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Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre

23 Jun

Medellín. Foto en flickr de laloking97. Algunos derechos reservados.

Con esta cita de Yehuda Amijai se abre este libro. Y Héctor Abad Faciolince lo dedica a dos de los supervivientes de la masacre que asoló Colombia en los años ochenta. Toda una declaración de intenciones y una mención a los dos temas principales sobre los que va a tratar El olvido que seremos: el amor que el autor profesó a su padre y la violencia de la que fue víctima él mismo.

Esta primera parte que vamos a analizar se centra en la relación padre-hijo durante la infancia del autor. Un recorrido por la Colombia de los años sesenta y un retrato de la familia del escritor y su vida cotidiana. Héctor Abad Faciolince nos va a contar la historia de su vida teniendo como figura central a su padre: el niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios / La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al rio Medellín si él llegaba a morirse […] Todo esto es una cosa muy primitiva, ancestral, que se siente en lo más hondo de la conciencia, en un sitio anterior al pensamiento. Ya desde el principio de su vida la relación más intensa que mantiene el hijo es con su padre: yo sentía por mi papá lo mismo que mis amigos decían que sentían por la mamá. En una familia de mujeres, madre y cinco hermanas, ellos estaban unidos de una forma casi animal, el niño buscaba el refugio de su padre, no el de su madre, por la que, por otra parte, también sentía un gran amor.

Héctor crece arropado por su padre, buscando su apoyo y sus enseñanzas, sus caricias, abrazos y besos. Era un hombre generoso que daba todo lo que tenía por lo que la madre, una mujer con los pies en la tierra y muy decidida, siempre se ocupó de la economía tanto en la casa como fuera de ella. En un tiempo no muy proclive a que las mujeres trabajaran, la madre sí lo hizo (fue, en cierto modo, una feminista adelantada a su tiempo), montando un negocio de administración de edificios, en el que sólo trabajaban mujeres, que creció como la espuma y que permitió al padre ocuparse de sus filantropías y asuntos sociales. Tanto era el amor que esa mujer le tenía. El padre trabajaba en la Facultad de Medicina, en el Departamento de Salud Publica y Medicina Preventiva, y, más tarde, ocupó también cargos públicos en el mismo campo. Escribía artículos, participaba en programas de radio, siempre enfocando su labor en conseguir mejoras en el terreno de la salud para los más desfavorecidos.

Su padre le enseñó a escribir antes de ir al colegio y él, desde muy niño, le enviaba cartas. Héctor considera que si se dedica a la escritura es gracias a su padre. Cuando lo asesinaron, Abad Faciolince todavía no había comenzado a escribir: creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.

Su padre pensaba que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. Nunca los pegó, era muy permisivo con ellos y siempre les manifestó un amor excesivo: yo no le tenía miedo a mi papá, sino confianza; él no era déspota, sino tolerante conmigo; no me hacía sentir débil, sino fuerte; no me creía tonto; sino brillante. El autor está completamente de acuerdo con esta actitud: ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Todo el libro es una sucesión de manifestaciones de este tipo. ¡Qué feliz tuvo que ser Héctor y cuánto tuvo que sufrir cuando perdió a su padre de una manera tan violenta y terrible!

¿Por qué era el padre tan cariñoso y efusivo? El autor encuentra una causa posible en que el padre de su padre le educó con mano dura: creo que en la forma perfecta como mi papá nos trataba, había una protesta muda por el trato que él había recibido del abuelo. El libro está plagado de anécdotas sobre la infancia del autor, su familia, los diferentes personajes que la componían, lo que nos permite conocer su vida cotidiana en la Medellín de los años sesenta y que leemos como si de una novela se tratara. Asimismo, se extiende en la narración del trabajo de su padre, las diferentes labores que comprendía, los sucesivos puestos que fue desempeñando, siempre con el mismo objetivo: ayudar a los que menos tenían. En palabras del mismo Héctor Abad Gómez: el médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!…Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir. Su manera de trabajar no era bien vista, le tildaban de marxista y por ese motivo tuvo que ausentarse durante meses repetidas veces a lo largo de los años yendo a trabajar a otros países para no perder su trabajo, e incluso su vida, ausencias que Héctor llevaba rematadamente mal tan unido estaba a su padre. Durante esas ausencias el padre continuaba su labor de educación con su hijo enviándole largas cartas con las que el niño Héctor incluso dormía.

La madre, las hermanas y las familias del padre y de la madre eran muy religiosas, practicantes de misas e interminables rosarios y procesiones. A Héctor le hacían participar cosa que no le gustaba nada pero luego venía el padre a contrarrestar tanta mojigatería con sus enseñanzas laicas y filosóficas en la que la razón era el único mandamiento. Héctor creció entre estos dos mundos contradictorios: A esa edad en que se forman las creencias más sólidas yo vivía azotado por un vendaval contradictorio, aunque mi verdadero héroe, secreto y vencedor, era ese nocturno caballero solitario que con paciencia de profesor y amor de padre me lo aclaraba todo con la luz de su inteligencia, al amparo de la oscuridad / Entre dos pasiones religiosas insensatas, una masculina en el colegio, y otra femenina, en la casa, yo tenía un asilo nocturno e ilustrado: mi papá. El autor hace mucho hincapié en esta contradicción que vivían incluso los propios miembros de la familia pues la madre era muy religiosa pero luego trabajaba fuera de casa y era adelantada en sus ideas y abierta en sus convicciones y el padre, a pesar de su laicismo y no asistir a la iglesia, era creyente: esta guerra sorda de convicciones viejas y convicciones nuevas, esta lucha entre el humanismo y la divinidad, venía de más atrás, tanto en la familia de mi mamá como en la de mi papá. Y también el seno de la Iglesia y del país se estaba librando esa guerra. Eran los años sesenta en los que crecería el germen de la teología de la liberación.

A pesar de todo, la familia era feliz y los años transcurrían sin sobresaltos. Son tiempos felices. Más tarde llegará la tragedia, pero eso lo dejamos ya para la segunda parte de la lectura. Esta primera parte concluye con el relato de un incidente en el que el autor se muestra muy sincero respecto a su cobardía: no fue capaz de salvar a su hermana Sol que estuvo a punto de morir ahogada. Héctor tenia nueve años, al final, quien la salva es un niño negro de su misma edad: y aunque mi hermana no se ahogó, a mí me quedó para siempre la honda sensación, la horrible desconfianza de que tal vez, si la vida me pone en una circunstancia donde yo deba demostrar lo que soy, seré un cobarde.

Es hora de vuestros comentarios. El libro es tan denso en contenidos: reflexiones, descripciones, narraciones de hechos…, que me es imposible comentarlo todo. Así que es vuestro turno para hacerlo. ¿Cuál es vuestra opinión sobre lo leído hasta ahora? ¿Qué es lo que más os ha llamado la atención?

Plazos
Dedicaremos una semana a los comentarios mientras seguimos leyendo desde la página 134 hasta el final del libro.