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El tango

27 Ene

La introducción nos presenta a los tres protagonistas a bordo del Cap Polonio camino de Buenos Aires en 1928: Armando de Troye, un famoso y adinerado compositor de 43 años (su personaje se basa en el músico Falla) que quiere componer un tango por una apuesta que ha hecho con Ravel. Mecha Inzunza, su joven mujer, veinticuatro años, que le acompaña y Max Costa, veintiséis, un joven delgado y apuesto, vestido de etiqueta: el bailarín profesional del barco, encargado de entretener a las señoras de primera clase que viajaban sin pareja o cuyos acompañantes no bailaban. Max baila con Mecha mientras Armando los contempla.

Los trece capítulos en los que está dividida la novela son largos y están, a la vez, divididos en lo que podríamos llamar subcapítulos en los que se van alternando las diferentes épocas en las que transcurre la acción. En estos cuatro capítulos que vamos a analizar se alterna la acción que transcurre en 1928 con la que transcurre en 1966. A veces se suceden varios subcapítulos de la misma época para saltar a la otra o, bien, se alternan una y otra. Esta inteligente estructura nos va dando datos de los protagonistas en el pasado, cuando comienza la historia, y de estos mismos, treinta y ocho años después, con toda una vida a sus espaldas. Pérez-Reverte va dosificando la información con alusiones certeras a otras épocas que van completando a los personajes.

Comienza el primer capítulo en el presente de los protagonistas: Sorrento 1966. Encontramos a Max Costa con sesenta y cuatro años, convertido, desde hace tres años, en chofer de un importante doctor viviendo en la playa absurda donde la resaca de la vida lo arrojó tras el naufragio final. Max fue bailarín y ladrón de guante blanco (aunque no siempre el guante fuera blanco del todo) que supo aprovecharse del ambiente refinado en el que se movía, y sobre todo de las mujeres ricas a las que engatusaba para después robarlas o sacarles dinero para mantener su tren de vida. Él fue el mejor de todos. Mantuvo siempre el compás impecable en una pista, las manos serenas y ágiles fuera de ella, y en los labios la frase apropiada, la réplica oportuna, brillante. Eso le hacía simpático a los hombres y admirado por las mujeres. Pero algo ha fallado en su vida puesto que le convertido en un criado. Se nombra una temporada larga en prisión y un grueso expediente en los departamentos policiales de media Europa y América. Max lleva su nueva vida con naturalidad y una actitud digna pues, y él lo sabe muy bien, podría haber sido peor. En este retiro sorrentino ya en el declive de su vida, Max se vuelve a encontrar, por tercer vez en su vida, con Mecha Inzunza. Un encuentro casual que hace que su corazón lata a cien por hora y que le hará pasarse por un gran señor (dignidad obliga) para volver a estar con la única mujer que le importó de verdad. Todo ello le rejuvenece y le convierte en alguien audaz de nuevo que juega, como el hijo de Mecha, al ajedrez de la vida.

Saltamos al pasado y conocemos a la bella e inteligente Mecha. El autor se explaya repetidas veces (quizás demasiadas) sobre la belleza, la elegancia, la sofisticación, la indiferencia y la superioridad, las maneras, los vestidos, la risa (franca, serena), los ojos color miel, el cuello larguísimo, etc. de la joven y rica Mecha Inzunza. Max cae rendido ante ella y, todo hay que decirlo, ante su collar de perlas de tres vueltas, cinco mil libras esterlinas en el horizonte, y la saca a bailar repetidas veces a bordo del trasatlántico, llegando incluso a bailar a solas y sin música un tango que sellará su relación definitivamente. Está clara la atracción mutua que sienten. El marido asiste aparentemente impasible a este cortejo hasta que, motivado por el objetivo que le lleva a Buenos Aires, se acerca a conocer al joven y apuesto bailarín para que le informe sobre la historia del tango y posibles lugares a visitar donde pueda conocer mejor ese tango de la Guardia Vieja: el auténtico y originario tango que todavía existe en los arrabales (más rápido, tocado por músicos populares y orejeros. Más lascivo que elegante. Hecho de cortes y quebradas, bailado por prostitutas y rufianes). Pérez-Reverte nos da toda una lección sobre la historia del tango, interesantísima a mi parecer, sobre sus orígenes y su transformación posterior, en los salones de París, en algo más refinado que ha perdido su esencia original: el tango sentimental es un fenómeno reciente. Fue Gardel quien popularizó esas letras lloronas. En su voz, el cinismo del rufián se había hecho lágrimas y melancolía. Cosa de poetas. / Hay tangos para sufrir y tangos para matar. Armando quiere conocer ese tango para matar que todavía existe y Max se convierte en la llave, no en vano nació en uno de esos arrabales, que les va a introducir en ese mundo peligroso y atractivo, a partes iguales, por el que el matrimonio rico y ávido de emociones fuertes y juegos arriesgados siente un gran interés.

Finalmente, acaban en La Ferroviaria en el barrio de Barracas donde contemplan el tango de la Guardia Vieja en toda su esencia. Armando está entusiasmado y toma notas sin parar. Mecha calla hasta que da el golpe final saliendo a bailar con un compadrón (le gusta el riesgo), baile que es descrito con todo lujo de detalles y en el que se intuye la parte más oscura de la refinada mujer. El tango de la Guardia Vieja es el de la sumisión de la hembra […] una entrega absoluta, cómplice. Un avivar de viejos instintos, rituales deseos quemantes, promesas hechas piel y carne durante unos instantes fugaces de música y seducción.

Desde el tango bailado sin música en el Cap Polonio, Mecha no ha dejado de interesarse por Max manteniendo conversaciones con él sobre su pasado (en las que él oculta sus zonas más oscuras) a la vez que ella le ha ido contando sobre su vida y su matrimonio. Y pasa lo que tiene que pasar. Con la excusa de recoger su guante (que le ha puesto a Max en el bolsillo, a modo de flor, en La Ferroviaria para que bailara), Mecha se presenta en la pensión donde vive Max y se acometieron sin más palabras ni contemplaciones, con violencia […] un duro combate de sentidos; un largo choque de urgencias y deseos aplazados que transcurrió tenaz, sin piedad por ambas partes. Max descubre a una Mecha que susurraba procacidades impropias de una señora […] y en los lugares oportunos marcas azuladas que parecían huellas de golpes”. De nuevo el lado oscuro de Mecha.

Antes de terminar quisiera preguntaros si, como dice Kelly, la excesiva cantidad de detalles detiene la acción, si os parece que el autor abusa de ellos y si tal cantidad la consideráis necesaria.

Plazos

Os llega el turno de dejar vuestros comentarios sobre esta primera parte. Mientras lo hacéis seguiremos leyendo la novela a lo largo de una semana más o menos, hasta completar el capítulo 8 “La vie est brève” (Pág. 331).