de murmurar todo el tiempo  […] pero hoy es domingo y esta mañana no me he dado cuerda  […] las tardes de domingo recuerdo un montón de cosas  […] domingos tranquilos, apacibles y solitarios. Los domingos no me doy cuerda.

Plazos

A algunos de vosotros no os está gustando mucho la novela, no conectáis con ella. A otros, por el contrario, os está encantando este mundo murakamiano. Y el resto todavía no habéis dejado vuestras opiniones. Me gustaría saber si los primeros habéis cambiado de opinión con la lectura de esta segunda parte, si habéis conectado algo más con ella. Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte. Espero que sean numerosos y espero que contestéis a mis preguntas. Mientras, continuaremos, a lo largo de una semana, con la lectura a partir del capítulo 8 (página 265) hasta el final de la novela. Termino con las hermosas palabras de nuestra compañera Panantel: puede que la novela nos ayude a encontrar nuestra luciérnaga, así que a seguir leyendo compañeros.

 

En mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos

28 Abr
Blue Hour over Tokyo. Foto en flickr de Schwarzkaefer. Algunos derechos reservados.

Blue Hour over Tokyo. Foto en flickr de Schwarzkaefer. Algunos derechos reservados.

Me encanta Murakami. Hace ya muchos años que lo descubrí y, desde entonces, se ha convertido en una adicción. Su lectura me hipnotiza, me emociona, me hace reflexionar y darme cuenta de lo que es verdaderamente importante en la vida. Para disfrutarlo sólo tienes que dejarte ir, abandonarte a su escritura, entrar en su mundo. Murakami no se queda en la superficie, va hasta el fondo, muchas veces de auténticos pozos (un importante símbolo en su literatura), y si vas de su mano, una vez que has pasado por todo tipo de experiencias, algunas muy duras, otras deliciosas, también extrañas, irreales, cargadas de simbolismos, sales, como sus personajes, convertido en una persona más sabia. Simplemente aprendes a conocerte mejor a ti mismo y al mundo. Él dice que se deja la piel escribiendo y yo creo que, nosotros, los lectores, tenemos que dejarnos también la piel leyéndolo. Más que leer, hay que vivir sus libros.

Tokio blues es un torrente de emociones y sensaciones ¿no os pasa al leerla que se os ocurren muchísimas cosas que comentar que luego son muy difíciles de trasladar al papel? Porque Murakami, a pesar de su estilo claro y sencillo, es muy complejo (y en esa manera sencilla de plasmar esta complejidad está su maestría) y es difícil abordar tantos temas esenciales que plantea. Así que, esta vez, voy simplemente a dejaros unas cuantas reflexiones sobre esta primera parte tal como me han ido surgiendo para que os animéis vosotros a dejar las vuestras.

Un Watanabe ya adulto se enfrenta a su pasado y siente que tiene que comprender lo que pasó. El paisaje, aquel prado en octubre, le grita: ¡vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí? […] Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

En Tokio blues encontramos los temas recurrentes en la literatura de este autor, sobre todo la soledad de sus personajes. Son seres que no comprenden demasiado el mundo que les rodea, lo ven desde fuera y acaban encontrándose (no en vano) con otros seres iguales de solitarios que ellos. Yo creo que son solitarios porque son personas diferentes, algunos están “deformados”, como se define a sí misma Naoko, otros tienen una visión peculiar de las cosas como Midori que, por otro lado, es la que más vive en el mundo real. Me encanta esta chica: honesta (todos lo son), natural, divertida, independiente, realista, valiente y fuerte. Pero peculiar. Y muy madura, como lo es también Watanabe. El impasible Toru que tan bien sabe escuchar a los demás pero, como le dice Naoko: sé que no puedo esconderme en mi caparazón y dejar que las cosas pasen. Y me da la impresión que tú haces eso. Midori es una superviviente, como Watanabe, pero ha sobrevivido con más frescura y vitalidad y Toru se siente atraído por ella a pesar de su amor por Naoko. ¿Qué pasará entre ellos? ¿Cómo manejará Watanabe ambos sentimientos encontrados? Quiero resaltar la maravillosa escena en la que Midori canta canciones a Toru subidos en el tejado de su casa mientras un incendio cercano pone en peligro sus vidas sin que parezca que a Midori le importe nada. ¿Qué opináis, por ahora, de los personajes? Además del triángulo protagonista: Watabanabe-Naoko-Midori, por ahora sólo han aparecido el ligón de Nagasawa y el “friki” Tropa-de-Asalto.

Como ya hemos dicho, esta novela no es tan simbólica como otras de él, pero en esta primera parte hay dos pasajes donde aparecen elementos simbólicos: el del pozo y el de la luciérnaga, ¿qué creéis que significan?

Otro aspecto a resaltar es que, aunque sus protagonistas son jóvenes, no se puede considerar a Tokio blues la típica novela juvenil sino todo lo contrario. En mi opinión es una novela madura, sólida. Las reflexiones, los diálogos (brillantes) así nos lo muestran. Sus personajes están perdidos, sí, pero intentan comprender, entenderse, buscar respuestas y salidas, incluso Naoko, la más tocada, que ya instalada en el  singular sanatorio donde se recluye y se tranquiliza, opta por una actitud analítica de su comportamiento. Incluso Naoko es madura.

Los personajes dan largos paseos sin rumbo por una inmensa Tokio, visitan muchos locales donde comen, toman un café, una copa… Tokio aparece como una ciudad bulliciosa, una urbe gigantesca, anónima, del todo ajena a los sufrimientos y zozobras de los personajes, el escenario perfecto e indiferente donde estos solitarios y perdidos protagonistas en busca de sí mismos están inmersos.

En las págs. 37-38 (cuyo contenido me parece clave en esta historia) Watanabe reflexiona sobre cómo le influyó el suicido de Kizuki, su único amigo: fui incapaz de hallar mi propio espacio en el mundo que me rodeaba.  Lo único que desea es marcharse de su ciudad y así lo hace, comenzando una nueva vida en Tokio donde su único propósito es tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y olvidar.  Pero no puede y las reflexiones acerca de la muerte son inevitables: hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. “Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella”. Sin embargo, a fuerza de reflexionar, llega a la conclusión de que la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella […] La muerte había estado implícita en mi ser desde el principio […] Cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí, y concluye: la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. […] Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte.  Y entonces se reencuentra con Naoko a la que parece que le ha pasado lo mismo. Naoko está tan sola como él pero mucho más desvalida, su mirada es de una trasparencia ausente y busca en el vacío las palabras que no encuentra. Ella misma define su desequilibrio: es como si tuviera el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando al corre que te pillo. En medio hay una columna muy gruesa y van dando vueltas a su alrededor jugando al corre que te pillo. Siempre que una parte de mí encuentra la palabra adecuada, la otra parte no puede alcanzarla.

Watanabe para calmar su contradicción camina, nada, bebe de vez en cuando una copa, escucha mucha música y, sobre todo, lee: leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaba de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus página, me sentía feliz.

Los libros, la música, la comida, el sexo. Todos temas muy murakamianos. Y temas mucho más serios como la soledad, el suicidio, la muerte y el desequilibrio mental tan importantes en esta novela. Espero vuestros comentarios sobre la presencia de todos ellos en esta parte.

Terminamos con la decisión de Watanabe, después de leer varias veces la extensa carta que Naoko le envía sincerándose con él, de ir a visitarla a la fuera-del-mundo “Residencia Ami”.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios y reflexiones sobre esta parte, y sólo sobre esta parte. Espero que sean muy numerosos. Disponéis de una semana para ello. A la vez, continuaremos con la lectura a partir del capítulo 6 (Pág. 125) hasta llegar al final del capítulo 7 (pág. 263).

Tokio Blues: Alto y desequilibrante voltaje emocional

21 Abr
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Haruki Murakami. Foto en flickr de La Tête Krançien. Algunos derechos reservados.

Haruki Murakami inició su carrera literaria en 1979 pero hasta que no publicó Tokio blues en 1987 era un escritor con ventas que no sobrepasaban los 100.000 ejemplares. Con esta novela le llegó la fama ya que ha vendido varios millones de ejemplares en todo el mundo lo que ha convertido al libro en un auténtico ‘best seller’. En 2005, la editorial Tusquets lo publicó en España y se repitió el éxito: ya va por la 32ª edición y continúan las ventas. Desde entonces Murakami es todo un fenómeno literario, casi una moda (algo que no es muy de su agrado). Sus millones de seguidores esperan con expectación la publicación de un nuevo libro y cada vez que esto ocurre se convierte en todo un acontecimiento. En español están publicadas trece novelas, cuatro libros de relatos, dos libros de ensayo y se acaba de publicar estos días su último libro, otro ensayo, titulado De qué hablo cuando hablo de escribir. Puede ser un buen momento para leerlo y conocer el universo de este interesante escritor.

Tokio blues difiere bastante del resto de sus obras. No tengo interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero decidí que, aunque sólo fuera una vez, iba a escribir una novela realista. Tokio blues fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome, aclara. El escritor confiesa que le gusta crear historias que causen desconcierto en sus lectores y que se deja la piel cada vez que escribe una de ellas.

Para los que todavía no conozcáis el mundo murakamiano quizás sea ésta novela la mejor manera de iniciarse en su literatura ya que es menos compleja y simbólica que las restantes, aunque el traductor de la obra al inglés, Jay Rubin, sostiene que esta obra mantiene en grado importante la complejidad y el simbolismo característicos de la obra de Murakami, y que, por lo tanto,  no es simplemente una historia de amor como aparentemente parece.

Tokio blues es el relato conmovedor y agridulce de una educación sentimental y de las pérdidas que implica toda maduración.  La historia comienza cuando su protagonista, Toru Watanabe, escucha el tema de los Beatles que da nombre a la novela mientras está aterrizando en Hamburgo. Tiene 37 años y la canción le hace retroceder a una turbulenta e intensa época de su vida ocurrida dieciocho años atrás, a finales de los 60, en Tokio. La novela está narrada en primera persona por el propio Watanabe en forma de un largo y detallado flashback que evoca, con una gran carga nostálgica, aquellos años estudiantiles en los que conoció a Naoko, una bella chica inestable y muy especial, con la que inicia una peculiar relación.

Watanabe es un cruce entre un narrador protagonista y un narrador testigo ya que aunque sea el protagonista de esta historia, parece que está ahí para hablarnos de los demás personajes. Sabe escuchar, tiene una gran capacidad para comprender a las personas, apenas habla y cuando lo hace (ya sea en los diálogos o en sus reflexiones) revela, con gran honestidad, cosas realmente importantes, claves para entenderlo tanto a él como al resto de los personajes. El prudente, resignado, solitario y confuso Watanabe posee, a la vez, una extraña madurez y serenidad no muy propia de su edad. Casi todas las novelas de Murakami están narradas en primera persona y el narrador, y a la vez protagonista, suele ser un hombre con similares características, un álter ego en muchos aspectos del propio escritor.

Las dos protagonistas femeninas son dos mujeres totalmente opuestas: Naoko, la cara oculta, y oscura, de la luna y Midori, la que brilla con luz blanca. En medio, el prepotente y vanidoso Nawasawa y, sobre todo, Reiko, una mujer herida por la vida, y, al fondo, la omnipresencia ausente de Kizuki, el novio de Naoko y mejor amigo de Watanabe, cuyo suicidio a los diecisiete años llena a ambos de dolor e incomprensión ante el mundo. Quizá sea esta experiencia la que ha otorgado al protagonista una lucidez y vulnerabilidad que le hace percibir con una gran claridad el dolor propio y ajeno así como la madurez que se adquiere cuando uno se enfrenta con la muerte de un ser querido.

Murakami consigue con una gran maestría y un estilo sobrio, depurado, ágil e inquietante que la historia te envuelva y no puedas dejar de leerla. Las descripciones son muy detalladas, precisas y visuales. Aunque describe casi todo, no se explaya demasiado, va a la esencia, y, al contrario de lo que pasa con otras novelas, se puede perfectamente visualizar lo que describe. La novela está plagada de diálogos fluidos y rítmicos magníficamente construidos que poseen una gran verosimilitud en los que se pasa de lo prosaico a lo más trascendente con toda naturalidad y que va dejando toques de un fino humor. Los personajes son los que sostienen una historia en la que apenas hay acción, de ahí la importancia de los diálogos.

El amor, el sexo, la pérdida, la muerte (el suicidio) y la inestabilidad mental transitan por ese mundo de alto, y desequilibrante, voltaje emocional que de manera tan especial y con gran sensibilidad literaria sabe crear el autor. La mirada retrospectiva del narrador posee una evocadora melancolía y un tono nostálgico tiñe toda la novela de una tristeza existencial.

El título original en japonés es Noruwei no Mori, traducción del título de la canción Norwegian Wood de Los Beatles. En la novela aparecen diversas alusiones a la canción, que es la preferida de Naoko. La palabra japonesa “mori” sería el equivalente en español a “bosque”, no a “madera”, aunque en la canción se refiere a este significado (madera noruega). Los bosques y su simbolismo tienen una importancia destacada en la novela. El por qué se ha traducido en español por Tokio blues podría ser por las semejanzas entre este tipo de música y las características de la novela. Una historia triste escrita con un ritmo entrecortado como el blues. Un relato más de sensaciones que de acciones.

Os recomiendo que comencéis la lectura escuchando Norwegian Wood, la canción de los Beatles que da nombre a la novela y que refleja la importancia que la música, desde la clásica al rock, tiene en la obra de Murakami.

Otra de las características de la novela, y de la obra de Murakami en general, son las referencias a otros libros que están leyendo los personajes, sobre todo el  omnívoro lector Watanabe. Normalmente literatura occidental muy del agrado del escritor. En Tokio blues aparecen El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, El Centauro de John Updike (los dos libros favoritos del protagonista), La montaña mágica de Thomas Mann (cuya elección posee una gran carga simbólica de la que ya hablaremos) y Bajo las ruedas de Hermann Hesse. También aparece El guardián entre el centeno de Salinger. Y es que Toru Watanabe podría ser perfectamente Holden Caulfield unos años más tarde. De hecho Reiko le dice en un momento: Hablas de una manera muy especial […] ¿Estás imitando al protagonista de “El guardián entre el centeno”?

La novela fue llevada al cine en 2010 por el director vietnamita Tran Anh Hung. Yo no la he visto todavía. Me parece un buen momento para hacerlo. ¿Alguno la ha visto y nos puede contar? Podéis ver el tráiler y ponerles cara a los personajes. También os dejo un vídeo con una escena de la película donde Reiko toca a la guitarra “Norwegian Wood” ante Watanabe y Naoko y otro más con escenas de la película mientras suena la canción She brings the rain interpretada por el grupo alemán de finales de los años sesenta Can.

Adjunto sendos enlaces, uno a la página de Facebook dedicada a Murakami y otro a la página que le dedica la editorial al autor.

Como un intento de acercamiento al mundo Murakami os dejo algunas declaraciones hechas por el autor sobre su obra y su proceso de creación. ¡Qué mejor para poder entenderle que dejar al propio Murakami que hable!

Soy un nadador, me gusta y sé me da bien, pero no sé explicar lo que hacen mis brazos o mis piernas cuando estoy en el agua. Con la escritura pasa lo mismo, sé hacerlo pero no describir cómo lo hago. Escribo como nado.

Mis historias brotan de algún rincón profundo y misterioso de mi mente. No tengo un mapa o una linterna para rastrear esa extraña fuente, solo puedo divisarla de forma muy vaga. Para mí escribir es explorar la naturaleza de este lugar oscuro, que no maligno, donde conviven elementos enigmáticos, positivos y negativos, ambiguos y nacidos del subconsciente.

Cuando escribo abro la puerta a otra habitación y me encierro en ella, voy al otro lado. No puedo escribir de forma realista porque la ficción me obliga a entrar en esa otra habitación, que es muy oscura, silenciosa y en la que soy testigo de multitud de cosas extrañas, salvajes y surrealistas. Cuando escribo, desciendo a las profundidades de mi mente. Cuanto más bajo, más peligroso resulta. Debo ser fuerte para enfrentarme a las criaturas, a las imágenes y a los sonidos que moran ahí; necesito valor para atreverme a abrir puertas que me provocan mucho miedo. Sé que suena esquizofrénico. Ir de un mundo al otro es delicado y hay que hacerlo con cuidado porque el precipicio está muy presente. Por fortuna, soy un escritor y puedo ir y regresar a mi antojo, mientras que hay gente en la vida real que se extravía fatalmente. Todo el mundo tiene la capacidad de plantarle cara a sus obsesiones, pero solo una minoría se atreve.

Del jazz he aprendido tres lecciones que luego he aplicado a mis libros: ritmo, armonía e improvisación.

A mí siempre me ha interesado la gente que ha sido arrojada fuera de la sociedad, aquella que ha sido retirada o apartada.

Mis personajes siempre acaban encontrando una vía o una solución para superar sus problemas, pero por el camino tienen que sufrir y enfrentarse a la oscuridad, a la maldad, a la extrañeza y en ocasiones incluso a la violencia.

Soy un escritor, mi trabajo es escribir, no hablar. Además, deseo permanecer en el anonimato, poder viajar en el metro de Tokio sin que me reconozcan.

Aún no sé grandes cosas acerca de mí mismo. He estado escribiendo mucho con el objetivo de conocerme, pero he avanzado poco. En última instancia, me dedico a la ficción para saber quién soy, qué hay dentro de mi cabeza. Cada nuevo libro es una forma de conocerme, pero el proceso es lento. Sigue habiendo tanta oscuridad que la batalla se promete larga. 

Soy japonés, escribo en este idioma y mis novelas se desarrollan la mayor parte de las veces en este país. Pero soy un individuo. Sólo un hombre libre.

Para terminar, unas palabras de la escritora mexicana Guadalupe Nettel sobre Tokio blues: es una de esas novelas densas e imprescindibles que se beben como un Cutty Sark una de esas noches en que la vida resulta insoportable.

Bienvenidos al inquietante universo murakamiano. Para muchos lectores leer a Murakami es convertirse en seguidor incondicional de este autor.

Plazos

Vamos a dividir la lectura en tres partes. La primera, que leeremos a lo largo de una semana, nos llevará hasta el final del capítulo 5 (página 123).

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

Ya no era un niño y a cambio era aproximadamente nada

3 Nov

Erri de Luca. Foto en flickr por Paolo Benegiamo (paolobenegiamo.weebly.com). Algunos derechos reservados.

Dejamos al niño Erri recuperándose de sus heridas gracias a los cuidados de la madre y de la chica sin nombre. Ha vuelto a hacer la vida de la isla pero con signos bien visibles de la paliza en su cara, aunque esa nariz rota y esos cortes le hacen “más hombre”, así se lo dicen y él, además del centímetro que ha crecido, siente que sí que algo está cambiando no sólo en su cuerpo sino en su cara: no pensaba que la cara también tiene que crecer. La chica está tramando una venganza como veremos más adelante, su sentido de la justicia así se lo pide: estaré un poco fría contigo en la playa, no me hagas caso. No nos bañaremos juntos. Intentaremos vernos por las tardes, ¿entendido? El niño la ve en la playa paseando con sus agresores y él lo único que desea es ser invisible, no quiere verlos, sólo el mar abierto y nada más. Nada mucho: la superficie del mar es un techo sobre las profundidades y visita a los pescadores: allí mi nariz no causaba risas. Se prestaba poco atención a los desarreglos de la naturaleza, a las heridas, a las lisiaduras. Mientras quedara vida, ésta tenía una finalidad y un lugar útil en tierra.

Esta parte del libro contiene numerosas reflexiones y recuerdos posteriores de su vida que el autor intercala en la acción principal. Hay mucho del Erri adulto. Destaco la importancia que el cine del Neorrealismo italiano tuvo para Erri así como la música, las viejas canciones napolitanas que él toca ahora a la guitarra, una guitarra que no quiso cuando su madre se la ofreció. Pero, sobre todo, están muy presentes el padre y la madre, la muerte de ambos en sus brazos viviendo ya en la casa que él construyó con sus propias manos y el amor tan intenso que les tuvo.

El cine italiano de posguerra me enseñó a mirar, por lo menos cuanto las voces de las mujeres de Nápoles me enseñaron a permanecer a la escucha. Mirar. Escuchar. Verbos muy presentes en la vida de Erri desde su infancia. Verbos fundamentales para un escritor. Amé ese cine de artesanos excelentes que en el momento justo adquiere la intensidad del arte. El blanco y negro daba luz al patio de butacas de los pobres, relucía por el sudor en la frente, no por las lentejuelas. Aquel cine narraba barracas y no palacios, a nuestra gente abarrotada en tercera clase, no los vagones del Orient Express. Iba solo, no quería a nadie a mi lado que se mofara de mi conmoción, que estorbara la sacudida de una compasión, que atenuara la consternación de una ira. Aprendía lo que era Italia. De nuevo la preferencia por los más humildes: he amado mucho ese cine, como espectador puro. Como delante de los cuadros: no me situaba en el punto de vista del pintor, sino en el de quien está en un lateral y echa un vistazo por encima de las cabezas desde un asiento en el gallinero.

Un extraño sentimiento de culpa por haber obstaculizado el amor de sus padres con su llegada al mundo, un deseo de no haber existido nunca le atormentan al ya narrador adulto Erri: se amaban los dos, se regalaban libros. Ella estaba embarazada de mí. La fecha de la dedicatoria denuncia mi intrusión en sus vidas. Se las obstaculicé cual extraño. Querían un hijo, me tuvieron a mí. Ellos son mi gente, pero yo fui poco y mal la suya […] Me entra el deseo maldito de no haber existido, de dejarlos a los dos vivir en paz […] Para quien tiene el tullido impulso de no haber existido nunca, queda el oficio de fantasma. Duras palabras, ¿no creéis? ¿Qué opináis de ellas? Pareciera que siempre se sintió una carga para ellos. Y la insistencia en no valorarse, en pasar siempre desapercibido, en ser casi invisible, está muy presente ya en él desde niño. Aparece con frecuencia en este libro, también en sus recuerdos de adulto, y en las entrevistas.

El padre encuentra trabajo en América y le pregunta por carta a la madre si quiere vivir allí. La madre duda pues yo sólo sé vivir en mi tierra, pero enseguida le pregunta al niño si quiere ir allá. Es la primera vez que le pide su opinión sobre algo importante: me atraía un lugar donde volver a empezar sin conocer a nadie. Podría quitarme el uniforme de invisible, lo sería sin esfuerzo de imaginación. Podía ser un buen sitio para mí un país llamado allá. Pero le contesta que para él es igual. Exactamente le dice que “no quiero tener peso”. No quería contar para nadie, sólo quería pensar en buscar gusanos excavando en la arena, en leer libros, en pasarme los días mudo. Piensa que la decisión es sólo de sus padres ya que su padre sólo le ha preguntado a ella.

En septiembre ocurren días de cielo descendido a la tierra. Se abre el puente levadizo de su castillo en el aire y, bajando por una escalera azul, el cielo se apoya durante un rato en el suelo. A los diez años, podía ver los peldaños escuadrados, y recorrerlos hacia arriba con los ojos. Hoy me contento con haberlos visto y con creer que siguen existiendo. No me he resistido a transcribir este párrafo. ¡Contiene tanta belleza y melancolía! No he hablado de la presencia casi permanente de la nostalgia en esta novela. ¿No creéis que es así? Además de la intensidad, de la poesía, de la verdad, hay un halo de melancolía que impregna todas sus palabras. Me he emocionado, a veces hasta las lágrimas, leyendo y releyendo este libro único. Casi todos los libros de Erri hablan de su infancia en Nápoles. Como si todo lo que hubiera vivido posteriormente ya viniera de allí, de esa ciudad y esas vivencias que abandonó a los dieciocho años para no volver. ¿Por qué se iría Erri? También habla de eso en esta novela más adelante. Pero no da razones.

Dentro de poco me marcho. Antes tengo que arreglar una cuestión de justicia. Ahora vas a escucharme y a hacer lo que te diga […] Mañana por la tarde, bájate a la playa. Te encierras en la caseta y te quedas allí. No salgas hasta que te llame. Oigas lo que oigas y veas lo que veas por las rendijas de los tablones, no salgas hasta que te llame yo. ¿Me has entendido bien? La chica está a punto de llevar a cabo su plan. El niño Erri más que escucharla está mirándola: fue la primera noción cierta de la belleza femenina. Que no está en las portadas de las revistas, en las pasarelas, en las pantallas, que en cambio está de repente a tu lado. Que te sobresalta y te vacía. El niño toma consciencia de su cuerpo por primera vez al lado de ella: del latido de la sangre a flor de muñeca, del ruido del aire en la nariz, del tráfico de la máquina corazón-pulmones. Junto a su cuerpo exploraba el mío, calado en su interior, zarandeado como el cubo en el pozo.

Finalmente el niño se ha puesto del lado de lo que decida su madre respecto a irse o no a América. La madre decide escribirle al padre que no irán. Él se siente molesto consigo mismo: había transgredido mi verdad, que era de sincera distancia entre sus razones y las de papá. Me había puesto de su lado porque la había visto extraviada y despeinada en la cocina por la noche haciendo garabatos. Le había dicho unas palabras de ayuda que para mí no eran verdaderas. Me las había inventado por afecto […] Le había quitado a papá, sin embargo, su esperanza de reunirnos allá y eso me confundía […] Había intervenido entre ellos dos. Debía de ser ésta la consecuencia del cambio en el cuerpo. Crecer conllevaba un precipicio de efectos desconocidos. Había bastado un centímetro. Y de nuevo un flashforward. El narrador recuerda cuando ocho años más tarde se iría para no volver: cerré despacio y bajé los más hondos escalones de mi vida, que no volvería a subir para habitar de nuevo […] en la cabeza me retumbaban los adioses que no había dicho […] desertaba de ellos, del tiempo transcurrido me arrancaba como una hierba del muro, dejándolo limpio […] De haber encontrado a alguien que me hubiera dicho: “Vuélvete a casa” me lo hubiera abrazado. Pero se va y se une a un partido revolucionario en el que conocí entonces el peso y la amplitud del pronombre nosotros. Erri de Luca no nos da ninguna razón, únicamente narra lo que pasó con un poso de tristeza y quizá de ¿arrepentimiento? No me atrevería a afirmarlo. Sólo están los hechos.

Pero el padre renuncia a América: la vida en Nápoles fue para él un exilio sin viaje. Y nos habla de la pérdida de su padre muchos años después con ¡tan bellísimas palabras de dolor y ausencia!: el encuentro con el sueño, donde lloro sin lágrimas. Mi luto por él es una poza de agua marina evaporada. Entre las rocas queda la sal desecada, unos sollozos en seco […] Vuelven cogidas del brazo, las lágrimas, de dos en dos, se asoman por el borde y se zambullen desde las pestañas sobre los pantalones, mientras apoyo la frente sobre las manos vacías. Son las mismas lágrimas de niño, de impotencia antigua. No tienen nada que pedir y cesan por sí solas. Y un poco más adelante en la narración le toca el turno a la madre, a su final junto a él: mamá que me vuelve huérfano de viejo. Me posaba su mano tibia y exhausta sobre la frente y así volvía a respirar tranquilo. La madre que le dio las canciones, la música de su tierra, y con ellas le empujó a hablar, a cantar, a escribir. Las pérdidas de los míos, de los dos, que acabaron en mis brazos, no he podido equilibrarlas con el nacimiento de los hijos […] La vida de los míos, de los dos, están en la prisión de los ausentes y no pasa día sin que espere fuera.

Por fin llega el día del duelo entre los dos agresores que se disputan a la chica. Todo lo ha preparado ella para que la venganza la pueda presenciar el niño Erri encerrado en la caseta: sin armas, con las manos y los pies desnudos, el primero que grite pierde. Y, claro, pierden los dos. El acto de justicia se ha hecho realidad pero para el niño ha sido la inutilidad del odio y de la sangre. Para la chica él es el ganador, le hace salir de la caseta y le besa a la fuerza en la boca delante de los dos derrotados: pero ¿tú no cierras los ojos cuando besas? Los peces no cierran los ojos. Él niño intenta convencerla de que esa justicia no sirve para nada pero no tenía palabras ni ímpetu para oponerme a las suyas. Ella era en aquella hora la voluntad personificada […] Había meditado y ejecutado después la sentencia. Me la enseñaba en su evidencia, no buscaba consenso ni gratitud. El niño Erri se ha enamorado, por fin comprende lo que no entendía e incluso rechazaba cuando lo leía en los libros: la palabra amor: aquel amor cerraba la infancia. Aunque deciden pasar la última noche juntos no volverán a verse, así lo establece la niña y él lo acepta: hoy sé que aquel amor cachorro contenía todos los adioses siguientes. Ninguna se detendría, yo no conocería las bodas […] El amor sería una parada breve entre los aislamientos. Hoy pienso en un tiempo final en común con una mujer, con la que coincidir como lo hacen las rimas, al término de la palabra.

Poco después reacciona ante su cobardía por no haber detenido la pelea: había fallado. No había sido quien exijo ser […] Tras la sorpresa de poder nombrar la palabra amor, venía la experiencia física de la vergüenza […] Ya no era un niño y a cambio era aproximadamente nada. Es muy exigente consigo mismo este niño y ese hombre. Uno siente que la ética en él es palabra principal.

Esta hermosísima novela termina con el encuentro final de los dos chicos, en la playa, entre las barcas de los pescadores, besándose por primera vez: después de cada uno, me daba cuenta de estar creciendo, más que de las heridas. Él todavía no sabe si le gusta el amor pero sabe que lo tiene y sobre todo le gustan los besos: todavía hoy sé que son la más alta meta alcanzada por los cuerpos. Desde allí arriba, desde la cima de los besos, puede uno descender después a los gestos convulsos del amor. Incluso iguala al lenguaje, a las lenguas y a sus palabras y a sus letras, con los besos.

En un cruce nos separamos, soltándonos las manos sin necesidad de más despedidas. Eva y su esposo, saliendo del jardín, habían vivido ya todo el bien del mundo. La vida añadida más tarde, lejos de aquel lugar, no fue más que una divagación.

Plazos
De nuevo he transcrito muchos párrafos del libro, ¡no lo he podido evitar! Si pudiera transcribiría el libro entero. Me he enamorado de la palabra de este escritor, se nota, ¿no? Bueno, es el momento para que vosotros comentéis, o transcribáis por supuesto, todo lo que queráis de esta segunda parte y del libro en su totalidad. Para ello, disponéis de una semana. Y como no hay más que leer, ¡espero que sean numerosos los comentarios!

¿Cuándo vas a enfrentarte a la realidad?

22 Jun

The Opera House BW. Sydney. Foto en flickr de Giuseppe Angelè. Algunos derechos reservados.

Por fin llega el momento en el que Helen se sincera por primera vez con Nicola. Le habla de las dudas que tiene sobre la clínica, le dice que le parecen unos charlatanes. Nicola los defiende y afirma: si pierdo la fe, la única alternativa es abandonar y decir, de acuerdo, me rindo. Me muero. Cáncer, ven y llévame. Y ella lo último que quiere hacer es rendirse. Es entonces cuando Nicola habla sobre lo que piensa que ha sido su vida: He tenido una suerte asombrosa. Nací aceptablemente guapa, en una familia con dinero, y dotada de cierto talento. Pero lo malgasté todo. No me he sacado provecho. He sido perezosa. No he perseverado en nada. He fracasado y sencillamente he seguido hacia adelante. He echado a perder mi buena suerte. La he tirado por el desagüe. No es raro que ahora se me haya acabado. Así que el fracaso que siente Nicola es en gran parte el responsable de su actitud desesperada que le hace creer en cualquier solución que le permita seguir viviendo y poder quizás enmendar el concepto fallido que tiene de ella misma y de su vida.

A pesar de la conversación, Nicola continúa con el tratamiento y su fe en él. Reciben la visita de su sobrina Iris y de su novio Gab que vienen de Sidney a pasar un fin de semana con ellas. Desde el primer momento, Helen los siente como un apoyo ya que piensan más o menos como ella y conocen bien a Nicola (no olvidemos que los últimos seis meses han vivido con ella). Mientras esperan que ésta vuelva de la clínica Theodore, se ponen al día. Pero las malas noticias no tardan en llegar: Nicola está tan mal que no puede volver sola desde la clínica. Helen pierde los estribos y al final será el propio profesor Theodore la que la llevará a su casa porque vive en su zona. Helen se prepara para una confrontación en toda regla. Está dispuesta a cantarle las cuarenta y decirle que le va a denunciar. Los jóvenes la apoyan: muy bien, Helen. Listos para el baile. Ese apoyo le da a Helen más fuerzas aún. Cuando llegan, Nicola se arrastra a la cama realmente hecha trizas. Y empieza el enfrentamiento con Theodore que se muestra dispuesto a plantarle cara a Helen. Se defiende impasible ante las graves acusaciones de ésta. Entre otras “joyas” le dice que no ofrecen pronósticos a sus pacientes. La ironía, la burla e incluso la risa acompañan a sus respuestas. Helen pierde los estribos y sale de la casa. El profesor se marcha con el agradecimiento de Nicola que sigue en sus trece. La sensata Iris, que la conoce bien, se sincera acerca de lo que ha tenido que vivir esos seis meses: realmente llegué a pensar que tendría que acabar por matarla yo misma y ahorrarle las molestias al cáncer, y les cuenta su teoría: Nicola se niega a aceptar gran parte del horror de todo esto. Pero ese horror no desaparece. Es imposible, porque existe. Por tanto, otro tiene que vivirlo con ella de algún modo […] Nos ha asignado el papel de portadoras de todo lo malo, y de algún modo se lo hemos permitido. Va de un lado a otro con esa sonrisa horrenda en la cara, diciendo a todo el mundo que a mediados de la semana que viene se habrá curado, y entretanto los demás vamos dragando el fondo y recogiendo toda la angustia y la rabia que ella suelta por la borda. Sabias y certeras palabras las de Iris, ¿no creéis?

La conversación con Iris y Gab le ha dado la fuerza y el valor necesarios a Helen para enfrentarse a Nicola a la mañana siguiente cuando ésta aparece con su sonrisa inalterable. Eso y la ira que siente hacen que Helen por fin estalle y le diga todo lo que siente que le tiene que decir. No tiene ya ningún control sobre sus palabras y de su boca sale todo lo que lleva dentro esperando a salir. Palabras y acusaciones fuertes ante las que Nicola se defiende como puede. La propia Helen está asombrada de lo que dice: ¿Dónde tenía yo acumulada toda esa rabia? Salía de mí a borbotones como un vómito, y también se siente culpable: me atraganté de vergüenza: me sentí como una abusona, sorprendida con las manos en la masa. Pero no puede más: no soporto la falsedad. Me da asco. Al final acabaré perdiendo la cabeza. Iris va en su ayuda animándola a que siga hablando a la vez que abraza a Nicola que termina rindiéndose y comienza a llorar. Ante su rendición, Helen se suaviza: no soportamos verte sufrir así. No soportamos perderte. Deseamos cuidar de ti. Te queremos mucho. Pero tú te las das de valiente y nos mantienes a distancia. No podemos llegar a ti porque nos ahuyentas. Y haces que nos sintamos ridículas por preocuparnos. Nos agotas con ese estoicismo tuyo. Es como una máscara horrenda, una máscara que queremos arrancarte para encontrarte a ti. Nicola por fin habla arguyendo que nunca ha querido aburrir a la gente con sus sentimientos: he aprendido a mantener la boca cerrada y a mostrar una cara optimista. Helen le recuerda todo lo bueno que tiene: es una amiga leal, no es rencorosa, es muy generosa, divertida, sabe escuchar… Los demás nos sentimos libres cuando estamos contigo, ¿no lo sabías? ¿Crees que eso es malgastar tu vida? Después de un largo silencio Nicola apoyo el hombro contra el mío. Nos miramos a los ojos y desviamos la vista otra vez, francas y libres. Fue como sumergirnos en aguas serenas. Yo me pregunto y os pregunto: ¿entendemos a Nicola? Es fácil decir a los que no se sienten cercados por ella que hay que aceptar la muerte, pero ¿quién está realmente preparado para ello cuando llega? Es difícil el papel que le ha tocado vivir a Helen, yo la entiendo, pero también entiendo a Nicola. ¿Y vosotros?

Lo ocurrido les da una tregua que aprovechan para ir a un espectáculo de magia. Es simbólica y hermosa esta visita ya que creer en la magia es lo que necesita Nicola. El mago parece que sólo se dirige a ella: hay muchas formas de hacer desaparecer una cosa. ¿Quiere que le enseñe la manera rápida o la lenta? Nicola disfruta enormemente del espectáculo y de que se centre en ella y parece beber con los ojos todo lo que dice y hace el mago. Pero la tregua termina y cuando Iris y Gab se van, Nicola le dice a su sobrina que no va volver con ellos a Sidney, que quiere terminar el tratamiento: está decidida a conservar la fe en el profesor Theodore. Una vez sola, Helen se siente asustada pero decide, ante el aumento del dolor que sufre Nicola, ir a pedir una morfina más potente a la doctora Caplan. Ésta les dice que tienen que ir a un oncólogo que tome las riendas de su enfermedad. Nicola acepta y decide también dejar el tratamiento de la vitamina C: era por lo que yo había estado luchando, pero sentí que se me partía el corazón. Helen vive continuamente una situación contradictoria. Además Nicola le agradece que la haya acogido en su casa: sabía que apenas me quedaban fuerzas, las justas para llegar hasta ti, y le dice que ha sido muy valiente cuando le dijo toda la verdad. ¿Valiente? No sé cómo has podido perdonarme. Fui un monstruo. De nuevo la contradicción de la pobre Helen.

Cuando visitan al doctor Maloney, el oncólogo, éste decide hacerle una resonancia magnética y un escáner de huesos de inmediato. A Nicola le cae bien y se pone en sus manos. Los resultados son demoledores: la situación de Nicola es tan crítica que si no la sustituyen la vértebra C7 por un soporte de titanio puede quedar tetrapléjica. El mejor cirujano que puede hacerlo, el doctor Hathaway, está en Melbourne y a él acuden, pero Helen confía en que también en Sidney podrán operarla ya que en el fondo ella no puede más y desea que se vaya (¿egoísta?). Nicola comienza a ver la verdad y la realidad y no para de llorar: creía haber llegado a la cima de la montaña pero no estoy más que en las estribaciones. Ya no es necesario que Helen diga nada, será Nicola la que pronuncie las palabras: esto acaba en la muerte, ¿no?

Aunque Maloney sostiene que es Hathaway el que debe operarla, Helen intenta convencerla de que tiene que irse a Sidney donde tiene muchos amigos, más antiguos que ella, y a su familia, que en Melbourne no tienen el apoyo necesario para esa intervención ya que sólo cuenta con ella y ella no puede más, está agotada. Pero Nicola se resiste y piensa en llamar a amigos que la apoyen, opina que hay muchos que pueden venir a ayudarla, está pletórica de optimismo y sigue hacia adelante. Pero Helen no lo ve viable, piensa que es un delirio de ella, se siente invadida por la rabia, quiere salvar su vida. ¿Entendemos esta última reacción de Helen? ¿Qué opináis?

Finalmente Nicola se saldrá con la suya: no sabía entonces que el sueño delirante de Nicola, hacer venir a Melbourne a sus cuidadores y alojarlos en el hotel Windsor, se haría realidad, ni que al cabo de diez días regresaría a Sidney con el soporte de titanio del doctor Hathaway magistralmente implantando en la columna.

Helen irá numerosas veces a Sidney a ayudar a los amigos de Nicola que la están cuidando, no la abandona sino que contribuye en su convalecencia durmiendo incluso en el suelo. Se entrega a su amiga en cuerpo y alma echándola incluso de menos cuando no está en Sidney: te echo de menos. Me aburro. Preferiría estar limpiando la mierda de las baldosas del cuarto de baño de Iris. Cuando Nicola ya está moribunda la internarán en un hospital para casos terminales. Allí seguirán yendo sus amigos y Helen (no te vayas, por favor) a cuidarla y animarla. Su final será acorde a sus ideas: dos budistas la despedirán con sus cánticos. No tenía la menor idea de que Nicola, antes de marcharse de mi casa, me escribiría una carta de despedida con tales reproches a sí misma, con tal ternura y serena gratitud, que cuando la encontré, meses más tarde, en su astuto escondrijo, me eché a llorar a lágrima viva.

Pero Helen, recordando su actitud ante el hecho de que no podía seguir cuidándola, había estado segura de que si no sacaba a Nicola de mi casa al día siguiente, me hundiría en un pozo de cal viva donde la rabia me abrasaría y no quedaría de mí nada más que huesos desparramados sobre un paisaje arenoso. Pero también, a la vez, esa última noche yo me reconcomía de vergüenza, indignada conmigo misma por indignarme, por ser tan poco atenta con ella, tan cruel. Como dije en un anterior post, Helen Garner parece que escribió esta novela porque necesitaba realizar un ajuste de cuentas consigo misma ante lo que vivió con su amiga. Realista, sabía que no podía más pero, a la vez, sabía también que estaba traicionando a su querida Nicola. Esperamos que esta novela le haya traído la paz y la agradecemos este ejercicio de honestidad que nos muestra una situación tremendamente difícil que perfectamente podríamos vivir, con todas sus contradicciones, cualquiera de nosotros.

Plazos
Disponéis de una semana larga para dejar vuestros comentarios sobre esta última parte y sobre la novela en general. ¡Espero que sean muy numerosos! La novela se lo merece. Después, el Club se irá de vacaciones en julio y agosto y volveremos en septiembre con muchos más libros para leer y comentar.

¿Qué debo hacer?

15 Jun

The Pale Blue City. Melbourne. Foto en flickr de Hadi Zaher. Algunos derechos reservados.

La novela se abre con dos citas de dos escritoras, una hace alusión a la satisfacción que conlleva la generosidad cuando nos damos a los demás, cuando les ofrecemos todo lo que está en nuestras manos y la otra trata sobre las consecuencias de todo tipo que puede traer el más hondo sufrimiento. Ambos temas muy importantes en la novela y que se interrelacionan.

La habitación de invitados nos sumerge en el tema ya desde la primera línea. No se anda con rodeos. Desde el principio sabemos de la personalidad de Nicola mientras Helen se interroga sobre cómo preparar la habitación en la que se va a hospedar su amiga durante tres semanas. Nicola es una mujer adepta a las corrientes alternativas de la “new age”: budismo, yoga, meditación, tratamientos alternativos a la medicina tradicional, vegetarianismo… Parece que lleva años practicándolas probablemente desde su ya lejana juventud hippy, que ambas compartieron allá por los años sesenta. Pero mientras Helen ha abandonado esas costumbres y parece una mujer cabal, racional, Nicola sigue siendo una excéntrica hasta en su forma de vestir, dejada, casi con la ropa rota y ajada: una de las cosas que ella consideraba superfluas eran las zapatillas de andar por casa, además de las maletas, los sujetadores, los desodorantes y las planchas.

Nicola, sola y sin hijos, está muy enferma y ha vivido los últimos seis meses en casa de su sobrina Iris en Sidney. Ella y Helen, ambas con más de sesenta años, mantienen una amistad íntima desde hace quince años. Han vivido ya muchas cosas juntas y les une una gran complicidad. Helen vive sola en Melbourne pero su hija Eva y su familia son sus vecinos puerta con puerta. Mantiene una relación muy especial con su nieta Bessie de cinco años.

Helen prepara con esmero la habitación teniendo en cuenta todos sus gustos (coloca un espejo que a las pocas horas se romperá como un mal presagio), su actitud es generosa y aunque sabe todos los datos sobre la enfermedad de Nicola (inicialmente un tumor intestinal que posteriormente se ha extendido por los huesos y el hígado la han operado. Se ha sometido a radioterapia. La han desahuciado) hace meses que no la ve y no sabe cómo está exactamente en esos momentos. La noche antes de la llegada de Nicola, Helen cena su amigo el psiquiatra Leo. Le cuenta que su amiga ha reservado plaza para un tratamiento alternativo aquí en Melbourne, en un centro de la ciudad. Suero de peróxido, saunas de ozono, ventosas chinas, dosis altísimas de vitamina C… Todo eso es pura charlatanería le dice Leo. Helen también lo intuye. Nicola es supersticiosa y acude a su amiga porque dice que le salvó la vida al librarla, un tiempo antes, de un timador que le iba a estafar una gran cantidad de dinero. Pero ahora parece que también se va a ponerse en manos de otros timadores. Leo diagnostica una fase cuatro, la última, en su enfermedad y le dice que tal vez viene a ver a Helen para que sea ella la que le diga que se va a morir. Helen está angustiada y con esa angustia se va a buscar al día siguiente a su amiga al aeropuerto. Lo que se encuentra es mucho peor de lo que se esperaba. Nicola apenas puede andar, parece una anciana, no se puede mantener erguida, tiembla… pero una sonrisa inalterable no se borra de su cara. Esa sonrisa la mantendrá Nicola contra viento y marea, es su principal arma como si con ella quisiera demostrar al mundo que todo va bien y que se va a curar. La sonrisa aparece tantas veces en la novela que de alguna manera llegará a irritarnos porque detrás de ella se esconde el autoengaño en el que vive Nicola.

La narración contiene algunas descripciones, no demasiadas, algunas de ellas impregnadas de un sutil esperanza y serenidad: poco antes del amanecer, mientras permanecía insomne en mi cama, una extraña y mínima tormenta estalló justo encima de nosotras, descargó veinte gotas de lluvia y acto seguido se alejó. La calle estaba en silencio. El aire quedó limpio y fresco. Algún pájaro cruzó de puntillas el manto de hojas caídas delante de mi ventana abierta y se detuvo brevemente para tomar aliento y ahuecarse las plumas.

La preocupación y la desolación de Helen van en aumento a medida que va comprobando el mal estado de su amiga pero ante ello su dedicación y su cariño crecen: la tapé, la arropé bien, me tendí a sus espaldas y, encogida contra ella, la estreché entre mis brazos. Recorrían su cuerpo temblores como descargas eléctricas. Era imposible darle calor. Helen se interroga sobre la salud y la situación de su amiga: ¿Cuánto tiempo llevaba en tan mal estado? ¿Por qué no me había prevenido nadie? Pero ¿quién? Ella era una mujer libre, sin marido ni hijos. Nadie estaba a cargo de ella. Pero está Iris, su sobrina y su novio Gab con los que se va a mantener en contacto. ¿Desbordada? Eso me hirió en mi orgullo. Se suponía que yo era una mujer útil en los momentos de crisis. Y, en efecto, así es. Helen se crece ante la adversidad y se le da muy bien cuidar y mantener todo en orden (ésa era la parte que me gustaba, tareas claras de amor y orden que podía realizar con facilidad) pero no sabe que Nicola se lo va a poner muy difícil cuando vaya comprobando cómo se aferra a una falsa curación sin ser capar de ver lo que de timo hay en ella. Curación que irá irritando cada vez más a Helen (¿A qué venía toda esa rabia? Tenía que ser más amable con ella. La muerte era aterradora) que tendrá que mantener un difícil equilibrio entre ayudar a su amiga a la que adora y su oposición al tratamiento. También le irritará la ceguera de Nicola y su no aceptación del fin inevitable que se le avecina. ¿Por qué no aceptar que la muerte se acerca y prepararse para ello? Pero a la vez, piensa qué quién es ella para dar lecciones a una moribunda que hace lo que puede para aferrarse a la vida (Y si lo censuraba, ¿adónde acudiría Nicola? ¿Qué le quedaría por hacer? ¿Dejar de luchar y afrontar la muerte? ¿Quién era yo para dictarle lo que debía hacer?). Este malestar y sus contradicciones irán in crescendo y, de vez en cuando, Helen perderá los nervios ante la sonrisa permanente de Nicola y sus continuas palabras de autoengaño. Ésta está convencida de que al final de ese tratamiento de tres semanas el cáncer huirá despavorido.

Una vez empezado el tratamiento, Helen confirmará todas sus sospechas (su discurso causaba estupor. Mi mente iba a la deriva, buscando algo a lo que agarrarse / Me temblaban las piernas. Respiré hondo varias veces. ¿Qué estaba pasando allí?) y cada vez le costará más acompañarla y animarla. A la vez, Helen está muy preocupada por los dolores que sufre Nicola que van en aumento: no te preocupes. El dolor se debe a los tratamientos: así sé que están dando resultado. Es por la eliminación de toxinas. Pero Helen quiere que tome algún analgésico fuerte para que no sufra tanto y le cuesta convencerla: Por favor, querida – contestó, casi con hastío-. Esa gente trata el cáncer. El dolor se da por supuesto. No les interesa mi dolor. Al final conseguirá que tome morfina y el nuevo paso consistirá en convencerla de que admita la ayuda del servicio de cuidados paliativos a domicilio. Leo le dice a su amiga: te está sometiendo a una gran presión. Es perfectamente lícito que busques ayuda. Para Nicola admitir esa ayuda externa significa aceptar que el fin está cerca y no puede ni planteárselo. La verdad es que la actitud de Nicola, su ceguera ante su enfermedad y su egoísmo de enferma, nos irrita también a los lectores y es difícil, aunque intentemos comprenderla y ponernos en su lugar, impedir que a veces no nos caiga algo mal, así como también es inevitable que no nos pongamos en el lugar de Helen y la entendamos a ella y a su tremendo autocontrol para no estallar. ¿Qué opináis? Helen siente que finge y eso no le gusta. Son amigas íntimas, siempre han hablado de todo y ahora percibe que ambas están interpretando una pantomima: aquel nauseabundo aire de falsedad. Esta pantomima llega a su culmen en la visita que realizan a Peggy, una amiga de Helen, que las invita a tomar el té: todo un despliegue del autoengaño que vive la pobre Nicola que parece que se crece ante los demás como si tuviera que demostrar algo. A ello hay que unir la actitud condescendiente que adopta hacia mi pobre Hel.

De todas formas, hay también momentos de bienestar, cuando se calma el dolor, y pueden disfrutar de la lectura, de una película, de los recuerdos y de las risas. Helen admira a la Nicola que fue un día: su belleza, su elegancia, su despreocupación, su locura, su valentía, su independencia, su libertad. Ay, cómo me gustaba esa manera suya de hacerme reír. No conocía a nadie más amable, menos insidioso, a nadie que se diera menos ínfulas. No concebía el mundo sin Nicola.

Otra situación que aparece es cómo Helen siente que está perdiendo su vida: ¿Cómo me había metido en ese lío? La muerte estaba en mi casa. Sus reglas apartaban la vida nueva con una fuerza atroz. Anhelaba la compañía de los niños. Pero también se siente culpable por ello, se siente mala: todos los defectos y la maldad de mi persona llegarían para atormentarme.

La tensión y los nervios de Helen aumentan cada día más, las amigas discuten y la ira aparece en algún momento: Sentada en el umbral de la puerta de atrás, luché con el escepticismo más negro y más rabioso. No quería caer en la intolerancia. ¿Cómo podía distanciarme de eso? Necesitaba serle útil y a la vez distanciarme. Helen decide ver a su hermana Lucy, creyente y ex enfermera para que la oriente: de nuevo me invadía aquella inmensa debilidad. Caí en la cuenta de que había estado esperando un magnífico momento de iluminación, en el que Nicola bajaría su obsesiva guardia, miraría a su alrededor, respiraría hondo y diría: “De acuerdo, voy a morir. Me resigno. Ahora viviré con la verdad lo que me queda de vida. Pero, quizá, el caso de Nicola será seguir luchando hasta el último aliento.

Se desahoga con su hermana (Ay, el delirante alivio de la delación, de la deslealtad) y ésta le dice que quizá Nicola ha elegido venir a su casa porque confía en ella, porque quizá la ha elegido a Helen para que le diga que va a morir o tal vez, consciente o inconscientemente, ha ido a tu casa para morir. Y añade: estás luchando para conservar lo que hay de valioso en esa amistad. Pero no quieres enloquecer, ni perder el contacto con la realidad como le ha pasado a ella. Es una especie de locura. Y ocurre con mucha frecuencia. Helen, no muy religiosa, le pide que la bendiga. Comienza ya a estar desesperada.

Plazos
Es vuestro turno para comentar esta primera parte. Hay mucho de lo que hablar, muchos temas interesantes que debatir sobre la situación de estas dos amigas a las que la vida les está haciendo vivir un mal momento. Espero vuestros comentarios. A la vez, seguiremos leyendo desde la página 85 hasta el final de la novela. A ambas cosas les dedicaremos una semana. Venga, ¡ánimo y a escribir! No os olvidéis que no podemos comentar la segunda y última parte, sólo leerla. Ya habrá tiempo para ello en el siguiente post que publique en una semana.

La habitación de invitados: los límites de la amistad y el egoísmo

7 Jun

Just a bedroom. Foto en flickr de Lara604. Algunos derechos reservados.

Esta breve e intensa novela, de lectura fácil ya que su estilo es muy limpio, directo, sencillo y elegante, está narrada en primera persona por Helen, una mujer de más de sesenta años, independiente y moderna, con una vida cómoda y sin obligaciones. No es casual que el nombre coincida con el de la autora ya que se trata, como ella misma ha dicho, de una historia autobiográfica. Helen Garner vivió lo que nos va a contar suponemos que casi tal cual está escrito en la novela. Helen vive sola en Melbourne y al comienzo de la novela nos la encontramos preparando con esmero la habitación de invitados, de ahí su acertado e ilustrativo título, a la espera de la llegada de su vieja amiga Nicola que padece un cáncer. Nicola vive en Sydney y ha decidido trasladarse tres semanas a casa de su amiga para someterse a un tratamiento de medicina alternativa. Casi desde su llegada se hace evidente que está mucho más enferma de lo que ella misma está dispuesta a aceptar. A pesar de que Helen adopta una actitud de entrega, cuidado y sacrificio, apenas puede disimular su desacuerdo con el tratamiento que su amiga está recibiendo ya que le parece un camelo y una estafa. Pero Nicola cree ciegamente en él y, aunque está físicamente muy mal, su optimismo y positividad son absolutos. Está convencida de que se va a curar. Nicola se autoengaña aferrándose a lo último que le queda. Helen no soporta la actitud de su amiga, y aunque inicialmente lo acepta, poco a poco irá enfrentándose a ella. El desacuerdo entre ambas genera una brecha en su sólida amistad.

La habitación de invitados es una novela principalmente sobre la amistad en la enfermedad, con lo que conlleva de renuncias, limitaciones, malos entendidos y altibajos. Intenta averiguar dónde están los límites de la generosidad. Asimismo, trata el tema de la enfermedad en sí misma, del dolor físico y la actitud ante la proximidad de la muerte, así como el autoengaño, que he nombrado anteriormente, y la búsqueda a cualquier precio de soluciones y esperanzas. El libro contiene una clara denuncia de ciertos métodos alternativos de curación muy en boga es estos tiempos y en el mundo occidental. Métodos, normalmente con unos efectos secundarios terribles, que en realidad esconden un negocio descarado y vergonzoso que se aprovecha de la desesperación de los pacientes para engañarles y sacarles el dinero. El rechazo de Helen a estos tratamientos la conducen a un conflicto consigo misma entre la amistad y la lealtad, entre el deber de advertir a su amiga de un engaño que ella claramente no ve o no quiere ver o bien no inmiscuirse en la elección de Nicola. ¿Qué hacer? ¿Aceptar la decisión de Nicola, respetar su libertad individual, o intentarla convencer de que está cometiendo un gran error? Difícil elección. ¿Dónde están los límites de la amistad y el egoísmo? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio, la paciencia, la generosidad y la obligación con su amiga, con la que no está de acuerdo, sin por ello renunciar a su propia forma de ver la vida? Porque también Helen se enfrenta a su egoísmo al ver amenazado su estilo de vida y su libertad e independencia. Helen siente usurpada su propia vida y se cuestiona si su sacrificio vale para algo ya que el fin de Nicola está cerca y es inevitable. Asimismo, aparece el problema de la identidad personal, la concepción que tenemos de nosotros mismos y cómo creemos que nos ven los demás. De todo esto trata esta novela. Muchos temas puestos sobre el tapete que analizaremos con tiempo mientras la vayamos leyendo.

La autora trata todas estas cuestiones tan difíciles con delicadeza, sobriedad y mucha sinceridad e incluso, a veces, con un sutil sentido del humor. La novela está narrada de forma lineal y con una estructura previsible. Se podría estructurar en tres tiempos: la preparación de la habitación y el recibimiento de Nicola, la constatación de la grave enfermedad y el conflicto que surge entre ellas y el final que se vislumbra casi desde el principio y del que hablaremos cuando lleguemos a él. Quizás a veces resulta algo repetitiva ya que la acción es mínima y todo lo que ocurre gira sobre los mismos conflictos (ya me diréis lo que opináis sobre ello en su momento).

No he podido encontrar ninguna entrevista en español a Helen Garner que nos acercara a conocer algo más a esta escritora. Aquí es una completa desconocida ya que la única novela que está traducida a nuestro idioma es ésta que vamos a leer. Sólo he encontrado algunas palabras de la autora en una reseña del periódico argentino Página 12. Nos dice la periodista Mariana Enríquez que Helen Garner quiso narrar en La habitación de invitados los “crímenes emocionales” cometidos mientras cuidaba de una amiga querida que murió en 2006. Y añade la autora: el libro está lleno de culpa, muchas veces sentí que traicionaba nuestra hermandad femenina además de nuestra amistad. Leyendo esto pareciera que Garner escribió la novela como si fuera un ajuste de cuentas consigo misma ante lo que vivió con su amiga. Un ejercicio de honestidad y autoinculpación.

Siguiendo con el artículo de Mariana Enríquez en Página 12 os transcribo un párrafo que nos acerca a la autora y a su obra: Desde el comienzo de su carrera, a fines de los ’70, se la consideró una de las más interesantes escritoras realistas y feministas de su país. En 1977 publicó Monkey Grip, una novela sobre desocupados, artistas y adictos que vivían en una casa comunitaria con ayuda del Estado en Melbourne; muchos años después contó que el material para escribirla había sido tomado de sus diarios personales. Su siguiente novela, también autobiográfica, fue The Children’s Bach, sobre un matrimonio que entra en crisis cuando se le presentar alternativas sexuales. Los años sin escribir ficción, que van desde Cosmo Cosmolino en 1992 a La habitación de invitados, los ocupó, sobre todo, en libros de no ficción, en general sobre crímenes sexuales –muchos de ellos fueron bes-sellers-. Sus temas son los ámbitos privados; su mundo es la vida cotidiana. “No creo que nada sea completamente inventado- dice -. Nadie siente la necesidad de contar una historia completamente imaginaria. Antes sentía la obligación de inventar cosas. Me sentía un fracaso porque no escribía la gran novela australiana, o épicas del desierto. Pero ya no me siento así. Desde hace mucho tiempo”.

Para finalizar os dejo una frase clave de la novela que resume la esencia de este libro: La muerte no debe negarse. Intentarlo es una presunción. Infunde locura en el alma. Absorbe la virtud. Envenena la amistad y convierte el amor en una farsa.

Plazos
Aunque la novela es corta vamos a dividir nuestra lectura en dos partes ya que tiene mucho que comentar. La primera, que leeremos a lo largo de una semana, nos llevará hasta la página 83 inclusive. Como siempre, os pido que en este post sólo dejéis vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o sobre lo aquí escrito. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte dentro de una semana, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella. ¡Buena lectura!

Así comienza mi nueva vida, así se crea la realidad

22 Abr

Rose Gardens, Hertfordshire, UK. Foto en flickr de ukgardenphotos. Algunos derechos reservados.

Lobbi prosigue su estancia en el pequeño pueblo dedicado a la reconstrucción del jardín. Todo transcurre plácidamente mientras se afana en aprender el dialecto local y mantiene conversaciones sobre los temas que ocupan su mente con el padre Tomás. Entre película y película, todas de gran calidad (algunos de cuyos títulos nos los detalla Anna Cristina en el anterior post), y copita y copita, Lobbi le habla al monje de la muerte, de su cuerpo y su sexualidad y del jardín. El padre Tomás le contesta en un tono relajado y no exento, a veces, de humor: son muy pocos los que se toman el tiempo suficiente para pensar en la muerte. Luego están también los que no tienen tiempo para morir. Ese grupo no hace más que crecer. Eres muy maduro, joven […] La gente se pasa la vida buscándose. Nadie logra encontrar la respuesta definitiva. Y lo cierto es que no me da la sensación de que estés en las últimas. Lobbi lo considera su padre espiritual. Las conversaciones con el monje, durante la estancia en el monasterio del joven, contribuirán en el camino hacia la madurez del muchacho aunque éste no se dé cuenta ya que piensa que si habla con él es para aliviar mi corazón.

Y cuando parece que todo va a continuar transcurriendo con la misma placidez, Lobbi recibe una carta de Anna, la madre de Flora Sol. Lobbi todavía no sabe que su vida va a cambiar radicalmente y que todo lo que va a ocurrir a partir de ese momento le va a conducir a una madurez aún mayor y también a resolver, por lo menos en parte, los temas que le preocupan. Anna tiene planes de irse al extranjero a ampliar sus estudios pero antes tiene que terminar su tesina y le pide al chico que se quede con su hija un mes. Ella irá al pueblo a llevarle a la niña. Precisamente cuando mi vida ha comenzado a rodar sin esfuerzo, el jardín ha sufrido cambios espectaculares y yo he empezado a decir casi automáticamente frases en la nueva lengua, sucede esto. Tenía dos opciones, decir que sí o que no. Nunca se me ha dado bien tomar decisiones categóricas y definitivas que excluyan todo lo demás. Desde luego, no cuando se trata de personas y sentimientos. Lobbi, a pesar de su desconcierto ante tal petición y las numerosas dudas que irrumpen en él, acepta. Se siente responsable de la criatura. Pero aunque acepta siente que sus objetivos: el jardín y poner en orden su propia vida, se van a ver interrumpidos y eso le preocupa.

Aun así, prepara todo para la llegada inminente de las dos. Alquila un piso (mi primera casa, después de la de mis padres), lo arregla, lo llena de flores, compra comida pensando en qué va a cocinar y todo lo que cree necesario mientras se interroga sobre lo que podrá necesitar un bebé de nueve meses. Desde el primer momento que ve a Anna se siente atraído por ella (antes ni se acordaba de qué color eran sus ojos): lo primero que se me ocurre al verla bajar del tren es que habría valido la pena conocerla mejor. Hace tres años ni siquiera me habría dado cuenta de la presencia de una chica como ella por la calle; hoy sería distinto, porque ya no soy el mismo hombre. La niña es una delicia: sociable, risueña, buena, inteligente, muy precoz para su edad… Mi hija extiende los brazos hacia mí. Lobbi se siente feliz, es como si su vida, de repente, cobrara sentido: en cuanto mi hija y su madre han entrado en mi casa, en mi primer intento de crear un hogar, es como si todo se iluminara, como si el piso se llenara de luz. Y, de nuevo, aparece su madre, percibe en la niña su presencia: donde estaba mamá también lucía siempre el sol, hiciera el tiempo que hiciese. De alguna forma, era toda ella luminosa […] Había luz en el cabello de mamá, igual que en el pelo de la niña. Lobbi se hace enseguida a la niña, todo le resulta increíblemente fácil y placentero, pareciera que siempre han estado juntos.

La narración de la novela está plagada de los detalles más nimios pero no por eso se hace pesada. La autora posee el don de narrar con fluidez y un ritmo lento, que no tedioso, todos los acontecimientos. Su prosa es limpia y avanza a pesar de tanto detalle. Es más, nos gustan los detalles, nos hace visualizar todo lo que ocurre. Creo que es la característica más señalada de su estilo. Por ejemplo, ocurre con todo lo referente a Flora Sol. Somos capaces de ver a ese encanto de niña, la manera en cómo gatea o sonríe o alza sus manitas o mira todo con gran curiosidad con sus grandes y expresivos ojos. Otra característica de esta novela es la empatía que la autora logra que sintamos con los personajes. Nos reconocemos en cosas de cada uno de ellos, nos gustan, los cogemos cariño, los entendemos. ¿Qué opináis vosotros?

Pero todavía va a haber más cambios. Anna decide finalmente quedarse con ellos mientras termina la tesina. Lobbi, que cada vez la ve más guapa, se siente contento a pesar de lo deprisa que está cambiando su vida: y pese a todo, en lo más hondo, de una forma extraña e indefinida, estoy encantado. Lobbi quizá piense que las cosas suceden sin que uno pueda hacer nada para evitarlo o prepararlo. Ambos se organizan para estar con la niña y poderse dedicar cada uno a sus quehaceres. En poco tiempo, el Lobbi que se sentía tan ajeno a formar un hogar, sólo con sus plantas, y una familia, se adapta entusiasmado y con gran facilidad a ambas cosas. Anna, en cambio, de vez en cuando parece ausente, es como si le preocupasen más sus estudios: me preocupa la fugacidad de sus momentos de alegría. No sabemos bien lo que quiere Anna ya que el punto de vista es siempre el de Lobbi.

Los dos se van conociendo con un ritmo pausado, como todo en la novela. A menudo Lobbi piensa en el invernadero donde concibieron a Flora Sol. El invernadero: el lugar más importante de la vida del muchacho, donde han pasado las cosas más decisivas de su vida. Mientras, la niña es como un don que les hubiera concedido el cielo. Como algunos habéis apuntado, la religión está muy presente en la historia. La niña se parece increíblemente a una pintura del niño Jesús que hay en la iglesia y que todos los días van a ver. Cuando van, Flora Sol se queda mirando fijamente a ese niño. Todo es como un milagro, hasta la luz que irradia la niña: es como si la niña estuviera siempre nimbada de luz, y no soy el único que se ha dado cuenta del brillo que rodea a mi hija. Además, la gente que está en contacto con ella sana de sus enfermedades: la vecina, la amiga de la vecina… Está radiante, yo soy un padre radiante y no puedo esperar a que Anna vuelva de la biblioteca para compartir con ella mi orgullo de padre. También me gustaría que mamá pudiera ver a su nieta, querría que mamá pudiera verme en mi papel de padre. ¿Le habría gustado Anna a mamá? Lobbi sigue en contacto con su padre a través de las llamadas telefónicas: me conmueve hablar con papá, nuestras conversaciones me despiertan toda clase de sentimientos. Siempre existe la posibilidad de que detrás de lo que dice esté acechando algún otro significado, que lo que realmente quiere transmitir esté muy por debajo de la superficie. El amor inunda a Lobbi: su hija, su madre, su padre, su hermano, Anna… Y Flora Sol es una niña confiada que ama todo lo que le rodea, igual que su padre: mi hija parece tan buenecita y siempre demuestra, incluso cuando sería preferible que no lo hiciera, un gran amor al mundo; nada le gusta tanto como dar palmas y acariciar a cualquier ser vivo que se ponga a su alcance. La niña madura a una velocidad asombrosa. Comienza a andar y Anna se da cuenta de que Lobbi tiene mucho que ver con todo esto. Ella siente una gran responsabilidad por ser madre.

Lobbi sigue preocupado por el aire ausente de Anna a pesar de que también es cariñosa y alegre. Se cuestiona lo diferentes que son los hombres de las mujeres y se pregunta qué es lo que le pasa a la madre de su hija. Él se siente cada vez más atraído por ella: admito que se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que algo pueda nacer entre la madre de mi hija y yo […] No soy dueño de mi mente, pero de pronto siento deseos de acostarme con ella. Lobbi se está enamorando perdidamente: me siento tan desaforadamente feliz que no puedo ocultarlo. Me pilla totalmente por sorpresa el absurdo grado de mi alegría, como si estuviera descubriendo a Anna por primera vez. Finalmente comienzan una relación sexual que va in crescendo pero de la que no hablan: siento que no es posible aproximarse tanto a una mujer, que ella esté dentro de mí y yo dentro de ella. La quiero locamente y no me importa lo más mínimo que tengamos una hija juntos: ella es nueva y distinta […] ¿Qué haré con esta nueva intimidad? Es la primera vez que no me marcho después de acostarme con una chica. Lobbi lo habla con el padre Tomás que, de alguna manera, ocupa el lugar que ha dejado vacío su madre.

Lobbi está expectante. No hablan de lo que está pasando y él, de vez en cuando, continúa sintiendo ausente a Anna, no en la cama, sino durante la vida del día a día. Por fin hablan a instancias del chico y Anna le dice: no te enamores de mí, no sé si seré capaz de estar a tu altura. Anna se va, ya ha terminado lo que puede hacer allí y le confiesa que aunque él le parece un chico estupendo, bueno y generoso, ella está confusa en su interior: siento que tengo tantas cosas que hacer antes de poder convertirme en madre […] Es sólo que no estoy preparada para tener un niño […] Te quiero muchísimo, pero deseo estar sola un tiempo, unos años para encontrarme a mí misma y terminar los estudios. Creo que soy demasiado joven para fundar una familia. Ahora entendemos lo que le pasaba a Anna. Le confiesa que percibe que la niña y él tienen su mundo privado al que ella no pertenece y que se siente de más. Lobbi siente desgarrarse por dentro pero no pierde la compostura. Anna le pide que se quede con Flora Sol, se da cuenta de que no puede separarlos. Perdona. Dame seis meses. Son sus últimas palabras. Y se va. Lobbi, tranquilo, ya que todo queda abierto y tiene a la niña con él, decide volver con Flora Sol a Islandia, pero antes, en una última visita a la iglesia tiene una visión: miro directamente hacia la luz, hacia la claridad cegadora, y entonces es cuando la veo en lo más alto del ventanal del coro: la rosa purpúrea de ocho pétalos, exactamente cuando el primer rayo atraviesa la corola y se posa en la mejilla de la niña. La rosa candida. Y la luz, siempre la presencia de la luz. La luz que es la vida.

Plazos
Acabada esta hermosísima novela, es hora de comentarla. Disponéis de una semana más o menos para comentar esta segunda parte y toda la novela en general. Espero que los comentarios sean muchos y muy variados. Esta novela te deja un poso de bienestar que perdura: amor por la vida, por las cosas más sencillas así como por las más fundamentales.

Busco las palabras adecuadas para esta nueva etapa de mi vida

14 Abr

Rosa candida. Foto en flickr de pippo.baron. Algunos derechos reservados.

Lo primero que nos dice Lobbi es que se va del país y que se va a llevar unos esquejes de rosas. Ya desde las primeras líneas aparecen su padre, de setenta y siete años de edad, su hermano gemelo Jósef, mentalmente atrasado, y la omnipresencia de su madre, muerta recientemente, a través de los platos que cocinaba, y que su padre quiere recuperar, y de su afición a la jardinería, especialmente a las rosas. Son una familia sencilla, el padre electricista y la madre ama de casa dedicada a su jardín, a la cocina y a sus “hombres”. Se quieren, son silenciosos y bastante especiales, en el buen sentido, todos ellos. A continuación aparecen la hija de Lobbi, Flora Sol, y su madre con la que no le une más que la cuarta parte de una noche, una quinta parte se acercaría más a la realidad. El padre está aferrado al recuerdo de la madre y no cesa de mencionarla. También desde el primer momento hay casualidades, a las que el padre, no así Lobbi, les da una importancia clave y nada casual: el cumpleaños de mamá, el día del nacimiento de su nieta y el día del fallecimiento de mamá, todo en la misma fecha del calendario, el siete de agosto. Más adelante sabremos que la madre de Lobbi y la madre de Flora Sol se llaman igual: Anna. ¿A qué creéis que se deben estas casualidades? ¿Azar o destino? ¿Qué nos quiere decir la autora?

Lobbi, de 22 años, ha sido un excelente estudiante toda su vida y después de cuatro meses trabajando en un pesquero en alta mar se va a otro país a reconstruir un jardín. Quiere ser jardinero, estar en contacto con las plantas al aire libre (decisión en la que tiene mucho que ver la relación que ha mantenido siempre con su madre: el jardín, ella y él como un todo indisoluble): me siento más a gusto en la tierra mojada, es muy distinto poder tocar plantas vivas […] Mi interés está en lo que crece de la tierra fértil. Aunque Lobbi no está seguro de casi nada (claro, que tampoco puedo ir y contarle a mi electricista que a lo mejor no sé lo que quiero, que puede ser difícil decidir algo así de una vez por todas, en un determinado momento de la vida), se cuestiona todo, duda pero, a la vez, su decisión de marcharse es lo único que parece que tiene claro: al principio me dirijo hacia el sol, no puede ser más simple. Quizá aún me esté buscando a mí mismo, pero al menos sé adónde voy. Su equipaje es ligero y lo más importante son los esquejes de las rosas que cuida con mimo a lo largo de todo el viaje. Asimismo, en el capítulo cinco nos deja claro los temas que le obsesionan y que serán un leitmotiv en toda la novela: soy un hombre de veintidós años de edad, y varias veces al día he de enfrascarme en pensamientos sobre la muerte, en segundo lugar, sobre el cuerpo, tanto el mío propio como el de los otros; y en tercer lugar, sobre rosas y otras plantas.

Esta primera parte es como una road movie de ritmo muy suave en la que el chico va narrando con todo detalle lo que ocurre, poniendo la atención hasta en las cosas más nimias: cuando amanezca de verdad, ya me habré alejado de la pardusca nieve sucia, la sal de la tierra permanecerá como mucho en forma de un círculo blanco en la puntera de mis zapatos. Hay hermosas descripciones, casi poéticas principalmente sobre la naturaleza: puedo contemplar los pájaros que se posan regularmente en los violáceos picos de lava en los variados colores del alba hasta donde alcanza la vista, una capa de color encima de otra, como una trágica composición musical in crescendo. El transcurrir del viaje está jalonado de frecuentes flash-back. Como dice Silvia acertadamente: “las analepsis están utilizadas para entrar en el recuerdo y en el pensamiento / conciencia interna de Arnljótur”. A través de ellas sabremos quién era su madre para él y el importante papel que ocupaba en la familia, la difícil y finalmente lograda construcción de su jardín (al final, todo crecía en el jardín de mamá, en sus manos todo echaba firmes raíces), cómo fue su trágica muerte en accidente de coche (emotiva escena que te pone los pelos de punta en la que la autora nos hace partícipes de la llamada teléfonica que la madre hace mientras se está muriendo para darles paz y tranquilizarlos), cómo fue su encuentro sexual en el invernadero con Anna y cómo se enteró de que iba a ser padre asistiendo incluso al nacimiento de su hija a pesar de no tener nada más que un encuentro casual con la madre durante el embarazo (hermosísima la noche que Lobbi pasa al lado de su hija recién nacida tomando conciencia de su paternidad y del milagro de la vida: examiné con detenimiento a la niña, me la bebí). Es importante resaltar que incluso en los flash-back la autora usa el tiempo presente. Me gustaría preguntaros qué opináis vosotros de esta elección en el tiempo verbal para narrar la historia.

La acción como he dicho transcurre lentamente. Lobbi toma un avión pero una inesperada apendicitis (que le hace pensar inicialmente que va a morir. Otra vez la muerte y reflexiones interesantes sobre ella) le obliga a tener que operarse en la ciudad a la que llega y convalecer en casa de su amiga del colegio más días de los que había planeado. La operación funciona también a modo de símbolo, es como el resurgir de un nuevo Lobbi, la madurez, la cicatriz, las marcas que deja la vida: no soy sino este nuevo cuerpo con cicatriz. Sensaciones, recuerdos y sueños no son ya lo que hacen que yo sea yo, sino que soy sobre todo un cuerpo de varón hecho de carne y hueso. La presencia de las mujeres es clave en el viaje: las azafatas y la pasajera del vuelo, las enfermeras que lo cuidan, su amiga con la que acaba compartiendo cama pero nada más, la vecina de su amiga a la que observa desde la ventana, la hija del dueño del restaurante-hotel a la que lleva en coche a su ciudad… con todas se plantea el tema del cuerpo, o sea del sexo, pero no hace nada por tenerlo, todo queda en su pensamiento. Se cuestiona qué lugar ocupa respecto a ellas: no estoy igual de seguro de si sería capaz de protegerla de lo que ella pudiera temer. Por regla general, las chicas tienen mucho más que decir que yo […] No es la primera vez que le pido a una mujer que decida por mí. Una vez repuesto, alquila un coche y comienza el viaje al monasterio de la rosaleda del que sólo sabemos que está en el sur. Todo el mundo es amable con él, como ocurre en el restaurante donde para a cenar y termina degustando numerosos y exquisitos platos (de nuevo la comida) por un módico precio. Duerme allí y continúa el viaje llevando a la chica, que estudia arte dramático, hasta su ciudad. En el largo viaje es cuando más flash-back hay, especialmente sobre la situación de su paternidad inesperada. Todos los recuerdos que Lobbi tiene ocupan un lugar en su viaje que en realidad es un encuentro consigo mismo. Y, a modo de anécdota, a casi todas estas mujeres acaba enseñándoles la foto de su pequeña hija de seis meses y medio dando lugar a una cómica situación sobre la ausencia del pelo de la niña, comentario que le enfada mucho al muchacho.

Lobbi se siente diferente a los demás hombres: yo no soy un manitas como los hombres de familia, que entre todos saben hacer de todo […] Yo no soy de esa clase de hombres. No concibe el concepto de hogar ni su lugar, como hombre, en él: cuanto más pienso en la posibilidad de fundar un hogar, tanto más claro veo que eso no es para mí. Otra cosa sería el jardín, podría pasarme tardes y noches enteras yo solo en el jardín. Lobbi es un hombre diferente. La autora nos quiere dejar claro que otro tipo de hombre es posible y Lobbi sería un buen ejemplo de él. Más adelante, en la segunda parte, veremos cómo se desarrolla este tipo de hombre.

Durante el viaje con la estudiante de arte dramático presencian un espantoso accidente de carretera. A pesar de lo terrible del hecho, hay belleza en lo que contemplan y en su reacción de apoyo mutuo: ahora que hemos sido testigos los dos de un accidente mortal, se puede decir que compartimos una experiencia vital […] nuestras vivencias comunes de las seis últimas horas, lado a lado en el coche, abarcan dos de los sucesos más importantes de la existencia humana: el nacimiento y la muerte, el principio y el fin. Si ella me preguntara con gesto decidido durante los cien últimos kilómetros del viaje si querría acostarme con ella, yo no me negaría. Los tres grandes temas en unas pocas líneas: la vida, la muerte y la sexualidad.

Finalmente llega a su destino. En el camino se ha ido encontrando con gente amable: la gente es increíblemente amable, yo soy de la opinión de que, en el fondo, el ser humano es bueno y honrado por naturaleza, si las condiciones se lo permiten, y que la gente suele hacer las cosas lo mejor que puede. Esta es una de las filosofías principales de esta novela. El pueblo es hermoso. Sobre una elevación rocosa, el monasterio al que se dirige está en lo más alto del roquedal. Los colores del lugar le recuerdan a la ropa que viste su hermano Jósef. A pesar de haberse ido, Lobbi echa de menos a su padre y a su hermano, los llama con mucha frecuencia, está muy unido a ellos y los quiere. En la aldea hablan un dialecto casi extinto que él está dispuesto a aprender. El padre Tomás, el superior del convento, le acoge con calidez. Es un personaje peculiar que habla numerosas lenguas cuyo hobby es ver películas de calidad en versión original (hay de todo menos películas de Hollywood) y siempre le invita a Lobbi a una copita de licor.

El joven va descubriendo al pueblo y a sus habitantes. En la iglesia encuentra una pintura de María con el niño Jesús, un niño que se parece increíblemente a su hija. Por fin está en el umbral de una de las rosaledas más famosas del mundo […] Mamá me enseñó el primer libro sobre la rosaleda cuando yo era sólo un chavalito, y en cualquiera de los que leído desde entonces sobre el cultivo de las rosas, en todas partes se menciona el jardín de los monjes, alejado de todo. Pero la rosaleda más famosa del mundo ya no es ni sombra de lo que fue y Lobbi se dispone a recuperar aquel maravilloso jardín de rosas. Es para lo que ha venido. Mentalmente visualiza todo lo que tiene que hacer para conseguirlo. Lo tiene claro. Se pone manos a la obra. Tiene trabajo para dos o tres meses pero me parece bastante probable que dentro de dos o tres meses no haya conseguido llegar a ninguna conclusión sobre mi vida. Me siento bien en el jardín, es agradable gozar la soledad entre los macizos de flores para reconocer los propios deseos y las propias aspiraciones. Lobbi está bien situado y, en el centro del jardín, luce con brillo propio la reina de todas las rosas: la Rosa candida.

Plazos
Es vuestro turno para comentar esta primera parte. Espero que los comentarios sean muy numerosos. Disponéis de una semana más o menos para hacerlo. A la vez que comentamos todo lo que se nos ocurra, seguiremos leyendo el libro desde el capítulo treinta y ocho (página 141) hasta el final de la novela.

Rosa candida: un viaje de crecimiento personal

3 Abr

Un nuevo viaje. Iceland. Foto en flickr de anieto2k. Algunos derechos reservados.

Audur Ava Ólafsdóttir es una escritora islandesa nacida en Reikiavik en 1958. Trabaja como profesora asistente de Historia del Arte en la Universidad de Islandia y dirige también el Museo de la Universidad. Rosa candida es su tercera novela y, además de conseguir numerosos premios, ha sido un gran éxito de crítica y de ventas tanto en su país como en todos aquellos otros en los que ha sido publicada. Creo que es una magnífica oportunidad de descubrir la literatura islandesa, tan desconocida para nosotros, excepto las novelas de género negro de Arnaldur Indridason, muy recomendables, por cierto.

Ésta es una novela abierta, yo diría que muy abierta, tanto en la manera en que está escrita como en los acontecimientos que suceden. Su estilo es diferente al que estamos acostumbrados en un autor europeo. Mezcla de poesía y descripciones de los más nimios detalles, su prosa está impregnada de una gran originalidad en la narración de los hechos. Se calla más que se dice pero en lo que se dice intuimos de una manera muy sutil verdades muy profundas. Es fácil de leer pues su estilo es sencillo y depurado y posee un tono optimista hacia la vida que se agradece. Todo transcurre suavemente y apenas hay grandes acontecimientos o giros en la narración, así como tampoco tensión o dramatismo.

El joven de 22 años, Arnljótur Porir al que su padre llama a lo largo de la novela con los apelativos cariñosos de Lobbi, Addi o Dabbi, ha decidido dejar su hogar en la helada Islandia, el malpaís (rocas erosionadas de origen volcánico en un ambiente árido), a su hermano gemelo autista, Jósef y a su padre casi octogenario. Su madre, mucho más joven que su padre, ha muerto hace poco en un trágico accidente de coche lo que le ha dejado un profundo vacío, pero a Lobbi le une sigue uniendo a ella un fuerte lazo. Creció muy unido a ella sobre todo pasando mucho tiempo en el invernadero y en el jardín a los que su madre se dedicaba con mimo consiguiendo hacer crecer la vida en medio de la aridez de esa tierra. Lobbi ha aprendido desde muy niño todo lo referente a la jardinería ayudando a su madre y, a la vez, todo lo ha compartido con ella. Su madre cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa candida (nombre en latín, sin acento), de ocho pétalos y sin espinas, de ahí el título (la rosa candida es un símbolo de lo infrecuente, lo aislado y por salvar, de lo efímero que puede volver a renacer). Arnljótur tiene una niña de meses, Flora Sol, fruto de un fortuito y corto encuentro con Anna que no es ni su novia ni siquiera su amiga. Y el joven decide viajar a otro país (nunca se nos dirá su nombre), a un antiguo monasterio donde existe una legendaria y mítica rosaleda, famosísima en el pasado, que ahora está abandonada y muy deteriorada. Arnljótur va a recuperar esa rosaleda pues su deseo es dedicarse a la jardinería. Su padre no está de acuerdo pues quiere que estudie en la universidad. El viaje a este destino y su estancia en él se convertirán en un viaje en busca de su identidad lo que le hará madurar y convertirse en un hombre. Lobbi no puede encontrarse a sí mismo en ese país árido donde la ausencia de la madre muerta no le permite hallar la esperanza y la fuerza para continuar.

Podríamos dividir el libro en dos partes: la primera parte del libro cuenta el viaje hasta llegar al monasterio como si se tratase de un road movie donde va encontrándose con buenas personas (la mayoría mujeres) que siempre le ayudarán a continuar . En él el recuerdo de su madre y de su hija, a la que apenas conoce, siempre están presentes. Está algo perdido pero ha tomado una decisión y actúa en consecuencia. La segunda parte nos narra su estancia en el monasterio que está en un pequeño pueblo. Cómo va arreglando el jardín, cómo se va relacionando con la gente (para ello aprende un minoritario dialecto que hablan allí) y sobre todo con el padre Tomás, superior del monasterio, que habla 19 lenguas y conoce otras 15 más, con el que tendrá interesantes conversaciones sobre la vida. Esta parte destila optimismo, conciliación y paz. Hay algo importante que pasará allí pero no lo adelanto para no desvelar el único giro, vital, que tendrá lugar en este pueblo.

Escrita en primera persona, el punto de vista es el de Arnljótur, en presente y en cortos capítulos, Rosa candida es una novela sensorial, sutil, simbólica, emotiva, intimista, auténtica, optimista, positiva, delicada, cándida (como la rosa) y aparentemente sencilla pues esconde mucha profundidad. Destila bondad, tranquilidad, sencilla belleza (la belleza de las cosas más pequeñas pero por eso tan importantes), silencio, serenidad, melancolía, espiritualidad… Es una novela llena de sentimientos, silencios y gestos. Todo ello lo utiliza la autora para narrarnos el viaje de crecimiento personal del joven Lobbi, la asunción de su paternidad tan inesperada así como la muerte de su madre también inesperada y más cosas que no desvelo por ahora. La relación con su padre es algo a resaltar en la novela. Es muy sutil y profunda a pesar de que a veces se sienta incómodo con él, al principio de la novela, o después a través de las llamadas telefónicas. Pero ambos se necesitan mutuamente y se quieren profundamente. Más borrosa queda la figura de Jósef, el hermano autista, tan diferente incluso físicamente, del que Lobbi se ocupó en su infancia ya que era el gemelo mayor y al que indudablemente quiere. Pero Arnljótur creció más unido a la madre, y Jósef, al padre.

En la búsqueda del joven aparecen reiterativamente varios temas: las plantas, las flores (la jardinería), la paternidad, la muerte y lo que él denomina el cuerpo, su consciencia de él y el de los demás, que le conduce directamente a su sexualidad. Todo ello lo hablará con el padre Tomás lo que le llevará a madurar. Y el cine, presente a través de la cantidad de películas de calidad que ve el padre Tomás, le servirá a éste, a falta de experiencia personal en esos temas, para instruirle sobre la vida. Asimismo, hay una presencia continua de la gastronomía, la manera de preparar los platos que su madre cocinaba y que su padre quiere recuperar o cómo Lobbi aprende a cocinar en el monasterio. Esa cotidianeidad de algo tan básico hace poner los pies en la tierra al joven.

Como dice la autora en una entrevista, lo que la movió a escribir esta novela fue trasmitirnos un nuevo concepto de hombre: mi libro es una oda al hombre, a la nueva masculinidad; es totalmente antivikingo. Los padres son tanto o más importantes que las madres, si se dieran cuenta de ello tendríamos un mundo mejor… Aquí sabemos de eso: los vikingos dejaban a sus familias para ir a robar y violar, destrozaban hogares y luego volvían al suyo a descansar. Y en otra afirma: en la novela hay dos temas fundamentales: la muerte y el cuerpo. El protagonista es un hombre que es a la vez hijo, hermano, padre y amante y vive una historia de amor que no se desarrolla en el orden establecido.

Una novela llena de pétalos, una novela que se huele, se siente, se toca, se vive a través de los sentidos en la que está continuamente presente la esperanza en la naturaleza humana.

Os dejo una serie de enlaces para conocer mejor la obra y a la autora. En primer lugar una crítica del diario El País, titulada: Un libro contra el hombre vikingo. A continuación, otra del ABC titulada: La escritora islandesa que leía a Roberto Bolaño. Un dossier sobre Rosa candida de la editorial Alfaguara. Y, para finalizar, sendas entrevistas a la autora con motivo de la publicación de otros dos de sus libros: La excepción, entrevista en todoliteratura, y La mujer es una isla en el diario ABC.

Plazos
Vamos a dividir la lectura en dos partes. Leeremos, a lo largo de una semana, la primera parte que nos llevará hasta el final del capítulo Treinta y siete (pág. 140, inclusive). En este post podremos ir dejando comentarios generales sobre lo que nos va sugiriendo la lectura. Cuando publique, al cabo de esa semana, el post de análisis de esta primera parte ya nos explayaremos más en los comentarios sobre ella.

Cómo se viene la muerte

30 Jun

Que se marche la violencia. Foto en flickr de Tonari no Totoro. Algunos derechos reservados.

Los tiempos felices se agotan, desaparecen. El motivo es la muerte en 1972 de su hermana Marta, con sólo 16 años, de un cáncer y, quince años después, en 1987, la de su padre, que con 65 años fue asesinado. De estas muertes habla fundamentalmente esta segunda y última parte del libro.

Y después de ese paréntesis de felicidad casi perfecta, que duró algunos años, el cielo, envidioso, se acordó de nuestra familia, y ese Dios furibundo en el que creían mis ancestros descargó el rayo de su ira sobre nosotros que, tal vez sin darnos cuenta, éramos una familia feliz, e incluso muy feliz.

El autor nos habla por fin de sus hermanas narrándonos sus amoríos, y posteriores bodas, como introducción a la historia de Marta: y ahora tengo que contar la muerte de Marta, porque eso partió en dos la historia de mi casa. Marta era la artista de la familia (la portada del título lo constata: una foto de niña con un violín, su primera pasión), inteligente, buena, la preferida de su padre como el autor nos dice. Se decantó por la música pero todo lo hacía bien: yo, de entrada, me había rendido ante su superioridad. En cuatro meses la muerte se la llevará a pesar de todos los intentos por curarla. El autor narra y describe los hechos con toda minuciosidad, con la distancia y la contención, a las que ayuda el tiempo que ha pasado, con que está escrito todo el libro. Hay pocas reflexiones ante un hecho tan terrible como es la fulminante muerte de alguien querido a tan temprana edad. A continuación de narrar el entierro de su hermana, hay un “flash forward” de quince años que nos lleva al entierro de su padre y lo que aconteció allí. Las dos muertes de seres tan amados que acaban con la felicidad de la familia.

Estoy seguro de que mi papá no padeció la tentación del martirio antes de la muerte de Marta […] Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave. Aunque uno no se quiera suicidar, o no sea capaz de levantar la mano contra sí mismo, la opción de hacerse matar por otro, y por una causa justa, se vuelve más atractiva si se ha perdido la alegría de vivir. A partir de ese momento, Héctor padre se compromete hasta la locura con batallas imposibles, con causas desesperadas. Su lucha social se hace mayor aún si cabe: Si me mataran por lo que hago, ¿no sería una muerte hermosa?, se preguntaba mi papá cuando algún familiar le decía que se estaba exponiendo mucho en sus denuncias de torturas, secuestros, asesinatos o detenciones arbitrarias, que fue a lo que se dedicó en los últimos años de su vida, a la defensa de los derechos humanos. Todavía siendo profesor universitario se sumergió de lleno en las manifestaciones de los estudiantes y los profesores que se enfrentan al Ejército que había ocupado la universidad. Después de una jubilación obligada y no deseada, además de leer, escuchar música, llevar un programa de radio, escribir artículos de prensa y cuidar de sus amadas rosas, trabajó sin descanso en el Comité para la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia, el cual presidía.

Antes de esto, en 1978, los dos, padre e hijo, pasan casi un año en Ciudad de México. El autor tiene 19 años y para él esta estancia es decisiva. Decisiva porque entra en contacto con escritores, asiste a talleres de escritura, lee sin parar (En busca del tiempo perdido de Proust será la obra que más le marque) y es en ese momento cuando se fragua su vocación que le llevará más tarde a convertirse en escritor. Y es entonces, también, cuando yo me di cuenta de que debía separarme de él, así fuera matándolo […] Un papa tan perfecto puede llegar a ser insoportable […] Es como si uno, de todos modos, en ese final de la adolescencia, no necesitara un aliado, sino un antagonista. Héctor ha llegado al clímax de su dependencia y comunión, tiene la edad de querer volar libre, y aunque no lo conseguirá hasta el año 82 en que se casa y se va a vivir a Italia (creo que realidad sólo me liberé de él, de su excesivo amor y de su trato perfecto, de mi excesivo amor, cuando me fui a vivir a Italia), en ese momento intenta, en una delirante escena, matarle y matarse él poniendo a toda velocidad el auto en el que viajan. No lo consigue y todo queda como una anécdota plena de significado de ruptura con la infancia y con el papel tan predominante que el padre había tenido en su vida.

En Colombia crecía de nuevo la epidemia cíclica de la violencia […] y esta pestilencia, a mediados de los años ochenta, tenía la cara típica de la violencia política. El Estado, concretamente el Ejército, ayudado por escuadrones de asesinos privados, los paramilitares, apoyados por los organismos de seguridad y a veces también por la policía, estaba exterminando a los opositores políticos de izquierda, para “salvar al país de la amenaza del comunismo”, según ellos decían. Más claro y contundente no puede ser. Y el padre habla, escribe, denuncia, exige con la única arma que le quedaba: la libertad de pensamiento y expresión: la palabra, las manifestaciones pacíficas de protesta, la denuncia pública de los violadores de todo tipo […] Publicaba artículos en los que señalaba a los torturadores y a los asesinos. Denunciaba cada masacre, cada secuestro y la única respuesta que obtiene del Gobierno es el silencio, la indiferencia, el desdén y las acusaciones injustas de ser un aliado de la subversión.

El autor detalla el horror de las torturas y pone nombres y apellidos a los asesinados en un intento de que no caigan en el olvido, en el olvido que seremos. El padre empieza a sufrir amenazas pero él sigue incansable su lucha, ingenuo, como le tilda el hijo, apasionado, lanzado en un camino ya sin retorno. Héctor entresaca fragmentos de sus artículos para que conozcamos mejor la obra de su padre pero también dedica un capítulo a hablar de sus debilidades, sus defectos, sus errores para no caer en la hagiografía. Entre estos habla de su debilidad por la belleza, nombrando la película Muerte en Venecia, que yo no acabo de entender, ¿y vosotros?, ¿alguien me puede aclarar este pasaje?

Antes de narrar con todo detalle los hechos del asesinato de su padre, el autor reflexiona sobre la inevitable muerte que a todos nos va a llegar un día, transcribiendo los hermosos versos de las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre y añade: este libro es el intento de dejar un testimonio de ese dolor, un testimonio al mismo tiempo inútil y necesario.

El padre estaba preparado para morir, no le temía a la muerte pero quería vivir: ojalá que no me maten: quiero morir rodeado de mis hijos y mis nietos, tranquilamente […] una muerte violenta debe ser aterradora, no me gustaría nada. Sobrecogedoras estas palabras. Los hechos son reconstruidos por el autor paso a paso, incluso se pone en la piel del padre en el momento en que cae abatido por las balas. Da voz a sus hermanas que cuentan cómo recibieron la noticia y de qué manera reaccionó cada una. Es hermoso el párrafo en que narra cómo se sintió él al lado del cadáver ensangrentado de su padre. El último artículo, publicado postmortem, se titulaba “¿De dónde proviene la violencia?” y contesta: esta violencia nace del sentimiento de desigualdad.

El autor finalmente reflexiona sobre qué le ha llevado a escribir este libro: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo […] poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira. No hay afán de venganza porque su padre les enseñó a no tenerla: los tristes asesinos que le robaron a él la vida y a nosotros, por muchísimos años, la felicidad e incluso la cordura, no nos van a ganar, porque el amor a la vida y a la alegría (lo que él nos enseñó) es mucho más fuerte que su inclinación a la muerte.

Y termino con estas palabras del autor: la única venganza, el único recuerdo, y también la única posibilidad de olvido y de perdón, consistía en contar lo que pasó, y nada más. Y eso es lo que ha hecho Héctor Abad Faciolince con sabiduría, con mucho amor, con inteligencia, con la verdad y con una cordura que no ha perdido en ningún momento del relato de los hechos.

Plazos
Es vuestro turno de comentar esta segunda parte y todo el libro en general. Tenéis una semana para hacerlo. Animo a los que todavía no habéis comentado nada a que lo hagáis. Es un libro para hablar largo y tendido. Si estuviéramos cara a cara lo haríamos ¿no? Pues entonces, venga, hagámoslo por escrito que es nuestra manera en este Club Virtual.
Después haremos una pausa en nuestras lecturas pues nos iremos de vacaciones estivales hasta septiembre que ¡también las necesitamos!