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Un deseo irrefrenable de conocerse

24 Nov

Yale Campus Green. Foto en flickr por Francisco Anzola. Algunos derechos reservados.

El enigma nos presenta en los dos primeros capítulos a ambos protagonistas. Comienza con Daniel Rivera en un avión rumbo a EEUU. Con cuatro pinceladas nos muestra su insatisfecha relación matrimonial y sus últimos devaneos con una alumna (que tienen que terminar porque ella empezaba a olvidar las reglas del juego) que lo admira (algo que no encuentra en su mujer y que por eso busca en estas relaciones efímeras). A pesar de lo que deja atrás, o por eso mismo, Daniel está contento ante la promesa de una experiencia estimulante que le esperaba con toda seguridad al final de su viaje. En el segundo capítulo es el turno de Teresa que se encuentra en su casa trabajando en un libro. Ha huido de su vida en Nueva York que colmaba tantos deseos y esperanzas buscando tranquilidad y reflexión en la antigua Universidad donde vivió con su padre y su madrastra hace años. Ha dejado atrás, llena de dudas, preguntas y contradicciones, su trabajo en una revista de Humanidades y un matrimonio fracasado. Y Teresa se prepara para asistir a un cóctel de bienvenida a un profesor invitado que había llegado de Madrid días antes. Cóctel en el que se conocerán ambos protagonistas, claro. Daniel, como frecuentemente le ocurre en estos actos sociales, se siente solo, inseguro, lejano, y será Teresa, que le observa, la que le rescate llevándole a un rincón tranquilo. Allí se interesará por su vida y le hablará de la de ella. Esta actitud de Teresa respecto a Daniel se mantendrá en toda la novela.

A los pocos días, Teresa, una mujer muy directa, le invita a pasar el fin de semana con unos amigos en su casa de la playa. Está claro el interés mutuo. Daniel se siente inquieto ante una mujer tan diferente de la suya: ¿Por qué esta mujer le desconcertaba y le hacía reaccionar tan torpemente ante cualquiera de sus inesperadas observaciones? Ya en el cóctel le ha parecido una mujer bella, inteligente, segura de sí misma, libre, autosuficiente… que se habrá quedado de piedra cuando ha descubierto que el profesor Rivera, llegado con una aureola de prestigio, colaborador de revistas importantes, conferenciante serio y riguroso está casado con una burguesa tradicional que no trabaja y se dedica sólo al hogar, piensa Daniel. La acción está frecuentemente interrumpida por monólogos telefónicos protagonizados por Berta. Soliloquios llenos de quejas y reproches ante los que Daniel no dice nada pero sí reflexiona: en algún punto del camino se había equivocado y ya para siempre sería víctima de ese error. Todos los adjetivos que Daniel le dedica a Berta son (¿demasiado?) negativos.

En la playa por primera vez, ¿en siglos?, se sentía libre, lejano y libre, perdido y libre. Y comienza a conocer a Teresa y a sus amigos. También las clases comienzan y Daniel se siente a gusto entre alumnos interesados y alumnas que le ven como a un padre y a las que no tiene ningún interés en conquistar Se siente saturado de esas conquistas y de esas chicas españolas coquetas e insinuantes. En este nuevo ambiente tan diferente, Daniel se siente cómodo y comunicativo con sus nuevos amigos. Va conociendo poco a poco a Teresa que se muestra solícita con él ayudándole en cuestiones prácticas. Se siente tan bien, tan libre, que le vuelven las ganas de escribir poesía: en su nueva soledad no le costaba trabajo seguir el curso del pensamiento, el juego de percepciones y asociaciones de ideas que fructificaba en un descubrimiento estético, el origen, a veces, de un poema. Después de mucho tiempo, aquí había recuperado la capacidad creativa que creía oscurecida para siempre. La poesía y sus ganas de nuevo de ella estarán muy presentes estos cuatro meses. Él, poeta de un solo libro juvenil, siente que aquella época en la que escribía poemas fue la más feliz de su vida, la más intensa, en la que era verdaderamente él mismo. La esencia de Daniel probablemente sea el ser poeta y la abandonó muy pronto por culpa de un matrimonio errado y todo lo que esto trajo consigo.

Teresa está entregada al trabajo intelectual que se ha convertido en lo único que le da un sentimiento de felicidad. Está escribiendo un libro que se va a titular “Hombres y mujeres. Historia de siete parejas famosas” en el que ha escogido parejas en las que la mujer tiene la misma profesión que el hombre: ¿por qué la pareja del siglo XX desdeña en tantos casos el valor de una relación entre iguales superiores y desciende a una relación poco evolucionada intelectualmente? ¿Impide la relación amorosa la exploración en común de un mundo apasionante, ciencia, filosofía, arte, incluso política? Este es el enigma que plantea esta novela que se irá desarrollando a lo largo de sus páginas: ¿qué opináis al respecto? Seguro que a alguno le chirría ese “superiores”, ¿no? Pero Teresa desde que ha conocido a Daniel no se concentra: la presencia de Daniel había alterado su tranquilidad. Daniel había despertado en ella un interés excesivo. Teresa siente la necesidad de estar cerca de él: una atracción espontánea que la preocupaba. Y se pregunta si Daniel siente lo mismo que ella. Y sí, Daniel siente lo mismo: necesitaba verla. Necesitaba tenerla cerca, a su lado, como había estado casi todos los días de las últimas semanas. A él esta necesidad le sumió en un estado de confusión. Y pasa lo que tiene que pasar. A partir de ese momento se entregan con furor al conocimiento mutuo, a contárselo todo, a hablar de sus vidas desde la infancia: no conoces a nadie si no conoces su infancia […] en la infancia se encontraban zonas inexploradas que explicaban sus reacciones de adultos. Y del conocimiento y la entrega al enamoramiento sólo hay un paso.

Ambos discuten sobre el libro que está escribiendo Teresa. No están de acuerdo, claro, ya que Daniel no vive esa realidad de igualdad en su matrimonio. Teresa, sin embargo, piensa que sí puede ser posible: debe de ser maravilloso tener la suerte de vivir un amor y una identificación perfecta con el trabajo que están haciendo dos personas o que está haciendo uno con la colaboración de otro. Daniel opina que alguno tendría que renunciar a algo, como por ejemplo los hijos en el caso de la mujer y la individualidad en el caso de los hombres. ¿Qué opináis? Daniel para no renunciar a esa individualidad ha conservado su apartamento de estudiante donde se refugia a trabajar y a ligar con sus alumnas: había conseguido separar los dos mundos: la familia, el hogar, por una parte y por otra el trabajo. En ese apartamento siente una deliciosa sensación de independencia, de libertad preservada pero también le gusta regresar por la noche al hogar, al orden, a los hijos. Compagina esa doble vida pero el apartamento significa la parte de su vida no traicionada. Así se salva Daniel de su elección errada.

Teresa siente interés por Berta y su matrimonio, y cuando Daniel le cuenta todo (que es bastante desolador), Teresa le reprocha que lo ha descrito muy fríamente y que le ha parecido todo deprimente y mediocre y ajeno… Ante su confesión, Teresa piensa si estará magnificándolo, si se estará engañando: la elección de Berta, la inmadurez, la cobardía, la ausencia de rebeldía impresionaba a Teresa. Pero, inmediatamente, ésta lo justifica, lo ve como un hombre fracasado fruto de una educación tradicional y se anima a sí misma: no te aferres al pasado de Daniel. No te obceques con sus errores. Está a tu lado, está descubriendo un mundo de sentimientos. Espera… Todo está empezando. ¿Está muy enamorada o se engaña, se aferra a este atractivo hombre, intelectualmente “superior” como a ella le gustan los hombres? ¿Qué opináis? No en vano ella comparte con él muchas cosas: el sexo vivo, adulto, no aburrido, se unía a momentos de sensibilidad estética compartida, de coincidencias intelectuales inesperadas. Pero ¿eso es todo? Pregunto yo. ¿Qué hay de su parte emocional, sus sentimientos, su vida equivocada en ese terreno? ¿Podrá cambiar? Teresa espera que sí.

Se van solos a la casa de la playa a pasar un fin de semana a ver qué ocurre. Los sentimientos previos de Daniel son de incertidumbre, angustia, humillación. Después de la primera noche de amor, perfecta, Daniel se asusta, ¿será amor? La congoja era la consecuencia del éxito en la experiencia amorosa. Era el temor, el miedo al compromiso, a no saber el coste personal que esta historia de amor iba a tener. La sombra de Berta y sus hijos le había atenazado nada más despertar. Daniel le confiesa a Teresa que tiene miedo. Ambos analizan la situación, su pasado. Él confiesa que, desde niño, el mundo femenino de sus hermanas y las amigas de éstas, le ha intimidado, le ha producido desconfianza: una incipiente misoginia iba anidando sin saberlo en las primeras reflexiones del adolescente Daniel. Teresa escucha y le dice que ha tenido una educación propia de aquella época de posguerra en la que la coeducación no existía. Pero él insiste en que hay diferencias esenciales, no sólo educacionales o culturales. ¿Qué opináis? Teresa continúa aferrándose a su felicidad y no quiere tener en cuenta sus palabras. De nuevo me pregunto: ¿se engaña ya que el amor la ciega? Y, mientras, Daniel duda y duda y sólo quiere escapar de la fiesta que ha dado Teresa a su vuelta de la playa y piensa en Berta, en sus hijos… Todo un caos tiene este hombre en la cabeza: ¿lográis entender a Daniel?

Un fin de semana se quedan aislados por la nieve en la casa y entonces Daniel se relaja, es como una tregua luminosa durante la cual Daniel fue el ser más adorable, tierno e inteligente […] Nunca, como en aquel encierro forzoso, tuvo Daniel una impresión tan clara de libertad. Por una vez no tenía que decidir él. Era una situación excepcional y por tanto despojada de dudas, remordimiento o prevenciones. Daniel no quiere decidir nada, es cobarde. Y Teresa, que le acosa a preguntas, que él muchas veces no quiere responder, busca de nuevo una justificación: secretos que desvelar, reacciones que interpretar: ésa es la esencia del amor duradero, la compleja esencia de la relación amorosa. ¿Estáis de acuerdo? Pero es que a Daniel, aunque Teresa le parece fascinante, la mujer que siempre anheló, también le agota su empecinamiento en saber. Una constante indagación sobre su persona ante la que él se cierra, como siempre ha hecho. Y piensa en que, aunque Berta es muy inferior en todo a Teresa, no le exigía nada en lo profesional. Nada que no tuviera que ver con el dinero […] No indagaba cada día por qué estaba desanimado, triste, irritable. Simplemente no lo veía o no le interesaba y eso le permitía a él vivir en una cápsula de soledad e indiferencia hacia lo que le rodeaba.

Así están las cosas cuando se van unos días a Nueva York. Teresa está alegre, ama esa ciudad, su ciudad, y quiere enseñársela, compartirla con él, presentarle a sus amigos y, aunque a Daniel le encanta Nueva York, tuvo la intuición de que aquella ciudad maravillosa encerraba una amenaza. Ella no estaba totalmente curada de los problemas que le habían impulsado a huir y al mismo tiempo, lo temía, allí iba a encontrar él un obstáculo, un escollo, un abismo, algo que le separaría de Teresa. No sé muy bien a qué se refiere, la verdad, (¿alguna idea?) quizás al concepto de la vida y del amor que tiene Teresa y que representa esa ciudad y su vida en ella. Daniel conoce al ex-marido de Teresa, Robert, y los celos le invaden al ver la buena relación que mantienen, le rompe sus esquemas tradicionales. Teresa simplemente ríe, aún a pesar de una fuerte discusión, al darse cuenta de que sólo son celos. Son dos estilos de vida tan diferentes los de ambos que chocan con frecuencia. Y Teresa sigue erre que erre intentando indagar en Daniel. Aunque está enamorada (¿y se autoengaña?) no es que no vea las cosas, las ve pero siempre encuentra una justificación, se obceca en seguir con este hombre. No dudaba del Daniel intelectual. Tampoco dudaba de la pasión. A ella le surgen las dudas y los temores cuando piensa en el hombre casado con una mujer insoportable e inferior. Ahí él le parece inmaduro, retrógrado. Y además siente que se aferra a esa vida de casado insatisfecho y se cierra en banda a hablarlo con ella, a cuestionárselo. Porque Teresa lo que quiere es que deje a su mujer y se quede con ella: el fantasma de Berta se alzaba entre ellos como una amenaza, como si, por primera vez, Teresa hubiera descubierto su existencia. Esa es la cuestión.

Se acerca la Navidad y con ella el final de la estancia de Daniel en EEUU. Teresa está cada vez más irritable y nerviosa porque ve que él no toma ninguna decisión. Y Daniel imagina el reencuentro. Berta. Nunca le dejaría irse. Berta. Los hijos… Los hijos para Berta eran un seguro de vida. Daniel no se atreve a tomar una decisión. Está paralizado. En un último fin de semana en la casa de la playa, Teresa le confiesa que está desesperada, que no quiere separarse de él: no te vayas. Quédate. O déjame que te acompañe. Viviremos en Nueva York, en Madrid o donde tú quieras. Pero juntos… A Daniel le sorprende (¿?) su apasionamiento, su urgencia: Daniel no reaccionaba. No esperaba una propuesta así de Teresa. Y le contesta que no es fácil lo que le propone, que una propuesta así necesita un tiempo. Teresa acepta, le dice que le quiere a pesar de que una angustia devastadora la posee.

Plazos
Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte. Yo creo que hay mucho, muchísimo que comentar, y espero que así sea. Disponéis de una semana para ello. Mientras, continuaremos la lectura desde la segunda parte, pág. 133, hasta el final de la novela. ¡Espero con mucho interés vuestros comentarios!