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¿Cuándo vas a enfrentarte a la realidad?

22 Jun

The Opera House BW. Sydney. Foto en flickr de Giuseppe Angelè. Algunos derechos reservados.

Por fin llega el momento en el que Helen se sincera por primera vez con Nicola. Le habla de las dudas que tiene sobre la clínica, le dice que le parecen unos charlatanes. Nicola los defiende y afirma: si pierdo la fe, la única alternativa es abandonar y decir, de acuerdo, me rindo. Me muero. Cáncer, ven y llévame. Y ella lo último que quiere hacer es rendirse. Es entonces cuando Nicola habla sobre lo que piensa que ha sido su vida: He tenido una suerte asombrosa. Nací aceptablemente guapa, en una familia con dinero, y dotada de cierto talento. Pero lo malgasté todo. No me he sacado provecho. He sido perezosa. No he perseverado en nada. He fracasado y sencillamente he seguido hacia adelante. He echado a perder mi buena suerte. La he tirado por el desagüe. No es raro que ahora se me haya acabado. Así que el fracaso que siente Nicola es en gran parte el responsable de su actitud desesperada que le hace creer en cualquier solución que le permita seguir viviendo y poder quizás enmendar el concepto fallido que tiene de ella misma y de su vida.

A pesar de la conversación, Nicola continúa con el tratamiento y su fe en él. Reciben la visita de su sobrina Iris y de su novio Gab que vienen de Sidney a pasar un fin de semana con ellas. Desde el primer momento, Helen los siente como un apoyo ya que piensan más o menos como ella y conocen bien a Nicola (no olvidemos que los últimos seis meses han vivido con ella). Mientras esperan que ésta vuelva de la clínica Theodore, se ponen al día. Pero las malas noticias no tardan en llegar: Nicola está tan mal que no puede volver sola desde la clínica. Helen pierde los estribos y al final será el propio profesor Theodore la que la llevará a su casa porque vive en su zona. Helen se prepara para una confrontación en toda regla. Está dispuesta a cantarle las cuarenta y decirle que le va a denunciar. Los jóvenes la apoyan: muy bien, Helen. Listos para el baile. Ese apoyo le da a Helen más fuerzas aún. Cuando llegan, Nicola se arrastra a la cama realmente hecha trizas. Y empieza el enfrentamiento con Theodore que se muestra dispuesto a plantarle cara a Helen. Se defiende impasible ante las graves acusaciones de ésta. Entre otras “joyas” le dice que no ofrecen pronósticos a sus pacientes. La ironía, la burla e incluso la risa acompañan a sus respuestas. Helen pierde los estribos y sale de la casa. El profesor se marcha con el agradecimiento de Nicola que sigue en sus trece. La sensata Iris, que la conoce bien, se sincera acerca de lo que ha tenido que vivir esos seis meses: realmente llegué a pensar que tendría que acabar por matarla yo misma y ahorrarle las molestias al cáncer, y les cuenta su teoría: Nicola se niega a aceptar gran parte del horror de todo esto. Pero ese horror no desaparece. Es imposible, porque existe. Por tanto, otro tiene que vivirlo con ella de algún modo […] Nos ha asignado el papel de portadoras de todo lo malo, y de algún modo se lo hemos permitido. Va de un lado a otro con esa sonrisa horrenda en la cara, diciendo a todo el mundo que a mediados de la semana que viene se habrá curado, y entretanto los demás vamos dragando el fondo y recogiendo toda la angustia y la rabia que ella suelta por la borda. Sabias y certeras palabras las de Iris, ¿no creéis?

La conversación con Iris y Gab le ha dado la fuerza y el valor necesarios a Helen para enfrentarse a Nicola a la mañana siguiente cuando ésta aparece con su sonrisa inalterable. Eso y la ira que siente hacen que Helen por fin estalle y le diga todo lo que siente que le tiene que decir. No tiene ya ningún control sobre sus palabras y de su boca sale todo lo que lleva dentro esperando a salir. Palabras y acusaciones fuertes ante las que Nicola se defiende como puede. La propia Helen está asombrada de lo que dice: ¿Dónde tenía yo acumulada toda esa rabia? Salía de mí a borbotones como un vómito, y también se siente culpable: me atraganté de vergüenza: me sentí como una abusona, sorprendida con las manos en la masa. Pero no puede más: no soporto la falsedad. Me da asco. Al final acabaré perdiendo la cabeza. Iris va en su ayuda animándola a que siga hablando a la vez que abraza a Nicola que termina rindiéndose y comienza a llorar. Ante su rendición, Helen se suaviza: no soportamos verte sufrir así. No soportamos perderte. Deseamos cuidar de ti. Te queremos mucho. Pero tú te las das de valiente y nos mantienes a distancia. No podemos llegar a ti porque nos ahuyentas. Y haces que nos sintamos ridículas por preocuparnos. Nos agotas con ese estoicismo tuyo. Es como una máscara horrenda, una máscara que queremos arrancarte para encontrarte a ti. Nicola por fin habla arguyendo que nunca ha querido aburrir a la gente con sus sentimientos: he aprendido a mantener la boca cerrada y a mostrar una cara optimista. Helen le recuerda todo lo bueno que tiene: es una amiga leal, no es rencorosa, es muy generosa, divertida, sabe escuchar… Los demás nos sentimos libres cuando estamos contigo, ¿no lo sabías? ¿Crees que eso es malgastar tu vida? Después de un largo silencio Nicola apoyo el hombro contra el mío. Nos miramos a los ojos y desviamos la vista otra vez, francas y libres. Fue como sumergirnos en aguas serenas. Yo me pregunto y os pregunto: ¿entendemos a Nicola? Es fácil decir a los que no se sienten cercados por ella que hay que aceptar la muerte, pero ¿quién está realmente preparado para ello cuando llega? Es difícil el papel que le ha tocado vivir a Helen, yo la entiendo, pero también entiendo a Nicola. ¿Y vosotros?

Lo ocurrido les da una tregua que aprovechan para ir a un espectáculo de magia. Es simbólica y hermosa esta visita ya que creer en la magia es lo que necesita Nicola. El mago parece que sólo se dirige a ella: hay muchas formas de hacer desaparecer una cosa. ¿Quiere que le enseñe la manera rápida o la lenta? Nicola disfruta enormemente del espectáculo y de que se centre en ella y parece beber con los ojos todo lo que dice y hace el mago. Pero la tregua termina y cuando Iris y Gab se van, Nicola le dice a su sobrina que no va volver con ellos a Sidney, que quiere terminar el tratamiento: está decidida a conservar la fe en el profesor Theodore. Una vez sola, Helen se siente asustada pero decide, ante el aumento del dolor que sufre Nicola, ir a pedir una morfina más potente a la doctora Caplan. Ésta les dice que tienen que ir a un oncólogo que tome las riendas de su enfermedad. Nicola acepta y decide también dejar el tratamiento de la vitamina C: era por lo que yo había estado luchando, pero sentí que se me partía el corazón. Helen vive continuamente una situación contradictoria. Además Nicola le agradece que la haya acogido en su casa: sabía que apenas me quedaban fuerzas, las justas para llegar hasta ti, y le dice que ha sido muy valiente cuando le dijo toda la verdad. ¿Valiente? No sé cómo has podido perdonarme. Fui un monstruo. De nuevo la contradicción de la pobre Helen.

Cuando visitan al doctor Maloney, el oncólogo, éste decide hacerle una resonancia magnética y un escáner de huesos de inmediato. A Nicola le cae bien y se pone en sus manos. Los resultados son demoledores: la situación de Nicola es tan crítica que si no la sustituyen la vértebra C7 por un soporte de titanio puede quedar tetrapléjica. El mejor cirujano que puede hacerlo, el doctor Hathaway, está en Melbourne y a él acuden, pero Helen confía en que también en Sidney podrán operarla ya que en el fondo ella no puede más y desea que se vaya (¿egoísta?). Nicola comienza a ver la verdad y la realidad y no para de llorar: creía haber llegado a la cima de la montaña pero no estoy más que en las estribaciones. Ya no es necesario que Helen diga nada, será Nicola la que pronuncie las palabras: esto acaba en la muerte, ¿no?

Aunque Maloney sostiene que es Hathaway el que debe operarla, Helen intenta convencerla de que tiene que irse a Sidney donde tiene muchos amigos, más antiguos que ella, y a su familia, que en Melbourne no tienen el apoyo necesario para esa intervención ya que sólo cuenta con ella y ella no puede más, está agotada. Pero Nicola se resiste y piensa en llamar a amigos que la apoyen, opina que hay muchos que pueden venir a ayudarla, está pletórica de optimismo y sigue hacia adelante. Pero Helen no lo ve viable, piensa que es un delirio de ella, se siente invadida por la rabia, quiere salvar su vida. ¿Entendemos esta última reacción de Helen? ¿Qué opináis?

Finalmente Nicola se saldrá con la suya: no sabía entonces que el sueño delirante de Nicola, hacer venir a Melbourne a sus cuidadores y alojarlos en el hotel Windsor, se haría realidad, ni que al cabo de diez días regresaría a Sidney con el soporte de titanio del doctor Hathaway magistralmente implantando en la columna.

Helen irá numerosas veces a Sidney a ayudar a los amigos de Nicola que la están cuidando, no la abandona sino que contribuye en su convalecencia durmiendo incluso en el suelo. Se entrega a su amiga en cuerpo y alma echándola incluso de menos cuando no está en Sidney: te echo de menos. Me aburro. Preferiría estar limpiando la mierda de las baldosas del cuarto de baño de Iris. Cuando Nicola ya está moribunda la internarán en un hospital para casos terminales. Allí seguirán yendo sus amigos y Helen (no te vayas, por favor) a cuidarla y animarla. Su final será acorde a sus ideas: dos budistas la despedirán con sus cánticos. No tenía la menor idea de que Nicola, antes de marcharse de mi casa, me escribiría una carta de despedida con tales reproches a sí misma, con tal ternura y serena gratitud, que cuando la encontré, meses más tarde, en su astuto escondrijo, me eché a llorar a lágrima viva.

Pero Helen, recordando su actitud ante el hecho de que no podía seguir cuidándola, había estado segura de que si no sacaba a Nicola de mi casa al día siguiente, me hundiría en un pozo de cal viva donde la rabia me abrasaría y no quedaría de mí nada más que huesos desparramados sobre un paisaje arenoso. Pero también, a la vez, esa última noche yo me reconcomía de vergüenza, indignada conmigo misma por indignarme, por ser tan poco atenta con ella, tan cruel. Como dije en un anterior post, Helen Garner parece que escribió esta novela porque necesitaba realizar un ajuste de cuentas consigo misma ante lo que vivió con su amiga. Realista, sabía que no podía más pero, a la vez, sabía también que estaba traicionando a su querida Nicola. Esperamos que esta novela le haya traído la paz y la agradecemos este ejercicio de honestidad que nos muestra una situación tremendamente difícil que perfectamente podríamos vivir, con todas sus contradicciones, cualquiera de nosotros.

Plazos
Disponéis de una semana larga para dejar vuestros comentarios sobre esta última parte y sobre la novela en general. ¡Espero que sean muy numerosos! La novela se lo merece. Después, el Club se irá de vacaciones en julio y agosto y volveremos en septiembre con muchos más libros para leer y comentar.