Archivo | Ya leímos RSS feed for this section

Atravesar el dolor

13 May

Luciérnaga. Foto en flickr de Yliaaaaa. Algunos derechos reservados.

Ya hemos llegado al final de este intenso viaje por el amor, la muerte, la enfermedad, el sexo… la vida, a fin de cuentas. Es el momento de que dejéis vuestras conclusiones finales sobre esta novela que aúna una mirada nostálgica con otra plena de vida hacia el futuro.

Con respecto a esta tercera y última parte, yo creo que la historia decae un poco hasta que vuelve a crecer y se llena de significado a partir del último capítulo en el que el suicidio de Naoko provoca el viaje de Toru. Un viaje que, como un sonámbulo, como si estuviera en estado de trance, emprende para vivir su duelo particular por Naoko, y también para intentar encontrarse consigo mismo y, a través de la aceptación de tanta muerte, asumir que ésta es una parte de la vida.

Por fin Watanabe se convierte en protagonista de esta historia, lo que nos va a permitir conocerlo algo más. Poco antes del suicido de Naoko, Toru, que acaba de cumplir 20 años, se encuentra inmerso en un lodazal infinito del que le cuesta horrores salir, pero, como siempre, lo intenta (sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies). Deja la residencia y se va a vivir solo a un apartamento donde aspira a comenzar una nueva vida y le ofrece a Naoko que se vaya a vivir con él. Pero esa nueva vida no llega ya que Naoko empeora. Toru, después de pasar unos días hundido, reacciona y a través de unas palabras, no exentas de reproche, que le dirige a Kizuki, toma una decisión muy importante que explica muchos de los motivos de su proceder hasta ese momento: a diferencia de ti, he decidido vivir como es debido […] Todo lo que está ocurriendo procede de tu muerte: abandonaste a Naoko a su suerte. Yo, en cambio, jamás podré hacerlo, porque la quiero y soy más fuerte que ella. Y aún seré más fuerte. Maduraré. Me convertiré en un adulto […] Hasta ahora había deseado permanecer eternamente en los diecisiete o dieciocho años. Pero ya no lo pretendo […] He cumplido 20 años. Y debo pagar un precio por seguir viviendo. Watanabe comienza a salir del túnel de una eterna y dura adolescencia y se encamina hacia la madurez con paso firme. Finalmente, las pérdidas que sufre parece que le salvan ya que se enfrenta a ellas, las supera, y, una vez dejadas atrás, puede avanzar con su propia vida.

Pero la vida sigue poniéndoselo difícil y se queda muy solo, hasta Midori, ante su indecisión, se aleja de él una buena temporada y este alejamiento le hace llegar a la conclusión de que sin ella no puede seguir adelante. Watanabe lleva mucho tiempo queriendo a las dos, quizás de distinta manera (¿qué opináis?), pero sin ser capaz de dar un paso hacia Midori mientras espera a Naoko que nunca llega. Midori, dolida, se resiste a verle a pesar de sus llamadas, pero un día vuelve a aparecer y le confiesa, en un reencuentro que, como una maravillosa escena cinematográfica, transcurre en la azotea de unos grandes almacenes una tarde de lluvia, que está enamorada de él y que le va a esperar. Ante su hermosa y honesta declaración de amor, Watanabe, vencido por la evidencia, le pide que le dé tiempo ya que no sabe si quiere a Naoko o sólo siente responsabilidad (mi relación con Naoko no fue algo tan simple. Desde el principio estuvimos unidos en la frontera entre la vida y la  muerte) y necesita aclararse. Pero Toru, en ese encuentro, se ha dado cuenta de que ama a Midori de una forma irreversible, quizá desde hace ya mucho tiempo.

Una vez muerta Naoko, y después de su viaje al interior de sí mismo en medio de una naturaleza apabullante, Watanabe percibe que el amor que sintió, ¿que siente?, por ella no deja de dolerle. ¿Será, en parte, porque, como afirma al principio de la novela, Naoko jamás le amó? Una vez conocido el desenlace, ¿por qué creéis que lo dice? ¿Será porque Naoko no había dejado de amar a Kizuki y, finalmente, al escoger la muerte lo escogió a él? El mal que le ha hecho la vida a la joven está muy dentro de su corazón y la presencia de Kizuki lo ocupa casi todo. Éste fue su gran amor y al truncarse, unido a la fragilidad de Naoko, le impide entregarse a Watanabe y a la vida.

Todo lo que ocurre en esta novela, por nimio que sea, es importante y cumple una función, no hay nada casual o gratuito. Lo mismo ocurre con los personajes. Hay un juego interno entre ellos, complejo y lleno de dualidades y contraposiciones, ¿os habéis dado cuenta? Hasta los más secundarios cumplen un papel en la historia.

La “consejera” Reiko, la única adulta, juega un papel fundamental en el paso a la madurez de Watanabe (además parece que se sienten atraídos desde un principio). Con sus conversaciones, le ayuda a desprenderse de tanta muerte, a salir de su particular mundo irreal y del “pozo” en el que cae después del suicidio de Naoko. Ese hermoso y vitalista funeral privado compuesto de 51 canciones (la música es vida) funciona como un acto simbólico y catártico. Pero también Toru ayuda a Reiko. Cuando ésta le pide hacer el amor y él accede, sabe que le está dando un empujón para que ella pueda volver a la sociedad que ha abandonado. A través de la sexualidad (el sexo es vida), Reiko coge fuerzas para enfrentarse de nuevo al mundo real. Es el final de un largo proceso de crecimiento personal que la coloca de nuevo en medio de la pavorosa existencia. Estábamos vivos y teníamos que preocuparnos por seguir viviendo.

Hatsumi, la novia de Nagasawa, es otra alma sensible que pagará caro la elección de ese hombre egoísta que representa el triunfo a toda costa pese incluso a sí mismo. Watanabe, en su breve pero intensa, como todas, relación con ella, siente una corriente de afecto hacia esa mujer que le hace desear que sea su hermana (la deseada hermana mayor del hijo único), pero, sobre todo, siente, al recibir la fuerza que emana de ella, un intenso estremecimiento en su corazón que, años más tarde, descubre qué es: un anhelo adolescente que no había sido, ni sería, jamás colmado. Quiero resaltar la escena que la que terminan juntos jugando al billar, después de la incómoda cena a tres (Toru, de nuevo, sintiéndose de más como le ocurría con Naoko y Kizuki), en la que la dulce Hatsumi explota y reprocha a Nagasawa, con todo derecho, su no correspondida relación. Ella había sido una mujer excepcional. Alguien hubiera debido salvarla.

No quiero dejar de señalar el papel que la música y la literatura ocupan en el libro, y, en general, en toda la obra de Murakami. Las canciones que escuchan y los libros que leen o los autores que nombran, son parte importante que no hay que obviar. Banda sonora de lujo y referencias literarias, simbólicas a veces, que abren el libro a una lectura más profunda: El guardián entre el centeno, La montaña mágica, El gran Gatsby, Capote, Chandler, Updike, Dostoievski, Boris Vian

Queda claro que Watanabe a los 37 años lleva un peso dentro que no tiene resuelto, han tenido que pasar 18 años para que se decida a escribir lo que ocurrió con el fin de poder entenderlo y, en consecuencia, resolverlo. Teniendo esto en cuenta, ¿qué os parece el final de la novela? ¿Creéis que es un final abierto? Para mí está claro que se queda con Midori: Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito verte. Quiero empezar una nueva vida a tu lado, y que Midori, aunque no diga nada (aquel silencio recordaba a todas las lluvias del mundo cayendo sobre la faz de la Tierra), le acepta, porque ya antes de su viaje le ha dicho que le ama.

Me parece adecuado terminar con estas palabras que yo creo que resumen muy certeramente la esencia de esta hermosa novela: el conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso.

Y yo añadiría: existimos en la medida en que somos recordados.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios, que espero que sean muy numerosos, sobre esta última parte y sobre la novela en general. Disponéis de una semana para ello. Hay mucho que comentar ahora que hemos terminado esta triste y elocuente historia de aprendizaje no exenta de redención. También sobre el peculiar mundo murakamiano y sobre todo lo que queráis. Los rezagados o los que habéis estado “mudos” hasta ahora animaos a dejar vuestra opinión. ¡Nos “vemos” en el blog!

Como un cuervo atesorando pedacitos de cristal en el hueco de un árbol

5 May

熊野古道 #5 – Foto en flickr de Benjyamin. Algunos derechos reservados.

Continuamos en esta segunda parte con el alto voltaje emocional. Estamos en el epicentro de la novela y, con respecto al argumento de la historia, estos son, yo creo, los dos capítulos más importantes. En ellos se profundiza en las dos protagonistas femeninas, y en la relación que mantiene con ellas Watanabe, y se abordan dos de los temas claves de la historia: la muerte y la enfermedad, tanto física como mental.

En esta segunda parte la dualidad es casi total. El capítulo 6 se centra en la vida de Naoko (y Reiko) en la Residencia Ami, un “peculiar” lugar de retiro, completamente aislado en el campo, para personas con problemas mentales, un “mundo irreal” que Watanabe visita durante dos días. El capítulo 7 se centra en la opuesta Midori y en la relación que Watanabe va estableciendo con ella (¡cuánto bien le hace Midori!: doy gracias por haberte conocido. Tengo la sensación de que me he readaptado al mundo) en medio del bullicio de Tokio, el “mundo real” donde el padre de Midori está muriéndose en un hospital (magistral la lección que nos da Midori cuando afirma: hablar es muy fácil. Lo importante es limpiar la mierda o no hacerlo). El autor nos acerca a la enfermedad y a la muerte, a la otra cara de la vida, la que no queremos ver. Murakami nos la pone delante de los ojos como diciéndonos: mira, esto también existe, esto también es la vida.

Tokio blues no nos habla de alegres y despreocupados jóvenes satisfechos con la vida sino todo lo contrario, nos muestra la juventud como un proceso difícil lleno de incertidumbres y desasosiego en el que siempre se quedan muchas cosas por el camino.

Seguimos sin saber mucho de lo que siente Watanabe, sabemos que es solitario, que no le interesan mucho los estudios, que está confuso sentimentalmente y “tocado” desde el suicido de Kizuki, pero parece que le gusta poco hablar de sí mismo, que no se siente cómodo hablando de él. De alguna manera, el autor lo pone ahí con el fin de que todos los demás personajes le “utilicen” para sacar fuera todo lo que llevan dentro. Si os fijáis, en los diálogos, él es el que hace preguntas y los demás se extienden en largas respuestas y cuando le toca responder a él, es muy escueto, como si le costara encontrar las palabras. Hay un diálogo con Reiko donde Toru contesta a una pregunta que ella le hace: me gusta ir de excursión, nadar, leer. A lo que Reiko contesta: veo que te gusta la soledad. Por cierto, ¿qué opináis del personaje de Reiko? ¿Creéis que está metido con calzador o, por el contrario, pensáis que su presencia es clave, o al menos importante, para la historia? ¿Por qué creéis que nos cuenta con tanto detalle la historia de su relación con la alumna? ¿Pensáis que aporta algo a la historia central?

Respecto a los sentimientos que existen entre Watanabe y Naoko ¿Creéis que lo que siente él por ella es sólo amor o éste está teñido con una mezcla de responsabilidad y culpabilidad? ¿Y Naoko? ¿Qué siente ella por él? ¿Será que no puede amar? Recordad que al final del capítulo 1, Toru dice: porque Naoko jamás me amó. ¿Cuál creéis que es el problema de Naoko?

¿Qué opináis acerca del papel que ocupa el sexo en la novela? ¿Qué pensáis de esta forma tan explícita y desprejuiciada que tienen los personajes de hablar de él? ¿Os habéis fijado que el sexo no aparece normalmente asociado con el amor? Donde hay amor hay poco sexo y donde no hay amor hay mucho sexo. ¿Por qué creéis que esto es así?

En el trasfondo de la historia están las luchas estudiantiles de los sesenta. Murakami, a través de las opiniones de Midori y Watanabe, no es nada complaciente con ellas, calificando a sus protagonistas de cobardes e hipócritas. En el capítulo 7, ambos hablan críticamente de todo esto. ¿Qué opináis de su punto de vista?

El final de este capítulo, en el que Watanabe le escribe una carta a Naoko, nos permite conocer un poco más a nuestro protagonista. Es una carta sincera y triste, muy triste, pero también bellísima. Murakami en estado puro, en estado de gracia literaria, nos concede frases como estas: las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos […] no me había dado cuenta de que hablo mucho solo. Puede que, mientras me doy cuerda, no pare de murmurar todo el tiempo  […] pero hoy es domingo y esta mañana no me he dado cuerda  […] las tardes de domingo recuerdo un montón de cosas  […] domingos tranquilos, apacibles y solitarios. Los domingos no me doy cuerda.

Plazos

A algunos de vosotros no os está gustando mucho la novela, no conectáis con ella. A otros, por el contrario, os está encantando este mundo murakamiano. Y el resto todavía no habéis dejado vuestras opiniones. Me gustaría saber si los primeros habéis cambiado de opinión con la lectura de esta segunda parte, si habéis conectado algo más con ella. Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte. Espero que sean numerosos y espero que contestéis a mis preguntas. Mientras, continuaremos, a lo largo de una semana, con la lectura a partir del capítulo 8 (página 265) hasta el final de la novela. Termino con las hermosas palabras de nuestra compañera Panantel: puede que la novela nos ayude a encontrar nuestra luciérnaga, así que a seguir leyendo compañeros.

 

En mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos

28 Abr
Blue Hour over Tokyo. Foto en flickr de Schwarzkaefer. Algunos derechos reservados.

Blue Hour over Tokyo. Foto en flickr de Schwarzkaefer. Algunos derechos reservados.

Me encanta Murakami. Hace ya muchos años que lo descubrí y, desde entonces, se ha convertido en una adicción. Su lectura me hipnotiza, me emociona, me hace reflexionar y darme cuenta de lo que es verdaderamente importante en la vida. Para disfrutarlo sólo tienes que dejarte ir, abandonarte a su escritura, entrar en su mundo. Murakami no se queda en la superficie, va hasta el fondo, muchas veces de auténticos pozos (un importante símbolo en su literatura), y si vas de su mano, una vez que has pasado por todo tipo de experiencias, algunas muy duras, otras deliciosas, también extrañas, irreales, cargadas de simbolismos, sales, como sus personajes, convertido en una persona más sabia. Simplemente aprendes a conocerte mejor a ti mismo y al mundo. Él dice que se deja la piel escribiendo y yo creo que, nosotros, los lectores, tenemos que dejarnos también la piel leyéndolo. Más que leer, hay que vivir sus libros.

Tokio blues es un torrente de emociones y sensaciones ¿no os pasa al leerla que se os ocurren muchísimas cosas que comentar que luego son muy difíciles de trasladar al papel? Porque Murakami, a pesar de su estilo claro y sencillo, es muy complejo (y en esa manera sencilla de plasmar esta complejidad está su maestría) y es difícil abordar tantos temas esenciales que plantea. Así que, esta vez, voy simplemente a dejaros unas cuantas reflexiones sobre esta primera parte tal como me han ido surgiendo para que os animéis vosotros a dejar las vuestras.

Un Watanabe ya adulto se enfrenta a su pasado y siente que tiene que comprender lo que pasó. El paisaje, aquel prado en octubre, le grita: ¡vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí? […] Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

En Tokio blues encontramos los temas recurrentes en la literatura de este autor, sobre todo la soledad de sus personajes. Son seres que no comprenden demasiado el mundo que les rodea, lo ven desde fuera y acaban encontrándose (no en vano) con otros seres iguales de solitarios que ellos. Yo creo que son solitarios porque son personas diferentes, algunos están “deformados”, como se define a sí misma Naoko, otros tienen una visión peculiar de las cosas como Midori que, por otro lado, es la que más vive en el mundo real. Me encanta esta chica: honesta (todos lo son), natural, divertida, independiente, realista, valiente y fuerte. Pero peculiar. Y muy madura, como lo es también Watanabe. El impasible Toru que tan bien sabe escuchar a los demás pero, como le dice Naoko: sé que no puedo esconderme en mi caparazón y dejar que las cosas pasen. Y me da la impresión que tú haces eso. Midori es una superviviente, como Watanabe, pero ha sobrevivido con más frescura y vitalidad y Toru se siente atraído por ella a pesar de su amor por Naoko. ¿Qué pasará entre ellos? ¿Cómo manejará Watanabe ambos sentimientos encontrados? Quiero resaltar la maravillosa escena en la que Midori canta canciones a Toru subidos en el tejado de su casa mientras un incendio cercano pone en peligro sus vidas sin que parezca que a Midori le importe nada. ¿Qué opináis, por ahora, de los personajes? Además del triángulo protagonista: Watabanabe-Naoko-Midori, por ahora sólo han aparecido el ligón de Nagasawa y el “friki” Tropa-de-Asalto.

Como ya hemos dicho, esta novela no es tan simbólica como otras de él, pero en esta primera parte hay dos pasajes donde aparecen elementos simbólicos: el del pozo y el de la luciérnaga, ¿qué creéis que significan?

Otro aspecto a resaltar es que, aunque sus protagonistas son jóvenes, no se puede considerar a Tokio blues la típica novela juvenil sino todo lo contrario. En mi opinión es una novela madura, sólida. Las reflexiones, los diálogos (brillantes) así nos lo muestran. Sus personajes están perdidos, sí, pero intentan comprender, entenderse, buscar respuestas y salidas, incluso Naoko, la más tocada, que ya instalada en el  singular sanatorio donde se recluye y se tranquiliza, opta por una actitud analítica de su comportamiento. Incluso Naoko es madura.

Los personajes dan largos paseos sin rumbo por una inmensa Tokio, visitan muchos locales donde comen, toman un café, una copa… Tokio aparece como una ciudad bulliciosa, una urbe gigantesca, anónima, del todo ajena a los sufrimientos y zozobras de los personajes, el escenario perfecto e indiferente donde estos solitarios y perdidos protagonistas en busca de sí mismos están inmersos.

En las págs. 37-38 (cuyo contenido me parece clave en esta historia) Watanabe reflexiona sobre cómo le influyó el suicido de Kizuki, su único amigo: fui incapaz de hallar mi propio espacio en el mundo que me rodeaba.  Lo único que desea es marcharse de su ciudad y así lo hace, comenzando una nueva vida en Tokio donde su único propósito es tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y olvidar.  Pero no puede y las reflexiones acerca de la muerte son inevitables: hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. “Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella”. Sin embargo, a fuerza de reflexionar, llega a la conclusión de que la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella […] La muerte había estado implícita en mi ser desde el principio […] Cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí, y concluye: la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. […] Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte.  Y entonces se reencuentra con Naoko a la que parece que le ha pasado lo mismo. Naoko está tan sola como él pero mucho más desvalida, su mirada es de una trasparencia ausente y busca en el vacío las palabras que no encuentra. Ella misma define su desequilibrio: es como si tuviera el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando al corre que te pillo. En medio hay una columna muy gruesa y van dando vueltas a su alrededor jugando al corre que te pillo. Siempre que una parte de mí encuentra la palabra adecuada, la otra parte no puede alcanzarla.

Watanabe para calmar su contradicción camina, nada, bebe de vez en cuando una copa, escucha mucha música y, sobre todo, lee: leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaba de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus página, me sentía feliz.

Los libros, la música, la comida, el sexo. Todos temas muy murakamianos. Y temas mucho más serios como la soledad, el suicidio, la muerte y el desequilibrio mental tan importantes en esta novela. Espero vuestros comentarios sobre la presencia de todos ellos en esta parte.

Terminamos con la decisión de Watanabe, después de leer varias veces la extensa carta que Naoko le envía sincerándose con él, de ir a visitarla a la fuera-del-mundo “Residencia Ami”.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios y reflexiones sobre esta parte, y sólo sobre esta parte. Espero que sean muy numerosos. Disponéis de una semana para ello. A la vez, continuaremos con la lectura a partir del capítulo 6 (Pág. 125) hasta llegar al final del capítulo 7 (pág. 263).

Tokio Blues: Alto y desequilibrante voltaje emocional

21 Abr
3607429491_5f3ebd9bed_n

Haruki Murakami. Foto en flickr de La Tête Krançien. Algunos derechos reservados.

Haruki Murakami inició su carrera literaria en 1979 pero hasta que no publicó Tokio blues en 1987 era un escritor con ventas que no sobrepasaban los 100.000 ejemplares. Con esta novela le llegó la fama ya que ha vendido varios millones de ejemplares en todo el mundo lo que ha convertido al libro en un auténtico ‘best seller’. En 2005, la editorial Tusquets lo publicó en España y se repitió el éxito: ya va por la 32ª edición y continúan las ventas. Desde entonces Murakami es todo un fenómeno literario, casi una moda (algo que no es muy de su agrado). Sus millones de seguidores esperan con expectación la publicación de un nuevo libro y cada vez que esto ocurre se convierte en todo un acontecimiento. En español están publicadas trece novelas, cuatro libros de relatos, dos libros de ensayo y se acaba de publicar estos días su último libro, otro ensayo, titulado De qué hablo cuando hablo de escribir. Puede ser un buen momento para leerlo y conocer el universo de este interesante escritor.

Tokio blues difiere bastante del resto de sus obras. No tengo interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero decidí que, aunque sólo fuera una vez, iba a escribir una novela realista. Tokio blues fue un simple experimento. Personalmente, a mí me gusta esa novela, pero no he vuelto a leerla desde hace casi 20 años. De momento, no tengo ninguna intención de volver a escribir algo parecido. No tengo interés en el pasado. Ya no puedo sentir interés en el llamado estilo realista porque, si escribo una novela así, acabo aburriéndome, aclara. El escritor confiesa que le gusta crear historias que causen desconcierto en sus lectores y que se deja la piel cada vez que escribe una de ellas.

Para los que todavía no conozcáis el mundo murakamiano quizás sea ésta novela la mejor manera de iniciarse en su literatura ya que es menos compleja y simbólica que las restantes, aunque el traductor de la obra al inglés, Jay Rubin, sostiene que esta obra mantiene en grado importante la complejidad y el simbolismo característicos de la obra de Murakami, y que, por lo tanto,  no es simplemente una historia de amor como aparentemente parece.

Tokio blues es el relato conmovedor y agridulce de una educación sentimental y de las pérdidas que implica toda maduración.  La historia comienza cuando su protagonista, Toru Watanabe, escucha el tema de los Beatles que da nombre a la novela mientras está aterrizando en Hamburgo. Tiene 37 años y la canción le hace retroceder a una turbulenta e intensa época de su vida ocurrida dieciocho años atrás, a finales de los 60, en Tokio. La novela está narrada en primera persona por el propio Watanabe en forma de un largo y detallado flashback que evoca, con una gran carga nostálgica, aquellos años estudiantiles en los que conoció a Naoko, una bella chica inestable y muy especial, con la que inicia una peculiar relación.

Watanabe es un cruce entre un narrador protagonista y un narrador testigo ya que aunque sea el protagonista de esta historia, parece que está ahí para hablarnos de los demás personajes. Sabe escuchar, tiene una gran capacidad para comprender a las personas, apenas habla y cuando lo hace (ya sea en los diálogos o en sus reflexiones) revela, con gran honestidad, cosas realmente importantes, claves para entenderlo tanto a él como al resto de los personajes. El prudente, resignado, solitario y confuso Watanabe posee, a la vez, una extraña madurez y serenidad no muy propia de su edad. Casi todas las novelas de Murakami están narradas en primera persona y el narrador, y a la vez protagonista, suele ser un hombre con similares características, un álter ego en muchos aspectos del propio escritor.

Las dos protagonistas femeninas son dos mujeres totalmente opuestas: Naoko, la cara oculta, y oscura, de la luna y Midori, la que brilla con luz blanca. En medio, el prepotente y vanidoso Nawasawa y, sobre todo, Reiko, una mujer herida por la vida, y, al fondo, la omnipresencia ausente de Kizuki, el novio de Naoko y mejor amigo de Watanabe, cuyo suicidio a los diecisiete años llena a ambos de dolor e incomprensión ante el mundo. Quizá sea esta experiencia la que ha otorgado al protagonista una lucidez y vulnerabilidad que le hace percibir con una gran claridad el dolor propio y ajeno así como la madurez que se adquiere cuando uno se enfrenta con la muerte de un ser querido.

Murakami consigue con una gran maestría y un estilo sobrio, depurado, ágil e inquietante que la historia te envuelva y no puedas dejar de leerla. Las descripciones son muy detalladas, precisas y visuales. Aunque describe casi todo, no se explaya demasiado, va a la esencia, y, al contrario de lo que pasa con otras novelas, se puede perfectamente visualizar lo que describe. La novela está plagada de diálogos fluidos y rítmicos magníficamente construidos que poseen una gran verosimilitud en los que se pasa de lo prosaico a lo más trascendente con toda naturalidad y que va dejando toques de un fino humor. Los personajes son los que sostienen una historia en la que apenas hay acción, de ahí la importancia de los diálogos.

El amor, el sexo, la pérdida, la muerte (el suicidio) y la inestabilidad mental transitan por ese mundo de alto, y desequilibrante, voltaje emocional que de manera tan especial y con gran sensibilidad literaria sabe crear el autor. La mirada retrospectiva del narrador posee una evocadora melancolía y un tono nostálgico tiñe toda la novela de una tristeza existencial.

El título original en japonés es Noruwei no Mori, traducción del título de la canción Norwegian Wood de Los Beatles. En la novela aparecen diversas alusiones a la canción, que es la preferida de Naoko. La palabra japonesa “mori” sería el equivalente en español a “bosque”, no a “madera”, aunque en la canción se refiere a este significado (madera noruega). Los bosques y su simbolismo tienen una importancia destacada en la novela. El por qué se ha traducido en español por Tokio blues podría ser por las semejanzas entre este tipo de música y las características de la novela. Una historia triste escrita con un ritmo entrecortado como el blues. Un relato más de sensaciones que de acciones.

Os recomiendo que comencéis la lectura escuchando Norwegian Wood, la canción de los Beatles que da nombre a la novela y que refleja la importancia que la música, desde la clásica al rock, tiene en la obra de Murakami.

Otra de las características de la novela, y de la obra de Murakami en general, son las referencias a otros libros que están leyendo los personajes, sobre todo el  omnívoro lector Watanabe. Normalmente literatura occidental muy del agrado del escritor. En Tokio blues aparecen El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, El Centauro de John Updike (los dos libros favoritos del protagonista), La montaña mágica de Thomas Mann (cuya elección posee una gran carga simbólica de la que ya hablaremos) y Bajo las ruedas de Hermann Hesse. También aparece El guardián entre el centeno de Salinger. Y es que Toru Watanabe podría ser perfectamente Holden Caulfield unos años más tarde. De hecho Reiko le dice en un momento: Hablas de una manera muy especial […] ¿Estás imitando al protagonista de “El guardián entre el centeno”?

La novela fue llevada al cine en 2010 por el director vietnamita Tran Anh Hung. Yo no la he visto todavía. Me parece un buen momento para hacerlo. ¿Alguno la ha visto y nos puede contar? Podéis ver el tráiler y ponerles cara a los personajes. También os dejo un vídeo con una escena de la película donde Reiko toca a la guitarra “Norwegian Wood” ante Watanabe y Naoko y otro más con escenas de la película mientras suena la canción She brings the rain interpretada por el grupo alemán de finales de los años sesenta Can.

Adjunto sendos enlaces, uno a la página de Facebook dedicada a Murakami y otro a la página que le dedica la editorial al autor.

Como un intento de acercamiento al mundo Murakami os dejo algunas declaraciones hechas por el autor sobre su obra y su proceso de creación. ¡Qué mejor para poder entenderle que dejar al propio Murakami que hable!

Soy un nadador, me gusta y sé me da bien, pero no sé explicar lo que hacen mis brazos o mis piernas cuando estoy en el agua. Con la escritura pasa lo mismo, sé hacerlo pero no describir cómo lo hago. Escribo como nado.

Mis historias brotan de algún rincón profundo y misterioso de mi mente. No tengo un mapa o una linterna para rastrear esa extraña fuente, solo puedo divisarla de forma muy vaga. Para mí escribir es explorar la naturaleza de este lugar oscuro, que no maligno, donde conviven elementos enigmáticos, positivos y negativos, ambiguos y nacidos del subconsciente.

Cuando escribo abro la puerta a otra habitación y me encierro en ella, voy al otro lado. No puedo escribir de forma realista porque la ficción me obliga a entrar en esa otra habitación, que es muy oscura, silenciosa y en la que soy testigo de multitud de cosas extrañas, salvajes y surrealistas. Cuando escribo, desciendo a las profundidades de mi mente. Cuanto más bajo, más peligroso resulta. Debo ser fuerte para enfrentarme a las criaturas, a las imágenes y a los sonidos que moran ahí; necesito valor para atreverme a abrir puertas que me provocan mucho miedo. Sé que suena esquizofrénico. Ir de un mundo al otro es delicado y hay que hacerlo con cuidado porque el precipicio está muy presente. Por fortuna, soy un escritor y puedo ir y regresar a mi antojo, mientras que hay gente en la vida real que se extravía fatalmente. Todo el mundo tiene la capacidad de plantarle cara a sus obsesiones, pero solo una minoría se atreve.

Del jazz he aprendido tres lecciones que luego he aplicado a mis libros: ritmo, armonía e improvisación.

A mí siempre me ha interesado la gente que ha sido arrojada fuera de la sociedad, aquella que ha sido retirada o apartada.

Mis personajes siempre acaban encontrando una vía o una solución para superar sus problemas, pero por el camino tienen que sufrir y enfrentarse a la oscuridad, a la maldad, a la extrañeza y en ocasiones incluso a la violencia.

Soy un escritor, mi trabajo es escribir, no hablar. Además, deseo permanecer en el anonimato, poder viajar en el metro de Tokio sin que me reconozcan.

Aún no sé grandes cosas acerca de mí mismo. He estado escribiendo mucho con el objetivo de conocerme, pero he avanzado poco. En última instancia, me dedico a la ficción para saber quién soy, qué hay dentro de mi cabeza. Cada nuevo libro es una forma de conocerme, pero el proceso es lento. Sigue habiendo tanta oscuridad que la batalla se promete larga. 

Soy japonés, escribo en este idioma y mis novelas se desarrollan la mayor parte de las veces en este país. Pero soy un individuo. Sólo un hombre libre.

Para terminar, unas palabras de la escritora mexicana Guadalupe Nettel sobre Tokio blues: es una de esas novelas densas e imprescindibles que se beben como un Cutty Sark una de esas noches en que la vida resulta insoportable.

Bienvenidos al inquietante universo murakamiano. Para muchos lectores leer a Murakami es convertirse en seguidor incondicional de este autor.

Plazos

Vamos a dividir la lectura en tres partes. La primera, que leeremos a lo largo de una semana, nos llevará hasta el final del capítulo 5 (página 123).

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: TOKIO BLUES de HARUKI MURAKAMI

11 Abr
Tokio-blues

Portada de la novela “Tokio blues” de Haruki Murakami. Tusquets editores.

Nos vamos a Japón de la mano del exitoso escritor Haruki Murakami (Kioto, 1949). Y lo hacemos con la novela que le dio la fama: Tokio blues (O Norwegian Wood, su título original, tomado de una conocida canción de Los Beatles) publicada en Japón en 1987 y en España en 2005. Es probable que algunos, o muchos, de vosotros la hayáis leído. Si es así, será un buen momento para hacer una relectura que os permita profundizar en ella ya que el propio Murakami dice que sus libros es mejor leerlos varias veces para poder captar en su totalidad el complejo e inquietante mundo que habitan sus historias.  Toda relectura enriquece la anterior. Para los que no hayáis leído todavía nada de el escritor japonés es una buena ocasión para conocer su obra. Y creo que está bien empezar por esta excelente novela.

Tokio blues es la novela “más normal” de Murakami pero aun así contiene elementos propios de su mundo. Murakami cuenta que la escribió porque quiso enfrentarse al experimento de escribir una novela al uso ya que sus anteriores novelas, “más raras” en las que mezcla el mundo real con otro sobrenatural, eran sólo leídas por una minoría. Después de ella, y de alcanzar el éxito que le ha llevado a ser un escritor muy leído en todo el mundo, volvió a su estilo original. Pero el éxito no le ha abandonado y cada  novela suya se convierte en un “best seller”.

Advertencia: Murakami – al igual que los Beatles – produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo. Rodrigo Fresán, “El País”.

A partir de mañana miércoles 12 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Disponéis de una semana para ello. Los que vivís fuera también contáis con una semana para conseguir el libro editado por Tusquets.

Nos encontraremos aquí en dicho plazo para empezar a leer Tokio Blues. Espero que os agrade la elección. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Mahi Binebine, y si la Semana Santa os lo permite, podéis hacerlo a lo largo de estos días.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Los caballos de Dios. Gracias.

Nos condujo en derechura a la muerte, la nuestra y la del prójimo a quien se supone que amamos

2 Abr
4174466216_ce0d4b39bc

Foto en flickr de Pasi H. Algunos derechos reservados.

Esta segunda parte en la que hemos dividido la lectura comienza con la llegada de Abu Zubeir a sus vidas. Hay ya un adelanto en la página 69: Muertos por culpa de esos a quienes habíamos conocido en el Garaje y a los que Abu Zubeir llamaba el “emir y sus compañeros”. Ah, la historia de esos ya os la contaré luego. Eran cuatro, venían de los poblados de chabolas vecinos para llevarnos por el buen camino. Se sabían el Corán de memoria y las palabras del Profeta como si hubieran vivido en su entorno. Nos acomplejaban. Exacto, los acomplejan, y los culpabilizan, porque ellos no son nada religiosos. Primer paso del camino hacia el Paraíso. Al principio del capítulo 10 podemos encontrar una explicación de por qué se dejan convencer ellos que no son nada religiosos y que algunos de vosotros habéis resaltado: Abu Zubeir nos mintió cuando nos prometió un acceso directo al paraíso. Decía que la gehena que nos correspondía ya la habíamos cumplido en Sidi Moumen y que, en consecuencia, no podía sucedernos nada peor. Más aún, la fe que él nos iba insuflando día a día forjaba el escudo que nos iba a permitir cruzar por los siete cielos para alcanzar la luz […] Abu Zubeir nos glorificaba así en pro de la perennidad del combate contra los infieles. Al mirar nuestros retratos, otros chiquillos soñarán con la justicia y el sacrificio.  Alcanzar la luz, la gloria, la justicia de acabar con los infieles… Para ellos esa meta tan alta bien compensa el sacrificio de sus vidas que nada valen, que ni ellos valoran. Es fácil convencerlos. Vidas transcurridas en la más absoluta de las miserias y conviviendo a diario con la muerte de otros que a veces ellos mismos provocan y a la que, por tanto, ya le han perdido el miedo.  Si a eso le añadimos las cintas de vídeo de los mártires palestinos o chechenos que les hacen ver continuamente para que se contagien del “heroísmo” de esas personas, el camino ya está casi hecho. Ser un elegido, ¿qué mayor gloria puede haber para ellos? Pero Yashin, que nos habla desde el purgatorio, o directamente desde el infierno, ya no se engaña y sabe que el camino recto prometido por Abu Zubeir nos condujo en derechura a la muerte, la nuestra y la del prójimo, a quien se supone que amamos. En derechura hacia una pared ciega a la que rodea la nada, donde no hay sino arrepentimiento, remordimientos, soledad y desconsuelo.

En el Garaje se sienten a gusto. Abu Zubeir posee una luz especial, parece leerles el pensamiento, sus palabras les dan paz mientras va introduciéndoles en la oración. El primero que se va a relacionar con él es Hamid, curiosamente el peor de ellos, el más violento, el menos religioso, el que fuma hachís continuamente. Se siente fascinado por el emir y deja de interesarle todo lo que no sea estar con él: había comenzado a rezar cinco veces al día. La metamorfosis era total. Abu Zubeir le consigue un trabajo en una zapatería de la ciudad (algo que irá haciendo con todos los demás. Dignificarles, y atraerles más a él, a través de un trabajo). Yashin le echa de menos, ni le reconoce. Su captación ha sido total y les abruma con sus diatribas acerca del complot americano-sionista cuyo fin era intoxicarnos, depravarnos y sembrar arteramente el vicio en todos nosotros. Hamid va a ir convenciendo a los demás poco a poco. Sobre todo a su hermano que lo sigue adorando. Yashin y Nabil viven juntos en la chabola como si fuesen un matrimonio, trabajan como mecánicos, su vida ha mejorado notablemente. Más tarde se les unirán Azzi y Fuad. Ghizlene les visita de vez en cuando y les hace ricos cuscús. Ya no juegan tanto al fútbol pero siguen reuniéndose todos en la chabola: era una época bendita en la que todo parecía irse construyendo como por arte de magia. Poco a poco a todos les va yendo mejor gracias a la ayuda económica del emir. Así que un día, Hamid les convence de que vayan a las clases que Abu Zubeir da en el Garaje: así empezamos a resbalar por una sombría pendiente hacia un mundo que no era el nuestro. Un mundo nuevo en el que nos íbamos a hundir poco a poco y que acabaría por tragársenos para siempre.

Abu Zubeir opera con cuatro más: Zaid, Nuseir, Ahmed y Reda. El de más edad, y sin duda el más erudito, Zaid, sólo tiene veinticinco años: le podíamos preguntar lo que fuera; nos contestaba, o, si no estaba seguro, nos traía la información exacta a la mañana siguiente. Tenía una voz grave y dulce, una mirada afable, y le ponía siempre la mano en el hombro a quien fuera con él, en señal de fraternidad. Son como padres para ellos, tienen muchos conocimientos y además les tratan con cariño. Poco a poco les van introduciendo en la oración, obligatoria para conseguir cualquier otra cosa que les atraiga mucho más, sobre todo las artes marciales que es lo que utiliza Zaid para atraparlos: habíamos dejado de beber alcohol porque ya no nos atrevíamos. Quizá un porro de vez en cuando, pero a escondidas. Ahora en la chabola lo que hacen es rezar en grupo, oír casetes del Corán y recibir a sus nuevos amigos: el emir y sus compañeros eran personas sencillas. Nos hacían el honor de venir a casa y nos colmaban de luz y de paz […] aquello era como una victoria sobre la mediocridad de nuestras vidas menores. Bebíamos sus palabras porque las entendíamos. Había conseguido (Abu Zubeir) devolvernos nuestro orgullo con palabras sencillas […] ya no éramos unos parásitos, unos deshechos de la humanidad, unos mindundis. Éramos limpios y dignos y nuestras aspiraciones hallaban eco en mentes sanas. Teníamos quien nos escuchase y nos guiase. La lógica había ocupado el lugar de los golpes. Le habíamos abierto la puerta a Dios y Él había entrado en nosotros. Se habían acabado las idas y venidas frenéticas de acá para allá, perdiendo el tiempo, los insultos y las peleas idiotas […] Sabíamos que los derechos no se regalan, sino que se arrebatan. Y estábamos dispuestos a todos los sacrificios.  En palabras de Mahi Binebine: estremece ver cómo se aferran a una disciplina, la primera con la que se han encontrado en su vida.

Ghizlane es la única que se da cuenta de lo que está pasando. Le dice a Yashin que ha cambiado y que ha abandonado a sus padres: me limitaba a decirle que Dios era grande y que Él acabaría por arreglarlo todo. Ella decía que Dios no pintaba nada en esto y que los padres, incluso los malos padres, eran sagrados. Mi-Lala afirmaba que el paraíso estaba bajo los pies de las madres y que para llegar a él había que arrodillarse y besar las plantas de esos pies todas las mañanas. Ghizlane decía que la barba me endurecía la expresión y que me sentaba fatal. Pero ellos siguen su camino, todos intentábamos imitar al emir, dejan sus trabajos porque las veladas en el Garaje les ocupan casi todo el día, se aprenden el Corán de memoria y llegan a la conclusión de que no había más salvación que la yihad. Dios nos la pedía. Estaba escrito, y muy claro, en el libro de los libros. Abu Zubeir les va introduciendo cada vez más en su círculo más íntimo, la televisión estaba puesta en una cadena que transmitía en bucle matanzas de musulmanes. Y puedo aseguraros que nos hervía la ira por dentro […] Abu Zubeir decía que había que reaccionar. El Profeta no habría tolerado tales humillaciones […] yo notaba que me subía una quemazón desde el vientre que me incendiaba los ojos. Me retorcía las tripas un deseo de venganza. Estábamos de acuerdo en lo de lavar con sangre nuestro honor perdido. Y poco a poco los van convenciendo de que sus armas son ellos mismos: ¡Nadie puede contra un hombre que quiere morir! Devolverle sus vidas a Dios porque Él se lo pide. Para ellos, después de un camino largo de “comedura de coco” inteligente, está muy claro.

¿Creéis que está logrado este camino de captación? ¿Es creíble? Contestad intentando poneos en su piel aunque sea difícil. Que la balanza no oscile ni a un lado, el del entendimiento y justificación total, ni al otro, el de no entender que no pudieran haber reaccionado de otra manera. Intentemos encontrar las razones justas y equilibradas para su proceder, si es que las hay. Y también comentad si el autor logra hacernos creíble el camino que lleva a estos chicos al horror de convertirse en terroristas suicidas.

Los llevan de vacaciones a las montañas, a Dayet Aoua. ¡Qué maravilla poder salir de Sidi Moumen! ¡Y de la ciudad! Una semana para recompensarlos de su dedicación a Dios y a las clases. Ven el mar por primera vez desde el minibús: era un espectáculo único. Ese aire nuevo me había trastornado. Olía de una forma rara. Me dieron escalofríos al mirar el infinito, azul plateado, y el sol blanco que flotaba por encima. Esas vacaciones serán inolvidables, quizás lo más maravilloso que les haya pasado jamás. Les enseñan a manejar la faca, combaten, hacen deporte, corren por los caminos, se bañan en el lago, rezan, escuchan las peroratas del emir sobre glorias pasadas y la lucha que les espera.

Y por fin llega el terrible día. Hamid se lo dice a su hermano: no tenemos elección. Asentí, porque alguien tenía que sacrificarse. Era la primera vez que le leía el espanto en la cara a mi hermano. Ninguno se niega a morir, sin embargo, eso de morir no era ninguna tontería. Cada uno tiene sus razones. Y al fondo de todas ellas están las de convertirse en un mártir y entrar en el paraíso. Desde la nube en que me hallaba, aquello me parecía algo así como un juego; el de la vida y la muere trenzadas sin sospecharlo. Pero en Sidi Moumen la pelona formaba parte de nuestra vida cotidiana. No asustaba tanto. La gente llegaba, se iba, vivía o moría sin que en la ecuación de nuestra miseria cambiase nada […] La muerte, omnipresente. La habíamos adoptado. Vivía en nosotros y nosotros vivíamos en ella […] La muerte era nuestra aliada. Nos servía y la servíamos […] Estaba a solas con ella y no tenía miedo. Había desplegado las alas negras alrededor de mi cuerpo febril y yo me había sometido. Solo pensaba en la dicha de obedecer. Era esclavo suyo, y feliz por pertenecerle. La muerte pensaba por mí  […] Estaba dispuesto a darle los caprichos que quisiera con tal de que me permitiese abrazarla. Aferrarme a ella y salir volando los dos. Cruzar los siete cielos y renacer en otra parte, lejos […] No, no quería volver a ver esas máquinas monstruosas volcar encima de la infancia sus desechos y sus vómitos […] No, nadie puede nada contra un hombre que quiere morir. Y yo lo quería ardientemente. Transcribo las palabras de Yashin porque lo dicen mejor que nadie podría decirlo. Logra poner poesía en la tragedia tan terrible a la que se dirigen. No es casual que el alto voltaje poético se crezca en estos momentos finales, los más duros. Imposible no transcribir tampoco su despedida de Ghizlane: Te quiero infinitamente, pero me voy, amor mío, porque no tengo elección. ¿Hasta cuándo se puede soportar la humillación de haber nacido en Sidi Moumen? No hay vuelta de hoja, voy a morir. Te vengaré de quienes saquearon tu infancia y enviscaron tus sueños en el barro. Les haré pagar a tocateja los años de esclavitud que nos impusieron. Padecerán igual que padecimos nosotros. A todos esos colaboracionistas que se portan como avestruces les alzaré la cabeza y los degollaré como a corderos.

Sí, fue una escabechina, un infierno. Fue el fin del mundo.

Para terminar os dejo con unas palabras del escritor Isaac Rosa que quiero utilizar como disparadero de vuestras reflexiones: Quizás la línea que Binebine traza entre el origen miserable y el terrorismo sea demasiado recta, sin meandros que darían más complejidad al asunto. O quizás es que la realidad es así de simple, y hay cada vez más desgraciados para quienes “no hay más salvación que la yihad”. Ahí queda la discusión que esta interesante novela propone.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios, que espero que sean muy numerosos, sobre esta segunda parte y sobre la novela en general. Disponéis de una semana para ello. Podéis seguir comentando al hilo de las opiniones, argumentaciones, dudas que habéis ido dejando en la primera parte. Hay mucho de lo que hablar ahora que ya hemos terminado esta estremecedora novela, narrada magistralmente, que no creo que deje indiferente a nadie.

Rondo como un fantasma forastero por el reino de mis recuerdos de la infancia

26 Mar
8015251690_e85cbac10d_n

Fantasma. Foto en flickr de La chica de las medias de rayas. Algunos derechos reservados.

Un paseante podría bordear nuestro poblado sin sospechar ni por un momento de su existencia. Con estas simbólicas palabras comienza la novela. Simbólicas porque se refieren no sólo a la barriada de Sidi Moumen donde viven nuestros protagonistas sino a ellos mismos encerrados dentro de un muro imponente de adobe. Nadie los ve por lo tanto nadie va a saber nada de sus vidas, de sus deseos o esperanzas. No existen. La mayoría no ha salido nunca del poblado, viven en ese micromundo. Enseguida vamos a saber que nuestro protagonista, la voz narrativa, Yashin, está muerto: No me quedé mucho tiempo en la vida, porque en la vida no había gran cosa que hacer. Y tengo empeño en decirlo sin más demora: no lamento haber terminado con ella. No echo de menos ni poco ni mucho los puñeteros dieciocho años que me tocó vivir […] En fin, me alegro de estar lejos de las chapas onduladas, del frío, de las alcantarillas reventadas y de todos los miasmas que anduvieron por mi infancia.

Yashin nos va introduciendo en su vida, en su familia con la omnipresencia de Yemma, la madre, a la que adora, y de su hermano mayor, Hamid, su ídolo y su protector: de todos los rebuscadores del vertedero, puedo decirlo sin presumir, mi hermano Hamid era el que más valía. Tenía algo así como un sexto sentido para encontrar la perla de valor. Su olfato animal, al que se sumaba una inteligencia precoz, lo hacía, de entrada, superior al conjunto […] A mí me fascinaba mi hermano Hamid. Me protegía. También me mimaba. Podía ponerse violento si alguien se metía conmigo. Pronto vamos a descubrir que Sidi Moumen es una “ciudad sin ley” donde puedes matar a alguien sin que nadie se entere y sin que nadie lo busque enterrándolo en el vertedero y pensando todos que había huido de la barriada para buscarse la vida en la ciudad, un lugar donde la violencia es omnipresente, donde crecen con sus propias leyes: Sí, a veces mi hermano era injusto. Y eso que me quería. Habría hecho lo que fuera por mí.

Yemma es el alma de esa familia de once miembros, la mujer más limpia y la más previsora con quien me haya topado jamás […] pendiente de todos, nos cuidaba como una gallina a sus polluelos. El padre, Magdul, al que casi nunca llama por su nombre, al contrario que a su madre, es un hombre que había decidido hacerse viejo antes de tiempo, sentado a lo moro en su rincón, pasando sin parar las cuentas del rosario de ámbar. El antiguo obrero de las canteras es como un cero a la izquierda sin ninguna autoridad, sin hablar siquiera, todo lo contrario de Yemma que ayuda a todo el mundo: tenía un corazón de oro. Parecía cargar ella sola con todo el desvalimiento de Sidi Moumen. A Yashin le cuesta imaginarse otra relación entre sus padres diferente a la que contempla todos los días: me costaba imaginarme a mi padre en el mundo de los vivos y a Yemma como una mujer enamorada.

A continuación le toca el turno a sus amigos que son como su familia si no más importantes. El hermoso Nabil, su mejor amigo, cuya belleza la había sacado de su madre, Tamu, una puta que había decidido consagrar sus encantos a los ociosos de Sidi Moumen y que es respetada por todos  porque  vuelve locos a los hombres y también desempeña ocasionalmente el oficio de cantante en las diversas celebraciones del barrio. Los dos inseparables amigos trabajan para Hamid recogiendo cosas en el vertedero y se han construido un refugio, un chamizo donde poder estar solos, aunque más tarde se convertirá en el cuartel general de todos, y soñar con una vida más allá del muro de adobe. Pero también aman a su barrio: no me da vergüenza deciros que a veces fui feliz entre esos escombros repugnantes, en las basuras de esa cloaca maldita, sí, fui feliz en Sidi Moumen, mi tierra.

De todas las Estrellas de Sidi Moumen, sólo Fuad tuvo la oportunidad de asistir a la escuela, que estaba a unos cuantos kilómetros del poblado de chabolas. Quizá porque su padre es el almuédano, guardián e imam de la mezquita. Y quizá también por ese motivo no deja jugar al fútbol a Fuad, aunque él se escapa porque su único sueño es jugar al fútbol con nosotros.  Luego, cuando su padre le pilla le dará una paliza. Toda la vida de estos chicos gira alrededor del equipo de fútbol y los partidos memorables que juegan en el vertedero. No son religiosos: cuántas veladas pasamos en aquella chabola, acurrucados unos contra otros oyendo los cánticos del Atlas Medio y los ritmos endemoniados de Nass el Ghiwan… ¡Cuántos porros nos fumamos y cuantas historias rocambolescas soñamos allí. A los catorce años Fuad se queda huérfano de padre y se convierte en cabeza de familia, lo cual tiene sus ventajas porque ya no recibirá las palizas de su autoritario padre y dejó en el acto de ir a la escuela y encargó que le hicieran un puesto con ruedas donde empezó a vender los dulces que cocinaban su madre y su hermana Ghizlane. Maduró de golpe.

Las Estrellas de Sidi Moumen tienen muchos rivales, otros equipos de las barriadas, con los que juegan partidos: nos reuníamos los domingos en el vertedero para celebrar encuentros legendarios que solían terminar en combates de gladiadores. Peleas inmisericordes de las que regresábamos todos más o menos descalabrados. Sin embargo, no podíamos por menos de repetir la semana siguiente. Necesitábamos enfrentarnos, pegarle golpes a un balón o a la cara de alguien. Nos servía de desahogo.

Ali es hijo de un carbonero tacaño que explota a su hijo y que cuando sospecha, cosa muy frecuente, que le ha robado dinero le pegaba con todas su fuerzas hasta hacerlo sangrar […] Como muchos de nosotros, había domesticado esos golpes. Ahora ya formaban parte integrante de su vida, igual que la amargura de la humillación, igual que la fealdad que nos rodeaba por todas partes, igual que ese condenado destino que nos había entregado, atados de pies y manos, a estas ruinas innominables.

Jalil es con el que menos afinidades tiene Yashin: nos pasábamos la vida peleándonos en el campo. Y, a veces, fuera del campo. Jalil es defensa en el equipo  y Yashin el portero por lo cual necesita del buen hacer de Jalil: tengo empeño en rendir público homenaje a ese muchacho de talento. El motivo de sus peleas quizá fuera que Jalil no había nacido en Sidi Moumen y por ese motivo los mira por encima del hombro, aunque Yashin piensa que debía de ser más desdichado que la mayoría de los granujas de la zona. Nacer entre el barro es más tolerable que verse en él sin remedio ya con cierta edad […] era indudable que tuvo que padecer esa caída. Las callejas más sórdidas de la medina valen mucho más que nuestro poblado de chabolas. El milagro de Sidi Moumen es que todo aquel que fracasa en la ciudad o viene de una pobreza mayor que la del poblado de chabolas se adapta con gran facilidad a su nueva vida en la barriada: se meten en el molde de una derrota resignada, se acostumbran a la mugre, echan por la borda la dignidad, aprenden el arte de la chapuza y a remendar la existencia […] Ahí están y sueñan. Saben que anda rondando la de la guadaña y que se mete primero con los que han dejado de soñar. Pero ellos no tienen intención de morirse. Se apiñan hombro con hombro, se apoyan. Jalil acaba adaptándose a su nueva vida y los demás le aceptan. Deja de ir a la escuela y se hace limpiabotas. Es el único que va a la ciudad y, cuando están todos reunidos en el refugio, les cuenta sus andanzas. Una ciudad que los demás no conocen. El otro lado. La otra vida soñada.

Ya conocemos a la pandilla, a los protagonistas de esta historia. Son una familia: si uno de nosotros se encontraba con un marrón, los demás se presentaban como un solo hombre para sacarlo del apuro. Se apoyan, se quieren, comparten su vida, el fútbol, las peleas, las risas, los sueños. Tienen su refugio para reunirse y dar rienda suelta a la alegría a través de los porros, la música y el baile. Nabil siempre se lanza a bailar imitando a su madre. Al bello Nabil de pelo castaño ensortijado, piel blanca y ojos claros lo arrastraba una ola poderosa y secreta. Una noche, después de ganar un partido a su mayor rival, van todos a celebrarlo al refugio: porros, café, alcohol, música y Nabil eufórico contoneándose: estábamos en un mundo irreal, lejos de la basura y de la mugre, lejos de la miseria y de los fantasmas que rondan por ella. Lo único que contaba era esa sensación de ser invencibles en que estábamos sumergidos todos. Éramos los reyes del mundo. Borrachos, bebiéndonos las nubes, dando palmadas y vociferando de dicha. Nabil giraba tanto sobre sí mismo que la gandura se inflaba. Echaba miradas provocativas y daba más y más vueltas. Luego, igual que un paracaidista en el centro de su tela, se desplomó y cayó al suelo desmayado. Habría podido jurarse que un ángel enamorado y celoso había intrigado para que ocurriera esa caída.

Lo que ocurre a partir de ahí es que todos, empezando por Hamid, van a violar al inconsciente Nabil. Sólo Yashin está escandalizado: yo me había vuelto para no ver ese espectáculo desolador del que no oía sino jadeos mezclados con las canciones de Nass el Ghiwan. Cuando le toca el turno en vez de salir corriendo de ese lugar maldito del que se había adueñado Satanás se queda dudando porque teme que le tomen por un marica (¡!) y se acerca a Nabil sudando y llorando. Le salva que éste se despierta en ese momento. Todos se van avergonzados mientras Yashin le baja con delicadeza los faldones de la gandura. Respecto a este tema, os transcribo las palabras de Mahi Binebine en una entrevista concedida a “La Razón”: Tenemos una cultura en la que las mujeres deben permanecer vírgenes, a pesar que estamos en 2015. Todavía hay mujeres que pueden ser repudiadas si el día de su matrimonio se descubre que no son vírgenes. El resultado es que las familias protegen mucho a las niñas. Eso ya no sucede tanto en las grandes ciudades, pero en el campo y en los barrios de chabolas sí es una costumbre muy arraigada. Así que los chicos se las apañan entre ellos como pueden, y a lo mejor las chicas también, quién sabe. Introduje el elemento sexual en la historia porque me gusta meter el dedo en todo aquello que no sea tabú y decir: “No es tan grave”.

A continuación viene un “flashforward” o prolepsis en el que vamos a asistir al entierro de Yashin visto por él mismo: una muerte casi sin cadáver, porque el mío lo recogieron con cucharilla. Lo irónico es que enterraron conmigo unos restos de Jalil […] Henos aquí reposando juntos en el mismo cuadrilátero, a la sombra de un azufaifo, al fondo del cementerio,  nosotros que nos llevábamos tan mal. No nos ha correspondido plegaria alguna porque en las tumbas de los suicidas no se reza. Aún estoy viendo a mi padre, a mis hermanos y a los más arrojados de las Estrellas de Sidi Moumen alrededor del agujero donde acababan de meterme. Yemma, o más bien lo que quedaba de ella, que ha desaparecido el día que le comunican la carnicería que mi hermano Hamid, yo y otros terroristas habíamos hecho en la ciudad; las decenas de muertes inocentes, los considerables daños materiales, el pánico en todo el país, aparece en el cementerio. Ese ser andrajoso que andaba descalzo por el paseo invadido por zarzas, despeinado, con la mirada ida, allí en medio del recinto, era desde luego mi buena y anciana madre. Venía a despedirse de nosotros. Transgrede la tradición inmutable de que las mujeres no entren en el cementerio los días de entierro. Se hace un silencio inmenso y todo el gentío se abre para dejarla pasar hasta el borde de la tumba de su hijo Yashin mientras masculla un versículo del Corán. Así fue como una mujercilla de nada, que algunos tomaban por loca, consiguió imponer a los hombres un entierro digno para sus hijos. Sobrecogedor todo el capítulo.

No, no hubo solo momentos sombríos en Sidi Moumen. También me correspondió mi parte de felicidad. Una prueba: mi historia de amor con Ghizlane, la hermana pequeña de Fuad. Con esta hermosa historia termina la primera parte en que he dividido la lectura. Si existió algo por lo que habría renunciado al “adiós”, ese algo era desde luego mi amor por Ghizlane. Y pensar que se podrían haber ahorrado varias vidas si ella me hubiera retenido. La mía para empezar, y luego las de los demás; esos a quienes no conocía y me llevé en el morral, igual que un cazador furtivo […] En vida, no habría sabido describirla como ahora. No me enseñaron palabras para nombrar la belleza de los seres y de las cosas, la sensualidad y la armonía que los ensalzan. Y resulta que este fantasma enamorado que soy ahora siente la necesidad fútil de explayarse. De contar por fin esta historia que rumia mi pensamiento desde el día de mi muerte. Os dejo a vosotros que os explayéis como Yashin sobre Ghizlane, esta sensible, risueña y profunda muchacha y su incipiente y truncada historia de amor.

Plazos

Ahora sí ya es hora de vuestros comentarios sobre esta primera parte y sólo sobre ésta 😉 Disponéis de una semana para comentar todo lo que consideréis interesante. ¡Espero que sean muchos los comentarios! La novela lo merece, desde los personajes, sus vidas, la barriada, la voz narrativa, el estilo, los acontecimientos que se suceden… A la vez que comentamos seguiremos leyendo la novela desde el capítulo 10 (pág. 85) hasta el final de la novela.

 

Los caballos de Dios: una novela necesaria

18 Mar
Étoiles

Étoiles. Foto en flickr de DocChewbacca. Algunos derechos reservados.

El título original de Los caballos de Dios es “Les Étoiles de Sidi Moumen”, Las Estrellas de Sidi Moumen, el nombre de un equipo de fútbol que han montado un grupo de chavales en su barriada a las afueras de Casablanca para no morirse de asco. Yashin, Hamid, Nabil, Fuad, Ali y Jalil son los protagonistas de esta historia de ficción total y realidad total en palabras de su autor, Mahi Binebine. La realidad es que el 16 de mayo de 2003 se produjeron en Casablanca varios atentados en los que murieron 45 personas, entre ellos 12 de los 14 terroristas suicidas que los provocaron, y resultaron heridas cien personas. El mayor atentado yihadista ocurrido hasta la fecha en Marruecos. Estos muchachos, entre 20 y 23 años, en conexión con Al Qaeda, hicieron estallar los cinturones de explosivos que portaban en diversos puntos de la ciudad.

La ficción nos narra la vida de seis de estos chicos en el inmenso barrio de chabolas de Sidi Moumen donde se hacinan cerca de 300.000 personas. Un poblado que rodea a un basurero del que sacan el sustento sus habitantes con muy pocas o ninguna posibilidad de salir de la extrema miseria en la que viven. Un infierno en la tierra. El camino que recorren estos chicos desde su pobre vida hasta el momento en que entran en relación con el fundamentalismo islámico y deciden entregar su vida para ir a un supuesto Paraíso es lo que nos va contar este libro. Los caballos de Dios (nombre que da la imaginería yihadista a los fieles que hacen de bombas humanas) va más allá de la literatura con la intención de remover nuestra conciencia. Binebine consigue que vivamos una historia desde el interior de los acontecimientos que narra, que miremos de frente al conflicto que en ella se expone. En palabras del poeta Luis García Montero: la buena literatura nos enseña a conocer la vida por dentro. Esta novela abre un mundo que suele quedar escondido al otro lado de las noticias.

La voz narrativa va a ser la de Yashin. Y lo original del planteamiento es que el joven nos habla desde un lugar indeterminado de un limbo en el que habita después de su muerte que no tiene nada que ver con el Paraíso que le han prometido los yihadistas. Yashin se dirige a nosotros, los lectores, apelándonos incluso a veces. Nos habla de su vida en Sidi Moumen, de su familia, de sus amigos, de su terrible realidad llena de violencia. En su vida no hay metas, no hay esperanza, no hay salida. Sólo el fútbol como desahogo, la amistad, la fugaz visita del amor, la rabia y la alegría muchas veces provocada por el hachís o el alcohol. Al fin y al cabo son jóvenes que quieren disfrutar a pesar de todo: a veces fui feliz entre esos escombros repugnantes. No tienen nada que perder, sólo esperar un milagro. Inolvidables personajes olvidados en esa cloaca que les configura. La voz poética de Yashin dulcifica, eleva a las alturas el dolor y la dureza del mundo que le rodea. Es tan poética como terrible porque nos va a contar todo con un realismo extremo que, increíblemente, y ahí radica la maestría del autor, no nos hace daño porque hay humanidad, mucha, y humor y delicadeza y serenidad en su manera de narrar. Binebine cuenta que le costó encontrar la voz narrativa adecuada ya que esos muchachos carecían de la mínima cultura y formación, hasta que se le ocurrió que fuera la voz de un muerto que habla desde otro lugar y con otra perspectiva: una conciencia: es decir, la sosegada resultante de una miríada de pensamientos lúcidos. No aquellos, oscuros y raquíticos, que jalonaron mi breve existencia, sino pensamientos de facetas infinitas, irisadas, cegadoras a veces. Pura poesía en la voz de Yashin como ya comprobamos en el primer capítulo. Yo pongo poesía para hacer que los mensajes lleguen, afirma Binebine.

Entre 2003 y 2004 estuve muchas veces allí. También entrevisté a las familias de los kamikazes y hablé con ellos sobre lo que sentían. A Mahi Binebine le resultó muy difícil acertar con el tono adecuado que presentara a unas personas que habían cometido semejante atrocidad como víctimas. No se trataba de justificarlas. Paró varias veces y se cuestionó incluso dejar la historia. Finalmente consiguió un tono de neutralidad, no maniqueísta, humano, en el que sólo se intenta entender. Ir a los orígenes para encontrar respuestas a tamaña monstruosidad o, por lo menos, para hacerse las preguntas adecuadas. Estos muchachos son carne de cañón, un objetivo fácil de manipulación porque no tienen nada, son muy jóvenes y además no tienen ninguna formación. Así que, inteligentemente utilizados por los yihadistas, les hacen creer que dirigidos por un mandato divino pueden alcanzar el Paraíso. Son los elegidos, los caballos de Dios. Por fin pueden ser algo en la vida y servir para algo: ¿Quién no va a querer ir al Paraíso si vive en el infierno? Una terrible realidad los convierte en monstruos, en máquinas de matar (aprendemos cómo se fabrica un terrorista suicida) y mueren junto a sus víctimas sin saber que ellos también lo son. Los verdaderos culpables son los que los incitan a ello, las mafias del yihadismo. Asistimos desde su interior a la escalofriante mezcla de la inocencia de la juventud con los horrores del terrorismo.  Se necesitan apenas dos años para crear una bomba humana.

La calidad narrativa de Mahi Binebine es evidente. Lo comprobaréis ya desde el mismo inicio de la lectura. Posee una pluma elegante, precisa, certera, poética y valiente que no evita ningún tema por escabroso que sea. Asimismo, su prosa, rica en matices, es capaz de mostrarnos con todo su colorido ese pútrido lugar. Lo llena de vida, verdad, inocencia y humanidad.

Leyendo este libro he recordado al escritor Mohammed Chukri, según algunos el más grande escritor de Marruecos, que encontró en la literatura la salvación a una infancia y juventud también llena de pobreza, abandono, violencia y cárcel. Asimismo, os recomiendo la magnífica novela de temática similar “Calle de los ladrones” del escritor francés Mathias Énard, premio Goncourt 2015 con Brújula. En este caso está más enfocada a esos chicos que se van del país buscando una vida mejor.  Binebine cree que además de las mafias religiosas (que nada tienen que ver con la religión), también el Estado marroquí es responsable ya que no hace nada por mejorar la vida de los habitantes de las numerosas barriadas de chabolas que existen en los extrarradios de las ciudades, simplemente los abandona a su suerte en lugares donde no existen ni escuelas, ni médicos, ni alcantarillado, ni agua corriente… La mayoría no sale nunca de ellas viviendo olvidados por todos. Para Binebine hay una relación directa entre el origen de miseria de estos muchachos y su destino final como terroristas suicidas. Según el escritor, son la pobreza y la falta de futuro una de las razones que les arrojan en manos de los yihadistas (que les tratan bien, que les dan de todo, incluso hasta cariño), y no tanto unas convicciones religiosas o un odio que muchas veces no poseen. Y como dice el escritor Isaac Rosa: si de la periferia europea salen yihadistas, ¿qué podemos esperar de los barrios más miserables del norte de África, donde el único horizonte es emigrar precisamente a esos mismo guetos europeos?

Por este motivo y porque está convencido de que sólo a través de la educación y la cultura se puede frenar el radicalismo islámico, decidió crear, junto al cineasta Nabil Ayouch, un centro cultural en Sidi Moumen llamado igual que el libro, “Les Étoiles de Sidi Moumen” (era hora de devolver a la gente de Sidi Moumen todo lo que habíamos ganado) y tienen planeado hacer lo mismo en otros barrios pobres del país. Es muy grande, cerca de 2.000 metros cuadrados. En él se proyectan películas, se organizan exposiciones, talleres de música, hay una biblioteca con miles de libros, salas de baile y una sala de ordenadores. Tienen también una página en Facebook llamada “Centre culturel Les Étoiles de Sidi Moumen”. Hay que ayudar en el lugar de origen, para que se desarrolle, e impedir la emigración desesperada y evitar, asimismo, que estos chicos caigan en las redes de los extremistas que han sido, hasta ahora, los únicos que han sabido aprovecharse inteligentemente de la desesperación y la extrema pobreza de millones de personas. Estamos haciendo el trabajo que el Estado no hace. Tienen unos cuatrocientos jóvenes inscritos y asisten normalmente sobre 1.000.

En una entrevista concedida a Culturamas en noviembre de 2015, Mahi Binebine nos habla de cómo es ahora Sidi Moumen: el Estado ha tomado consciencia de que el islamismo radical es un peligro y ha decidido acabar con estas barriadas, que es algo que debería haber hecho hace cuarenta años. Está destruyéndolas poco a poco para reemplazarlas pro edificios de realojo. Los vecinos no aceptan estas casas y lo que hacen es alquilarlas para construir otra barriada en una zona más alejada. Es algo muy difícil de erradicar. Creo que llevará unos veinte o treinta años hasta que puedan acabar con ellas realmente. Y ese fallo de crear zonas de recolocación es un error repetido de lo que sucedió en Europa porque al final hacinamos a gente en estos edificios, la olvidamos durante treinta años, y un día nos encontramos con que hay un montón de gente, de múltiples nacionalidades, que han sido marginadas y termina por convertirse en un gueto. Es un grave problema. Yo creo que hay que crear barrios sociales y ligarlos siempre a la sociedad y a la ciudad. Sobre el barrio de Sidi Moumen he encontrado dos reportajes muy interesantes de fechas distintas. Uno, “Las bombas humanas del celuloide marroquí”, es de febrero de 2012 publicado en “El Mundo”. El otro, de diciembre de 2016, es un reportaje de Isabel Ramos Rioja publicado en “La Vanguardia” titulado “El atentado que cambió un barrio”.

Los caballos de Dios obtuvo el Premio de Novela Árabe en 2010 y ha sido llevada al cine. La película, también titulada Los caballos de Dios, dirigida por Nabil Ayouch, ganó La Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid en 2012 y el Premio François-Chalais del Festival de Cannes. Binebine, amigo de Ayouch, considera que en Marruecos se lee muy poco y en lugares como Sidi Moumen aún menos. La película es mucho más eficaz. Os la recomiendo ya que es muy buena pero mucho más dura que la novela que con su estilo poético y con humor pone distancia. La imagen siempre impacta más. Creo que ambas se complementan.

Mahi Binebine es, además de novelista, pintor y escultor. Algunas de sus obras forman parte de la colección permanente del Museo Guggenheim de Nueva York. Vivió en esta ciudad así como en París, donde también estudio Matemáticas. Regresó a Marruecos en 2002 porque me encontré con Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y me dije: tengo tres hijas y no quiero que crezcan en un país racista. De lo que se encuentra a su regreso nace Los caballos de Dios. Os dejo un enlace para que podáis acercaros a su obra como artista plástico.

Asimismo, os dejo enlaces a cuatro entrevistas a Mahi Binebine realizadas en 2015 cuando se publicó en España la novela: “El terrorismo como salida a la miseria”El País. “Comencé a pensar que en su situación yo también podría haber sido una presa fácil para el yihadismo”Culturamas. “Los islamistas son los hijos de las dictaduras que hemos vivido en los países árabes”ABC. “Me gusta meter el dedo en todo aquello que sea tabú”La Razón.

Por último, aquí van dos enlaces a dos entrevistas de audio al autor. Una en el programa “Libros de arena” de Radio 5. Y otra en el programa “Hoy empieza todo” de Radio 3.

Plazos

Aunque la novela no es muy larga, vamos a dividir la lectura en dos partes para poderla comentar con más profundidad. Leeremos a lo largo de una semana hasta el final del capítulo 9 (pág. 84).

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: LOS CABALLOS DE DIOS de MAHI BINEBINE

9 Mar

Portada de la novela “Los caballos de Dios” de Mahi Binebine. Editorial Alfaguara.

Nos vamos a Marruecos de la mano del escritor Mahi Binebine (Marrakech, 1959) con su novela más exitosa, un auténtico best-seller en Francia, Los caballos de Dios (2010). La narración está basada en la historia real de los jóvenes autores de los atentados que sacudieron Casablanca en 2003. Estos chicos han crecido en Sidi Moumen, una barriada de chabolas a las afueras de Casablanca. Un infierno terrenal que huele al vertedero que los muchachos han transformado en campo de fútbol. Vamos a conocer cómo es su vida y qué es lo que les conduce a convertirse en terroristas suicidas.

Un libro de una gran delicadeza. Un escritor de enorme talento. Su maestría queda patente en la neutralidad y humanidad con que retrata a los jóvenes de Sidi Moumen. Marc Dugain, “Le Figaro littéraire”.

Una novela que resulta imprescindible en estos tiempos en que el yihadismo monopoliza el terror del mundo occidental. Es de un realismo escalofriante. Jordi Soler, “El País”.

Binebine nos pasea por todos los rincones de Sidi Moumen y nos descubre un mundo rico en colores, sabores y olores. Una hermosa historia narrada por una pluma elegante y alejada de todo maniqueísmo. E. Flory, “Le Magazine des livres”.

A partir de mañana viernes 10 podéis pasar ya a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Disponéis de una semana para ello. Los que vivís fuera también contáis con una semana para conseguir el libro editado por Alfaguara.

Nos encontraremos aquí en dicho plazo para empezar a leer Los caballos de Dios. Espero que os agrade la elección. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Benjamin Black, podéis hacerlo a lo largo de estos días.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de El otro nombre de Laura. Gracias.

El torpón de corazón tan blando

2 Mar
32829184001_3a67d84bb8_n

Power of the sea. Foto en flickr de Iqbal Osman 1. Algunos derechos reservados

Prosigue la relación entre Leslie y Deirdre. Después del episodio de las fotos, al hombre no le resulta nada difícil lograr que aflore el lado más turbio de la joven haciéndole escribir para él cualquier pensamiento, con tal de que fuera guarro. Parece que Deirdre haya estado esperando toda su vida a que viniera alguien a pedirle algo así ya que se entrega con verdadera dedicación a ello. En realidad, le encanta, tanto como para un día hacerlo en la iglesia: tendría que estar avergonzada, pero no lo estaba; estaba exultante. Él ha encontrado la horma de su zapato, y viceversa. Hay un halo turbio en todo lo que ocurre en esta novela, sobre todo en el comportamiento y pensamientos de algunos de sus personajes, que proviene directamente como consecuencia de ese oscuro Dublín años cincuenta, tradicional, asfixiante, católico hasta la médula y, por lo tanto, hipócrita. Sexo, drogas, alcohol, corrupción, chantaje son la otra cara inevitable de la moneda.

Deirdre no sabe con seguridad qué es lo que siente por Leslie. A la par de su relación con él, necesita mantener su vida con Billy y su familia, la vida normal, la vida real, aunque no pueda compararse con la intensidad que disfruta con Leslie. Necesita de las dos vidas, completamente separadas, como sus dos nombres: En una vida es Deirdre y en la otra, Laura. Ambos nombres, ambas personalidades la completan, la hacen una. Aunque no es tan sencillo, a veces se asombraba al reparar en los sentimientos contradictorios que tenía hacía él. Incluso, ella, que parecía que no quería tener hijos, como había dicho Billy, le produce una sensación de vacío en el estómago no poder tener un hijo con Leslie, como si le hubiesen arrancado una parte de ella. Las cosas son más complejas de lo que parecen. En su proceder turbio, ambiguo, desenfrenado habita la sombra de su padre. El lugar al que le ha llevado Leslie era como un lugar que hubiera visitado durante la infancia. La promiscuidad de él, que le espeta a la cara sin pudor, a ella no le importa. Se ha lanzado ya a sus brazos y todo está permitido. Leslie es el “todo vale”, desde que la maltrate ligeramente o que la dé drogas hasta llevarle a su casa cuando Billy está de viaje y hacer el amor en su propia cama. Finalmente Deirdre sabrá que Kreutz le hizo fotos esa tarde en la que la “durmió” con sus pócimas. El tipo de fotos que anteriormente había hecho a todas sus “pacientes”.  Y lo sabrá porque las envía al Salón de Belleza en un sobre a nombre de Leslie que ella intercepta.

El círculo de chantaje que se tienen montado ambos, Kreutz y Leslie, se va a volver en su contra. Kreutz hace las fotos a mujeres maduras y adineradas ávidas de sensaciones fuertes, Leslie se las liga y se lo pasa bien además de chantajearlas a ellas y a sus maridos, enviándoles las fotos y amenazándoles con hacerlas públicas. Sacan dinero. Pero Leslie se lo gasta todo en su adicción o en sus juergas o ligues. Ese dinero y el que da el Salón de Belleza. Todo. Kreutz parece no saberlo: Ya no puedo más. Es demasiado para mí. Me resulta imposible mantener ese negocio que ella y tú tenéis en marcha. ¿Cuándo empezará a dar dinero? Se supone que me tienes que dar todo lo que ya te he dado. Por ese motivo le ha enviado las fotos de Deirdre a Leslie. Kreutz es débil, un enfermo, y Leslie, como bien habéis dicho, es un psicópata sin ningún escrúpulo: escúchame bien, negro de mierda, o alemán de mierda, o lo que quiera que seas, so mierda. ¿A ti se te ha ocurrido que podías chantajearme? Consigue todos los negativos (le ha herido previamente con agua hirviendo) que se los da a Deirdre. Pero todo es un simulacro: no le dijo lo que había hecho con la primera foto impresa, la que le había enviado Kreutz a él, y tampoco le dijo que se había guardado otra para sí, por los viejos tiempos. Porque para Leslie todo lo que ha habido entre Deirdre y él ha terminado una vez conseguido su objetivo. El psicópata de Leslie Swan no siente nada, no le importa nada. Es un narcisista, que se anestesia con morfina, sin ningún sentimiento y sin ningún escrúpulo que utiliza a las mujeres para sus propios fines: de pronto apenas la conocía […] podría haber sido cualquiera […] Se había servido de ella sin saberlo, y ahora estaba hecho. Estaban por llegar las protestas de costumbre, las lágrimas, las súplicas, los chillidos y las recriminaciones, todo lo cual no estaba llamado a durar. Tenía sobrada experiencia en poner fin a las cosas.

Y entonces todo se precipita a un abismo sin final: Deirdre se entera a través de una llamada del banco de que Leslie había arruinado el negocio. Completamente. La joven, en shock, se va a casa y, después de vomitar, se pone a beber whisky. Antes, intentando localizar a Leslie, ha llamado a su casa y ha hablado con Kate, que se ríe de ella con sarcasmo, y, un rato después, se presenta en su casa, pero a Kate, finalmente, sólo le da lástima, pobre puta estúpida, y se marcha: Dios todopoderoso, mira qué pinta tenemos las dos, engañadas por esa… rata. Deirdre, presa ya del pánico, se da cuenta de que no es el dinero lo que le importa, no. Es Leslie: estaba perdiendo a Leslie, a quien amaba de una manera tal como nunca había amado a nadie, tal como jamás volvería a amar a nadie. Algo se rompe en ella definitivamente.

Empieza la tercera y última parte de la novela con un Leslie solo, buscando morfina, sin techo ni lecho y asaltado por pensamientos y justificaciones de todo tipo: Joder, con todas esas malditas mujeres diciéndole a todas horas que lo amaban, y que de pronto se convertían en un engorro, ¿qué otra cosa podía hacer él? ¿Qué habría hecho cualquiera en su lugar? […] ¿acaso era culpa suya? […] Ésa era otra de las cosas que nadie entendía con respecto a él: su inocencia esencial, su carácter irreprochable en el fondo. Nada de lo que pudiera hacer lo hizo nunca con mala intención […] la foto que él mismo había enviado por correo con mero ánimo de broma […] a fin de cuentas, ¿no había sido en el fondo una broma inocente enviar la fotografía? No se había propuesto hacer tanto daño. Asimismo, se ha dado cuenta de que fue Kreutz, por venganza, quien ordenó a unos matones que le dieran una paliza, además de negarle “la medicina” a Phoebe y haberle intentado chantajear: desde luego, el Doctor empezaba a estar muy necesitado de que le pusiera los puntos sobre las íes.

Hackett llama a Quirke porque han encontrado el cadáver de Kreutz y le cita en la casa del doctor: Parece ser que su esposa lo conocía. La esposa de Billy, claro está. Y ahí hay una coincidencia, ¿no? Primero muere ella y ahora a este pobre tipo lo asesinan. Y… aquí estamos usted, y yo, y el apenado viudo, y sabe Dios quién más, y todos nos hallamos de alguna manera conectados unos con otros. ¿No se le hace extraño? Y claro que están todos conectados, y de qué manera. A estas alturas ya todos piensan, ¿pensamos?, que el asesino de Deirdre Hunt y de Kreutz es Leslie White, y así se lo dice Quirke a Phoebe, mientras la acompaña a casa, presintiendo además que su hija se está viendo con él. A Phoebe le brillaban los ojos en las sombras. Estaba sonriendo de un modo casi salvaje […] – Qué bien. A lo mejor también me matará a mí.  Y dando media vuelta se mete en su casa. Quirke se queda parado unos instantes para alejarse después lentamente. En esos instantes oyó a su espalda el grito acelerado y un aleteo breve en el aire y el estrépito y se volvió y a la luz sulfúrica de la farola vio al hombre del traje blanco, lo vio empalado por el tórax en las lanzas de la verja negra, con los brazos y las piernas moviéndose aún, y la larga cabellera plateada colgando del revés.

Pero acompañemos a Phoebe a su casa porque allí está la respuesta a todo: un hombre, que inicialmente ella piensa que es Quirke (pero ¿cómo es posible que esté allí?) se abalanza sobre Leslie que también está allí y lo lanza por la ventana: no era Quirke, sino alguien a quien ella no había visto nunca. Era casi tan grandullón como Quirke, y tenía una cabeza grande, cuadrada, y el cabello rojizo, ralo. Billy Hunt.

Ya tenemos a nuestro asesino. ¿Os lo habías imaginado? ¿O, por el contrario, pensasteis que era Leslie? Está claro que el autor nos hace creer, sobre todo hacia el desenlace, que ha sido este último y su personalidad psicótica empuja a creerlo desde casi el principio. Me gustaría saber vuestras opiniones sobre cómo plantea el autor este engaño, si os parece logrado (planteamiento muy típico de las novelas negras: hacernos creer que el asesino es el que no es y que el verdadero asesino parezca inocente). Billy, el grandullón, parece inocente, ¿o no? Si leemos con atención, desde el principio Black va dejando caer pinceladas sobre Billy que nos pueden hacer pensar. Especialmente en el capítulo que abre esta parte de nuestra lectura, dedicado a él, podemos leer: ¿Qué se apodera de un hombre para que se obsesione por una mujer, y qué se le mete a ella en la sangre para obsesionarse con él? […] La ira, comprendió, era en esos momentos un estado de ánimo para él permanente. Y eso no podría cambiar nunca. No sólo su esposa, sino el mundo entero lo habían maltratado, le habían hecho daño […] Tuvo la extraña y seguramente errónea sensación de que Billy se estaba riendo de él  […] Pero yo no soy inofensivo, Quirke. Yo no soy inofensivo en absoluto […] Parecía, a ojos de Quirke, saciado, saciado e incluso cómodo, ¿no?, como si supiera a ciencia cierta algo que ni Quirke ni el resto del mundo pudieran siquiera soñar.

Pero Billy logra engañar a Quirke, aunque no a Hackett, que piensa que fue a casa de su hija porque estaba vigilando a Leslie, al que creía el asesino de su mujer, y que una vez allí perdió la cabeza y lo mató. ¿O no lo cree realmente pero necesita creerlo para salvar a su hija, a la que ya ha hecho tanto daño, de comparecer en un juicio? ¿Qué opináis?

Billy Hunt era plenamente consciente de que la gente lo consideraba un poco bobo, pero no lo era ni de lejos. En los planes de Billy no entraba enamorarse tan perdidamente de Deirdre Ward. Tanto como para estar ciego ante lo que él, que no tenía un pelo de tonto, en circunstancias normales hubiera perfectamente visto. Tuvo que enviarle Leslie la fotografía para caer del burro y estamparse contra el suelo y contra la verdad. Y enloquecer, de dolor, de celos, de venganza. Pobre Deirdre. La habría perdonado, estaba seguro de que la habría perdonado, con sólo que ella le hubiese pedido perdón, con que se lo hubiera suplicado una sola vez. Él es el asesino de los tres y el que encarga darle la paliza a Leslie: en su fuero interno a veces reinaba ahora la confusión, se le desmandaba el orden cronológico de los hechos, de modo que le parecía que primero fue Kreutz, e incluso Leslie White, y luego fue Deirdre, después de los otros dos. Pero no. Al llegar a casa y ver sus ropas tiradas por el suelo, esas sucias ropas igual que las fotografías, coge una jeringuilla, nunca había puesto una inyección a nadie, y le inyecta la morfina: rebuscó en su interior, en busca de algún sentimiento de culpa, de pesadumbre, de arrepentimiento aunque fuese, pero no halló nada: estaba en paz. Había sido necesario deshacerse de ella: de lo contrario, él no habría sido capaz de seguir viviendo. Ella había pasado a ser un repentino veneno en su vida, no era ya la Deirdre que él conocía, o que creía haber conocido, sino aquel ser de la fotografía, aquel monstruo. Sí, no tuvo elección. Un veneno por otro.

La novela termina con un epílogo en el que Quirke se coge una borrachera de tomo y lomo. Cuando despierta a la intemperie, hay un solo pensamiento en su mente: Salvarla. Era su hija. Era preciso que encontrase la forma de hacerla regresar a la vida. Pero Quirke permanece en pie, paralizado: no supo adónde ir. No supo qué hacer. Demoledor final para una novela quizá irregular pero a mi parecer muy interesante, especialmente en lo que respecta a la psicología de los personajes, y sobre todo excelentemente escrita.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios, que espero que sean muy numerosos, sobre esta parte final y sobre la novela en general. Disponéis de una semana para ello. Ahora sí que os podéis explayar sobre todos los temas, los personajes, el desenlace y sobre todo aquello que consideréis digno de mencionar.

¿No eran a menudo los débiles los que revestían mayor peligro?

18 Feb

Dublin Castle. Foto en flickr de Sebastian Dooris. Algunos derechos reservados.

Comenzamos la segunda parte con un nuevo flashback sobre Deirdre, en este caso con respecto a su relación con Kreutz. Todo lo que rodea a Kreutz es misterioso y parece que quiere ser como una especie de maestro para Deirdre intentándola introducir en el sufismo, algo que a ella no parece importarle demasiado y que además no entiende bien. La joven simplemente está fascinada con el personaje y sus maneras. Todos los clientes de Kreutz son mujeres, aunque ella no sabe muy bien para qué van a verle. Un día, Deirdre, sigue a una de ellas y ve cómo se encuentra con un hombre: tenía el cabello largo y de un tono plateado que ella nunca había visto. Larga descripción de nuevo, hay muchas, de nuestro “Silver Swan”, Leslie White. Ella intuye cuál era la situación entre ellos y siente un ligero mareo. Hay atracción y rechazo hacia lo que está contemplando y lo que más le preocupa es qué tiene que ver todo esto, que es algo sucio, con su maravilloso e intachable Doctor Kreutz: una mancha acababa de contaminar la fantasía que ella había ideado con gran trabajo en torno a la figura del doctor Kreutz, una mancha de realidad.

Volvemos a la realidad pero seguimos con Leslie White, el lánguido seductor de mujeres. Esta vez es el turno de Phoebe. La chica le llama y quedan aunque intuye que no es una buena idea: sabía que de él no podía esperar otra cosa que complicaciones. Pero tal vez las complicaciones eran justo lo que ella deseaba. No sabe qué es lo que le atrae del tipo, quizá lo diferente que es de ella, su desfachatez, el misterio de que pueda ser un asesino… Es parecida a su padre: no sabe por qué hace las cosas que hace y le atrae el peligro. Y además, Leslie le hace gracia, a él no podía tomárselo en serio; no podía dejarse provocar, ni ofenderse, por nada de lo que él dijera, y no quiere que se vaya. Pasean y termina por invitarle a subir a su casa: Tiene una mujer que lo ha echado de casa, se dijo pasmada, y una amante que se quitó la vida, y yo le estoy invitando a entrar en mi vida […] ¿Y cuál de los dos es la araña, digo yo, y cuál es la mosca? La besa, se acuestan, pero la manera de hacer las cosas de Leslie es soñadora, casi distraída, ausente. A ella no le gusta esa indiferencia. La verdad es que Phoebe está perdida pero también atraída sin remedio por este hombre: cuando terminó, él estuvo igual que antes, liviano, juguetón, aunque de una manera un tanto amenazante, como si no hubiera ocurrido entre ellos nada en absoluto, o nada que tuviera una gran importancia de todos modos. Para ella, todo estaba cambiado, transformado hasta un punto situado más allá de todo reconocimiento […] como si el mundo se hubiera tornado irreconocible. Pero además hay algo más. Phoebe va a sentir a partir de ese momento que alguien la está espiando.

Alguno habéis comentado que el personaje que más os gusta es el inspector Hackett. A mí también me gusta. Es peculiar y algo parecido a Quirke. Él mismo no se considera el más implacable de los investigadores. Es socarrón y, aunque está de vuelta de todo, le gusta la vida. Un solitario, como el forense, de procedencia humilde, como el forense, y en busca de algo, sí, pero sin saber nunca el qué, con la esperanza de que algo le saliera al paso, lo que fuera, algo que le interesara o le divirtiera. Aquí, sin embargo, sí hay una diferencia con el forense: los motivos que les mueven a investigar. En un encuentro casual con Billy Hunt, en un partido de fútbol donde éste está jugando, le cita en la comisaria: sólo unas preguntas, mera rutina. Hackett observa que había algo en él que no inspiraba confianza, algo que parecía producirle a él mismo un picor, como si no estuviera del todo cómodo dentro de su propio pellejo. Durante el interrogatorio, Billy parece perdido, dubitativo. El inspector no se pierde detalle de sus reacciones y gestos. Su mirada. Contenía algo de sorpresa, desde luego, pero también algo calculado, y algo más, algo hosco, resistente […] En el césped había sido una figura completamente distinta de la imagen de tosco espantajo que daba allí sentado, medio derrumbado en la silla. El inspector había conocido a tipos así […] que con una sola palabra pasaban de la tolerancia y el buen humor a una cólera asombrosa, cegados por un velo de sangre, liándose a puñetazos con todo lo que se moviera. Hackett le va acorralando: ¿Qué motivos podía tener su esposa para quitarse la vida? Billy contesta: Yo creí que estaba bien. Yo creí que era feliz, o que al menos estaba contenta. O que no estaba descontenta, vaya. Tuvimos nuestros altibajos como todo el mundo. Tuvimos discusiones, riñas… Pero al inspector lo que más le interesa es lo que observa mientras Billy habla: le llamó la atención que pareciera todo un amasijo de cambios constantes, de bruscas interrupciones, de saltos de temperamento; ¿de qué forma, se preguntó, pudo su esposa apañárselas con él?

Billy le hace un retrato de Deirdre: solitaria, sin amigos, muy suya, con la cabeza bien puesta sobre los hombros. Le habla de un médico indio al que iba a ver a veces. El inspector le saca a colación a su socio en “The Silver Swan”, Leslie. Billy habla de los detalles del negocio pero Hackett le corta: ¿Y usted no tuvo celos?” […] Supongo que sí. Pero ese tipo era… era tan… tan mosquita muerta, ya sabe. Siempre pensé que era un poco marica, la verdad. Claro que con las mujeres nunca se sabe […] Que yo sepa, Deirdre no amaba a nadie […] Si hubiera usted conocido a su padre, sabría qué quiero decir.

Desde el día de su encuentro íntimo con Leslie, Phoebe pensaba en él de una manera obsesiva […] ¿Estaba tal vez enamorada de él? El pensamiento mismo era tan ridículo que casi le dio ganas de reír. Se siente estúpida y, a la vez, nerviosa, desconcertada, atrapada en una maraña de recuerdos no del todo retenidos, de anómalas fantasías. Así están las cosas cuando será el propio Leslie el que le venga al encuentro, pero en un maltrecho estado, tirado en la entrada de su casa (¿Por qué has venido a la puerta de mi casa, por qué?). Tenía la cara tan destrozada que habría sido difícil reconocerlo. Phoebe está asustada. Leslie le habla de una banda: Él no sabía quiénes eran, ni por qué le habían dado semejante paliza. Pero ellos sí sabían perfectamente quién era él. Phoebe sólo piensa un nombre: Quirke. Estaba segura de que había tenido que ser él quien azuzara a esos individuos […] ¿Por qué? ¿Para avisarle de que se mantuviera alejado de ella? También tenía que haber sido Quirke quien la siguiera […] ¿Acaso aquel hombre – no se permitía el lujo de llamar padre a Quirke, ni siquiera en su fuero interno – no la iba a dejar nunca en paz? […] ¿Acaso iba a seguir arruinando las cosas, ennegreciendo las cosas, ensuciando todo lo que él tocase? Lo aborrecía con verdadera pasión y también le quería con auténtica amargura. La tela de araña los sigue cercando y acercando a todos cuando Leslie le pide a Phoebe que vaya a ver a un hombre, un médico, Kreutz: él te dará algo para mí, una medicina. La necesito. La apremia a que vaya aunque sea de noche. La primera parte de la novela termina cuando Quirke recibe esa misma noche una llamada de Mal anunciándole que el Juez ha muerto.

La segunda parte comienza con la aparición de un nuevo personaje: Rose Crawford. La rica y tercera esposa, ahora viuda, de Josh Crawford, el padre de Sarah y Delia, las “dos madres” de la joven, y gran amigo del difunto Juez. Fue en la mansión de Rose, el día del funeral del viejo, donde Phoebe supo por fin, directamente de los labios de Quirke, los detalles de su verdadero origen familiar. Rose, la despreocupada y amoral Rose, se lleva muy bien con Phoebe y está enamorada, siempre lo ha estado, de Quirke: ella le había pedido que la amase, que se quedara con ella. Entonces Sarah aún estaba viva, Sarah quien… Quirke siente muy lejana y antipática a su hija y se pregunta, con preocupación, qué es lo que la pasa: qué desdichada le parecía, qué desdichada y, sin embargo, ¿qué otra cosa había en ella? ¿Avidez? ¿Excitación?

Nuevo flashback que nos va a contar el momento en que por fin se conocen Deirdre y Leslie en casa de Kreutz: ella le dio la mano, y la del hombre le pareció suave como la de una muchacha, y fría, y húmeda, pero olvidó decirle cómo se llamaba de tan hipnotizada como se encontraba ante aquella sonrisa malvada […] ante aquellos ojos en los que se mezclaba la curiosidad, la osadía, la diversión, aunque también contenían un destello atribulado, como si le estuviera diciendo que “Sí, ya sé que soy un granuja y un desalmado, pero también puedo ser divertidísimo, ya lo verás”. ¿Qué les une a Leslie y a Kreutz? ¿Por qué el doctor se pone tan nervioso cuando se presenta de improviso la muchacha? Deirdre intuye cosas turbias, no es tonta. Pero a la joven la va a pasar lo mismo que a Phoebe: después no pudo dejar de pensar en él. La obsesionaba como si fuera un espectro elegante y desenvuelto, animoso y, a fin de cuentas, demasiado real. ¿Qué tiene ese tipo (¿tipejo?) que vuelve locas a mujeres tan diferentes? ¿Qué opináis vosotros? Pero Deirdre se siente culpable, no por Billy, que sería lo lógico (aunque, ¿alguna vez le ha importado Billy?) sino por Kreutz.

Volvemos a Phoebe camino de casa de Kreutz en busca de la “medicina”. Era el médico más extravagante que hubiera visto en su vida. Éste no se la da: no hay más medicina, se acabó. Phoebe se ha embarcado en una historia, ávida quizá de emociones fuertes en su vida gris o simplemente porque está muy perdida, que le queda un poco grande y muy lejos de su mundo: ella pertenecía a una especie distinta. Son muy diferentes y la distancia entre ellos es mucha. La muchacha se da cuenta, aun así le cuida esos días: fue en realidad como si una criatura exquisita, a medias salvaje, y herida, se hubiese arrimado a ella, se hubiese puesto a su cuidado. Tampoco quiere saber nada de la vida de Leslie, cree que es mejor no saber. Era su fragilidad, su insustancialidad, lo que más le excitaba […] Sonrió para sus adentros, y emitió sin querer un sonido felino en lo más profundo de su garganta. Sí, era un pecado, era por fin algo auténtico, y era en todo inesperado. Pero también le tiene miedo. Sabe que se ha metido en un lío. Hasta que un día Leslie desaparece de su casa y ella cerró los ojos, entregándose casi con voluptuosidad al llanto.

Habían tenido los dos la certeza, sin ningún asomo de duda, de que se volverían a ver. A Quirke le ha gustado mucho esa mujer: Kate White ofrecía mucho más que la mera perspectiva que él tenía por costumbre pedir a una mujer. Le gusta aunque también quiere saber más cosas de su marido y de que se trae entre manos con su hija. Pero Quirke no se puede permitir que las cosas le vayan alguna vez bien, y cuando siente que aquella mujer luminosa, cálida, plena le podría hacer feliz, saca al espíritu de “Carricklea” (el orfanato en el que se crió) para que lo estropee todo: Carricklea necesitaba introducir un dedo en el ojo de esta tarde espléndida, una tarde inocente, de verano, oro y azul. ¿Y cómo lo hace? Diciéndole a Kate que ha visto a su marido con su hija Phoebe. Aun así terminan acostándose pero no se cristaliza ni siquiera un inicio de algo, él lo ha estropeado todo y una vez más no sabe lo que quiere: ¿De veras le daba ella tanto miedo? Y, como no hay salida para esa situación, cambian de tercio y Kate se pone a hablarle de la relación de Leslie con Laura y de cómo un día encontró una maleta debajo de la cama con fotografías de mujeres desnudas, de mediana edad la mayoría, enseñándose mientras aún les quedase algo que enseñar, aunque por los pelos, y de cartas de Laura Swan dirigidas a su marido, un cajón revuelto de guarrerías, de imágenes, de fantasías. Quirke finalmente se va aunque ella le pide que se quede: sí, se dijo ella, son todos iguales. Son como niños que han crecido demasiado. Cuando se les da el pecho pierden todo interés.

Terminamos esta parte de la lectura de nuevo con un flashback sobre el despegue del “Silver Swan”, el salón de belleza que deciden montar Laura y Leslie, a la vez que comienzan su relación. Todo es felicidad y dinero. Todo les va a las mil maravillas. Y aparecen las fotografías en la vida de la joven que Leslie le enseña porque sabe que en el fondo a ella le van a encantar: se sintió asqueada de sí misma, pero al mismo tiempo también excitada de una manera horrible, que la llevó a pensar que debía avergonzarse, a pesar de lo cual no se avergonzaba, en realidad no se avergonzaba, ni mucho menos. Y le dice que es Kreutz el que se las hace a sus pacientes: ¿Por qué las hizo? Pues porque ellas querían que las hiciera, por supuesto. Hay personas a las que les gusta verse haciendo… cosas feas. Aunque Laura se escandaliza en el fondo lo que las fotografías le producen es placer: sí, placer, un placer oscuro, caliente, aterrador. En pleno éxtasis sexual, Leslie le sugiere que el Doctor Kreutz estaría encantado de hacerle fotos a ella. Y un día va Deirdre a visitar a su querido doctor y se toman un té y ella se siente mareada y él la lleva al sofá mientras la dice: descansa, mi querida señora, mi queridísima señora. ¿Y dónde está Billy mientras tanto? Pues aceptando que su mujer monte un salón con un socio mientras se toman los tres unas copas: cuando ella lo miraba se sentía no culpable, no exactamente, sino más bien… apenada; sí, ésa era la única palabra que podría describir su estado de ánimo, sentía pena por él, el torpón de corazón tan blando.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios sobre esta segunda parte. Espero que sean numerosos. La acción, aunque lenta, continúa y la evolución de los personajes va en aumento. Fijémonos también en los detalles que muchas veces son más importantes que lo evidente. Comentad lo que queráis y daos la réplica unos a otros: personajes, relaciones, sospechosos… (¡sin desvelar nada!). Y, por favor, como estoy comprobando que algunos ya habéis leído la novela entera, tened mucho cuidado de no comentar nada que no esté en esta segunda parte. Guiaos por mi análisis, si es necesario. ¡Gracias!

Mientras comentamos, seguiremos con la lectura de la tercera y última parte que va desde el capítulo 6 de la segunda parte (pág. 242) hasta el final de la novela.

Ahondar en las tinieblas, desentrañar lo oculto; en suma, saber

10 Feb

A walking Tour of Dublin City Center- George’s Street Arcade. Foto en flickr de William Murphy (infomatique). Algunos derechos reservados.

Como ya os adelanté, y algunos así lo habéis comentado, esta novela no tiene mucha acción. En ese aspecto es una novela negra atípica. Se centra en los personajes, en las descripciones, muy prolijas, y en las reflexiones personales. Al contrario de otras novelas negras no hay mención a la situación política o social, de hecho ni nombra la ciudad en la que se desarrolla la acción, Dublín, ni la época. Leyéndola tengo la sensación de que todos los personajes es como si vivieran para adentro, resultan algo opacos y se callan muchas cosas.

Verano. Quirke lleva seis meses sin beber. Este tema va a estar muy presente en toda la novela: había pasado casi dos años sumido de continuo en el abismo del alcohol, cayendo casi hasta los mismos extremos en que había caído dos décadas antes, cuando murió su mujer, y ahora, de golpe, se había interrumpido la caída. Le cuesta y piensa mucho en ello pero lo va llevando. ¿Es alcohólico? Pues yo creo que sí. ¿Sus razones? Se pueden intuir en el retrato que de él he hecho, de su pasado, de su personalidad, de sus errores, de su naturaleza dubitativa y atormentada.

Un antiguo compañero de universidad, Billy Hunt, un tipo tranquilo, aunque propenso a las agarradas ante la menor provocación, se pone en contacto con él. Su mujer, Deirdre, se ha suicidado. Billy no llegó a ser médico y trabaja como representante de productos farmacéuticos. Viaja mucho por todo el país y, a veces, por el extranjero. Su perplejidad ante la muerte de su mujer es grande. Supone que se sentía sola, tampoco había querido tener hijos pero nunca se quejó de nada. ¡Nunca!

Hago un inciso para resaltar la importancia ya desde el principio que tienen los olores en esta novela, sobre todo los olores de las personas: despedía ese olor, acalorado y crudo y salado, que Quirke reconoció al punto, el olor de los que recientemente han perdido a un ser querido. Cada personaje desprende un olor, también los lugares. Me parece muy original esta manera de caracterizar que utiliza como recurso el autor, y la adjetivación es soberbia.

El motivo por el que Billy se pone en contacto con él es pedirle que no corten su cuerpo en la autopsia: no quiero que la rajen de arriba abajo, como si fuera una especie, un…eh… Como si fuera una res. Se le ve muy alterado y afectado. Quirke, aunque le tranquiliza, no va a hacerle caso, máxime cuando, examinando el cuerpo, vio entonces la minúscula huella de un pinchazo en la cara interna del brazo, blanca como la leche. En ese pinchazo hay un caso, un caso que resolver. Aunque no sea un investigador privado ni un policía, Quirke quiere siempre saber por qué ocurren las cosas. Es superior a sus fuerzas, y aunque quedó escaldado del último caso que arrasó a su familia y a su propia vida, no puede evitarlo y sabe que se va a meter de nuevo a investigar: algo seguía sin encajar del todo […] Quirke fue consciente de la antigua comezón que le incitaba a llegar hasta el tuétano de las cosas, ahondar en las tinieblas, desentrañar lo oculto; en suma, saber.

A continuación viene un flash-back que nos lleva a la infancia de Deirdre. La niña pobre de la barriada de extrarradio de Los Bloques, de la que muy pronto es consciente de que quiere huir. Ella que es tan guapa, ¿qué pinta allí? De nuevo los olores para describir: el olor que se adhería a las escaleras y a los pasillos, en verano y en invierno, el hedor marronáceo y cansino de los colchones con meadas y la hediondez de los váteres atascados, el olor, el olor exacto de lo que era la pobreza, un olor al que ella nunca podría acostumbrarse, nunca jamás. El olor para situarnos en quién es quién y qué es qué. A los dieciséis años entra de aprendiza en un establecimiento de perfumería y farmacia y allí conoce a Billy Hunt, que le saca casi dieciséis años: tampoco es que fuera guapo, ni inteligente, pero tenía un encanto algo torpón que a ella le gustó muy a su pesar, y que con el tiempo le llevó a convencerse de que estaba enamorada de él. Se hacen novios, pasan los años y de pronto el Doctor Kreutz entra en su vida, un hombre de origen indio, “sanador espiritual”, que también tiene su olor propio que a ella le pareció oscuro, y especiado. Deirdre se siente desde el principio muy atraída por él. Tanto, que busca su consulta y se presenta allí. Un impulso casi atávico la arrastra a ese hombre. Y comenzará a visitarlo con frecuencia porque siente que ha entrado en contacto con algo especial que la hace sentir fuera de todo peligro e inmensamente feliz.

Volvemos al presente. Quirke va a visitar a su padre adoptivo, el juez Garret Griffin, que está paralizado debido a un derrame cerebral: el hombre al que durante la mayor parte de su vida había considerado la bondad en persona, y había tenido por un ser humano grande de verdad. Y que parece que no lo es tanto. Eso es lo que debió descubrir en la anterior novela, pero no nos lo desvelan, aunque nos dejan saber lo suficiente: el Juez había sido un gran pecador, un pecador secreto, y fue Quirke quien expuso sus pecados. Murió una joven, fue asesinada otra mujer, y ambos sucesos fueron culpa del anciano. Suponemos el shock de Quirke al descubrir quién era realmente ese hombre supuestamente bueno.  Pero parece que él se encontró solo en su descubrimiento, nada pudo con la intachable reputación del poderoso juez. Y, entonces, ¿por qué va a visitarlo todas las semanas? Tenía sus propios pecados y debía dar cuenta de ellos, tal como podría atestiguar su hija, la hija a la que durante tanto tiempo no reconoció. La culpa le hace ir a ver a ese hombre como un pequeño gesto de expiación.

Quirke no puede dormir dándole vueltas sin parar al caso de Deirdre. No sabe qué hacer (algo que le pasa con frecuencia), qué camino tomar y sigue dudando si meterse o no en materia: no hagas nada, le decía su juicio más lúcido; quédate donde estás, no te mojes. Pero ya sabía que se iba a lanzar de cabeza a esas profundidades. Algo en su interior anhelaba las tinieblas de allá abajo. Así que temprano en la mañana va a visita al inspector Hackett, que ya le ayudó en el anterior caso, y al que no ve desde entonces, hace ya dos años. El inspector es un hombre burlón que tampoco habla claro y se ríe mucho. Pero Quirke no le dice la verdad, se calla lo del pinchazo, ¿por qué? De lo que sí hablan es del suicidio que intuyen que en el juicio se omitirá: la mayoría de los suicidios se encubren, eso lo sabe usted tan bien como yo. El encuentro es como si estuvieran tomándose el pulso en una primera toma de contacto. Como si el simple hecho de ir a verle, y no decirle la verdad y no hablar claro ninguno de los dos, ya fuera suficiente para que el inspector tomara nota del interés de Quirke por el caso.

Llega el momento de conocer a Phoebe, que va a ocupar un lugar muy importante en esta historia: a lo largo de los dos años anteriores se había forjado una personalidad que resultaba atractiva, quebradiza, irónica; tenía veintitrés años y podía haber pasado por una mujer de cuarenta. Fue hace dos años cuando Phoebe supo de quién era realmente hija. Una joven muy delgada, vestida de manera monjil, solitaria, extraña, que guarda las distancias y también calla mucho. Quirke no quería ocuparse de la hija que de un modo tan trágico había irrumpido en su vida […] lo malo fue que él creyó de veras que la hija de Delia había muerto; lo malo fue que terminó convencido de que Phoebe era en efecto hija de Sarah. Y ahora Phoebe sabía la verdad, y Sarah ya no estaba, y Mal estaba solo, y Quirke era como siempre había sido Quirke. Y su hija le daba miedo. Además es muy dura, muy fría, igual que Delia, su madre: Delia había sido la mujer más endurecida que él nunca conociera; Delia había sido una mujer de acero puro, sin aleación, en todo momento. Era lo que más le gustaba de ella, de aquella mujer exquisita, atormentada y atormentadora. Personas complejas, vidas complejas. Lo mejor para una novela de personajes como ésta. Y ahora llega la casualidad que algunos habéis dicho que está metida con calzador, y, sí, es posible, aunque la vida está llena de casualidades. Casualidad que va a desencadenar que el caso se enrede y ruede, porque Phoebe conocía a Deirdre/Laura ya que la encargaba productos de su salón de belleza. Un día, ante la tardanza en recibir noticias suyas, la intenta localizar y termina hablando con la mujer del socio que se desahoga largamente con ella y le cuenta que ambos estaban liados. Quirke, cuando escucha la historia de su hija, se da cuenta al momento de quién está hablando y ambos se sinceran sobre todo lo que saben. De esa manera entra en acción el personaje más interesante de esta novela: Leslie White: Inglés, me parece. Alto, flaco, tremendamente pálido. Incoloro incluso. Con un pelo extraordinario, blanco plateado. Se podría decir que el nombre le sienta como un guante: White […] Anda siempre yendo y viniendo. Es un tipo que da mala espina. No diría yo que no sea capaz de arrojar a una mujer al mar.

Quirke sabe, como resultado de la autopsia, que Deirdre no murió ahogada, sino que sí encontró un fuerte rastro de alcohol en sangre y residuos de morfina, en una dosis elevada y casi con toda certeza fatal. Todo apunta a que no se suicidó sino que alguien la inyectó esa morfina letal y después arrojó su cuerpo al mar. Pero ante el tribunal de instrucción miente: no quiso engañarse pensando que de ese modo protegía los sentimientos de Billy Hunt ni que escudaba su reputación. Por así decir, lo que hizo fue sellar el escenario del crimen a toda investigación ulterior. Eso fue todo. ¿Por qué lo hace? Esto no me queda claro, ¿y a vosotros? ¿Es porque quiere investigarlo él mismo? Quirke está lleno de preguntas sin respuestas y concluye en sus reflexiones con que nada es lo que parece.

Hackett visita a Quirke días después: desde el día de la investigación judicial contaba con recibir una visita del inspector. Hackett tiene las mismas ganas que Quirke de investigar en el caso pero siguen su juego de simulación: ¿Investigando? Oh, no. No, ni mucho menos. No es más que curiosidad. Más o menos. Son gajes del oficio… que yo diría que tenemos los dos en común. Ambos saben que esa muerte no ha sido nada clara. El inspector ha investigado ya por su cuenta sobre quién era Deirdre y también sobre Leslie White: asume riesgos. Riesgos financieros. Su mujer tuvo que arrimar el hombro hace un par de años para impedir que se ensuciara su reputación. Entonces quebró lo de la peluquería.

Volvemos a Phoebe. Se percibe muy claramente el interés que el autor siente por este personaje tan complejo, tan literariamente interesante. Después de la conversación mantenida con su padre, la joven reflexiona sobre su vida y la de los demás: ahora consideraba que su vida era una serie de pasos cuidadosos que iba dando sobre un alambre fino y vibrante que salvaba un siniestro abismo […] no se fiaba de nadie. Piensa mucho en Deirdre/Laura y en su suicidio. Se lo imagina. Es algo morbosa. A Phoebe le resultaba simpática, le caía bien Deirdre, quizá porque la percibía algo quebradiza, como ella misma. La joven se encuentra en un momento difícil y siente que tiene que cambiar: sin duda. Aunque, ¿cómo? Sale de trabajar sin tener nada que hacer ni adonde ir. Y, oh, casualidades, se dirige al Salón de Belleza “The Silver Swan” sin dejar de pensar ni un momento en el misterio que supone la muerte. Y, claro, aparece Leslie White. Larga y certera descripción del peculiar y lánguido Leslie: supuso que se le tendría por un hombre apuesto, aunque fuera de una manera un tanto hastiada, desvaída. Leslie, al que tanto le gustan las mujeres, máximo si es una joven que le está mirando fijamente desde la otra acera, se dirige a ella y la invita a tomar una copa que por supuesto Phoebe acepta. La joven no le nota nada afectado por la muerte de su socia, ¿y amante? Deirdre. Inexplicablemente, ¿o no tanto?, Phoebe se siente atraída por este buscavidas. Y, para terminar de atar más las cosas, cuando se marcha del pub, su padre, que pasaba por allí, la ve. Se queda intranquilo y pocos segundos después ve salir a Leslie, al que reconoce por la descripción que ha hecho de él su hija: un hombre ahuecado: si se le golpease con los nudillos, tan sólo devolvería un eco amortiguado, plano.

Quirke se queda preocupado: era Phoebe la que le había hablado de Leslie White. ¿Lo conocía tal vez mejor de lo que dio a entender? En tal caso, ¿qué clase de conocimiento tenía de él? La rocambolesca idea de que Phoebe pueda estar implicada en la muerte de Deirdre, le empuja a ir a verla a su casa, algo que habían acordado no hacer nunca sin previo aviso. Quiere saber. Pero Phoebe no se lo pone fácil, se burla de él y le niega la información que le pide: no te voy a dar los datos de Leslie White. Su hija le pregunta que qué se propone, él le contesta que no sabe: ni siquiera sé con certeza qué es lo que estoy haciendo. Pero sí, te doy la razón. Debería mantenerme al margen. Algo que Phoebe sabe que no va a hacer e incluso se permite decirle “casi con cariño”: Qué inocente eres, Quirke. El forense no sabe qué es lo que su hija piensa realmente de él: ¿estaba resentida, o tal vez lo despreciaba, o lo odiaba incluso? Todo lo que sabía era cuánto más fácil había sido todo entre ellos durante los muchos años que pasaron hasta que ella descubrió que él era su padre. A él le habría gustado que volvieran aquellos años.

Quirke consigue el número de Leslie White por su cuenta y después de dudar, es su línea habitual, si llamar o no, por supuesto que le llama. Y contesta su mujer que le dice que ha echado de casa a Leslie. Quirke le pregunta si puede ir a hablar con ella, y la mujer acepta. Según avanzamos en la trama, los personajes se van relacionando cada vez más entre sí. Es como si se fuera tejiendo una tela de araña que los va cercando y acercando a todos. Kate White es una mujer atractiva, con personalidad, de treinta y muchos, que se ha vestido y preparado para intentar seducir al desconocido visitante. Quirke se da cuenta al momento. Quizá no le disgusta la idea. Comienza un diálogo sobre Deirdre y Leslie: es probable que yo empujase a esa putita a hacer lo que hizo. La llamé por teléfono. Había descubierto algunas pruebas que la incriminaban: cartas, fotografías. La llamé por teléfono y le dije lo que había descubierto […] mucho me temo que le dije lo que pensaba y se lo dije con demasiada crudeza […] ¿Y qué le puedo decir, señor Quirke? No tengo ni idea de lo que pretende usted saber. Y, según dice, usted tampoco lo sabe. ¿Hay algo sospechoso en la muerte de Deirdre Hunt? ¿Cree tal vez que la empujaron? […] ¿No habrá pensado que Leslie ha tenido algo que ver, verdad? […] Créame, Leslie sería incapaz de matar una mosca. Se moriría de miedo de que la mosca le picase. Se queda unas horas más. Se percibe claramente el proceso de seducción de Kate (¿lo hará con todos los hombres?) y cómo, de alguna manera, Quirke se deja. Pero al final, el hombre escapa y ella le despide con un beso en la boca aunque acto seguido le pide perdón: como le dije antes no soy la misma de siempre.

Plazos

Creo que queda claro ya en esta primera parte que es una novela de personajes por eso me he extendido en ellos. Hay trama, poca todavía, que avanza entre personaje y personaje. Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte (¡y sólo sobre esta parte!). Espero que sean numerosos y que os deis la réplica unos a otros: ¿qué opináis de los personajes? ¿Y de las descripciones? ¿Os atrapa la historia? ¿O, por el contrario, no os gusta nada?… Todos los comentarios son bienvenidos y cuantos más mejor. 😉  A la vez que comentáis, seguiremos leyendo, a lo largo de una semana, desde el capítulo 11 de la primera parte (pág. 128) hasta el final del capítulo 5 de la segunda parte (pág. 241). ¡Nos vemos en el blog!

El otro nombre de Laura: una novela negra de personajes

2 Feb

Pregó de la Lectura de Sant Jordi 2015, a càrrec de l’ escriptor John Banville – Foto en flickr de Xavier Trias. Algunos derechos reservados.

El otro nombre de Laura, cuyo título original es The Silver Swan, se desarrolla, como toda la serie que protagoniza Quirke, en el Dublín de los años cincuenta. Quirke es un médico forense que trabaja en el Hospital de la Sagrada Familia. Su infancia fue difícil: huérfano, pasó parte de ella en un orfanato dirigido por frailes, La Escuela Industrial de Carricklea, donde sufrió abusos de compañeros y profesores. Fue rescatado de allí por el importante y rico juez Garret Griffin que se lo llevo a vivir con su familia. Su hermanastro es Malachy, médico tocólogo, que se casó con Sarah, la mujer de la que estaba enamorado Quirke. El forense terminó contrayendo matrimonio con la hermana de ésta, Delia, que muere al dar a luz a su hija Phoebe. Viudo y desolado, piensa que lo mejor es entregar a su hija a Malachy y Sarah, que no pueden tener hijos, que la crían como si fuera propia y, lo que es más importante, sin que Phoebe sepa quiénes son sus verdaderos padres. Quirke, muy joven, se queda solo y se da a la bebida. Para ponernos en situación hay que hablar algo de la primera  novela de la serie, El secreto de Christine, en la que se investigan unos turbios sucesos relacionados con el tráfico de niños. Estos sucesos acabarán salpicando directamente a Quirke y a sus familiares más cercanos: el juez, su hermanastro e incluso a la familia de Sarah y Delia que es de Boston. En el transcurso de los hechos, Phoebe sabrá de quién es hija lo que le producirá una crisis de identidad convirtiéndola en una joven especial y que no se lleva muy bien con su verdadero padre.

Cuando comienza El otro nombre de Laura, Quirke ha dejado el alcohol y ha recuperado en parte a su hija a la que creía perdida. Phoebe tiene veintitrés años, trabaja de dependienta y cena una vez a la semana con su padre, unas cenas en las que no hablan mucho. El juez Griffin sufrió un derrame cerebral el año anterior, a los setenta y tres años, que le ha dejado completamente paralizado, y Sarah ha muerto. Quirke (cuyo nombre viene de “quirk” que significa “raro”) vive en una constante crisis vital. Es un hombre de edad madura, solitario, reservado, desencantado con la vida, de fuertes principios pero frágil. Posee una capacidad innata para meterse en líos pues siempre quiere saber la verdad de cualquier situación turbia o que esconda un secreto, de ahí sus dotes detectivescas que le convierten en un investigador sin licencia enfrentándose a su entorno y a sí mismo. Le atrae el lado oscuro de la vida. Es un hombre parco en sentimientos, inmaduro, frío, dubitativo, contradictorio pero muy lúcido y en el fondo romántico. Se le califica en algún momento como una bestia herida (es muy corpulento) ya que su pasado le pesa como una losa, tanto su infancia en la que pasó de la pobreza y el maltrato a la riqueza y el afecto de una familia, como la pérdida primero del amor de Sarah y después de su mujer y su hija. Que Quirke sea médico forense no es casual. Su profesión le lleva a diseccionar los cuerpos buscando respuestas. Lo mismo que hará después indagando en las vidas y en los misterios de los muertos a los que ha realizado las autopsias. Disección que el creador de Quirke, Benjamin Black, traslada a la sociedad en la que vive. Como toda buena novela negra, la trama va más allá de saber quién es el asesino. La novela negra siempre es psicológica, moral y social. Es una disección del ser humano y la sociedad en sus lados más oscuros: nada pone de manifiesto con mayor intensidad los dilemas existenciales que un crimen. Como dice Quirke en El secreto de Christine: a lo largo de mi vida he abierto un sinfín de cadáveres pero nunca he hallado el sitio dónde podría estar el alma. En palabras de Banville, Quirke no es muy simpático y admite que se parece a él mismo más de lo que quisiera. Es como una roca en el mar con verdín encima.

En El otro nombre de Laura, la ciudad de Dublín es tan protagonista como los personajes. En ese Dublín de los años cincuenta creció el autor, John Banville, por eso la recrea tan bien, con tanto detalle. Hay un paralelismo entre la historia sórdida que se cuenta en esta novela y el Dublín gris en el que se desarrolla la acción. Una sociedad en la que el catolicismo parece invadirlo todo, tradicional, hipócrita, donde las cosas no son tan justas y honradas como esa sociedad quiere simular. Hay chantaje, drogas, alcoholismo, sexo, corrupción. Esa época, en palabras del propio Banville/Black era excepcional, tanto en Irlanda como en Estados Unidos: paranoica, culposa, acicateada por el miedo y el odio, sacudida aún por los efectos secundarios de la guerra. Una época ideal para una novela si uno se inclina por una visión sombría del ser humano. Y añade: una atmósfera conquistada por la niebla, el hollín, los efluvios del whisky y el humo rancio del cigarro.

El otro nombre de Laura, una deslumbrante novela negra de crímenes, hipocresía y desencanto, en palabras del periodista Enric González, se centra en la investigación de un caso que se le presenta a Quirke cuando un antiguo compañero de universidad, Billy Hunt, va a visitarle para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Deirdre, y pedirle que no le haga la autopsia ya que no podría soportar la imagen del cuerpo de su mujer partido en dos. La bella Deirdre, que viene de  una infancia sórdida y miserable en un barrio pobre, Los Bloques, de la que siempre ha querido escapar, entra a trabajar de joven en una perfumería y farmacia de Dublín. Allí conocerá a su marido Billy y también al Doctor Kreutz, un hombre de origen indio, “sanador de almas” con el que establecerá una extraña y ambigua relación de atracción mutua pero no sexual. Poco después, y a través de Kreutz, conocerá a Leslie White, el verdadero “Silver Swan” que da título a la novela, un perverso, seductor y atractivo buscador de vidas con el que montará el salón de belleza del mismo nombre, que la engatusará y la conducirá a una vida muy diferente y peligrosa que acabará con su cuerpo en la morgue. Y ahí empieza todo. Con ese cadáver que empuja a Quirke a investigar ayudado por el inspector Hackett. Deirdre Hunt es también Laura Swan, el nombre que adopta cuando comienza su “otra vida” y que refleja otra personalidad, más bien turbia, que posee en su interior la dulce Deirdre y que Leslie se encargará de sacar a la luz y potenciar. Una novela de amor, pasión, intriga, miedo, desesperanza, anhelos, dudas, belleza, tristeza, poesía, verdad, soledad, vacío y muerte.

La novela se despliega en varios personajes robándole el protagonismo a Quirke. Como digo en el título, es una novela de personajes, excelentemente descritos, que se estructura alrededor de ellos en varias tramas paralelas en el presente y con numerosos flash-back sobre la vida pasada de Deirdre. Pero todos los personajes están relacionados entre sí lo que completa a la historia de una manera muy lograda. La prosa es muy descriptiva, marca de la casa Banville. Su prodigiosa prosa también está presente en su alter ego Black. Mucha descripción, pero también reflexión y no tanta acción como una novela negra demandaría: la trama no importa, la vida no es trama, lo importante es como actúas. Los gestos de las personas nos muestran como son.

El escritor Marcos Giralt Torrente (al que leímos, recordad, hace muy poco) nos describe magistralmente a los personajes de las novelas tanto de Banville como de Black : psicológicamente al límite, en permanente estado de crisis, acostumbrados a descender a diario a las catacumbas de la duda o la culpa, narradores que se ocultan y se pierden y huyen y juegan consigo mismo y con nosotros y nos engañan y se engañan sabiendo que lo hacen, entretejen, desde esa oscuridad en la que están sumidos, desde la misma raíz del dolor o de su propia abyección, el discurso de su cerebro en ebullición, una autopsia en vivo cuando donde lo importante no es tanto el conocimiento de aquello que les ha conducido a ese estado como los infinitos matices, de juicio o de sensibilidad, que el centrifugado especulativo de sus conciencias volcadas sobre sí mismas saca a la superficie.

El nombre que utiliza Banville en su alter ego, Benjamin Black, duplica la B de su apellido y hace referencia al “noir”, el género negro en el que se va a mover. Las influencias de Black son principalmente el Simenon de sus “romans dur”(las buenas, las que no son de Maigret) , Raymond Chandler, James M. Cain y Richard Stark. Todos maestros de la novela negra. No hay que obviar que muchas veces los novelistas toman otro nombre para escribir novelas policiacas por razones económicas (¿usted cree que Benjamin Black llegará a ganar dinero?), algo lícito, pero en este caso creo que las razones de Banville para crear su alter ego van más allá. Black es un doble de Banville que lo enriquece y sobre todo le da un nuevo significado. Banville, en un juego que establece continuamente con su heterónimo, se refiere a Black como a “mi gemelo oscuro” y “una versión un poco idiota de mí mismo” y Black define a Banville como “el pretencioso”. Benjamin Black está de actualidad ya que en este mes de febrero, Alfaguara publicará la séptima entrega de la serie de Quirke: Las sombras de Quirke (Even the Dead).

Termino dejándoos unos enlaces a diferentes entrevistas realizadas al escritor Black/Banville. La primera es una curiosa entrevista realizada por John Banville a Benjamin Black publicada en ABC en octubre de 2014: “El escritor no existe”. La segunda es una entrevista de Enric González realizada en El País con motivo de la publicación de El otro nombre de Laura en mayo de 2008: “Dublín negro”. Añado sendas entrevistas, en las mismas fechas y por el mismo motivo: una en el diario argentino La Nación: “Soy un poeta que escribe prosa”. Y otra en el también diario argentino Página 12 realizada por el escritor Rodrigo Fresán: “Mi otro yo”. Y por último, una recientísima entrevista en Zenda de enero de 2017: “Puedo vivir sin Benjamin Black pero no sin Banville”.

Os dejo también tres enlaces a vídeos. Uno es una entrevista a John Banville en “Página Dos” de TVE realizada en mayo de 2015 con motivo de la publicación de la por ahora última novela de Black, “Órdenes sagradas”, otro es un extensa e interesantísima “Conversación con John Banville y Benjamin Black”, realizada en la Feria del libro de Bogotá en mayo de 2015 y el tercero es el discurso pronunciado por John Banville  cuando le entregaron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014.

Por último os dejo el enlace a la página web dedicada a la obra de Benjamin Black (en inglés) que contiene muchas entrevistas, vídeos e información sobre su obra.

Plazos

Como la novela es algo larga, vamos a dividir la lectura en tres partes. Leeremos a lo largo de una semana hasta el final del capítulo 10 de la primera parte (pág. 127).

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis, ni esta parte ni mucho menos en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella en dicho post. Debéis respetar los plazos de lectura y dejar vuestros comentarios en los post respectivos a cada parte. ¡Buena lectura!

 

Nuestro próximo libro: EL OTRO NOMBRE DE LAURA de BENJAMIN BLACK

23 Ene

Portada de la novela “El otro nombre de Laura” de Benjamin Black. Editorial Alfaguara

Después de nuestro periodo vacacional, volvemos con la novela El otro nombre de Laura (2007) de Benjamin Black. Este nombre es el seudónimo que utiliza desde 2006 el prestigioso escritor John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) para escribir sus novelas negras. En este caso se trata de la segunda de la serie que comenzó con El secreto de Christine (2006). El protagonista de esta serie, que consta, por ahora, de seis novelas, es el médico forense Quirke, que sustituye al clásico papel del detective de otras novelas del género. Benjamin Black tiene otras dos novelas negras más, El lémur y La rubia de ojos negros, que no pertenecen a la serie de Quirke. En El otro nombre de Laura el médico forense se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje.

Benjamin Black está considerado como uno de los mejores escritores contemporáneos de novela negra. Y a John Banville se le considera como el gran renovador de la literatura irlandesa y uno de los más importantes escritores en lengua inglesa de la actualidad. Posee el Premio Booker 2005 por su novela El mar y fue Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014.

Sobre su desdoblamiento como escritor, ha dicho: El arte es una cosa extraña. Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez 2.000, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso. Escribir es un trabajo peculiar… Escribir es como respirar. Lo hago por necesidad. Por mi propia boca, y ahora también por la de Black.

A partir de mañana martes 24 podéis pasar ya a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Disponéis de una semana para ello. Los que vivís fuera también contáis con una semana para conseguir el libro editado por Alfaguara.

Nos encontraremos aquí en dicho plazo para empezar a leer El otro nombre de Laura. Espero que os agrade la elección.

Todo el amor de tu vida está dentro de ti

8 Dic

Recolección de fresas. Foto en flickr de M. Martín Vicente. Algunos derechos reservados.

A pesar de tan terribles confesiones, el hecho de que ambas hayan comenzado a abrirse la una a la otra les da fuerza. Son muy sanadores esos monólogos, tanto que Veronika advierte que en su amiga había un cambio sutil en el ángulo de su barbilla, en su postura. Determinación se dijo. Dignidad. Y quizá también alivio. Pero todavía hay mucho que contar, que exorcizar, y es el turno de Veronika, que está llegando a Nueva Zelanda: me sentía nueva, recién despertada a la vida […] Me había lanzado al vacío sin saber dónde ni cómo aterrizaría. Cuando se encuentra por fin cara a cara con James siente que todo lo vivido con él permanece intacto. Y comienza su nueva vida en el nuevo mundo. James ama el mar: para mí, el mar es la vida misma. Los colores, el olor. Es mi anhelo  […] Quiero que os conozcáis. Que aprendáis a quereros el uno al otro. James hace surf en un mar con impredecibles corrientes subterráneas y Veronika le tiene miedo a ese mar bravo: el mar se convirtió en mi enemigo. Luchábamos por el mismo hombre. Pero, a pesar de la amenaza, son felices. Se quieren y piensan en tener hijos.

Volvemos al presente. En una de las cenas que comparten, Veronika sorprende a Astrid con una sonata de Brahms que la madre de la anciana le ponía muy a menudo. La música cura, la música les trae lo mejor de sus vidas: hacía más de setenta años que no la oía. Sin embargo, ahora vuelve a mí y me doy cuenta de que siempre ha estado aquí, en mi corazón. Su madre le decía que la música contenía toda la belleza del mundo. Pero Astrid dejó de escuchar música, abandonó todo lo que significaba la vida para ella: yo maté la música. Y maté a mi hija.  Esta es la parte que me resulta más difícil de entender del libro. El porqué Astrid mató a su hija Sara. Supongo que en la siguiente afirmación unas páginas más atrás está la razón: subí la escalera y supe que él estaba allí La puerta no se hallaba cerrada, sólo tuve que empujarla suavemente y se abrió sin hacer ruido. Lo encontré inclinado sobre la cama […] Supe que no tendría tiempo. ¿Maltrato real a la niña por parte del padre? ¿Miedo a que haga con la niña en un futuro lo que ya le hace a ella y que también le hizo su padre a Astrid? Sinceramente no me queda claro. Y me parece terrible que la mate, ¿por qué? ¿No había otra salida? ¿Qué opináis vosotros?

Veronika no la juzga. Ve tanto dolor en sus ojos durante su confesión que la abraza y la consuela: Oh, Astrid. Mi queridísima, queridísima Astrid. La anciana comienza a llorar el llanto reprimido tantos años: era un llanto fruto de un dolor tan grande que parecía insoportable. Quizá en lo siguiente haya una respuesta: enterré todos mis pensamientos junto con mi hija. Es tan doloroso… […] ¿Lo ves?, era yo. Siempre fui yo. Porque mi amor no era lo bastante intenso. Y si no estaba segura, entonces podría haber vuelto a ocurrir  […] Tal vez es que mi odio lo era demasiado. Ella se siente culpable. Culpable de no haber amado lo suficiente o de haber odiado demasiado. También, hay confusión debido a su soledad: creo que, si encontramos las palabras y a la persona a quien contárselas, tal vez vemos las cosas de una manera diferente. Pero yo no tenía palabras ni a nadie.

Veronika retoma su relato del pasado. Los días felices en Nueva Zelanda van a tener un terrible final. James muere mientras surfea. El mar gana y le arrebata a su amor, a su hombre y ella se quedará estancada en su dolor mucho tiempo incapaz de reaccionar: yo estaba en otra parte, un lugar adonde la luz no llegaba. Pero aún hay más. Veronika pierda al hijo que estaba esperando. El hijo de James. El que podría haber mitigado su pérdida. Es terrible todo lo que les ha ocurrido a estas dos mujeres. Llama la atención su serenidad, su templanza al vivirlo y su resistencia. Ambas son fuertes aunque estén varadas. Muy fuertes.

Después de enterrar al marido de Astrid, las dos mujeres se encaminan a pasar un día en el lago. Antes han ido a comprar un bañador para la anciana que nunca se ha bañado. Es verano. Mientras lo escogen, ríen a carcajadas. Ambas se han liberado de terribles secretos y empiezan a recuperarse y a disfrutar. A Astrid no le importa haber tardado toda una vida porque ha llegado a tiempo de salvarse y eso es lo único importante: con el tiempo comprendes que no hay nada que temer y mucho por lo que estar agradecido. Me ha costado la vida comprenderlo.

He pasado más tiempo con él que con ninguna otra persona. Sin embargo, cuando lo veo ahora que soy adulta, no estoy segura de conocerlo. Sé que es bueno. Y amable. Sé que le gusta leer con qué música disfruta, qué deportes prefiere. Pero no sé lo que piensa. No lo conozco como persona. Sólo como padre. Es Veronika la que habla. Después de funeral de James, la joven va a visitar a su padre a Tokio. Su padre, indispensable en su vida. El único con el que podría estar en esos momentos. Su única familia. Con el que no necesita palabras: no hizo preguntas ni me interrogó con la mirada. Desplegó una callada y tranquila eficiencia. Su expresión y su lenguaje corporal venían a decir: “superemos esto lo antes posible y sin dramatismos”. Pasan juntos un mes sin hablar apenas, instalados en una rutina que le va a hacer mucho bien a Veronika, que todavía sigue en shock. La sutil relación de afecto que tienen padre e hija la va a ayudar a superar su dolor: resultaba tranquilizador darme cuenta de que el hombre que tenía delante era mi padre. Que yo era su hija. Y el último día de su estancia en Tokio, Veronika, por fin, puede llorar por primera vez: era una tristeza suave, indefinida, no el dolor físico de antes.

Después de bañarse en el lago, las dos mujeres celebran una cena de cumpleaños mutuo. La reconciliación con sus respectivos pasados es un hecho ya. Ambas están felices y en paz. Las heridas se están cerrando. Astrid le regala a Veronika el diario de su madre, un preciado objeto que ya no necesita pero quiero verlo en manos de alguien que lo proteja. El verano termina y la vida continúa instaladas en una cómoda rutina que consistía en paseos diarios y cena un par de veces por semana, alternando la casa. La vida se desarrollaba según un ritmo amable y predecible. Veronika se sentía en paz, descansando en el presente.  El libro que está escribiendo avanza. Ya no va a ser el libro de James. No es todavía el momento para escribirlo: era distinto, un libro que había sustituido al otro, y Veronika empezaba a creer que así debía ser. Su padre se ha jubilado y ha regresado a Suecia. La invita a visitarlo. La echa de menos. Ella también. Pero hay algo más: he estado pensando que quizá un día debería volver a Nueva Zelanda. Que quizá necesite una especie de conclusión. He estado pensando que me fui sin terminar mi vida allí. Que es preciso que vuelva. Astrid la anima a que haga lo que tenga que hacer: quizá haya llegado el momento. Cuando estés preparada. No hay prisa. Pero llegará el día en que tengas clara tu decisión. Según la anciana, sólo hay que escuchar a nuestro corazón para saber lo que tenemos que hacer.

Finalmente Veronika decide marcharse. Es el día de Todos los Santos. Irá primero a ver a su padre a Estocolmo y después a Nueva Zelanda. Pero algo de ella se queda en ese lugar donde ha vivido tan intensamente y donde han ocurrido cosas muy importantes: comprendió que aquella casa y aquel pueblo se habían convertido en su hogar. Que por primera vez se enfrentaba a una partida teñida de tristeza. Visitan el cementerio: ahora ya no tengo miedo, afirma Astrid. Y Veronika, a pesar de su tristeza, está preparada para partir: el vínculo entre la casa y ella se había roto. Ambas estaban a la espera de la siguiente etapa. Respecto a Astrid, Veronika siempre la tendrá en su corazón.

Han pasado los meses. Veronika vuelve al pueblo. Es marzo. Igual que la primera vez. Astrid ha muerto. Ha decidido poner fin a su vida y le ha dejado su casa a la joven. Veronika visita el cementerio. La tumba de Astrid está al lado de la de su hija Sara. En ella hay unas palabras grabadas: Déjame ahora cantarte dulces canciones. La joven deposita en cada lápida sendas dioritas traídas de Nueva Zelanda. Hay una carta de Astrid para ella y dentro de la carta, el colgante que siempre llevaba la anciana. La importancia que adquieren pequeños objetos cargados de simbolismo es muy importante en esta novela. La carta está llena de amor y agradecimiento. Y sobre todo de reconciliación con la vida. Emociona, mucho, leerla: me conoces como ninguna otra persona me ha conocido jamás. Y me gusta pensar que te conozco un poco. Durante mucho tiempo me reconfortó la idea de no tener nada. Ni a nadie. Pero ahora sé que no estamos hechos para vivir así. No me entristece haberlo comprendido tan tarde. Me siento agradecida por el simple hecho de haberlo entendido. Puede que a algunas personas mi vida les parezca trágica. Un desperdicio. Yo no lo veo así. Tú me has abierto una nueva perspectiva. Has vuelto a sacarme a la brillante luz de la vida, me has abierto los ojos. Has hecho que el hielo se derrita. Y te estoy muy agradecida. Astrid le dona su casa para que haga lo que quiera con ella pero espero que elijas aceptarla. Es una casa que necesita amor y felicidad, que la merece […] Me gustaría que me recordaras con una sonrisa. No olvides que hubo amor, pero permití que el odio bloqueara mis recuerdos. Ahora creo que mi vida toca a su fin con un cierto triunfo final. He recuperado el amor de mi vida. Astrid considera que todo lo bueno que ha logrado al final de su existencia se lo debe a Veronika: el amor, la música, la capacidad de admirar el paisaje, la reconciliación con su pasado, la vida a fin de cuentas. Y ella, como agradecimiento, le dona un hogar: ¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! La joven tiene también algo para ella: su libro, ya terminado, que se titula “Déjame cantarte dulces canciones”.

Plazos

Una vez terminada esta hermosa historia de amistad y redención, es hora de vuestros comentarios sobre esta segunda parte y sobre la novela en su totalidad. Disponéis de una semana para ello. ¡Espero que sean muchos los comentarios!