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No temo a la vida

15 Feb

Arco del Triunfo. París. Foto en flickr por Juanedc. Algunos derechos reservados.

Con quince años, Elena y su familia llegan a Finlandia. Este país va a ser nieve y alegría. Dos años en los que Elena será feliz como nunca lo ha sido. Esa nieve blanquísima que le empuja a la aventura la limpiará de todo lo vivido: sintió enseguida una serenidad, una paz tan profunda como no había conocido en su corta vida. Y luego, igual que el bienestar que sigue de cerca a la ingestión de un tónico, la embriagó una alegría infantil, una especie de jubiloso fervor. Van a vivir en un hotel con otras personas que, al igual que ellos, han huido de la revolución. Elena no se sentirá sola a pesar de que su padre se marcha a Moscú y su madre sólo tiene ojos para Max con el que pasa, a pesar del peligro, largas temporadas en San Petersburgo. Se siente acompañada por personas amables que la cuidan y con las que lleva una vida de deliciosa rutina, y en su corazón conserva intacto el recuerdo y el amor por mademoiselle Rose. De alguna manera, Elena recupera su infancia, la alegría de tirarse en trineo por las laderas nevadas, de jugar salvajemente, pero, paralelamente, conocerá el amor con un hombre casado, Fred Reuss, que es como un niño. Es curiosa esta mezcla de niña y mujer que se da en la joven en su estancia en el país de la nieve. La niña que se hace mujer con el hombre cuya juventud parece inextinguible inmersos en una naturaleza que les hace jugar salvajemente con el peligro volviendo a ser niños (en el caso de Elena la niña que nunca fue) y, a la vez, besándose febrilmente como adultos que viven una pasión que saben que no durará. Sintiendo que un suave y dulcísimo vértigo se apoderaba de su alma en ambas situaciones.

Abrirse al amor le hace incluso entender y aceptar, por primera vez, que entre su madre y Max hay verdadero amor pero cuando comprueba que Fred no va a dejar nunca a su mujer vuelve el odio a través del dolor. Y comienza a idear su venganza: ¡Qué tonta soy! La venganza está en mi mano… Si supe atraer a Fred Reuss, detrás del cual iban todas las mujeres… Max no es más que un hombre… Si yo quisiera… ¡Oh, Dios mío, aleja de mí esa tentación! Sin embargo… ella se lo merece… Mi pobre mademoiselle Rose… cómo la hicieron sufrir… ¿Perdonar? ¿Por qué? ¿A santo de qué? Sí, ya lo sé, Dios dijo: “Mía es la venganza”. ¡Me da igual, no soy una santa, no puedo perdonarla! ¡Espera, espera un poco y verás! Te haré llorar como me hiciste llorar a mí […] ¡Qué odioso es todo! ¡Cuánto dolor! ¡Qué malo es el mundo! ¡Espera, amiga mía espera!  Elena se debate entre el deseo de venganza que crece en su corazón lleno de odio y la culpa por ser mala como ellos. En una larga noche magistralmente narrada en la que todos los huéspedes del hotel reunidos en el salón, cercados por el peligro de la guerra que se acerca a su refugio en la nieve, falsamente seguro, Elena, al contrario de los demás, no siente miedo ninguno: rió entre dientes. El silbido de las balas le gustaba. Una exaltación salvaje la hacía estremecerse y temblar de alegría […] De pronto experimentó una energía y un júbilo burlón que no volvería a sentir en toda su vida […] y sentía hasta el vértigo la orgullosa embriaguez de ser ella misma, Elena Karol, “más fuerte, más libre que todos ellos juntos”. Finalmente, por la mañana, todos se marchan del hotel y se despedirá para siempre de Fred. Refugiados en un pueblo, Elena se aburre mortalmente: no es que echara de menos a Fred, muy al contrario, extrañamente lo había olvidado. Pero añoraba la libertad, los espacios abiertos, el peligro, la vida al límite que había conocido y que no podía borrar de su memoria.

En su estancia en ese pueblo, Elena continuará alimentando su idea de venganza. Cada vez los odia más y Max y su madre ya no se quieren como antes, discuten, se reprochan, ya sin ningún pudor, delante de ella. Esta tercera parte termina con una discusión terrible entre los dos en la que Elena presencia el inicio de su decadencia como pareja y fríamente se aferra como a un clavo ardiendo a su plan de venganza: yo soy joven, tengo dieciséis años, te lo quitaré, te robaré a tu amiguito, y para ello no hará falta ni mucho tiempo ni mucha astucia, ¡ay, ni mucho esfuerzo!… Y cuando te haya hecho sufrir lo bastante, lo mandaré a paseo, porque para mí siempre será el odiado Max de mi infancia, el enemigo de mi pobre institutriz muerta… ¡Oh, qué bien voy a vengarla! Pero todavía hay que esperar… Terrible.

El vendaval de la revolución, que desperdigó a su capricho a los hombres por la faz de la tierra, mandó a los Karol a Francia en julio de 1919. Así comienza la cuarta y última parte de la novela. Acaba de terminar la I Guerra Mundial, Elena tiene diecisiete años y está feliz de regresar a su amada París: la niña se había transformado en joven mujer. Un mundo se había desmoronado, arrastrando a innumerables personas a la muerte, pero de eso Elena no se acordaba, o más bien un feroz egoísmo lo velaba en su interior: rechazaba los recuerdos fúnebres con la implacable dureza de la juventud; sólo le quedaba la conciencia de su fuerza, su edad, su poder embriagador. Una salvaje excitación fue apoderándose de ella. ¡Quién le iba a decir a Irène Némirovsky que en la siguiente guerra mundial ella moriría a la edad de treinta y nueve años en un campo de concentración sólamnente por ser judía!

Y como se siente joven, fuerte y capaz de seducir a un hombre comienza su acercamiento a Max, no ha olvidado su venganza aunque la culpa no la abandona: en el fondo no soy mejor que ellos. Estos sentimientos encontrados vivirán en su interior mientras ejecuta su plan. No queda claro tampoco si Elena se enamora de alguna manera de Max o sólo es venganza, hay momentos en que parece que sí lo ama o por lo menos lo necesita. Todo es confuso, ¿no creéis? Claramente, Max cae rendido a sus pies y a su juventud (la hija que sustituye a la madre, la misma sangre), su relación con Bella está acabada, ésta además está haciéndose mayor y, aunque intenta patéticamente ocultarlo con afeites de todo tipo, su decadencia es un hecho que ella lleva muy mal así como la distancia de Max. Se pasa el día llorando y suplicando y Max no la aguanta. Pero no la deja, hay todavía apego a ella (el sangrante, agonizante amor que seguía existiendo entre Max y su vieja amante), a pesar de las numerosas discusiones, y además, muerta su adorada madre, no tiene a nadie, sólo a los Karol a los que se aferra y a su nuevo amor por Elena. En su seducción, Elena avanza y retrocede, duda, siente culpa o una exaltación llena de odio a partes iguales (me he pasado la vida luchando contra una sangre odiosa, pero la llevo dentro). Y a Elena lo que más le importa es mantener su fuerza ganada a pulso: deseo ser más fuerte que yo misma, quiero vencerme a mí misma…  Y cuando el poco amor que recibe, de Fred, de su padre, le falla, su fuerza se tambalea y entonces sólo le queda el odio o el juego de la seducción. Algo importante que señalar es que Bella no se enterará nunca de la relación de los dos jóvenes. Sospecha que Max tiene una amante pero nunca sabrá que es su propia hija así que, a mi parecer, la venganza no es completa. Elena nunca le dirá a su madre lo que está ocurriendo: cuando vea que el juego ha llegado demasiado lejos, me retiraré… Pero no antes de haberla hecho sufrir, al menos un poco. Nunca será tanto como yo sufrí por su culpa… Sólo un poco… En medio de sus dudas por lo que está haciendo comienza a surgir una nueva idea en Elena: si pudiera creo que esta misma noche me iría. En el fondo, es lo único que deseo. Marcharme a cualquier rincón de la tierra donde no volviera a ver ni a mi madre ni esta casa, donde no volviera a oír las palabras “dinero” y “amor”.

Finalmente, Elena se niega a casarse con un Max que le suplica muerto de amor: nunca podré olvidar. Jamás sería feliz contigo. Me gustaría vivir junto a un hombre que no hubiera conocido a mi madre, ni mi casa, que ni siquiera conociera mi lengua ni mi país, que me llevara lejos, me da igual dónde, al infierno, lejos de aquí. Contigo sería desdichada aunque te amara. Pero no te quiero. Éste se marchará a Londres donde vive su hermana y comenzará una nueva vida casándose con otra mujer. Pasa el tiempo, dos años, que Elena siempre recordará como un torrente de aguas densas e impetuosas. En ese tiempo había madurado, envejecido, pero sus movimientos seguían siendo bruscos y torpes, su tez, pálida, y sus brazos, delgados y frágiles. Bella se entregará a lo único que le queda: los amantes, gigolós, por dinero. No puede vivir sin amor, sin hombres, sin peligro: no puedo cambiar mi cuerpo, apagar el fuego que arde en mi sangre […] La sensación de peligro, que era lo único que la satisfacía […] ¿Crees que hay alguien en el mundo que pueda vivir sin amor?

Mientras tanto, Boris, que se ha reunido con ellos en París, parecía consumido por un fuego interior. Está muy desmejorado y aunque sigue ganando dinero a raudales se entrega al juego aún más, al alcohol y a las fiestas con mujeres en una carrera autodestructiva que le llevará, con el tiempo, a la muerte después de arruinarse completamente. La familia ha estallado por los aires, no queda nada e incluso Elena echa de menos aquellos tiempos en los que había tenido algo parecido a un hogar, a una familia. Y se siente culpable: soy yo, yo, la artífice de esto. Tenía a Max… Habría sido mío hasta la muerte… Quise cambiar el curso de nuestras vidas, como un niño que intenta detener un torrente con sus débiles manos, y aquí está el resultado. Este armenio gordo, este hombre pálido y agotado y esta vieja arpía – se decía, mirando a su madre con un sentimiento en que ya no había odio, sino una especie de horror ante aquel rostro devastado, abotargado, embadurnado, con el hilo escarlata de los finos labios, aquel rostro donde tantas arrugas, tantos surcos dejados por las lágrimas, eran obra suya, pensaba con piedad, pavor y remordimiento. Pero enseguida se decía, desesperada -: Todo el mundo vive así…

Muerto su padre, la idea de Elena de marcharse cobra un mayor sentido: ¿Para qué voy a quedarme? ¿Qué me retiene ahora que el pobre ha muerto? Tengo veintiún años. Mi padre era mucho más joven cuando se marchó de casa. Supo ganarse la vida muy bien. Tenía quince años. Me lo contó muchas veces. Yo soy una mujer, pero soy valiente. Y, Elena, sin saber siquiera adónde ir, abandona su casa con una maleta y su gato: por primera vez, las lágrimas, gruesas y abundantes, resbalaron por su cara. Estaba sola. Con la lluvia, los Campos Elíseos habían quedado desiertos. Poco a poco, iba entrando en calor; la sangre empezaba a correr por sus venas más deprisa, con mayor alegría […] Jamás habría abandonado a mi padre. Pero ahora está muerto, descansa tranquilo, y yo soy libre, libre, me he librado de mi casa, mi infancia, mi madre, todo lo que odiaba, todo lo que me oprimía el corazón. Lo he arrojado lejos, soy libre. Trabajaré. Soy joven y estoy sana. No temo a la vida. La venganza, a medias cometida, ya no tiene importancia porque Elena ha encontrado su camino, su liberación.

Plazos
Ya terminada esta extraordinaria novela es vuestro turno de comentarla, tanto esta segunda parte como toda ella en su totalidad. Disponéis de una semana para ello. Espero con muchas ganas vuestros comentarios que ¡tienen que ser muchos! 🙂 Venga, ánimo, sobre todo a los que todavía no os habéis pronunciado. A mí me ha dejado un poso amargo esta lectura pero, a la vez, he aprendido mucho con ella, de la vida, del ser humano, de los sentimientos de todo tipo que le mueven… Y he disfrutado enormemente de la prosa poderosísima de esta gran autora.