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Cómo se viene la muerte

30 Jun

Que se marche la violencia. Foto en flickr de Tonari no Totoro. Algunos derechos reservados.

Los tiempos felices se agotan, desaparecen. El motivo es la muerte en 1972 de su hermana Marta, con sólo 16 años, de un cáncer y, quince años después, en 1987, la de su padre, que con 65 años fue asesinado. De estas muertes habla fundamentalmente esta segunda y última parte del libro.

Y después de ese paréntesis de felicidad casi perfecta, que duró algunos años, el cielo, envidioso, se acordó de nuestra familia, y ese Dios furibundo en el que creían mis ancestros descargó el rayo de su ira sobre nosotros que, tal vez sin darnos cuenta, éramos una familia feliz, e incluso muy feliz.

El autor nos habla por fin de sus hermanas narrándonos sus amoríos, y posteriores bodas, como introducción a la historia de Marta: y ahora tengo que contar la muerte de Marta, porque eso partió en dos la historia de mi casa. Marta era la artista de la familia (la portada del título lo constata: una foto de niña con un violín, su primera pasión), inteligente, buena, la preferida de su padre como el autor nos dice. Se decantó por la música pero todo lo hacía bien: yo, de entrada, me había rendido ante su superioridad. En cuatro meses la muerte se la llevará a pesar de todos los intentos por curarla. El autor narra y describe los hechos con toda minuciosidad, con la distancia y la contención, a las que ayuda el tiempo que ha pasado, con que está escrito todo el libro. Hay pocas reflexiones ante un hecho tan terrible como es la fulminante muerte de alguien querido a tan temprana edad. A continuación de narrar el entierro de su hermana, hay un “flash forward” de quince años que nos lleva al entierro de su padre y lo que aconteció allí. Las dos muertes de seres tan amados que acaban con la felicidad de la familia.

Estoy seguro de que mi papá no padeció la tentación del martirio antes de la muerte de Marta […] Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave. Aunque uno no se quiera suicidar, o no sea capaz de levantar la mano contra sí mismo, la opción de hacerse matar por otro, y por una causa justa, se vuelve más atractiva si se ha perdido la alegría de vivir. A partir de ese momento, Héctor padre se compromete hasta la locura con batallas imposibles, con causas desesperadas. Su lucha social se hace mayor aún si cabe: Si me mataran por lo que hago, ¿no sería una muerte hermosa?, se preguntaba mi papá cuando algún familiar le decía que se estaba exponiendo mucho en sus denuncias de torturas, secuestros, asesinatos o detenciones arbitrarias, que fue a lo que se dedicó en los últimos años de su vida, a la defensa de los derechos humanos. Todavía siendo profesor universitario se sumergió de lleno en las manifestaciones de los estudiantes y los profesores que se enfrentan al Ejército que había ocupado la universidad. Después de una jubilación obligada y no deseada, además de leer, escuchar música, llevar un programa de radio, escribir artículos de prensa y cuidar de sus amadas rosas, trabajó sin descanso en el Comité para la Defensa de los Derechos Humanos de Antioquia, el cual presidía.

Antes de esto, en 1978, los dos, padre e hijo, pasan casi un año en Ciudad de México. El autor tiene 19 años y para él esta estancia es decisiva. Decisiva porque entra en contacto con escritores, asiste a talleres de escritura, lee sin parar (En busca del tiempo perdido de Proust será la obra que más le marque) y es en ese momento cuando se fragua su vocación que le llevará más tarde a convertirse en escritor. Y es entonces, también, cuando yo me di cuenta de que debía separarme de él, así fuera matándolo […] Un papa tan perfecto puede llegar a ser insoportable […] Es como si uno, de todos modos, en ese final de la adolescencia, no necesitara un aliado, sino un antagonista. Héctor ha llegado al clímax de su dependencia y comunión, tiene la edad de querer volar libre, y aunque no lo conseguirá hasta el año 82 en que se casa y se va a vivir a Italia (creo que realidad sólo me liberé de él, de su excesivo amor y de su trato perfecto, de mi excesivo amor, cuando me fui a vivir a Italia), en ese momento intenta, en una delirante escena, matarle y matarse él poniendo a toda velocidad el auto en el que viajan. No lo consigue y todo queda como una anécdota plena de significado de ruptura con la infancia y con el papel tan predominante que el padre había tenido en su vida.

En Colombia crecía de nuevo la epidemia cíclica de la violencia […] y esta pestilencia, a mediados de los años ochenta, tenía la cara típica de la violencia política. El Estado, concretamente el Ejército, ayudado por escuadrones de asesinos privados, los paramilitares, apoyados por los organismos de seguridad y a veces también por la policía, estaba exterminando a los opositores políticos de izquierda, para “salvar al país de la amenaza del comunismo”, según ellos decían. Más claro y contundente no puede ser. Y el padre habla, escribe, denuncia, exige con la única arma que le quedaba: la libertad de pensamiento y expresión: la palabra, las manifestaciones pacíficas de protesta, la denuncia pública de los violadores de todo tipo […] Publicaba artículos en los que señalaba a los torturadores y a los asesinos. Denunciaba cada masacre, cada secuestro y la única respuesta que obtiene del Gobierno es el silencio, la indiferencia, el desdén y las acusaciones injustas de ser un aliado de la subversión.

El autor detalla el horror de las torturas y pone nombres y apellidos a los asesinados en un intento de que no caigan en el olvido, en el olvido que seremos. El padre empieza a sufrir amenazas pero él sigue incansable su lucha, ingenuo, como le tilda el hijo, apasionado, lanzado en un camino ya sin retorno. Héctor entresaca fragmentos de sus artículos para que conozcamos mejor la obra de su padre pero también dedica un capítulo a hablar de sus debilidades, sus defectos, sus errores para no caer en la hagiografía. Entre estos habla de su debilidad por la belleza, nombrando la película Muerte en Venecia, que yo no acabo de entender, ¿y vosotros?, ¿alguien me puede aclarar este pasaje?

Antes de narrar con todo detalle los hechos del asesinato de su padre, el autor reflexiona sobre la inevitable muerte que a todos nos va a llegar un día, transcribiendo los hermosos versos de las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre y añade: este libro es el intento de dejar un testimonio de ese dolor, un testimonio al mismo tiempo inútil y necesario.

El padre estaba preparado para morir, no le temía a la muerte pero quería vivir: ojalá que no me maten: quiero morir rodeado de mis hijos y mis nietos, tranquilamente […] una muerte violenta debe ser aterradora, no me gustaría nada. Sobrecogedoras estas palabras. Los hechos son reconstruidos por el autor paso a paso, incluso se pone en la piel del padre en el momento en que cae abatido por las balas. Da voz a sus hermanas que cuentan cómo recibieron la noticia y de qué manera reaccionó cada una. Es hermoso el párrafo en que narra cómo se sintió él al lado del cadáver ensangrentado de su padre. El último artículo, publicado postmortem, se titulaba “¿De dónde proviene la violencia?” y contesta: esta violencia nace del sentimiento de desigualdad.

El autor finalmente reflexiona sobre qué le ha llevado a escribir este libro: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo […] poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira. No hay afán de venganza porque su padre les enseñó a no tenerla: los tristes asesinos que le robaron a él la vida y a nosotros, por muchísimos años, la felicidad e incluso la cordura, no nos van a ganar, porque el amor a la vida y a la alegría (lo que él nos enseñó) es mucho más fuerte que su inclinación a la muerte.

Y termino con estas palabras del autor: la única venganza, el único recuerdo, y también la única posibilidad de olvido y de perdón, consistía en contar lo que pasó, y nada más. Y eso es lo que ha hecho Héctor Abad Faciolince con sabiduría, con mucho amor, con inteligencia, con la verdad y con una cordura que no ha perdido en ningún momento del relato de los hechos.

Plazos
Es vuestro turno de comentar esta segunda parte y todo el libro en general. Tenéis una semana para hacerlo. Animo a los que todavía no habéis comentado nada a que lo hagáis. Es un libro para hablar largo y tendido. Si estuviéramos cara a cara lo haríamos ¿no? Pues entonces, venga, hagámoslo por escrito que es nuestra manera en este Club Virtual.
Después haremos una pausa en nuestras lecturas pues nos iremos de vacaciones estivales hasta septiembre que ¡también las necesitamos!

Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre

23 Jun

Medellín. Foto en flickr de laloking97. Algunos derechos reservados.

Con esta cita de Yehuda Amijai se abre este libro. Y Héctor Abad Faciolince lo dedica a dos de los supervivientes de la masacre que asoló Colombia en los años ochenta. Toda una declaración de intenciones y una mención a los dos temas principales sobre los que va a tratar El olvido que seremos: el amor que el autor profesó a su padre y la violencia de la que fue víctima él mismo.

Esta primera parte que vamos a analizar se centra en la relación padre-hijo durante la infancia del autor. Un recorrido por la Colombia de los años sesenta y un retrato de la familia del escritor y su vida cotidiana. Héctor Abad Faciolince nos va a contar la historia de su vida teniendo como figura central a su padre: el niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios / La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al rio Medellín si él llegaba a morirse […] Todo esto es una cosa muy primitiva, ancestral, que se siente en lo más hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensamiento. Ya desde el principio de su vida la relación más intensa que mantiene el hijo es con su padre: yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá. En una familia de mujeres, madre y cinco hermanas, ellos estaban unidos de una forma casi animal, el niño buscaba el refugio de su padre, no el de su madre, por la que, por otra parte, también sentía un gran amor.

Héctor crece arropado por su padre, buscando su apoyo y sus enseñanzas, sus caricias, abrazos y besos. Era un hombre generoso que daba todo lo que tenía por lo que la madre, una mujer con los pies en la tierra y muy decidida, siempre se ocupó de la economía tanto en la casa como fuera de ella. En un tiempo no muy proclive a que las mujeres trabajaran, la madre sí lo hizo (fue, en cierto modo, una feminista adelantada a su tiempo), montando un negocio de administración de edificios, en el que sólo trabajaban mujeres, que creció como la espuma y que permitió al padre ocuparse de sus filantropías y asuntos sociales. Tanto era el amor que esa mujer le tenía. El padre trabajaba en la Facultad de Medicina, en el Departamento de Salud Publica y Medicina Preventiva, y, más tarde, ocupó también cargos públicos en el mismo campo. Escribía artículos, participaba en programas de radio, siempre enfocando su labor en conseguir mejoras en el terreno de la salud para los más desfavorecidos.

Su padre le enseñó a escribir antes de ir al colegio y él, desde muy niño, le enviaba cartas. Héctor considera que si se dedica a la escritura es gracias a su padre. Cuando lo asesinaron, Abad Faciolince todavía no había comenzado a escribir: creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.

Su padre pensaba que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. Nunca los pegó, era muy permisivo con ellos y siempre les manifestó un amor excesivo: yo no le tenía miedo a mi papá, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil, sino fuerte; no me creía tonto; sino brillante. El autor está completamente de acuerdo con esta actitud: ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Todo el libro es una sucesión de manifestaciones de este tipo. ¡Qué feliz tuvo que ser Héctor y cuánto tuvo que sufrir cuando perdió a su padre de una manera tan violenta y terrible!

¿Por qué era el padre tan cariñoso y efusivo? El autor encuentra una causa posible en que el padre de su padre le educó con mano dura: creo que en la forma perfecta como mi papá nos trataba, había una protesta muda por el trato que él había recibido del abuelo. El libro está plagado de anécdotas sobre la infancia del autor, su familia, los diferentes personajes que la componían, lo que nos permite conocer su vida cotidiana en la Medellín de los años sesenta y que leemos como si de una novela se tratara. Asimismo, se extiende en la narración del trabajo de su padre, las diferentes labores que comprendía, los sucesivos puestos que fue desempeñando, siempre con el mismo objetivo: ayudar a los que menos tenían. En palabras del mismo Héctor Abad Gómez: el médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!…Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir. Su manera de trabajar no era bien vista, le tildaban de marxista y por ese motivo tuvo que ausentarse durante meses repetidas veces a lo largo de los años yendo a trabajar a otros países para no perder su trabajo, e incluso su vida, ausencias que Héctor llevaba rematadamente mal tan unido estaba a su padre. Durante esas ausencias el padre continuaba su labor de educación con su hijo enviándole largas cartas con las que el niño Héctor incluso dormía.

La madre, las hermanas y las familias del padre y de la madre eran muy religiosas, practicantes de misas e interminables rosarios y procesiones. A Héctor le hacían participar cosa que no le gustaba nada pero luego venía el padre a contrarrestar tanta mojigatería con sus enseñanzas laicas y filosóficas en la que la razón era el único mandamiento. Héctor creció entre estos dos mundos contradictorios: A esa edad en que se forman las creencias más sólidas yo vivía azotado por un vendaval contradictorio, aunque mi verdadero héroe, secreto y vencedor, era ese nocturno caballero solitario que con paciencia de profesor y amor de padre me lo aclaraba todo con la luz de su inteligencia, al amparo de la oscuridad / Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina en el colegio, y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá. El autor hace mucho hincapié en esta contradicción que vivían incluso los propios miembros de la familia pues la madre era muy religiosa pero luego trabajaba fuera de casa y era adelantada en sus ideas y abierta en sus convicciones y el padre, a pesar de su laicismo y no asistir a la iglesia, era creyente: esta guerra sorda de convicciones viejas y convicciones nuevas, esta lucha entre el humanismo y la divinidad, venía de más atrás, tanto en la familia de mi mamá como en la de mi papá. Y también el seno de la Iglesia y del país se estaba librando esa guerra. Eran los años sesenta en los que crecería el germen de la teología de la liberación.

A pesar de todo, la familia era feliz y los años transcurrían sin sobresaltos. Son tiempos felices. Más tarde llegará la tragedia, pero eso lo dejamos ya para la segunda parte de la lectura. Esta primera parte concluye con el relato de un incidente en el que el autor se muestra muy sincero respecto a su cobardía: no fue capaz de salvar a su hermana Sol que estuvo a punto de morir ahogada. Héctor tenia nueve años, al final, quien la salva es un niño negro de su misma edad: y aunque mi hermana no se ahogó, a mí me quedó para siempre la honda sensación, la horrible desconfianza de que tal vez, si la vida me pone en una circunstancia donde yo deba demostrar lo que soy, seré un cobarde.

Es hora de vuestros comentarios. El libro es tan denso en contenidos: reflexiones, descripciones, narraciones de hechos…, que me es imposible comentarlo todo. Así que es vuestro turno para hacerlo. ¿Cuál es vuestra opinión sobre lo leído hasta ahora? ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención?

Plazos
Dedicaremos una semana a los comentarios mientras seguimos leyendo desde la página 134 hasta el final del libro.

El olvido que seremos: un libro valiente y lleno de amor

16 Jun

El autor Héctor Abad Faciolince. Foto en flickr de marilink. Algunos derechos reservados.

Este libro que vamos a leer es muy especial, mucho, y muy valiente. También podría decir que es muy emotivo, contiene poesía de altura y emociones que nos llevan del humor al llanto. Pero un llanto contenido porque el autor lo escribe desde la distancia necesaria (sin un exceso de sentimentalismo, que es siempre un riesgo grande en la escritura de este tipo) que le impida caer en sensiblerías que empobrecerían el texto, y lo consigue con creces pues el libro posee una gran calidad literaria.

Para el autor, Héctor Abad Faciolince, ha tenido que ser muy difícil de escribir, no en vano dejó pasar veinte años para poder hacerlo (me sacó de adentro estos recuerdos como se tiene un parto, como uno se saca un tumor). Veinte años desde que grupos paramilitares abatieron a tiros en la calle a su padre Héctor Abad Gómez el 25 de agosto de 1987. Y es entonces, en 2005, cuando el autor, que ya era un escritor reconocido de novelas, cuentos, viajes, se siente capaz de escribir lo que es un verdadero homenaje a su padre. A un padre que amó incondicionalmente, que idolatraba incluso, al que estuvo muy unido, con el que no había secretos, el que le enseñó todo, el que le abrazaba y le colmaba de cariño, el que le guió en la niñez y la juventud, el que le apoyó siempre. Es emoción lo que sentimos al leer estas páginas llenas de amor. La unión que había entre padre e hijo era muy fuerte y especial. Eran los dos únicos hombres en una familia de muchas mujeres. Mujeres fuertes que también querían y eran queridas. Pero para Héctor su padre era como un dios. De ahí el dolor que tuvo que sentir y lo difícil que debió de resultarle escribir este libro. Difícil pero necesario, para él pero también para su familia, para todas las personas que lo quisieron, que fueron muchas, para los colombianos y, en último lugar, para nosotros los lectores.

El olvido que seremos, hermoso título extraído de un poema de Borges que su hijo encontró en el bolsillo de la chaqueta de su padre cuando fue asesinado, trata de esta especial, muy cercana y enriquecedora relación que Héctor Abad Faciolince mantuvo con su padre desde su nacimiento hasta que lo mataron cuando el autor contaba 28 años de edad y su padre 65. No estamos acostumbrados a leer sobre una buena relación, extraordinaria en este caso, padre-hijo. Normalmente, quienes han escrito sobre ello narran relaciones tormentosas, difíciles, ausentes. Así lo hicieron Kafka o Philip Roth, entre otros. Por eso, nos asombra, nos extraña. Y nos interesa. E incluso algunos podrán sentir envidia de la buena. Es toda una lección de vida lo que vamos a encontrar en estas páginas. De vida, de amor filial y familiar, de alegría, de dolor cuando toca, y, me atrevería a decir, de felicidad. Nos habla de una familia como tendrían que ser todas las familias. Una familia basada en el amor mutuo y en la expresión de ese amor a través de continuos abrazos y besos y gestos y conversaciones y apoyo y confianza.

Pero este libro es más que esta maravillosa relación. Es una denuncia de la violencia, de la injusticia, del horror, sea del color que sea. En este caso nos habla de la Colombia de los años ochenta pero que se puede ampliar a cualquier situación y lugar similares. Y es un homenaje a todos los que lucharon, y cayeron, por conseguir un mundo mejor. El libro recorre la historia reciente de Colombia, desde el nacimiento del autor, en 1958, hasta finales de los años ochenta. Denuncia la exterminación sistemática, silenciosa, muy violenta, selectiva y efectiva que asoló Colombia entre 1981 hasta 2012: 23. 161 asesinatos, con torturas incluidas en muchos casos, documentados en un informe reciente del Centro de Memoria Histórica. Mataron a todos aquellos que luchaban contra ese horror, que hablaron alto y claro y lo pagaron con sus vidas: profesores, estudiantes, intelectuales, sindicalistas, políticos, líderes comunitarios… en una guerra implacable que agentes del Estado, en alianza con grupos paramilitares, llevaron a cabo. De ahí el valor histórico de este libro con el objetivo de que el olvido no se lleve todo lo ocurrido a ningún lugar.

Héctor Abad Gómez, cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política, fue uno de estos luchadores, desde sus inicios como médico, para conseguir que Colombia fuera un país mejor. Desde el principio de su carrera estaba convencido de la necesidad del compromiso social de la medicina en países devastados por la pobreza como Colombia y quiso llevar la salud a los barrios más necesitados y a las zonas rurales más deprimidas. Y lo hizo a través de numerosos programas de salud pública y de medicina social preventiva. También como profesor de la universidad llevaba a sus alumnos a estos lugares para que conocieran la verdadera situación de su país e hicieran todo lo posible para mejorarla. Asimismo, escribió libros de análisis y denuncia y numerosos artículos en prensa donde no dejó de hablar claro, con nombres y apellidos, sobre el atropello que estaba sufriendo la sociedad colombiana. Toda su vida luchó por la paz, la tolerancia y la justicia. Por eso siempre fue una persona incómoda para el poder. Durante muchos años le salvó su prestigio como profesional y su bondad, que todos conocían. Hasta que Colombia se vio inmersa en una espiral de violencia muy difícil de parar, se convirtió en el país más violento del mundo, y acabo acribillado a tiros en una calle de Medellín. En cierta manera, era una muerte anunciada. Y él sabía que podía pasar. Pero ni esto le hizo callar y dejar de ser consecuente con todo lo que había sido a lo largo de su vida. Fue un hombre muy valiente. Como tantos otros, que el autor homenajea con nombres y apellidos, que tampoco callaron y dejaron de hacer, desde la lucha pacífica, de las palabras y los actos, lo que creían que debían de hacer: conseguir justicia, verdad, mejoras sociales… en un país marcado por las desigualdades.

El libro, dividido en cuarenta y dos capítulos, es la historia real del médico Héctor Abad y la de su hijo pero está narrado con los recursos de la novela y es, a la vez, testimonio, documento, ensayo y biografía. Lo leemos como quien lee una novela a través de una maravillosa prosa, precisa, clara, inteligente y culta, y unos acontecimientos que van desde lo cotidiano a lo histórico. El orden es cronológico pero, desde las primeras páginas, hay saltos al futuro que nos anticipan hechos y nos despiertan la curiosidad ante lo que va a suceder.

El olvido que seremos, que lleva quince ediciones sucesivas, ha gozado del favor de los lectores y posee numerosas críticas positivas. Asimismo, posee el premio WOLA-Duque Human Rights. Mario Vargas Llosa le dedicó en 2010 una de sus columnas quincenales, titulada “La amistad y los libros”, en la que afirmaba que era la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años.

Os dejo varios enlaces, además del de Vargas Llosa, para que podáis conocer más sobre la obra. Uno de ellos es un vídeo, “El olvido que seremos en el recuerdo que somos”, en el que el Héctor Abad Faciolince habla sobre este libro durante algo más de una hora. No dejéis de verlo. Es interesantísimo y una manera inmejorable de conocer al autor y a su obra a través de su palabra. Otro es un artículo, publicado en el diario El Espectador de Colombia, titulado “Acuérdate de olvidar”, escrito por el autor que sirve como un complemento necesario a El olvido que seremos y que, además, contiene fotografías de la familia. Y, por último, el propio blog del autor.

Plazos
Vamos a dividir la lectura en dos partes. A lo largo de una semana leeremos hasta el final del capítulo 22, Pág. 133. Como siempre, podéis ir dejando vuestras impresiones iniciales en este post hasta que publique el análisis de esta primera parte en la que entonces la comentaremos más profundamente. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: EL OLVIDO QUE SEREMOS de HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

8 Jun

Abandonamos Europa para irnos a Latinoamérica, más concretamente a Colombia. El autor escogido esta vez es Héctor Abad Faciolince (Medellín, Antioquia, 1958) y el libro, un homenaje que el escritor hace a su padre, el médico y humanista Héctor Abad Gómez, asesinado por los paramilitares en 1987. El olvido que seremos (2005) es una suerte de biografía de la vida de este hombre, y un testimonio de la estrecha y maravillosa relación que el autor mantuvo con él.

Éste será el último libro que leamos antes de las vacaciones estivales de julio y agosto. Desde mañana lunes 9 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Forum. Los que vivís fuera de Coruña disponéis de una semana para conseguir el libro editado por Seix Barral Biblioteca Breve.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Los platos más picantes de la cocina tártara. Gracias.

Nos vemos en una semana para empezar a leer este emotivo y valiente libro. Mientras podéis seguir comentando sobre Los platos más picantes de la cocina tártara, sobre todo los que todavía no lo habéis hecho. Acabo de dejar un comentario en el último post del libro.