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Trato de comprender qué nos perdimos, en qué punto nos atascamos

27 Sep

Padre e hijo. Foto en flickr de Daquella manera (Daniel Lobo). Algunos derechos reservados.

Tiempo de vida se abre con una cita de Nietzsche: Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya. La ficción como salvadora de la realidad. El arte que ayuda a asimilar la verdad más dolorosa. Comentarlo daría para un tratado largo y no es el caso, pero se admiten en vuestros comentarios opiniones al respecto.

Ya desde el principio del libro la figura del padre se muestra omnipresente en la vida del autor/narrador. Para bien y para mal. Tanto como para que, incluso, decida, una vez adulto, su vocación, a la contra del padre. Y también desde las primeras líneas, cuatro y cinco para ser exactos, están muy presentes el rencor y la venganza del hijo hacia el padre. Marcos nos cuenta cómo en sus libros anteriores, todos de ficción, la problemática relación con su padre aparece de alguna manera a través de personajes y situaciones, tanto como para que el padre, al leerlos, y aunque él, culpable, intente camuflarlos lo más posible, se vea reflejado y le duela, pero es que, a la vez, el hijo quiere que el padre sepa. La figura del padre siempre proyectando su sombra sobre el hijo que le admira y le reprocha a partes iguales. Toda la vida del hijo condicionada por ese padre ausente la mayor parte del tiempo.

Después de la muerte de su padre, el autor se da cuenta de que solamente puede escribir sobre él (idea que surgió ya durante la enfermedad), pero, aunque lo intenta, no lo logra: me proponía escribir sobre mis últimos dos años y simplemente no sabía cómo hacerlo. Y entonces lee, mucho, a otros escritores que han escrito sobre los mismos temas. Nos pone las citas. Necesita sumergirse de lleno en ello pero no sabía qué libro quería escribir. O sí que lo sabía pero no sabía cómo hacerlo. O no había resuelto aún qué contar y qué callar. O la vida de mi padre, al fin y al cabo, no era tan novelesca. O simplemente dudaba de que a alguien le interesara. Dudas, dudas y más dudas. Intentos numerosos y fracasos consiguientes. Marcos está todavía viviendo el duelo, quizá es demasiado pronto y no tiene la distancia necesaria para hacerlo. Nos transcribe frases que escribió en esos intentos. No encuentra el tono.  Y lo bueno, literariamente hablando, es que el autor decide comenzar esta novela de no ficción narrándonos esa imposibilidad. Sabia resolución.

Otro tema que le preocupa es cómo escribir sobre su propia vida: la vergüenza, los pudores. Los propios y los ajenos. El reto, lo nunca hecho. Hablar por primera vez con la propia voz. Una sensación nueva que aturde: no poder inventar. Y otro más es la dificultad de encontrar un leitmotiv: me faltaba el  hueso y, dentro de éste, el tuétano. Me faltaba saber adónde quería conducir mi relato, qué quería resaltar. Me faltaba la idea motriz; no la tenía porque lo único que sentía era un gran vacío. Se suceden muchas preguntas sin respuestas: la escafandra me impide contestar. O a lo mejor no estoy tan recuperado. O sí lo estoy y en eso consiste la muerte, en dejar preguntas sin responder. Pero hay algo superior que le impele a encontrar esas respuestas: entender, quizá. Entender lo que pasó entre ellos a lo largo de casi cuarenta años, el porqué hicieron los que hicieron y no hicieron lo que no hicieron: trato de comprender qué nos perdimos, en qué punto nos atascamos. Pero también hay algo más muy importante, mucho, y es que tengo la convicción de que algo se ha roto en mí, de que algo se ha ido. No hablo del vacío, no hablo del desgarro de la pérdida. Hablo de la rabia con la que antes escribía. Porque el autor escribía contra su padre y ahora, una vez reconciliado y desaparecido el padre, esa rabia se ha volatilizado y no tiene razón de ser: su recuerdo no me solivianta, los agravios no perduran, no compito con él, no tendría sentido querer demostrarle nada. Nada le afecta ya, ni siquiera esto que escribo.

Y después de exponernos su imposibilidad y sus dudas, a lo largo de nueve páginas, el autor se aclara consigo mismo, encuentra el tono y comienza la narración, y con ella  las numerosas enumeraciones y repeticiones que constituyen una parte fundamental de su estilo (necesitaba una voz que fuese como una letanía que diese cuenta de los hechos sin casi profundizar en ellos). Estamos en 1964, el año en que sus padres se casan: mi padre tenía veintitrés años y mi madre veinticinco. El padre ya ha viajado por Europa, pinta y expone sus obras, es un hombre atractivo y la madre, de la que el padre se siente atraído por su elegante belleza y el misterio imperturbable de su mirada, todavía vive con sus padres. Se marchan dos años a Brasil y son felices. La felicidad continúa los dos años siguientes en Madrid, a pesar de ciertas dificultades económicas, y nace Marcos en 1968: cuatro años he tardado, y no porque hubieran hecho nada para evitarlo. Durante los primeros años de su vida, la presencia del padre, que trabaja en casa, es mayor que la de la madre, que trabaja fuera. Es el padre el que se ocupa de él mayormente y le deja acompañarlo mientras pinta, garabateando él también, a veces en sus propios cuadros. Y aunque Marcos recuerda muchos momentos juntos, el padre viaja con gran frecuencia y pasa largas periodos en otras ciudades. Sabrá después que los problemas en su matrimonio ya habían aparecido y aunque intentan salvarlo la insatisfacción de mi padre, su tendencia a liberarse del peso que mi madre y yo representábamos en un ambiente, el de sus amigos pintores, en el que las responsabilidades familiares eran la excepción, lo abocaban inexorablemente al final. Pero Marcos sólo tiene buenos recuerdos de esa época: el hecho de que conserve esos recuerdos, y ninguno de insatisfacción ni de infelicidad, me lleva a pensar que aún no era el problema en que luego se convirtió para mí.

Esta situación continúa hasta 1978 y, aunque las ausencias del padre cada vez son más largas, no representa ningún drama para el niño. Mi madre consigue hacer normal lo que no lo es, mi madre consigue que mi padre siga siendo mi padre sin dudas por mi parte, sin quejas, sin peligrosas grietas. Hasta que finalmente se fue mi padre de nuestra vida diaria y ni siquiera entonces supuso un choque. Mi madre estaba para amortiguarlo y él no dejó de venir en ocasiones. Pero empiezan los problemas económicos tanto para el padre como para la madre, altibajos que estarán siempre presentes en sus vidas, ante los que el padre manifestará su malestar: los problemas económicos lo abruman y sus visitas no son ya tan desinhibidas ni tan frecuentes como antes. La ausencia o no de dinero marca mucho sus relaciones. En los periodos en que la madre y el hijo están bien económicamente, el padre se siente aliviado y hace más acto de presencia, y viceversa. Lo mismo cuando le ocurre a él, que será menos frecuente. Pero al hijo, por ahora, sigue sin afectarle negativamente la actitud y la ausencia del padre. Disfruta de su compañía y quiere compartir con él cosas y entenderlo. Y continúa su búsqueda de identificación con la figura paterna.

A continuación hay un flashback donde el autor nos habla de la familia de su padre. Es necesario que me remonte en el tiempo si quiero trazar un retrato comprensible de mi padre: burguesía acomodada, ambiente distendido, alegre en casa de sus abuelos. Decadencia económica del padre y pérdida de la madre, con la que mantenía una relación muy estrecha, cuando tiene doce años: fue determinante en el carácter inseguro de mi padre. Desencuentros con su padre y marcha a Londres antes de la mayoría de edad para estudiar pintura. Los dos rasgos que, más allá de la pintura, definieron la vida de mi padre: un laberinto del minotauro femenino que en el fondo escondía la necesidad de correr al amparo de mujeres fuertes, y un miedo atroz al futuro, a quedarse repentinamente sin hierba bajo los pies. Sumémosle una sensibilidad quizá excesiva y dos más uno son tres.

Volvemos a la historia, y es en 1980 cuando el hijo comienza su conflicto con el padre: el mundo tejido por ella (la madre) para que su separación me pasara inadvertida empieza a resquebrajarse. Empieza a acusar sus ausencias, percibe mentiras, no aporta dinero para su manutención… Yo me debato, mi cabeza y mis deseos frustrados con mi padre, mi corazón y mi día a día con mi madre. Esta situación va creciendo a lo largo de los siguientes años. Marcos se ha hecho mayor: he madurado, estoy más atento. No soy ya un mero testigo, y cada vez le irrita más la actitud de su padre: es el comienzo de los silencios entre nosotros”. Los dos saben lo que está pasando: “nos basta con mirarnos a los ojos.

Y aparece “la amiga que conoció en Brasil”. Pieza fundamental en la historia del desencuentro entre los dos que, debido a la actitud de ella, no dejará de crecer (un padre incapaz de ejercer de tal para detener la amenaza que se cierne sobre él, y la mujer de éste, la desencadenante del peligro, la instigadora). El padre comienza una relación seria con esta mujer que con el tiempo acabará en matrimonio. Pero ella no soporta al hijo, y a éste, aunque intenta ser ecuánime, tampoco le gusta ella. El inicio de la relación coincide con una fuerte crisis creativa del padre por lo que tiene que buscar trabajos alternativos, además de sumirle en un estado depresivo. Con el tiempo, la mujer y él se dedicarán a comprar pisos (es el tiempo de la burbuja inmobiliaria en España) que él reformará para venderlos. Esto no hará sino aumentar los lazos de dependencia y unión entre la pareja, y, por consiguiente, crecerá el distanciamiento y los problemas del padre con el hijo: nada entre dos aguas y rinde más donde más se le exige. Se agudizan sus fluctuaciones, los silencios y la desgana mutua. Elige para verme momentos muertos que cortan la rutina doméstica. Mi descontento crece paulatinamente. Y para deteriorarse más las cosas, ante una nueva situación de apuro económico de la madre y el hijo, el padre no sólo nos los ayuda sino que desaparece: mi ira crece.

Pero Marcos duda cuando está escribiendo el libro, ya en 2009: ¿Sus ausencias fueron tantas? ¿Debí haber sido tan consciente de los problemas económicos? ¿Me competía reclamarle? Llegados a este punto me parece pertinente preguntaros: ¿Qué opináis vosotros de todo lo leído hasta aquí (pág.47)? Sé que sólo tenemos el punto de vista del hijo, desconocemos qué pensaba el padre y porque se comportaba como lo hacía, pero esto es un libro, y aunque cuenta hechos reales es también literatura, una “ficción sin invención”, y esto es un club de lectura, por consiguiente, creo que podemos dejar nuestras opiniones aunque hable de hechos reales tan personales. Por supuesto, también espero vuestras opiniones sobre el estilo y todo lo que consideréis pertinente comentar. El propio autor se cuestiona lo que está haciendo al escribir este libro: por momentos me asusta la responsabilidad […] pero es evidente que no puedo evitar tomar algunas decisiones. […] La ficción te permite decirlo todo. Con tu propia voz, en cambio, o bien tienes la tentación de callar, o bien echas de menos poder inventar  […] me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con el que pretendo acercarme a una objetividad imposible.

Los años se suceden más o menos parecidos. Mientras la madre es una presencia constante de gran apoyo (vivo con mi madre. La veo por la mañana, por la tarde y por la noche. Es ella quien paga mi educación, quien mi viste, quien me da de comer. Es ella quien percibe mis carencias, quien busca soluciones y trata de satisfacer mis deseos. Es ella quien me enseña a comportarme en sociedad, quien me marca el camino […] Casi nada de lo que me sucede la pasa inadvertido), el padre no está: mi padre es una presencia intermitente, y además tiene el poder de amilanarme con su desdén, de desesperarme con sus carencias […] El rencor, el resentimiento, me asaltan constantemente. ¿De qué le acuso? De todo. Marcos percibe que su padre es consciente del problema que existe entre ellos pero no lo hablan nunca, además no sólo constato que mi presencia es un incordio para la amiga que conoció en Brasil, no sólo se me imponen barreras, frente a las que él no se rebela, que los hijos de ella no sufren, sino que además percibo un conflicto latente que dificulta aún más mi acoplamiento. Para el padre, Marcos sigue siendo un niño (y tiene ya veintidós años) y todo lo reduce a caprichos, al capricho de un niño y a la influencia de su madre. A ese sintagma me veo reducido constantemente. Y apenas se ven ya: en muchos aspectos somos dos extraños. Él no me conoce al margen de nuestras artificiosas citas a comer, y yo tengo una idea muy limitada de su vida […] Nunca conseguimos dejar a un lado el problema entre nosotros. El problema está siempre latente. Próxima la hecatombe. No es relajado vernos […] Un círculo vicioso el de mi padre, la amiga que conoció en Brasil y yo: los rencores de cada uno retroalimentándose continuamente […] La cuerda está siempre tensa. Él sufre y yo sufro, pero somos incapaces de romperla, de prescindir el uno del otro […] Sólo hay un terreno, en realidad, en el que no hay riesgo de conflicto: me enorgullece que sea pintor, admiro su pintura […] pero tampoco soy del todo inocente. Me interesa crear esa complicidad. Intuyo que no la tiene con la amiga que conoció en Brasil y no quiero fallarle como creo que ella le falla.

A partir de ahí, viene otro paréntesis en la historia para hablarnos de cómo era su padre. Nos habla desde los detalles más nimios y superficiales hasta de su carácter y su obra pictórica y su relación con el acto de pintar. Os dejo a vosotros la posibilidad de comentar todo lo que nos cuenta acerca de su padre. Evidentemente en esta larga descripción hay numerosos datos para poder entenderle mejor.

Retomada la narración, estamos ya en 1991: de 1991 a 2002 las sensaciones se repiten y en ocasiones empeoran, se enreda el hilo del rencor mutuo, y aunque el hijo intenta la reconciliación, siempre ocurre algo que vuelve a removerlo todo. Marcos comienza  a escribir su primer libro en 1993, dos años antes ha conocido en la facultad a “una chica con los labios pintados de rojo” que se convierte en su novia y con la que acabará casándose después de muchos años de convivencia en pareja. Prosiguen las enumeraciones sobre esos años. El padre ya hace tiempo que, superada su crisis creativa, ha vuelto a pintar y a exponer, en España y en el extranjero. También hace tiempo que se ha casado con «la amiga que conoció en Brasil».  Marcos consigue publicar y continúa escribiendo hasta conseguir con su primera novela un premio muy importante. Gracias a su éxito, puede ayudar a su madre que pasa por dificultades económicas grandes. El padre continúa con su desaparición intermitente pero, finalmente, a partir de 2004, con motivo de la boda del hijo, en la que el padre se emociona, algo va cambiando entre ellos: lenta, imperceptiblemente, algo ha cambiado entre nosotros. Me siguen molestando las mismas cosas que me molestaban, pero he decidido no pensar en ello y lo cierto es que, aunque al tran tran, también él hace esfuerzos.

Termina esta primera parte en la que he dividido la lectura con una larga reflexión del autor sobre su oficio de escritor y los motivos por los cuales lo eligió: diré algo más acerca de mi oficio, ya que tiene que ver en nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forzada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. Marcos piensa que si hubieran mantenido una relación más estrecha durante la adolescencia, que es cuando las vocaciones se consolidan, si hubiera pasado más tiempo de en su estudio como hizo de niño, hubiera sido, quizá, pintor como su padre. Pero, bueno, me he extendido demasiado ya, y os dejo a vosotros la posibilidad de comentar esta parte que tiene interesantes reflexiones y aclaraciones, entre otras, sobre por qué no fue la influencia de su abuelo materno, Gonzalo Torrente Ballester, la que le hizo convertirse en escritor, aunque sí influyó, de alguna manera, la oralidad prodigiosa de su madre.

Plazos

Ahora ya es el momento de vuestros comentarios sobre esta primera parte. Comentad lo que queráis sobre ella y también intentad daos la réplica unos a otros. No sólo dejéis vuestras opiniones sino contestad a los comentarios de los demás para que esto se parezca lo más posible a un debate cara a cara. No os cortéis en dejar vuestras opiniones sean estas las que sean porque así enriqueceremos la lectura además de compartirla. Todas las opiniones son válidas. Cortas o largas. Venga, ánimo. ¡Espero que sean muy numerosas! Disponéis de una semana para dejar vuestros comentarios, y mientras vamos comentando sólo esta parte, continuaremos la lectura de la segunda y última parte de Tiempo de vida: desde la frase “Lo peor no avisa pero tampoco engaña” (pág. 103) hasta el final de la novela.