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Maestro – murmuré –. Maestro, no sé volver a casa

16 May

Cerezos en flor. Foto en flickr de Gonmi. Algunos derechos reservados.

El primer capítulo comienza presentándonos al maestro y su primer encuentro con Tsukiko en la taberna. Ésta ni recuerda su nombre ya que no le gustaban mucho sus clases y no lo ha vuelto a ver desde que terminó el instituto. No parece que su profesor haya dejado ninguna huella en ella. Por el contrario, el maestro sí la recuerda bien. Desde el principio parecen tener mucho en común: supongo que no perdimos el contacto porque teníamos demasiadas cosas en común. No sólo nos gustaban los mismos aperitivos, sino que también estábamos de acuerdo en la distancia que dos personas deben mantener. Nos separaban unos treinta años, pero con él me sentía más a gusto que con algunos amigos de mi edad. La comida que a ambos les gusta, y que es un elemento importante en la narración, es comida tradicional japonesa: atún con soja fermentada, raíz de loto salteada y chalota salada. También a los dos les gusta mucho beber, es más, beben muchísimo. Cerveza y sake. En realidad, los pocos personajes que aparecen en la novela beben mucho. ¿Por qué? ¿Costumbre japonesa? A Tsukiko parece relajarla, siempre se siente mejor y más segura después de varias botellas de sake. También queda claro desde el principio que a es una joven diferente: las mujeres no suelen frecuentar solas lugares como éste. Habla poco, normalmente a todo lo que le dice el maestro contesta con el mismo monosílabo: “ya”. Es indecisa (antes nunca sabías qué hacer, pero lo decías con una seguridad pasmosa. Eres una mujer decididamente indecisa, le dirá más tarde, su antiguo compañero y pretendiente Takashi) y huraña, testaruda, con un irónico sentido del humor y con reacciones a veces extrañas. No se sabe muy bien lo que quiere de la vida Tsukiko.

También la presencia de la naturaleza es casi constante desde el inicio de la narración. Tanto en la ciudad, a través de los cerezos o de la luna o del viento (¿oyes el susurro de las zelkovas? – me preguntó, levantando la vista hacia los árboles plantados en la acera. Las ramas verde oscuro se balanceaban. No parecía que el viento soplara con fuerza, pero agitaba violentamente las copas de las altas zelkovas), como en sus salidas fuera, al bosque o a una isla más adelante. Y el suceder de las estaciones, con sus cambios que ellos parecen apreciar con significativo detalle, marca el tiempo de la narración. Otro elemento muy relevante en la novela es la importancia que cobran los hechos o los objetos más triviales, los más pequeños detalles en los que encontramos muchas veces una sútil y cotidiana belleza: Inclinó ligeramente la botella desde una altura considerable hasta que el líquido empezó a caer describiendo una línea vertical, como si el vaso ejerciera una especie de atracción magnética. O cómo la autora mezcla ambos elementos: Vacié la taza de un trago. El maestro bebía a pequeños sorbos. La luz de la luna era deslumbrante. Y la poesía. El maestro recita de vez en cuando haikus o fragmentos de poemas de autores clásicos de la literatura japonesa: A través de los sauces/ reluce el resplandor ceniciento, / el humo se levanta más allá de la pradera (Seihaku Irako).

Comienzan a quedar fuera de la taberna a propuesta del maestro: se me hacía un poco raro quedar a plena luz del día. Nuestras reuniones siempre tenían lugar en la oscuridad de las tabernas, donde nos sentábamos, bebíamos sake y comíamos tofu frío o tofu hervido, según la época del año. Nunca quedábamos de antemano, nos encontrábamos por casualidad. A veces no coincidíamos durante unas cuantas semanas. Otras veces, en cambio, nos veíamos varias noches seguidas. El azar va dando paso a pequeños planes: excursiones a un mercado o a coger setas o a una celebración enfrente del viejo instituto. Será en su primera salida, al mercado, en la que aparecerá el omnipresente maletín, tan importante en esta historia: anunció sacando una agenda del maletín negro que siempre llevaba encima. También se van intercalando en la narración pequeñas historias del pasado: un compañero de trabajo de Tsukiko que intentó propasarse, la ingesta de la seta de la risa por parte de la peculiar mujer del maestro, un viaje a Francia de la joven cuando tenía veinte años… así como historias que recuerda el maestro de lecturas pasadas.

Se enfadan por una nimiedad, no les gusta el mismo equipo de béisbol, y dejan de hablarse un tiempo (parecen ya novios sin serlo todavía). Ella se enfada muchísimo: será mejor que cambiemos de tema – le advertí, lanzándole una mirada fulminante. Pero él no dejaba de reír. Había algo diabólico en sus carcajadas. Era la risa de un niño que acaba de aplastar una hormiguita. En su relación siempre predomina la superioridad del maestro que ella, normalmente, acepta. Él es siempre el que decide o el que propone o el que enseña o el que la reprocha con cariño. Ella parece que vive en una vida suspendida en la que no sabe nunca qué hacer. En su casa, después del trabajo, se tira en el futón y deja las horas pasar hojeando una revista o un libro, dormitando. No parece reaccionar ante los acontecimientos dejándose simplemente llevar. Pero ésta vez reacciona y dejan de hablarse. Se siente atacada por él, pero lo echa de menos: el maestro era mi única compañía […] Estaba sola. Subía sola al autobús, paseaba sola por la ciudad, iba de compras sola y bebía sola. Incluso cuando estaba con el maestro era como si fuera sola a todas partes. No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa. Era una sensación curiosa, como si me hubiera comprado un reloj nuevo y no quisiera quitar el plástico adherente que protegía el cristal. Si el maestro llegara a enterarse de que lo estoy comparando con un pedazo de plástico, probablemente se enfadaría. Cuando coincidíamos en la taberna y nos tratábamos como perfectos desconocidos, me sentía como el reloj que ha perdido el plástico adherente. Por otro lado, las reconciliaciones fáciles nunca me habían gustado, y estaba segura de que al maestro también le resultaban ofensivas. Por eso seguíamos fingiendo que no nos conocíamos. Los símiles que utiliza de los hechos más importantes son curiosos. Los compara, de nuevo, con lo aparentemente más trivial. Así también, más adelante, en la página 70, describiendo la relación que mantiene con su familia vuelve a hacer lo mismo: pero había algo en aquella casa que me provocaba incomodidad. Era como si encargara varias piezas de ropa hechas a medida y al probármelas descubriera que unas eran demasiado cortas y otras eran tan largas que las arrastraba por el suelo al caminar. Entonces me quitaba la ropa, estupefacta, comprobaba de nuevo las medidas y me daba cuenta de que eran exactas. Así me sentía con mi familia.

Como se echan de menos, y ha pasado el tiempo suficiente para que su reconciliación esté a la altura, vuelven a amigarse y ella le regala un rallador que ha comprado un día que visitó una tienda en la que no sé por qué extraña asociación de ideas el brillo de los filos me hizo pensar en él. El caso es que me invadió un apremiante deseo de verlo. De nuevo, unidos, lo más importante y lo más trivial. Ya todo de nuevo en su lugar, se van a coger setas con el tabernero Satoru que les invita a una excursión a Tochigi. Se les une el primo del tabernero, Toru, y, aunque Tsukiko vacila y no sabe muy bien porqué va, el maestro está contento de estar nuevamente con ella. Mientras cogen setas, ella a veces cree verlo y a veces no: creía que estaba justo delante de mí, pero si apartaba la vista durante un segundo y volvía a mirar, ya se había esfumado. Entonces lo buscaba, sorprendida, para descubrir que se encontraba a mi lado. Un juego visual que refleja muy acertadamente lo que es su relación. Tsukiko sentada en el bosque lejos de ellos, se siente invadida por todo lo que la rodea, sobre todo la vida animal y vegetal y la agobiante humedad. Tanta vida la hace reflexionar: me sorprendió estar rodeada de tantas criaturas vivas. En la ciudad siempre estaba sola, aunque estuviera con el maestro. Creía que en las ciudades sólo vivían criaturas de gran tamaño. Sin embargo, al reflexionar sobre el asunto me di cuenta de que en la ciudad también estaba rodeada de seres vivos. Nunca estábamos solos […] nunca había considerado a los demás personas de carne y hueso. No había caído en la cuenta de que cada uno de ellos tenía su propia vida, llena de altibajos como la mía. Durante la comida que improvisan en el bosque, una deliciosa sopa de setas, el maestro les cuenta la historia de cómo su mujer comió la seta de la risa. Es la primera vez que habla de ella y se pone de manifesto claramente que al maestro esa mujer tan peculiar no le agradaba demasiado aunque fuera ella la que le abandonara quince años atrás: mi esposa no era una persona de trato fácil, pero yo tampoco. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. Es evidente que yo no era el roto ideal para su descosido. Un poco más tarde, Tsukiko le pregunta si sigue enamorado de su mujer. El ríe y le contesta: mi mujer sigue siendo un misterio para mí […] Los insectos zumbaban a nuestro alrededor, y yo seguía sin entender qué estaba haciendo allí.

A continuación viene un capítulo importante, “Año  nuevo”, en el que conoceremos algo más a Tsukiko. Nos habla de su familia, de su soledad, de su incapacidad de resolver pequeños accidentes domésticos, de su peculiar relación con su madre, a la que se siente muy unida aún en el silencio y en la torpeza de su casi inexistente comunicación. Asimismo, nos habla de su incapacidad para mantener una relación sentimental: quizás la rutina del compromiso no fuera tan mala, pero me costaba mucho imaginármela. Y nos narra cómo de una manera absurda, sin ningún motivo aparente, dejó de ver a su último novio, al que quería, sin hacer nada para salvar esa relación. Un poco más tarde, él se casará con una amiga de ella que intentó ayudarla para que no le dejara: estaba convencida de que el amor y yo no estábamos hechos el uno para el otro. Si tan caprichoso era el amor, no quería tener nada que ver con él. Tsukiko está tan perdida que recordando todo esto en la soledad de su vida comienza a llorar mientras come una manzana. Y se va a la calle a caminar y sigue llorando y se siente como una niña que no sabe volver a casa. Y piensa intensamente en el maestro echándole de menos pero él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar. Para mitigar su soledad se pone a cantar la única canción de invierno que recuerda en la que un verso dice “el cielo es azul, la tierra blanca”, pero no recuerda el final, y continúa llorando. ¡Está tan sola! Y por arte de magia el maestro aparece por las calles y la llama. Cada uno pronuncia el  nombre del otro. Nada más. Se están enamorando sin darse ni cuenta. Y el maestro como si la hubiera estado siguiendo, o bien adivinando su pensamiento, le dice las últimas palabras de la canción que no recordaba: ¡Oh!, las colinas nos reciben. Y se van a beber: beber sake era mucho más agradable que llorar.

Otro día que también se siente mal sale a la calle: quería comprobar que no estaba sola en el mundo y que no era la única que se sentía angustiada y, de nuevo, se encuentra casualmente con el maestro, ¡ah! El azar haciendo de las suyas, uniéndole a este hombre irremediablemente. El maestro le dice: aun el encuentro más casual es karma. Y le explica, ante la ignorancia de la chica, qué es: es la energía que todos nos llevamos de nuestras vidas anteriores y que condiciona nuestras vidas futuras. Mientras beben, el maestro le acaricia el pelo: últimamente aprovechaba la menor oportunidad para hacerlo.

Esta primera parte de nuestra lectura termina con un doble capítulo titulado “Cerezos en flor”. En él, y en el curso de un picnic de primavera organizado por su antigua profesora de arte, la señorita Ishino, Tsukiko, incómoda y celosa de ésta que no se separa del maestro, se encuentra con un antiguo compañero con el que salió un día, Takashi Kojima, que la corteja. Ella se deja hacer para alejarse de la situación creada (¿por ella misma y sus celos e inseguridad?). Ignora las llamadas a voces del maestro, como si no lo conociera, y termina por irse con Takashi a tomar algo a otro lugar. No tiene nada claro que quiera estar con él pero se deja llevar una vez más. Comen comida occidental, beben vino, el bar es muy diferente de la taberna de la estación, más moderno, está incómoda, como en una misteriosa dimensión temporal, no sabe qué hace allí, piensa en el maestro, ¿dónde y con quién estará?,  el maestro no diría nada de lo que Takashi dice. El hombre comienza a seducirla: ¿Es esto lo que quiero?, ¿quiero que Takashi Kojima siga atrayéndome hacia él? En mi cabeza había algo que no encajaba. El la roba un beso: me había cogido desprevenida. No me sentía violenta, pero tampoco estaba feliz. Me invadió una oleada de inseguridad. Su pensamiento está en el maestro, comparándolo continuamente con Takashi. El hombre termina por darse cuenta de que no va a funcionar, aun así, pasean largo rato de la mano: su mano estaba caliente. La luna bañaba las flores de los cerezos con su resplandor. Me pregunté dónde estaría el maestro. Termina marchándose en un taxi en el que pronuncia en voz alta la palabra “maestro”. Maestro, dije por segunda vez. Mi voz no llegó a ninguna parte. El taxi me llevaba por las calles oscuras.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios sobre esta primera parte. Espero que sean numerosos. Hay mucho que comentar. Todo es sencillo y sutil en esta narración pero está lleno de significado. Adelante con vuestras opiniones sobre todo lo que consideréis interesante. Mientras la comentamos a lo largo de una semana, seguiremos leyendo a partir del capítulo “Buena suerte” (pág. 117) hasta el final de la novela. Por favor, no comentéis nada de la segunda parte, sólo de esta primera. Hay algunos que habéis dejado en el post anterior un comentario total de la novela a pesar de mis indicaciones. Ciñámonos a los plazos y a las partes a comentar. Gracias. ¡Nos encontramos en el blog!