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La paciencia salva la vida

24 May

Torino 8. Foto en flickr de gatogrunge. Algunos derechos reservados.

Esta segunda parte de nuestra lectura nos va a llevar a través de tres países: Turquía, Grecia e Italia, final del viaje de Enaiat. Las estancias en Turquía y Grecia serán mucho más cortas que las precedentes. En Turquía y Grecia no hay apenas trabajo y la presión de la policía es grande. Enaiat no encuentra en ellos su lugar, y, como se ha hecho mayor y más sabio gracias a las experiencias vividas, abandona estos países en cuanto se da cuenta de que no quiere estar en ellos. Enaiat va vivir la parte más dura del viaje, y nosotros con él: había quien se quedaba congelado en las montañas, quien moría a manos de los policías de la frontera, quien se ahogaba en el mar entre las costas de Turquía y las de Grecia. Su paso de Irán a Turquía por las montañas, veintiséis días caminando de noche en grupo (setenta y siete personas) en condiciones extremas de frío, cansancio, peligro, hambre… en el que muchos quedarán por el camino donde otros ya habían quedado antes (estaban sentadas para siempre. Estaban congeladas. Estaban muertas), para después viajar hasta Estambul durante tres días infernales en un doble fondo de un camión de cincuenta centímetros de ancho, a oscuras, encogidos, sin moverse, sin comer, sin poder orinar… algo absolutamente inhumano: a partir de cierto momento, dejé de existir; dejé de contar los segundos, de imaginar la llegada. Lloraban los pensamientos y los músculos. Lloraban el entumecimiento y los huesos. Olores. Recuerdo los olores: meados y sudor. Gritos. Pero las penurias todavía no han terminado y vivirá una travesía por mar, con cuatro niños más menores que él, en un pequeño bote salvavidas desde las costas de Turquía a la isla griega de Mitilene (no pensábamos en los peligros de la travesía. La muerte es siempre un pensamiento lejano, incluso cuando las sientes cerca. Piensas que te las arreglarás, y tus amigos también). Es milagroso que puedan llegar a su destino cuando ni siquiera saben remar y mucho menos nadar, y tienen tanto miedo que piensan incluso que en el mar hay cocodrilos. Uno de ellos caerá al mar y lo perderán (la muerte tan presente que ni siquiera pueden pararse a llorarla). Pero el afán de supervivencia, la resiliencia, la actitud positiva y la suerte, mucha suerte, acompañan a Ena hasta su destino final. El resto de los viajes, en tren, autobús o ferry, excepto uno escondido en un contenedor de un barco, serán más cómodos.

A pesar de todo lo terrible que es lo que vive Enaiat, hay lugar para descripciones plenas de belleza: el sol había conquistado cada rincón del cielo, el azul no era azul sino amarillo, las nubes doradas y sangrantes por las heridas que les hacían los montes. Donde las peñas machacan. Donde la nieve corta y ahoga, y liberación: me pareció que con la sangre fluía, de dentro de mí, todo el cansancio, la arena del desierto, el polvo de los caminos y la nieve de las montañas, la sal del mar y la cal de Isfahán, las piedras de Qom y los residuos de las cloacas de Quetta. Cuando la sangre dejó de salir, estaba bien, muy bien. Como nunca había estado.

Por el camino se encontrará con gente buena que le ayuda, como la anciana griega en Mitilene que le salva de un gran aprieto dándole comida, ropa decente y cincuenta euros para poder coger el ferry a Atenas: pensé que hay gente muy extraña y amable en el mundo. De nuevo, Fabio le replica ante su ausencia de explicaciones sobre esta mujer: me cuentas las cosas, Enaiat, pero inmediatamente te escapas a otro asunto. Dime algo de esa señora. Descríbeme su casa. Enaiat insiste en su visión de las cosas: a mí me interesa lo que pasó. La señora es importante por lo que hizo. No importa su nombre. No importa cómo era su casa. Ella es cualquiera. Cualquiera que se porte así. ¿Qué opináis sobre el punto de vista de Ena? A mí me llama la atención y no paro de buscarle una respuesta, como le pasa a Fabio. Más personas le ayudarán, una pareja de ciclistas y un chico, ya en Italia, y sus amigos reencontrados, increíblemente, en Grecia, Jamal, y en Italia, Payam (la manera en que localiza a éste es difícil de creer) y, sobre todo, en Turín, una familia le acogerá y podrá comenzar a tener una vida normal y, sobre todo, estudiar que es lo que más desea. Ellos, su familia de acogida, al contrario que la suya propia, sí tienen nombre (me apetece decir los nombres. No son nombres que me hagan sentir mal, al contrario): Danila, la madre, Marco, el padre, y Matteo y Francesco, los hijos. Ena se siente inmensamente feliz con ellos: espectacular. Espectacular aquel día. Espectaculares los días siguientes […] Era algo fantástico […] Que nos querríamos, bueno, eso lo entendí solo. Y es en Turín, por fin, donde encuentra su lugar de vida: ¿Cómo se encuentra un sitio para crecer, Enaiat? ¿Cómo se le distingue de los otros? Lo reconoces porque no sientes ganas de irte. No porque sea perfecto. No existen los sitios perfectos. Pero existen sitios donde, por lo menos, nadie intenta hacerte daño.

Así empezó. Mi segunda vida, quiero decir. Sólo le queda conseguir el permiso de residencia como refugiado político. Antes asiste a clases y aprende con una rapidez asombrosa: la lengua, los estudios de primaria y después comienza los de secundaria. Sus ansias de saber son infinitas. Hice amigos. Aprendí muchas cosas que me obligaron a mirar la vida con otros ojos, como cuando te pones unas gafas de sol con los cristales de colores. Cuando estudiaba higiene me dejaba pasmado lo que me decían, porque lo comparaba con mi pasado, con las condiciones en las que había vivido, con la comida que había comido, etcétera: me pregunté cómo era posible que todavía estuviera íntegro. Finalmente consigue, no sin dificultad y gracias a su inteligencia, el permiso de residencia. No es hasta que pasan tres años de su nueva vida en Italia que se decide a ponerse en contacto con su madre: podría haberla buscado antes, pero sólo después de haber obtenido el permiso de residencia, sólo después de haber recuperado hasta el fondo del tonel la serenidad necesaria, volví a pensar en ella, en mi hermano y en mi hermana. Los había borrado de mi memoria durante mucho tiempo. Y no por maldad ni nada parecido, sino porque antes de ocuparte de los demás tienes que encontrar la manera de estar bien contigo mismo. ¿Cómo puedes dar amor, si no amas tu vida?. Toda una lección de saber vivir la que nos da Enaiat. Se pone en contacto con amigos en Pakistán que van hasta Afganistán, la bondad de nuevo, y terminan por encontrar a su familia. El final, cuando Ena y su madre pueden hablar por teléfono después de ocho largos años es de una emoción que sólo el silencio puede explicar, el silencio de ellos que no pueden hablar, sólo llorar, y nuestro silencio, con un nudo en la garganta, mientras leemos las últimas palabras de este maravilloso libro: en ese momento supe que aún estaba viva y quizá, ahí, me di cuenta por primera vez de que también lo estaba yo. No sé bien cómo. Pero también lo estaba yo.

Plazos

Terminada la increíble historia de Enaiatollah Akbari, es hora de vuestros comentarios. Disponéis de una semana para comentar esta segunda parte y todo el libro en general. Espero que los comentarios sean muchos y muy variados como lo han sido los de la primera parte. No todos tenéis la misma opinión sobre el libro por lo que os pido que os deis la réplica los unos a los otros, como si estuvierais cara a cara, para hacer más vivo el debate. ¡Gracias!

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La esperanza de una vida mejor es más fuerte que cualquier sentimiento

19 May

Lahore to Quetta. Foto en flickr de . . . _ _ _ . . . Algunos derechos reservados.

Esta primera parte que vamos a leer comprende, en tiempo, casi la totalidad del viaje de Ena desde que sale de Afganistán, cuatro años y medio. Vivirá en Quetta (Pakistán) un año y medio y en Isfahán y Qom (Irán) tres años haciendo los más diversos trabajos para sobrevivir. En el primer capítulo dedicado a Afganistán sabremos a través de varios flashback los motivos por los cuales su madre decide que tiene que abandonar el país ya que su vida corre peligro de muerte. Comienza en Quetta cuando su madre le deja en el samavat Qgazi, una especie de hotel que Ena define como un almacén de cuerpos y almas; un depósito donde amontonarse en espera de ser empaquetados y expedidos a Irán o Afganistán, o quién sabe adónde; un lugar donde entrar en contacto con los traficantes de hombres. Su madre le da tres consejos: no tomar drogas, no usar armas (aunque sólo sea un cucharón) y no robar, y le habla de sueños y de que siempre hay que tener un deseo ante los ojos, como un burro una zanahoria, y es en el intento de satisfacer nuestros deseos donde encontramos la fuerza para volver a levantarnos, y que si un deseo, cualquiera que sea, se tiene, en alto, a un palmo de la frente, entonces vivir valdrá siempre la pena. Ena no es consciente de que su madre se está despidiendo. Sólo cuando se despierta y no la ve por ninguna parte, Rahim, el jefe del samavat, ante sus preguntas, se lo confirmará: en ese momento me quedé sin palabras. Quizá hubiera otras, adecuadas, pero yo no las conocía.

Ena vivía en Nava, en la provincia de Ghazni, con su madre y sus dos hermanos, una zona habitada sólo por hazara. A su padre lo mataron cuando el niño sólo tenía seis años. Los pastunes lo obligaron a ir a Irán y volver con el camión, a recoger productos que luego vendían en sus comercios. Si no lo hacía, matarían a su familia. Unos bandidos asaltaron su camión, lo robaron y lo mataron. Los pastunes les dijeron que tenían que pagar la mercancía perdida o si no se llevarían a mi hermano y a mí para utilizarnos como esclavos. Su madre los escondía en un hoyo hasta que Ena se hizo mayor y ya casi no cabía en él. Entonces decidió, sin Ena saberlo, que tenía que salir del país. Sólo tenía diez años. A Ena la vida en Nava le gustaba mucho pero sobre todo le gustaba la escuela. Pero los talibanes la cerraron porque iba contra la voluntad de Dios y mataron al maestro, delante de los niños, que con mucha educación se había enfrenado a ellos. La vida, sin escuela, es como la ceniza.

En su huida caminan durante tres noches hasta Kandahar con mucho peligro pues contaban que, por esa zona, a los hazara de paso como nosotros los cogían los talibanes y los arrojaban vivos a un pozo profundísimo o se los echaban de comer a los perros vagabundos. En Kandahar encuentran a un hombre que los llevará a Pakistán en un camión. Un viaje largo a través de las montañas hasta llegar a Quetta. Una vez que la madre se va, Ena piensa que tenía que pensar, y que pensar que hay que pensar, como decía siempre mi maestro, es ya algo grande. Pero no había pensamientos dentro de mi cabeza, sólo una luz que sepultaba todo y no me dejaba ver nada, como cuando miras el sol.

Todo el relato está contado de una manera muy sutil e incluso poética, esa extraordinaria delicadeza que dicen que es una característica muy afgana.

Ya en Pakistán y abandonado a su suerte, Ena reacciona pronto y decide que tiene que trabajar y evitar que se aprovechen de él. Primero lo hará en el samavat pues le da miedo salir a la calle. Rahim, el encargado, apiadado, le ofrece comida y techo a cambio de hacer cualquier cosa que él le mande. El trabajo es un infierno, no para de hacer cosas que no sabe ni hacer, pero el chico tiene recursos, es fuerte y no se deja asaltar por los recuerdos ni por las comparaciones con su casa: antes de asustarme demasiado, con las manos disolví la comparación en el aire. Ena es listo y procura mantenerse al margen de cualquier problema. Debido a esto su estatus en el samavat asciende y empieza a llevar el chay a las tiendas, un trabajo mucho más agradable. Ena es siempre positivo y ve en todos sus avances un motivo de contento. Todos los días cuando pasa por delante de un colegio espera al recreo: las puertas se abrían de par en par y los niños salían gritando y corriendo a jugar en el patio. Mientras ellos jugaban, yo gritaba dentro de mí y jugaba llamando a mis amigos de Nava. Sólo quiere oírlos para poder dejar correr su fantasía y transformar su realidad. Es su manera de seguir siendo un niño y no olvidar cómo era su vida antes, sin que ésta le haga daño. Pero, en general, la vida de Enaiat está centrada en el trabajo, siempre duro y difícil, en sobrevivir aceptando la suerte que le ha tocado. No hay ni sombra de lamentación ni pena.

Supongo que os habrá pasado que leyendo este libro habréis comparado su vida con la que llevamos aquí nosotros y nuestros hijos. Un abismo. Es difícil desde la comodidad del primer mundo ponernos en la piel de Enaiat y quizá poder entenderlo. ¿No piensa en su madre? ¿No llora? ¿No tiene miedo? Creo que cuando ya has nacido en un lugar difícil y la vida te lo va poniendo cada vez más difícil, no hay lugar para la queja y al miedo lo manejas como puedes, aunque seas un niño (nunca tengo miedo, Enaiat, dijo. Y siempre tengo miedo. Ya no sé distinguir una cosa de la otra). La mera supervivencia, los trabajos de sol a sol, trabajar, comer y dormir, apenas descansar, todo ello creo que te impide pensar en nada, te anestesia, estás demasiado cansado y acaba convirtiéndose en un recurso a tu favor para seguir hacia adelante, eso sí, siempre con un deseo en tu mente que es el que te mueve a continuar. Aceptas tu realidad, no te queda otra, e, incluso, encuentras en ella momentos de alegría. Llevas en tu corazón a todo lo que amas, como en un cofrecito sagrado, pero no lo abres pues si no quizás las fuerzas te abandonen y eso no te lo puedes permitir. La supervivencia de nuevo.

A los seis meses de estar en Quetta, un propietario de un comercio que siempre le trata bien le ofrece ser vendedor ambulante como otros niños y poder ganar un dinero. Lo más importante es intentar que no le roben. Conoce a otros niños hazara, entre ellos a Sufi, que se convierte en su primer amigo. A Ena no le gusta este trabajo: no me gustaba molestar. No me gustaba que me trataran mal. Pero todos (incluido yo) tenemos mucho interés en vivir, y por vivir estamos dispuestos a hacer cosas que no nos gustan. Finalmente Enaiat, después de muchos meses, acaba cansándose. Está harto de que los fundamentalistas o los policías le roben o le peguen, está harto de arriesgar la vida en los atentados de los extremistas que también suceden allí. Y decide irse a Irán pues ha oído que en este país las cosas están mejor que en Pakistán, que hay mucho más trabajo y además son chiítas como él. Sufi decide irse con Ena y Rahim les pone en contacto con un traficante de hombres que será el que les lleve a Irán y les encuentre un trabajo pero, como no tienen apenas dinero, tendrán que pagarle a él sus cuatro primeros sueldos. Ena está conforme pues la perspectiva de tener trabajo al llegar es lo que más le agrada. Entiende las razones del traficante, de alguna manera es su aliado y, más adelante, cumplirá su palabra. O sea, que es un traficante “legal”. Casi todos con los que se encuentre en su viaje lo van a ser. Y será gracias a ellos que podrá cruzar las fronteras de todos los países. Así está montado el negocio. Pero sabemos que, desgraciadamente, no en todos los casos es de esa manera, sino todo lo contrario.

En uno de los diálogos con Fabio que salpican el libro, éste le pide que le cuente sobre los lugares y las personas que ama pero Ena le contesta: no quiero hablar de ellos, ni siquiera de los lugares. No son importantes. Lo importante son los hechos. Lo importante es la historia. Lo que te cambia la vida es lo que te pasa, no dónde ni con quién. Esto explica el porqué en el libro los hechos es casi lo único que se cuenta, pero ¿qué opináis de estas palabras? ¿Creéis que Ena esconde sus sentimientos detrás de esta actitud?

El viaje a Irán, excepto en un tramo, es bastante cómodo y al llegar Enaiat cae muy enfermo. Le cuidan y le medican como pueden y él presa de delirios por la fiebre sí que recuerda su pueblo, la nieve, la mano de su madre, a su maestro… Están dentro de él y el descanso mezclado con la enfermedad le conceden una tregua a tanto trabajo y, claro, se cuelan los sentimientos. En Irán pasará tres años en las ciudades de Isfahán y Qom trabajando primero en la construcción de casas y después en una cantera. Son trabajos duros, de muchísimas horas, sólo tienen medio día libre a la semana, son todos trabajadores ilegales, clandestinos, que apenas salen del lugar de trabajo (La obra era un mundo. La obra era el sistema solar) por miedo a ser detenidos y por lo tanto repatriados o, lo que es peor, enviados a una especie de campos de concentración (lugares sin esperanza), Telisia y Sang Safid, de los que corren historias terribles. Todos los temen. Pero Ena es relativamente feliz, juega al fútbol en la tarde libre con otros niños y se lleva bien con todos, además gana dinero.

Sufi se va antes a Qom y Enaiat le echa de menos, está triste: de la ausencia de una persona te das cuenta por las pequeñas cosas […] Cuando no tienes familia, los amigos lo son todo. Estando allí presencia en una televisión los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas: en una canal había una película con torres que se derrumbaban. Luego sabrá lo que ha sido en realidad, se da cuenta de la gravedad pero para él es más grave no estar con Sufi. Ena está contento a las afueras de Isfahán construyendo casas, además se atreve a salir y conoce a la gente del pueblo que es muy amable: casi pensaba que aquél podía ser un lugar donde vivir para siempre. Un lugar al que por fin llamar casa.

Pero entonces le detienen y le repatrian a Herat, en Afganistán, lo cual no es ningún problema porque Herat está llena de traficantes a la espera de repatriados. Casi no tienes tiempo de dejarte apalear por la policía, cuando inmediatamente te cogen y te llevan de nuevo a Irán. Incluso si no llevas dinero, puedes pagarles más tarde. Está claro que hay un negocio corrupto (muchos policías eran corruptos, por suerte) montado entre los traficantes y la policía en el que todos sacan tajada. Terrible. Pero bueno para Ena que vuelve a Irán, esta vez a Qom, con Safi, a trabajar la piedra. Esta ciudad, de un millón de habitantes, está llena de fábricas de piedras. El trabajo es durísimo: estar bien y evitar ponerse enfermo – como suele gustarle a la gente – era difícil, y no sólo estar bien, incluso seguir vivo era difícil. O entero. Enaiat sufre un accidente terrible cuando una piedra le cae encima del pie. La herida es tan profunda que se le ve hasta el hueso. Pero le hacen terminar el trabajo mientras se desangra porque aquella piedra era importantísima. Cosas así tan duras nos las cuenta como lo más normal mientras nosotros, lectores cómodamente sentados en nuestros sillones, nos estremecemos al leerlas.

¿Os imagináis pasar por algo así? No, es imposible, pero hay millones de personas que sí pasan por esto, que esta es su vida o su muerte. ¿Y nos importa realmente? Lo vemos en las noticias un día sí y otro también pero seguimos con nuestras vidas. Por no tener no tienen ni nombre, sólo son números. Recuerdo alguna escena de inmigrantes supervivientes de un naufragio llegando a las playas del sur de España mientras bañistas en sus toallas ni los miraban… No los tenemos tan lejos, están aquí, en el Mediterráneo, muriendo a centenares, en la valla de Melilla (la famosa foto de la valla en la que están a lomos un puñado de inmigrantes mientras al lado hay un impecable campo de golf donde juegan unas personas ajenas a ellos. Supongo que la habéis visto. Fue hace poco y acaba de ganar un premio importante). ¿Y? Me gustaría que comentarais sobre este tema. La vida de Enaiat nos permite conocer más de cerca a aquellos que son sólo números. Y eso es importante, muy importante.

Dejamos a Enaiat sufriendo una segunda repatriación mucho más dura con los policías disparando sobre ellos mientras intentan huir: cuando dejé de correr porque ya estaba lo bastante lejos, pensé en irme. No quería volver a tener miedo, no. Fue en aquel momento cuando decidí que iba a intentar llegar a Turquía.

Plazos
Comentaremos esta primera parte de la lectura a lo largo de una semana más o menos. Mientras, proseguiremos con el libro a partir del capítulo Turquía (pág. 101) hasta el final de la novela. ¡Espero que vuestros comentarios sean muy numerosos!

En el mar hay cocodrilos. La historia de Enaiatollah Akbari: valor y supervivencia

11 May

Fabio Geda. Foto en flickr de Biblioteca Fondazione Mach. Algunos derechos reservados.

Este es un libro diferente. Para empezar no es una novela, no es ficción, es pura realidad. Es la historia de un viaje muy peculiar. Cinco años en la vida de un niño aparentemente contados por él mismo. Pero hay un intermediario, el escritor Fabio Geda, a quién Enaiatollah Akbari le narra su historia (y también Enaiat en muchas ocasiones parece dialogar con los lectores, se dirige a ellos). Fabio escribe la historia que Enaiat le cuenta (nueve meses de grabaciones y borradores: quedábamos y Ena empezaba a contarme. Yo escribía y luego le pasaba el texto. Y poco a poco se iba acordando de más detalles). Y lo hace como si fuese el mismo niño el que la escribiera. De vez en cuando hay pequeños incisos donde el autor pregunta alguna duda que tiene sobre la historia o algún apunte que quiere hacer pero es una historia en primera persona. Consigue un estilo coloquial, ameno, como si se tratase de literatura oral. Pero debajo de esa aparente sencillez se esconde un libro escrito esmeradamente, está muy medido todo lo que cuenta y sobre todo cómo lo cuenta. Es un estilo muy depurado, muy trabajado aunque nuestra impresión sea la de fluidez. Ese es el gran logro de Fabio Geda. Ya por eso le considero un gran escritor y me apetece leer más cosas de él. En la escritura, y en la narración, hay realidad, toda, pero también poesía. Cuenta cosas a veces terribles pero no hay drama o sentimentalismo en su manera de contarlas, no se detiene en los detalles escabrosos, incluso hay ironía y humor (no se trata de literatura sentimental, no quería que la gente sintiera compasión, explica Enaiat). Va directo a los hechos, prescinde casi de las descripciones, de la caracterización de personajes, de los detalles (será el lector el que irá creando con su imaginación el escenario de los hechos), del entorno (no hay ni una alusión a la realidad política o religiosa de los países por los que pasa Enaiat) y, por supuesto, de los juicios de valor. Va a la esencia: a que conozcamos la historia de este muchacho afgano. La fuerza de esta novela radica en su propia historia, en su contenido. Una historia que se alza como símbolo de muchísimas otras, miles, que están pasando en el mundo que habitamos y a las que apenas prestamos atención cuando aparecen en las noticias. Historias que no tienen nombres. Y para ponerle nombre y toda la realidad Geda escribe este conmovedor y valiente libro.

Siento que hay un acuerdo entre Fabio y Ena para que el libro sea como es. Por supuesto que pienso que hay mucho de Ena en la manera en que el libro está escrito. Lo imagino contándole a Geda sus peripecias y en la esencia el libro es Enaiat. En una reseña del diario La Repubblica dice que la historia tiene una característica muy afgana: una extraordinaria delicadeza. En ningún momento sentimos rencor en las palabras del chico, ni odio, ni lamentación. Enaiat está completamente centrado en lograr salir adelante y encontrar un lugar para él. No olvidemos que cuando comienza la historia es un niño de diez años y cuando termina tiene quince. Pero, como dice Geda, es cuestión de resiliencia: la resiliencia es la capacidad de un material de doblarse sin partirse. Los niños la tienen mucho más que los adultos. Y este libro es la mirada de un niño.

La historia comienza cuando, en un gesto de amor desesperado, su madre le deja solo en la ciudad de Quetta (Pakistán) porque sabe que no hay otra alternativa para él. Estamos en 1999, los talibanes siembran el terror en Afganistán. Enaiat es hazara, el tercer grupo étnico del país (comprenden el 24% de la población), son musulmanes chiitas que están sometidos a la mayoría pastún, musulmanes sunitas, y a los talibanes, también sunitas y con una visión más radical de la religión. A los hazara los desprecian y los persiguen los talibanes por motivos religiosos y por cuestiones tan absurdas como que físicamente carecen de barba. Los consideran impuros. Su dicho es: “¡A los hazara, Goristán!” (“Gor” significa muerte). El gesto de su madre lo resume muy bien el propio Enaiat: una vez en Pakistán, ella decidió que saberme en peligro lejos de ella, pero de viaje hacia un futuro diferente, era mejor que saberme en peligro cerca de ella, pero en el fango del miedo siempre.

A partir de ese momento, Enaiat nos cuenta su asombroso relato de supervivencia a lo largo de cinco años y cinco países: Pakistán, Irán, Turquía, Grecia e Italia. Cada país constituye un capítulo del libro. Cada país es un paso en busca de una vida mejor. Ena es un niño increíblemente maduro (como todos los demás niños que vamos a conocer en su viaje), con gran valor y resistencia y también, hay que decirlo, con mucha suerte. Por el camino irá dejando atrás a otros que no tendrán su misma suerte y que seguramente son igual de valientes. En su viaje hay momentos muy duros y otros de una aparente tranquilidad. Enaiat nunca pierda la esperanza ni la calma, le mantiene con vida su búsqueda de un lugar en el mundo donde haya un espacio para él, un lugar amable donde él sienta que quiere quedarse y construir una vida. A lo largo de ese duro viaje conocerá a personas corruptas y crueles que se aprovecharán de su situación de desventaja pero también a otras personas buenas que le ayudarán mucho. Es muy interesante el concepto de amistad que se forma entre las personas que están en la misma situación que nuestro protagonista, sobre todo los chicos: se necesitan, viven juntos una temporada pero cuando uno decide irse, se despide y, sin más, se va. Son muy importantes esos lazos de amistad, son los que le mantienen con vida, pero, a la vez, la realidad se impone de una manera que a nosotros quizás nos cueste entender. Todos luchan por lo mismo, todos sobreviven lo mejor que pueden, todos maduran a marchas forzadas y, al final, se impone esa realidad tan dura y cada uno sigue su camino.

Un viaje de más de 5.000 kilómetros, en camión, autobús, tren, bote y hasta andando. Trabajos forzosos, detenciones, repatriaciones, muertes, condiciones dramáticas de viaje. Y al igual que hay gente buena, hay mafias que comercian con las vidas humanas, pero es interesante resaltar como Enaiat nunca habla de los traficantes de manera negativa, sino como gente que presta un servicio. En palabras de Fabio Geda: los traficantes de hombres. Aunque parezca monstruoso a nuestros ojos, a los ojos de un niño eran la única esperanza. Traficantes que no les cobran demasiado dinero, no les tratan mal y los llevan al otro lado. Sí, un oxímoron.

Bueno no cuento más del libro porque ya tendremos ocasión de hacerlo cuando lo analicemos a lo largo de nuestra lectura. Sólo deciros que este libro está editado en más de 30 países y sólo en Italia ha vendido más de 200.000 copias. Os dejo tres enlaces a tres entrevistas realizadas al autor y a Enaiat en los diarios El País, ABC y La Vanguardia.

Plazos
Vamos a dividir la lectura en dos partes, la primera nos llevará hasta la página 100 donde finaliza el capítulo de Irán. Lo leeremos a lo largo de una semana. Os pido que en este post sólo dejéis, como siempre, vuestros comentarios iniciales sobre la lectura o sobre lo que aquí he escrito. Ya tendremos tiempo de analizar esta primera parte cuando publique el post correspondiente a ella dentro de una semana. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: EN EL MAR HAY COCODRILOS de FABIO GEDA

29 Abr

Fabio Geda es un escritor italiano que ha trabajado durante muchos años ayudando a jóvenes conflictivos. En esta novela nos va a contar la historia real de Enaiatollah Akbari, un joven afgano con una vida más que difícil. Con diez años fue sacado del país por su madre ante la amenaza de los talibanes y abandonado a su suerte en Pakistán. A partir de ahí, comenzará un largo periplo a través de varios países camino al sueño de Occidente.

Un niño atrapado en los momentos dramáticos más importantes de nuestra historia reciente, en Oriente Medio y Occidente, en su búsqueda de un lugar donde crecer. El mundo está lleno de historias como ésta, y nunca tan actuales como ahora, de personas que tienen que huir de su país, sin nada, en las más terribles condiciones y este libro es un buen pretexto para acercarnos a estas vidas tan difíciles.

En la solapa del libro se puede ver una foto del autor con Enaiatollah. Por deseo de Geda, la mitad de la retribución por los derechos de autor del libro es para el joven afgano protagonista de la historia.
Un relato emocionante, lleno de encanto, verdad y magia. Vanity Fair ha dicho un libro bellísimo sobre la dignidad del ser humano y el coraje de sobrevivir.

A partir de mañana jueves 30 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Los que vivís fuera de Coruña, disponéis de una semana para conseguir el libro editado por Áncora y Delfín.
No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Rosa candida. Gracias.

Nos encontraremos aquí en una semana para empezar a leer En el mar hay cocodrilos. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre Rosa candida, podéis hacerlo a lo largo de esta semana.