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Conócete a ti mismo

10 Oct

Todas las cartas que escribe la anciana a su nieta comienzan con una breve narración de la  pequeña vida cotidiana que la rodea, especialmente los fenómenos atmosféricos que se reflejan en su jardín. Olga, desde su soledad, se ha convertido en una observadora: su perro, su jardín, una mirla herida a la que recoge y cuida. La naturaleza está siempre presente en esta novela. La anciana utiliza a sus elementos, sobre todo a los árboles, como símiles de comportamientos humanos. Todos los días pasea por el jardín o lo contempla desde las ventanas, advierte sus cambios, cuida sus plantas, a pesar de su enfermedad, para que cuando su nieta vuelva encuentre el escenario de su infancia tal como lo conoció. Pero todavía más importante son los recuerdos que Olga continúa plasmando en sus cartas. A partir de esta segunda parte, éstos se van ordenando. Parece que comienza a sentirse a gusto en esta vuelta al pasado en el que se sumerge como lo hace en el desván de su casa, repleto de viejos objetos desordenados. Lo que al principio le daba pereza, e incluso temor, ahora se ha convertido en una necesidad: la urgencia que me posee en este momento no me permite postergaciones, no puedo detenerme justamente ahora, escabullirme.

Olga retoma el relato en la trágica muerte de su hija. Su última conversación en la que le revela la verdad. La frágil e inestable Ilaria está ya al borde del abismo, en manos de un psicoanalista desaprensivo (¿por qué precisamente un psicoanalista? ¿Tendrá la autora algo en su contra?) que la manipula y la domina hasta tal punto que la ha metido en un buen lío de dinero. La chica está desesperada y la verdad de su madre, tanto tiempo guardada, sale disparada de sus labios. Ilaria huye ante sus palabras y se estrella con su coche. La madre, petrificada ante su propia torpeza, cargará con esa culpa el resto de su vida. Una vez que ha comenzado a desvelar las mentiras a su nieta, ya no puede parar. Le habla de su padre: no tenía la menor idea de quién era. Un verano Ilaria se había tomado unas largas vacaciones en Turquía, sola, y había vuelto de esas vacaciones en estado interesante. Ilaria había decidido ser madre soltera, algo muy frecuente en esos tiempos. Olga ha educado a su nieta en el cariño y los cuidados pero ha mantenido ocultas verdades importantes que, una vez que la niña crece, hacen que ésta lo revierta, a través de preguntas no hechas, en rencor hacia su abuela: ¿por qué murió su madre?, ¿quién era su padre?, ¿quién era su verdadero abuelo? Olga ha criado a su nieta entre mentiras: embustera podría ser el título de mi autobiografía. Desde que nací sólo he dicho una mentira. Con ella he destruido tres vidas.

El relato de Olga continúa con su propia vida: su juventud solitaria, su ausencia de maldad en sus relaciones con los hombres (crítica a la “malicia femenina”, ¿qué pensáis?) lo que le impide “cazar” a ninguno. Ella busca un joven con quien pudiera hablar hasta bien entrada la noche sin cansarme […] entonces nacería el amor, se trataría de un amor fundado en la amistad, en la estima, no en la facilidad del enredo. Por ese motivo, pasan los años y  no se casa. Pero su freno, en realidad, es otro: un pequeño muerto en mi interior. Era él quien me frenaba, era él quien me impedía avanzar. Yo me quedaba quieta y aguardaba. Finalmente, aparece Augusto, un viudo mayor que ella con el que sí puede hablar. Se casan precipitadamente nada más empezar la 2ª guerra mundial. Hago aquí un inciso para comentar la nula importancia que Tamaro da a la guerra. Se la quita de encima de un plumazo. Olga habla de querer vivir tranquila y de no importarle nada más que sus pequeñas desdichas personales. ¿? Me parece llamativo que un acontecimiento tan importante que influyó trágicamente en las vidas de tantas personas no influya absolutamente nada en esta mujer tan generosa y sensible. Bien es cierto que la novela trata de otros temas, intimistas, personales… pero de ahí a casi ni nombrarla… ¿qué opináis?

Olga pasa cuatro años en otra ciudad a lo largo de los cuales descubre que su marido es un hombre al que sólo le importa su afición a los coleópteros y además parece ocultar una homosexualidad o inapetencia sexual ya que sus relaciones sexuales son casi nulas. Y, en consecuencia, los hijos no llegan. El pequeño muerto en el interior de Olga se convierte en un muerto enorme. Su soledad y apatía aumenta y se siente encerrada y perdida entre cuatro paredes sin tener nada que hacer. Hasta que conoce a otro hombre, Ernesto, del que se enamora de verdad. Un hombre apasionado, vital con el que vuelve a sentirse viva y feliz. Pero son otros tiempos, los dos están casados y viven en ciudades diferentes. Aún así mantienen una relación que cambia por completo la vida de Olga, tanto incluso como para tener una hija (quería a Ernesto dentro de mí, conmigo, a mi lado para siempre). Augusto se hace el tonto (la anciana lo descubrirá en las palabras que éste dice antes de morir: las manos de Ilaria, ningún otro miembro de la familia las tiene así) y pasan unos años felices en los que Olga se vuelca en el cuidado de la niña. Apenas ve a Ernesto lo que no parece importarle pues su amor está por encima de todo. Ella incluso incide en la idea de que la dificultad mantiene más viva la llama: la facilidad de las relaciones trivializa el amor, que transforma la intensidad del arrebato en una infatuación pasajera. ¿Qué opináis sobre esta afirmación? Suena a idealización, más que a realidad, ¿no creéis?

Ernesto muere, como su hija años más tarde, en un accidente de coche. No ha podido conocer a Ilaria más que de lejos. Ésta sólo tenía cuatro años. Olga cae en una depresión profunda y descuida por completo a su hija. Ese será el origen de que Ilaria crezca inestable y frágil (con sus antenas de niña sensible se dio cuenta de mi repulsa, se volvió caprichosa y prepotente). Además, Ilaria no soporta a Augusto que tampoco le hace mucho caso. La casa se había convertido en un pequeño infierno de rencillas y chillidos: el mal está hecho. Todo porque la anciana se dará cuenta de que buscó la felicidad a través del otro en vez de hacerlo por sí misma (la luz con que había brillado durante los últimos años no provenía de mi interior, sino que era solamente una luz reflejada). Lección que aprenderá más tarde: a los cuarenta años comprendí desde donde tenía que arrancar. Y es desde ella misma, desde su corazón. La carta del 16 de diciembre está plagada de reflexiones a través de las cuales Olga nos explica como llegó a conocerse y a amarse a sí misma y de ahí a amar a los demás, la lección más importante que se puede aprender en la vida: sentada bajo la encina no sea usted, sino la encina; en el bosque sea el bosque, en el prado sea el prado, entre los hombres sea con los hombres. Son palabras de un jesuita que la ayudará mucho en su camino de conocimiento. Si la vida tiene un sentido, ese sentido es la muerte, todas las demás cosas sencillamente giran alrededor de ella. Pero esta verdad hay que saberla con el corazón. Olga se convierte así en una mujer sabia y en paz. Acepta sus errores, asume sus culpas: cometer errores es natural, irse sin haberlos comprendido hace que se vuelva vano el sentido de la existencia. Y, para terminar esta hermosa novela, dos últimas verdades: en realidad, sólo tiene un miedo tremendo. Déjese llevar y lo que tenga que venir vendrá” / “la primera, y la más importante, revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios a tantos recuerdos y reflexiones. A lo largo de una semana comentaremos esta segunda parte y plasmaremos nuestras conclusiones finales sobre la novela.