Archivo | 23:53

Hay cosas que sólo se pueden entender a cierta edad y no antes

2 Oct

Ésta es una abuela especial hablándole a una nieta especial. La niña que escoge un perro herido y feo en vez del más bonito o la que representa una “ceremonia de reencarnación”, ante sus compañeros y la profesora, hablando incluso en otra lengua o la que se hace grandes preguntas (pienso si el cielo se acaba o sigue para siempre) o tiene miedos propios de una persona mayor: lo que te asustaba no era el hombre del saco, ni las brujas, ni los lobos malos, sino el repentino temor de que en cualquier momento el universo de las cosas se viera atravesado por una deflagración. La abuela, una mujer muy generosa y comprensiva, que ama su jardín como si fuera una persona (fui a saludar al nogal y al cerezo), que le habla a una rosa y ésta le contesta (escríbele una carta, un pequeño diario de tus jornadas que le siga haciendo compañía), que prefiere morir cayendo de bruces entre los calabacines de su huerto antes que vivir un año más clavada en una cama, en una habitación de paredes blancas, que comprende y se pone en la piel de su nieta ya adolescente, que se queda sola en el final de su vida y no le importa, que ha sufrido mucho pero ha aprendido y se ha reinventado…

La primera carta que Olga le escribe a su nieta tiene fecha del 16 de noviembre de 1992. La anciana ha estado gravemente enferma y le queda poco tiempo de vida, no quiere decírselo a su nieta que está en América pero, ante el temor de que cuando la joven vuelva, ella ya no esté para abrir la puerta y abrazarte, decide comenzar a escribirle una serie de cartas tan sólo para charlar un poco con esa intimidad que antaño nos unía y que hemos perdido durante los últimos años. Cartas que la joven leerá a su vuelta ya sin su presencia.  Olga, cuando ya era casi una anciana, se encontró con la tarea de hacer de madre de la niña.  Comenta la infancia y la vejez se parecen, por eso se entienden bien mientras la nieta es una niña, pero, al crecer, en algún momento algo se rompió. La adolescente se rodea de una coraza y cuanto más grande y profunda es la herida, más fuerte es la coraza. Y es que hay muchas verdades por confesar, acontecimientos muy importantes que la abuela ha ocultado a su nieta, como tu madre, la  manera que tuvo de concebirte, su muerte. Y Olga quiere hablar, hablar a la niña que fue su nieta (mientras fuiste una niña, juntas éramos felices) y decirle todo lo que no le ha dicho para que la joven comprenda, asimile su pasado y pueda madurar convenientemente.

Las cartas se suceden y la abuela va desgranando, como si estuviera hablando con su nieta cara a cara (pero no), sabias reflexiones sobre la vejez, la infancia, la adolescencia,… así como recuerdos de su vida en común que se le agolpan con el desorden propio de la memoria. La niña se ha convertido en una adolescente llena de cinismo, soledad, obsesiva concentración en tu destino infeliz. Olga siente que debe hablarle con la serenidad que le da la distancia en una conversación unidireccional, sin respuestas. Asimismo, la abuela comienza a ajustar cuentas con su proceder en el pasado: sus culpas sobre la educación que le da a su hija, su silencio egoísta pues cree poder cubrir con su inmenso amor a su nieta el hueco dejado por la madre.

En esta novela hay poca acción y mucha reflexión y recuerdos. Olga, la protagonista, ya al final de su vida, se recoge en sí misma dando rienda suelta a sus pensamientos, busca la paz a través de la verdad que cuenta a su nieta, intenta dejarle un legado fruto de su transcurrir por la vida, con sus errores y con sus aciertos. Hay un halo de espiritualidad oriental en el relato. No olvidemos que en los años noventa en el mundo occidental, una vez muertas, o dormidas, las utopías de querer cambiar la sociedad, de hacerla más justa, hubo una corriente de búsqueda de respuestas en el mundo oriental, en sus religiones, prácticas y espiritualidad tan diferente a la nuestra: la reencarnación, el karma, el budismo… Esto se refleja en el libro. Actualmente, quizás, esto ya no está tan presente y nos puede llamar la atención. Asimismo, la autora trata también el tema del destino y el azar. ¿Qué opináis sobre esto? ¿Es el destino o el azar el que rige nuestros actos?

En la tercera carta, la del 20 de noviembre, la abuela echa la vista atrás e intenta poner orden en sus recuerdos. Habla de la vida de su madre y de su propia infancia. Una relación conflictiva donde su madre y su padre no tuvieron con ella ninguna muestra de cariño. El matrimonio de sus padres no fue por amor. Mi madre murió insatisfecha y resentida, sin que jamás la rozase siquiera la duda de que por lo menos alguna culpa le correspondía a ella. Olga era muy diferente a su madre y ya a los siete años, una vez superada la dependencia de la primera infancia, empecé a no soportarla. Olga, que no es feliz, se convierte en una niña solitaria y fantasiosa. De esta desazón pronto nació en mi interior una gran soledad, una soledad que con el paso de los años se volvió enorme, una especie de vacío en le que me movía con los gestos lentos y torpes de un buzo. La soledad también nacía de las preguntas, de preguntas que me planteaba y a las que no sabía dar respuestasOlga madura muy pronto henchida de preguntas, cada vez mayores y más graves. Hay una crítica muy grande en sus palabras al mundo en el que creció. Más tarde comenzará a comprender a su madre que tampoco tuvo una vida fácil. Habitualmente la desdicha sigue la línea femenina. Al igual que ciertas anomalías genéticas, va pasando de madre a hija. De nuevo crítica, podríamos decir feminista, a la desigualdad reinante entre hombres y mujeres. Y en la familia de Olga esto se cumplirá con creces: su madre, ella, su hija, su nieta.  Como mujer que era, no consigue ir a la universidad a pesar de que lo desea con todas sus fuerzas. Su padre se lo prohíbe. Ella no lucha por su deseo. Ya adulta detrás de mi rutina cotidiana de mujer burguesa, había en realidad un movimiento constante que estaba hecho de pequeñas ascensiones, de desgarramientos, de oscuridades repentinas y de abismos profundísimos. A lo largo de mi vida la desesperación me ha embargado con frecuencia. Y Olga siente la sensación de que siempre está quieta. Todo cambia menos ella. Tendrá que morir su hija de una manera trágica a la edad de treinta y tres años para que Olga empiece a reaccionar. Y como consecuencia de esta muerte, la anciana se tope con una nueva oportunidad que le brinda la vida al poner en sus manos la educación de una niña, su nieta.

El lenguaje con el que narra la autora es hermoso (valgan los ejemplos que transcribo en estos comentarios), intimista, poético, plagado de símiles que van desde los objetos más cotidianos a la esplendorosa naturaleza.

Por fin la abuela habla de esa hija, Ilaria, con la que tuvo una relación difícil. Olga deja a su hija en libertad para no repetir los errores de su madre para con ella. Detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse. / El amor no conviene a los perezosos, existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad. Fuerte autocrítica de la anciana que con el tiempo ha sabido ver sus errores. Os cedo a vosotros un análisis más exhaustivo de esta relación madre-hija.  Casi al final de esta primera parte Olga confiesa: tenía una hija y la he perdido. Murió estrellándose con su coche: ese mismo día yo le había revelado que ese padre que, según ella, tanto daño le había causado, no era su verdadero padre.

Plazos

A lo largo de una semana comentaremos esta primera parte. Es hora de que vosotros opinéis. A la vez, leeremos la segunda parte a partir de la carta del 30 de noviembre (Pág. 86) hasta el final de la novela.