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Pero no puede soltar a Esme

20 Abr

The window. Foto en flickr de cudipeich. Algunos derechos reservados.

La excursión al mar de Esme e Iris continúa. El mar, la libertad, la vida normal (¿es posible que la vida sea tan sencilla?) sacuden a Esme en su contraste con lo que acaba de dejar atrás: Cauldstone y este lugar, esta terraza con el mar de fondo, no cuajan. ¿Cómo puede hablar de eso allí? ¿Cómo puede pensar en esas cosas? Ni siquiera las ve en una frase. No sabría cómo empezar. Iris le habla de su padre, fallecido a la temprana edad de treinta y un años por una negligencia médica. Pronto sería su cumpleaños: ¿Qué día?, se interesa Esme. El veintiocho. Esme se enreda obsesivamente con los dos números: tiene que levantarse y acercarse a la barandilla para librarse de ellos, y entonces ve, debajo de la terraza de madera donde todo el mundo se sienta al sol, una masa de afiladas rocas negras.

Kitty salta de un recuerdo a otro, de la época de su boda con un hombre, Duncan, que no la hará feliz a cuando eran niñas Esme y ella. Siempre el contraste, la buena y la díscola: siempre pasaba algo, siempre había una razón, por extraña que fuera, pero resultaba imposible adivinarla. Con ella nunca se sabía, no se podía prever qué iba a pasar de un minuto al otro. Creo que por eso...

Es consciente de que esos números, ese dos y ese ocho, intentan buscar un lugar para volver. Han estado acechando desde el recinto al que ella los empujó y están organizando un asalto, un allanamiento. No piensa permitirlo. Ni hablar. Cierra de golpe todas las puertas, echa los cerrojos, las llaves […] Esme se aparta de las rocas. Ahora está a salvo. Pero mantiene una mano en la barandilla, por si acaso. Y regresan los días del colegio en los que todas las niñas se reían de ella porque era diferente, pero eso a Esme no le importaba, sabía abstraerse. Vuelve al presente y a la niña Iris que se le parece muchísimo a su madre: Es como si a Esme se le hubiese concedido una visión de su madre en una idílica vida eterna: relajada al sol, con un peinado nuevo, llevándose una taza a la boca con los diez dedos extendidos. Y la historia de la chaqueta, que vuelve una y otra vez, y el color verde, siempre tan presente: ¿os habéis dado cuenta? ¿Qué creéis que simbolizan ambas cosas? A mí no me queda claro y aunque tengo alguna teoría, espero por las vuestras.

James Dalziel, un joven de excelente familia, aparece por primera vez en los recuerdos de Kitty. James, que jugará un papel decisivo en la triste historia de Esme. Kitty se fija en él: … y la primera vez lo vi creí que me iba a derretir como azúcar en agua […] Él estaba con un amigo, Duncan Lockhart, pero yo casi ni lo miré. Le gusta James, no le gusta Duncan, su futuro marido. Pero a James quien le va a gustar es Esme: él la miraba a ella, y cómo, cualquiera diría que estaba a punto de derretirse como azúcar en agua. Celos. Pero a Esme no le interesa, no le hace ni caso como veremos más adelante (¿O le hace un poquito de caso aunque no lo quiere admitir?). Kitty insiste una y otra vez en sus recuerdos en lo rara que era su hermana, y debo reconocer que a mí me molestaba muchísimo porque su comportamiento impide que las acepten, que las inviten a fiestas, estás destrozando mis oportunidades. La madre la apoya y se queja como ella de esa hija tan extraña e insolente, el bicho raro. Esme quiere seguir estudiando, saca buenas notas, le encantan los libros, pero su padre se lo impide: mis hijas no trabajarán. Mujeres nacidas en una época y en una clase social cuyo único objetivo en la vida es encontrar un buen partido y ser amas de casa. Todo lo que le espera a Esme lo aborrece tanto que le entran ganas de gritar, mientras que Kitty lo acepta gustosa.

A James le gusta mucho Esme pero ella lo rechaza una y otra vez: no creía haber sido tan grosera con nadie. A él parece gustarle porque no es como las otras. Eso a Esme, en el fondo, le agrada aunque le dice que no piensa casarse jamás. James no da su brazo a torcer: de todas las chicas que he conocido, eres la más idónea para el matrimonio […] tienes la personalidad necesaria. Podrías igualar a un hombre, sin desmerecer en nada. A ti no te intimidaría […] tú no cambiarías en nada. No te imagino cambiando por nada. Y eso es lo que quiero. Por eso te quiero a ti. Kitty, que se da cuenta, se siente humillada pues además de gustarle mucho el chico, ella es mayor, más guapa, más educada, más adecuada para casarse con él y asiste, al igual que la madre, escandalizada y dolida al cortejo que James despliega ante la impasible y huraña Esme. A ésta, en el fondo, algo se le está removiendo por dentro, ya tiene dieciséis años. Y, osada como es, se dirige a la habitación de la madre a probarse una  negligé de seda aguamarina: quiere saber si la falda susurrará en torno a sus tobillos, quiere saber si los estrechos tirantes caerán bien sobre sus hombros, quiere ver la persona que será bajo todo aquel encaje de color mar. Tiene dieciséis años.

El padre la descubre y furioso le da una bofetada: su padre no deja de gritarle palabras horribles, palabras que ella jamás había oído. Quiere prohibirle ir a la fiesta de Nochevieja en casa de los Dalziel. Pero la madre tiene una idea para terminar con todo esto: vamos a prepararla. La pondremos guapa, la enviaremos al baile y luego la casaremos con el chico Dalziel. Esme protesta, no quiere… Lo que tú quieras no importa. El chico te quiere a ti, Dios sabrá por qué, pero así es. Tu comportamiento nunca ha sido tolerado en esta casa, y nunca lo será. Así que ya veremos si unos meses de matrimonio con James Dalziel bastarán para doblegarte. Y ahora levántate y vístete. Y estamos de nuevo en el principio de la novela: dos chicas en un baile, pues. Ese será el principio del fin de la vida “normal” de Esme. James la conduce bailando, girando (ella pensará a menudo que aquél fue el momento clave, que si llegó a haber un momento en que pudiera haber cambiado las cosas, fue aquél, cuando danzaba bajo una lámpara de araña la noche de fin de año) a un cuarto oscuro donde se amontonan los abrigos, la besa, la toca, ella sintió una oleada de furia y miedo, así que pataleó y golpeó. Él la cubrió la boca con la mano y le susurró “zorra” al oído. Y el dolor fue tan asombroso, tan increíble, que Esme pensó que se partía en dos que él la quemaba, la desgarraba. Lo que estaba pasando era impensable, no lo habría creído posible. Una vez terminado todo, Esme, en shock y de vuelta a la fiesta sólo quiere ver a su hermana pero lo que hace es comenzar a chillar, un chillido agudo que no podía detener, sobre el que no ejercía ningún control. La señora Dalziel la lleva a su casa y cuando su madre entró en el dormitorio y le preguntó qué había ocurrido exactamente la noche anterior, Esme se incorporó en la cama y produjo de nuevo aquel sonido. Abrió la boca y gritó, gritó, gritó.

Todo se precipita, llaman a un médico: vamos a llevarte a un sitio para que descanses un poco, ¿de acuerdo?, escucha Kitty a través de la cerradura: yo no quería que se fuera para siempre, sólo el tiempo necesario para poder… La diagnostican demencia precoz, lo que hoy en día llamaríamos esquizofrenia. Se la llevan a la fuerza, Esme se resiste, agarrándose a la barandilla y gritando sin parar el nombre de su hermana. Y en ese momento comienza “la extraña desaparición de Esme Lennox”. Una adolescente que es encerrada por no aceptar las convenciones sociales de la época, por querer disfrutar de la felicidad y de la libertad: bailar, ponerse las ropas de mamá, dar paseos en soledad, reír a destiempo, decir y hacer lo que quiera, no quererse casar sino ser independiente y libre… a esa rebelión en aquellos tiempos se le llamaba “histeria” o “esquizofrenia” y los padres, médicos o maridos podían decidir el ingreso en un psiquiátrico a mujeres que no cumplieran sus órdenes o se salieran de la norma con una sola firma de un médico y continuar adelante como si nada hubiese sucedido borrándolas de sus vidas completamente. Abandonándolas en su infortunio, sin una sola visita. Terrible.

Esme ha tenido la mala suerte de ser diferente, de poseer ideas propias y opiniones que no cuadran con la mentalidad de la época. En ningún momento se cuestiona en la novela si está “loca” o no. Estuviera o no estuviera lo que la espera en el psiquiátrico es una vida terrible tal como eran esas instituciones en aquellos tiempos. Si además estás lúcida y realmente no tienes ninguna enfermedad mental tienes que sufrir todavía mucho más. Sólo pensarlo da escalofríos. La tragedia de Esme nos cala hondo y nos lleva a pensar en todas aquellas mujeres que realmente sí vieron sus vidas truncadas, destrozadas, por las decisiones autoritarias del hombre del que dependían. Terrible, insisto.  El personaje de Esme, su integridad, dignidad, está magistralmente construido, tanto en lo que dice como en lo que calla y nos toca para siempre. Esme que una vez libre todavía conserva su lucidez, su ser especial, aunque dañado de alguna manera después de más de sesenta años viviendo encerrada, con tratamientos, medicación, crueldad…, ¿Cómo no va a despertarse en la sensible Iris una complicidad y un afecto hacia su tía abuela?

¿Y qué  hay de Kitty? Que no fue nunca a verla, que aceptó que le robaran el hijo a Esme para dárselo a ella ya que siempre fue virgen y lo que más deseaba era un hijo. Kitty, su cruel verdugo, siempre ateniéndose a las normas, casada con un hombre al que no quiere y que además ni la toca, huye de ella… ¿Es Kitty egoísta, cruel y cobarde o actúa obligada por las circunstancias, las imposiciones sociales, los prejuicios? ¿Qué opináis? Recordad la cita de Edith Wharton que abre el libro. Está claro que Kitty no fue nunca feliz, porque además de tener un marido que la repudia, una vez que consigue el tan preciado bebé no le puede ni siquiera ni educar porque le ponen una niñera a su cargo: entonces descubrí que mis días se tornaban muy vacíos. Pero sobre todo porque lleva el peso duro en su conciencia, ¿y la culpabilidad?, de lo que ha hecho, por eso en sus recuerdos dañados por el Alzheimer no hace más que pensar obsesivamente en todo lo que pasó y repetirle a las enfermeras: yo me lo llevé, yo me lo llevé, y nunca se lo he dicho nadie […] Era de mi hermana, ¿sabes? ¿Cómo va a ser feliz si su vida está edificada sobre la injusticia que se ha cometido contra su propia hermana, como dice Edith Wharton?

Todo lo que se relata sobre la llegada de Esme a Cauldstone y lo que vive allí esos primeros meses, que es lo que nos cuenta el narrador, es aterrador, todo el sufrimiento de esa joven que no entiende nada y que aprende a doblegarse, a fingir, a sobrevivir. Pensar en toda una vida perdida, en tantas vidas perdidas de esa cruel manera… la conmoción hierve de nuevo en lágrimas. No puede ser, no puede ser. Tiende la mano y arranca la cortina, da patadas al armario, grita, tiene que ser un error, todo esto es un error, escuchadme, por favor. Las enfermeras se apresuran con anchos cinturones de cuero y la atan a la cama, luego se alejan meneando la cabeza, enderezándose las cofias. El trato es inhumano. Pero lo peor está por llegar porque cuando parece que la van a soltar descubren que está embarazada y entonces maquinan la idea de quitarle al hijo y dárselo a su hermana, que acepta, y es por ese motivo, por ese terrible hecho, por el que ella tiene que quedarse encerrada de por vida olvidada por todos empezando por su propia, y querida, hermana que nunca querrá que Esme salga por si le pudiera quitar al que ahora es su hijo. Esme la escribe muchas cartas pidiéndole que vaya a verla y nunca sabrá porqué no fue jamás. Es magistral cómo los recuerdos de Kitty están estructurados en una narración que alterna las dos historias: la del repudio sexual de su marido y el descubrimiento del niño de Esme el día que decide ir a verla pues ha leído las cartas que sus padres han escondido. Y cómo se parece a James, el hombre que sí amaba Kitty, y la rabia y envidia que la da, y el ofrecimiento del doctor y ella que lo que más desea es tener un hijo y…

Iris y Alex, que la ha ido a visitar, hablan de Esme. Iris no la ve loca: estamos hablando de una chica de dieciséis años a la que encerraron sólo por probarse una prenda de ropa; estamos hablando de una mujer encarcelada de por vida, que ahora ha recibido un indulto y.. y es cosa mía intentar.. no sé qué. Iris ya no tiene tan claro que la vaya a llevar a ningún sitio teniendo en cuenta, además, que el piso donde vive ella es de Esme. Lo que todavía no sabe Iris, entre otras muchas cosas, es que Esme es su verdadera abuela. A la vez, Iris recuerda todo lo que pasó con Alex. Cómo huyó a Rusia después de su encuentro sexual con Alex (en el que Kitty los descubrió) y nueve meses después (nunca habían pasado tanto tiempo separados) estaba en Manhattan para asistir a la boda de su hermanastro, hace ahora once años. Y cómo la noche anterior a la boda, Alex quiso hacer el amor con ella: te vas a casar, Alex, gritó ella. Mañana, ¿te acuerdas? Y él dijo que no le importaba, no quería casarse. Pues no te cases, replicó Iris. Tengo que hacerlo, objetó él, está todo dispuesto. Si quieres se puede indisponer, replicó ella. Pero él entonces gritó: ¿Por qué has tenido que irte a Rusia? ¿Por qué? ¿Cómo pudiste marcharte así? Era preciso, chilló ella a su vez, debía hacerlo. Tú no tenías que venir a Nueva York, no tenías por qué quedarte aquí, no tienes que casarte con Fran. Sí he de casarme, repuso él. Sí.

Mientras, Esme, a través de unas fotografías que tiene Iris de la familia, en concreto una de su padre, se ha dado cuenta de todo lo que nunca ha sabido: y sostiene la fotografía, la sostiene en las manos, la mira y lo sabe. Piensa de nuevo en esos números, los doses y los ochos, que juntos hacen ochenta y dos y también veintiocho. Y piensa en lo que le pasó una vez el día 28 de un mes de verano. O más bien no lo piensa. No necesita pensarlo. Está siempre en su mente, siempre y para siempre. Lo lleva dentro constantemente, lo oye. Forma parte de su ser. Sabe quién es este hombre. Sabe quién fue. Ahora lo ve todo […] Examina la cara del  hombre y ve en sus rasgos, en el gesto de la cabeza, todo lo que en su vida ha querido saber. Lo que detecta, lo que entiende es esto: Era mío. Parece tender los brazos hacia esta constatación y tomarla. Se la pone como un abrigo. Era mío […] Y comprende que la niña también es suya. Qué idea. Qué cosa. Quiere tomarla la mano, tocar esa carne que ahora es carne de su carne, quiere abrazarla con fuerza, por si sale volando hacia las nubes como una cometa o un globo. Pero se contiene.

Y a la mañana siguiente, el domingo, Esme sabe perfectamente lo que quiere hacer: ¿Podemos ir a ver a Kitty hoy? Kitty al ver a Esme después de tantísimos años farfulla en su inconexión: ¿Y qué tenía que hacer yo? Todas mis posibilidades destrozadas. Estás igual, igual. No fui yo, ¿sabes? No fui yo. Yo no me lo llevé. ¿Para qué iba a quererlo? Menuda ridiculez. De todas formas era lo mejor. Eso tendrás que admitirlo. Padre también pensaba que era lo mejor, y el médico. No sé a qué has venido. No sé qué haces aquí, mirándome así. Era mío, siempre fue mío. Pregúntale a cualquiera. Yo no me lo llevé. No fui yo. Iris y Alex no entienden nada, pero Esme sí que lo entiende y de qué manera: Pero yo sé que te lo llevaste. Pide quedarse a solas con Kitty. Poco después siente que es un alivio que haya cesado el ruido, que todo esté en silencio. Esme se alegra. Una sentada, otra de pie.

Mientras está ocurriendo lo inevitable, Alex e Iris hablan y el hombre por fin le dice lo que lleva años queriéndole decir: tú has sido siempre la única, y lo sabes. Iris sólo quiere huir. Y sabes que yo he sido el único para ti. Iris no sabe qué contestar.  De pronto un revuelo de gente a su alrededor le hace reaccionar a Iris y, de golpe, se da cuenta de todo, de lo que ocurrió en el pasado y de lo que acaba de hacer Esme. Echa a correr hacia la habitación de Kitty: es preciso que llegue primero, alcanzar a Esme antes que nadie, tiene que decirle, tiene que decirle, por favor. Por favor, dime que no lo hiciste […] Pero al llegar a la habitación de Kitty se encuentra el pasillo lleno de gente, residentes en bata y zapatillas, personas de uniforme que salen por la puerta, rostros que se vuelven a mirarla, pálidos como huellas digitales. Una vez ya dentro y viendo lo que ha ocurrido, se sienta junto a Esme que sostiene la mano helada de su  hermana. Alex llega y le presiona el hombro y la habla: Iris siente el impulso de tocarlo, sólo un instante, de sentir aquella conocida intensidad suya, de comprobar que es él realmente, que de verdad está allí. Pero no puede soltar a Esme […] La acompañará, la seguirá entre el blanco, a través de la multitud, fuera de la sala, por el pasillo y más allá.

Plazos

Me he quedado exhausta y conmocionada leyendo (y comentando) esta novela, no sé vosotros. Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte y sobre la novela en general. Espero que sean numerosos. La novela es sobrecogedora con respecto al tema que trata y, a la vez, muy original y, desde mi punto de vista, muy lograda la manera en que está estructurada la  historia alternando tres voces que construyen todo el relato de los hechos. Dedicaremos una semana a vuestros comentarios. Los espero con ganas. Hay mucho que comentar.