¡Nos vamos de vacaciones!

1 Jun

Foto en flickr de eddy_ .Algunos derechos reservados.

Este año hay cambios respecto a las vacaciones de verano: vamos a descansar junio, julio y agosto así que “cerramos” temporalmente el Club Virtual de Lectura para disfrutar del periodo estival. Volveremos a principios de septiembre más descansados, con fuerzas renovadas y nuevos libros que compartir.

El verano se presenta siempre como un buen momento para leer aquellos libros que no nos ha dado tiempo a hacer el resto del año. Os animo a todos para que compartáis en este post recomendaciones de todo tipo. Contadnos qué libros vais a leer y animaos a dejar sugerencias. También podéis ir dejando a lo largo del verano vuestras impresiones sobre los libros que estéis leyendo.

Por mi parte, os dejo algunas recomendaciones: para empezar, toda la obra publicada en español de la última Premio Nobel, la bielorrusa Svetlana Alexievich, es altamente recomendable. Yo estoy con Voces de Chernóbil y El fin del “Homo sovieticus”, literatura de no ficción que sobrecoge con su verdad, y su poesía en medio del horror, sobre la antigua Unión Soviética.

El último libro, póstumo, del gran Rafael Chirbes, Paris-Austerlitz: una historia descarnada de amor entre dos hombres narrada con una prosa clara que va directa a las entrañas. Duro pero imprescindible testamento de el que se considera uno de los mejores escritores en español de los últimos tiempos.

La novela más reciente del escritor turco Orhan Pamuk, Una sensación extraña: el relato de la vida, las aventuras y los sueños del vendedor callejero Mevlut Karatas que es, a la vez, un retrato de la ciudad de Estambul (tan amada por el escritor) entre 1969 y 2012 a través de los ojos de numerosas personas. La capacidad de fabulación de Pamuk es inmensa y es un deleite dejarte llevar por sus historias.

Es un buen momento para revisitar la obra de la estadounidense Patricia Highsmith al hilo del éxito que ha tenido la película basada en su novela Carol. Esta novela fue publicada por primera vez en 1952 bajo el seudónimo de Claire Morgan y con el título El precio de la sal debido al tema que trataba, el amor entre dos mujeres, algo muy audaz para la época. El éxito de público y ventas fue inmediato, se vendieron más de un millón de ejemplares, y posteriormente la autora decidió publicarla con el título que originalmente le había dado y firmada con su verdadero nombre. La película es muy buena pero la novela también. Toda la obra de Highsmith es notable y muy recomendable, en ella se sumerge en los entresijos de la psicología humana. La autora no juzga moralmente a sus personajes, simplemente expone los hechos y deja que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Es una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemporánea.

Y siguiendo en la estela de la novela negra, traigo aquí a uno de mis favoritos: Raymond Chandler. Uno de los padres del género. Se acaba de publicar Todo Marlowe, un homenaje al investigador privado más duro y cínico que ha existido reuniendo las siete novelas completas protagonizadas por él además de dos relatos breves en un solo libro. En palabras de Murakami, otro de mis favoritos: Incluso ahora mi ideal para la escritura de ficción es meter a Dostoievski y a Chandler en un solo libro. Ese es mi objetivo.

Termino con un poco de poesía actual y en castellano. Mi último descubrimiento es un libro muy original que está en el límite entre poesía y prosa: una colección de ficciones breves que aspiran a la liviandad en el estilo pero que están cargadas de profundidad no dicha. Sutil y sugerente es la obra Pasos de Isabel Moreno García.

Aunque estemos de vacaciones, yo entraré de vez en cuando en el blog, así que no dudéis de dejar cualquier comentario que os apetezca. Estáis todavía a tiempo de dejar vuestros comentarios finales sobre El cielo es azul, la tierra blanca (en el anterior post y último dedicado a esta lectura). Adelante pues a todos los rezagados.

No se os olvide a los que sois de Coruña devolver vuestro ejemplar de la novela de Hiromi Kawakami en la Biblioteca de Fórum. Gracias.

Os deseo unas felices vacaciones a todos. ¡Qué las disfrutéis, con libros, y  hasta septiembre!

Volvemos en septiembre

Con usted iría al fin del mundo, maestro

23 May

Tofu. Foto en flickr de houseofthailand.com. Algunos derechos reservados.

La relación de Tsukiko con el maestro prosigue con altibajos. Se distancian, se acercan. En un encuentro casual, ella le comenta que tiene una cita con otro hombre y el maestro súbitamente la invita a ir a jugar a un salón de pachinko, Tsukiko abandona sus planes y se va con él, están claras sus preferencias, pero le pregunta, como sin darle importancia, por la profesora Ishino. Ambos están celosos pero ambos quieren estar juntos: Los pequeños brotes recién nacidos habían dado lugar a un follaje exuberante. El maestro y yo caminábamos despacio, bajo el mismo paraguas. De vez en cuando, su brazo rozaba mi hombro accidentalmente.

Aun así, Tsukiko ha quedado ya cinco veces con Takashi, y en la última cita éste le propone ir de viaje con él a comer truchas. Le apetece pero le da largas: me gustaba la risa de Takashi. Estuve a punto de aceptar la invitación, pero seguí esquivando la respuesta. Se compara con él. A sus treinta y tantos años, le ve como un hombre: siempre hacía lo que tocaba según la edad que tenía. Su vida transcurría de forma equilibrada, y su cuerpo y su mente se desarrollaban proporcionalmente a su edad. Yo, sin embargo, todavía no me podía considerar una “adulta” hecha y derecha. Cuando iba a la escuela primaria era bastante madura. Empecé a estudiar secundaria y luego pasé a bachillerato, pero mi nivel de madurez disminuía a medida que transcurrían los años. Nunca me he llevado muy bien con el tiempo. En un nuevo encuentro con el maestro se da cuenta de que no quiere ir con Takashi: tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo. Y le propone al maestro ir con ella de viaje a comer truchas. Ante su negativa, Tsukiko se desespera tanto que le grita: con usted iría al fin del mundo, maestro. Y añade: lo que pasa es que estoy enamorada de usted. El maestro la mira perplejo y le dice que se ha vuelto loca, que solamente es una niña que teme los truenos, pero la abraza: nada tenía sentido. Era absurdo que yo le hubiera dicho al maestro que estaba enamorada de él, y que él estuviera tan tranquilo a pesar de que aún no me había dado una respuesta. Aquellos truenos repentinos también eran irreales, así como la asfixiante humedad que se había instalado en la salita desde que el maestro había cerrado la ventana. Todo parecía un sueño.

Finalmente el maestro la invita a un viaje de fin de semana a una isla: no sabía por qué el maestro me había invitado a viajar con él. Cuando le confirmé que lo acompañaría, su rostro no reflejó ningún tipo de emoción. Estarán en habitaciones separadas. Nada más llegar, el maestro le propone dar un paseo. Un largo paseo que terminará en un cementerio en el que, ante una tumba, se pone a rezar: es la tumba de mi mujer […] Quería venir aquí contigo […] Era una mujer extravagante. Todavía sigo pensando en ella. Tsukiko se siente ofendida y celosa y vuelve sola a la pensión. No se da cuenta de que el  maestro necesita hacer esa visita para cerrar un ciclo de su vida que le permita abrir otro en el que pueda vivir su amor por la joven. ¡Está tan perdida, la pobre!: ¿Qué estaba haciendo con mi vida? Estaba en una isla que no conocía, arrastrando los pies por un camino desconocido y había perdido de vista al maestro, a quien creía conocer pero en realidad tampoco conocía. No me quedaba otra opción que emborracharme.

Está desesperada porque el amor va invadiéndola y no sabe qué es lo qué quiere el maestro de ella y recuerda cómo se conocieron y de ser su viejo profesor fue lentamente pasando a ser otra cosa: en algún momento, más adelante, al sentarme a su lado empecé a notar la calidez que desprendía. Su presencia dulce y afectuosa se filtraba a través de la tela de su camisa almidonada. Era caballeroso y tierno a la vez. Nunca he sido capaz de describir la presencia que irradiaba el maestro. Cuando intentaba capturarla, se esfumaba para aparecer de nuevo en otra ocasión. Me preguntaba si aquella presencia se convertiría en algo palpable en el caso de que el maestro y yo nos acostáramos juntos. Pero su misteriosa presencia siempre se me acababa escurriendo de las manos. Tsukiko no puede dormir y va a la habitación del maestro. Lo encuentra escribiendo haikus y le pide que le ayude: escribía llena de indignación. Era la primera vez en mi vida que lo intentaba, pero los versos me salían sin pensar. Escribí diez, doce, veinte poemas. Esa noche acaban durmiendo juntos mientras el maestro la acaricia.

A pesar de lo que ocurre en la isla, vuelven a distanciarse: llevaba un tiempo sin ver al maestro. Seguía yendo a la taberna de Satoru, pero no lo veía sentado en la barra como de costumbre. Aquí se intercala un sueño, ¿o realidad?, muy extraño en el que ambos están en algún lugar de la costa bebiendo sake. El maestro hace el pino y en esa situación tan anómala, se superponen escenas de la mujer del maestro y de su vida en común también muy raras. El maestro le dice que están en la frontera. Pareciera que el sueño simboliza un lugar de tránsito entre su otra vida con su mujer y la nueva vida que le espera con Tsukiko. Una frontera que tienen que atravesar. Y cada cierto tiempo, diversos elementos de la naturaleza susurran: ¡Ven! ¡Ven!

Extrañamente, después de este intervalo tan simbólico, Tsukiko decide evitar al maestro a propósito. Dice que la visita a aquel lugar tan extraño no tuvo nada que ver con nuestro distanciamiento. Piensa que si no vuelve a verlo, lo acabará olvidando. Está convencida que el maestro no siente nada por ella. Aunque está acostumbrada a estar sola, no se siente a gusto. Y vuelve a quedar con Takashi pero, una vez más, no funciona. Y entonces, dos meses después, vuelve a la taberna: pensé que después de dos meses ya lo habría superado. Se entera de que el maestro no va porque está resfriado: el grillo seguí cantando. Oía mis latidos y el zumbido del torrente sanguíneo circulando por mis venas. Mi corazón latía cada vez más acelerado.  Y va a su casa. No puede remediarlo. Está preocupada: seguía siendo el mismo de siempre. En cuanto le vi la cara, las fuerzas me abandonaron y las rodillas me flaquearon. Tsukiko está enamorada hasta el tuétano y, por supuesto, no ha conseguido olvidarlo. Después de una visita cordial, se marcha: hacía un buen rato que había dejado atrás la casa del maestro, pero seguía dirigiéndome a él como si estuviera a mi lado. Caminaba despacio, siguiendo el curso del río. Parecía que estuviera hablando con la luna.

Y, de pronto, el maestro la llama por teléfono (nunca lo había hecho antes) y le pide una cita: ir juntos a una exposición de caligrafía antigua en el museo de arte. Su voz suena dulce: en cuanto se cortó la comunicación, me dejé caer al suelo. A lo lejos oía los pitidos procedentes del auricular, que seguía sujetando en la mano. Tsukiko está tan asustada que decide mantener una distancia: quería mantener una relación formal, superficial y duradera, sin esperar nada a cambio. Ya había intentado acercarme a él, pero no me había dejado. Era como si hubiera un muro invisible entre los dos. A primera vista parecía blando y maleable, pero por mucho que lo presionara no me devolvía nada. Era un muro de aire. Ella está nerviosa (estaba mil veces más nerviosa que el primer día que salí con un chico), él, como un acto simbólico, paga por primera vez. Una vez vista la exposición se sientan en un sofá: notaba el calor que desprendía el cuerpo del maestro, sentado a mi lado. Mis sentimientos afloraron de nuevo. Aquel sofá duro e incómodo me parecía el lugar más agradable del mundo. Me sentía feliz a su lado. Eso era todo. Y, por fin, el maestro se sincera con ella. Le dice que ha sido un poco obtuso todo este tiempo y la abraza: cuando me abrazó, el tiempo parecía haberse detenido. Y con su formalidad le propone iniciar una relación basada en el amor mutuo. Ella acepta y él se siente feliz: el maestro me rodeaba con su cálido abrazo, y yo no sabía si reír o llorar. Al final, no hice ni una cosa ni la otra. Me tranquilicé y me acurruqué en sus brazos, en silencio.

El último capítulo, titulado, no en vano, “El maletín del maestro”, nos narra el tiempo que pasaron juntos. Ya no se encuentran casualmente, sino que se llaman por teléfono y quedan, pero aun así en las formas las cosas no habían cambiado mucho. La única diferencia era que la incertidumbre había desaparecido. Ella nos cuenta que la bondad del maestro procedía de su estricto sentido de la justicia. No era amable conmigo para hacerme feliz, sino porque analizaba mis opiniones sin tener ideas preconcebidas. Se podría decir que su bondad era más bien una actitud pedagógica. Por eso cuando me daba la razón me sentía mucho más feliz que si se hubiera limitado a decirme que sí para tenerme contenta. Aquello fue todo un descubrimiento. No me siento cómoda cuando me dan la razón sin tenerla. Prefiero mil veces que me traten con justicia. Totalmente de acuerdo. Son felices. Sin más. Pero, falta una cosa: el maestro y yo todavía no habíamos hecho el amor.  A Tsukiko no la importa mucho, no entra en sus prioridades. Pero al maestro sí le preocupa: el contacto corporal es básico, Tsukiko […] pero no estoy seguro de si podré hacerlo o no. Y si fuerzo la situación sin estar convencido y las cosas no salen bien, perderé la poca confianza que me queda. Ese miedo es lo que me impide dar el paso. Lo siento muchísimo.

Las citas se suceden, se dicen te quiero y, por fin, un día, hacen el amor apasionadamente. Todo es perfecto. Nuestra “relación oficial”, tal y como solía decir él, duró tres años. No tuvimos más tiempo que compartir. No ha pasado mucho tiempo desde entonces. El maestro me dio su maletín. Lo dejó escrito en su testamento. En el entierro, el único hijo del maestro le da las gracias: cuando oí el nombre del maestro, Harutsuna, las lágrimas me inundaron los ojos. Hasta entonces casi no había llorado. Lloré porque aquel nombre, Harutsuna Matsumoto, me resultaba muy poco familiar. Lloré porque el maestro se había ido antes de que me acostumbrara a él. Después de morir el maestro, Tsukiko lee en voz alta poemas y estudia la poesía japonesa: He recorrido un largo camino, / el frío penetra mi ropa gastada. / Esta tarde el cielo está despejado, / ¡cómo me duele el corazón!

Preparo el tofu hervido como él, con bacalao y crisantemo. “Algún día volveremos a vernos, le digo, y el maestro me responde desde el cielo: “No tengo la menor duda”. En noches como ésta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme espacio vacío que crece sin parar.

Plazos

Una vez terminada esta hermosa y sutil historia de amor, de la que la escritora Ángeles Caso dijo que le parecía una de las historias de amor más bellas que había leído, es hora de vuestros comentarios sobre esta parte y la totalidad de la novela. Espero que sean numerosos y que os explayéis, ya que en la primera parte no ha habido muchos comentarios. Dedicaremos una semana a ello. Los espero con ganas. Sean o no favorables, yo creo que hay mucho que comentar.

Maestro – murmuré –. Maestro, no sé volver a casa

16 May

Cerezos en flor. Foto en flickr de Gonmi. Algunos derechos reservados.

El primer capítulo comienza presentándonos al maestro y su primer encuentro con Tsukiko en la taberna. Ésta ni recuerda su nombre ya que no le gustaban mucho sus clases y no lo ha vuelto a ver desde que terminó el instituto. No parece que su profesor haya dejado ninguna huella en ella. Por el contrario, el maestro sí la recuerda bien. Desde el principio parecen tener mucho en común: supongo que no perdimos el contacto porque teníamos demasiadas cosas en común. No sólo nos gustaban los mismos aperitivos, sino que también estábamos de acuerdo en la distancia que dos personas deben mantener. Nos separaban unos treinta años, pero con él me sentía más a gusto que con algunos amigos de mi edad. La comida que a ambos les gusta, y que es un elemento importante en la narración, es comida tradicional japonesa: atún con soja fermentada, raíz de loto salteada y chalota salada. También a los dos les gusta mucho beber, es más, beben muchísimo. Cerveza y sake. En realidad, los pocos personajes que aparecen en la novela beben mucho. ¿Por qué? ¿Costumbre japonesa? A Tsukiko parece relajarla, siempre se siente mejor y más segura después de varias botellas de sake. También queda claro desde el principio que a es una joven diferente: las mujeres no suelen frecuentar solas lugares como éste. Habla poco, normalmente a todo lo que le dice el maestro contesta con el mismo monosílabo: “ya”. Es indecisa (antes nunca sabías qué hacer, pero lo decías con una seguridad pasmosa. Eres una mujer decididamente indecisa, le dirá más tarde, su antiguo compañero y pretendiente Takashi) y huraña, testaruda, con un irónico sentido del humor y con reacciones a veces extrañas. No se sabe muy bien lo que quiere de la vida Tsukiko.

También la presencia de la naturaleza es casi constante desde el inicio de la narración. Tanto en la ciudad, a través de los cerezos o de la luna o del viento (¿oyes el susurro de las zelkovas? – me preguntó, levantando la vista hacia los árboles plantados en la acera. Las ramas verde oscuro se balanceaban. No parecía que el viento soplara con fuerza, pero agitaba violentamente las copas de las altas zelkovas), como en sus salidas fuera, al bosque o a una isla más adelante. Y el suceder de las estaciones, con sus cambios que ellos parecen apreciar con significativo detalle, marca el tiempo de la narración. Otro elemento muy relevante en la novela es la importancia que cobran los hechos o los objetos más triviales, los más pequeños detalles en los que encontramos muchas veces una sútil y cotidiana belleza: Inclinó ligeramente la botella desde una altura considerable hasta que el líquido empezó a caer describiendo una línea vertical, como si el vaso ejerciera una especie de atracción magnética. O cómo la autora mezcla ambos elementos: Vacié la taza de un trago. El maestro bebía a pequeños sorbos. La luz de la luna era deslumbrante. Y la poesía. El maestro recita de vez en cuando haikus o fragmentos de poemas de autores clásicos de la literatura japonesa: A través de los sauces/ reluce el resplandor ceniciento, / el humo se levanta más allá de la pradera (Seihaku Irako).

Comienzan a quedar fuera de la taberna a propuesta del maestro: se me hacía un poco raro quedar a plena luz del día. Nuestras reuniones siempre tenían lugar en la oscuridad de las tabernas, donde nos sentábamos, bebíamos sake y comíamos tofu frío o tofu hervido, según la época del año. Nunca quedábamos de antemano, nos encontrábamos por casualidad. A veces no coincidíamos durante unas cuantas semanas. Otras veces, en cambio, nos veíamos varias noches seguidas. El azar va dando paso a pequeños planes: excursiones a un mercado o a coger setas o a una celebración enfrente del viejo instituto. Será en su primera salida, al mercado, en la que aparecerá el omnipresente maletín, tan importante en esta historia: anunció sacando una agenda del maletín negro que siempre llevaba encima. También se van intercalando en la narración pequeñas historias del pasado: un compañero de trabajo de Tsukiko que intentó propasarse, la ingesta de la seta de la risa por parte de la peculiar mujer del maestro, un viaje a Francia de la joven cuando tenía veinte años… así como historias que recuerda el maestro de lecturas pasadas.

Se enfadan por una nimiedad, no les gusta el mismo equipo de béisbol, y dejan de hablarse un tiempo (parecen ya novios sin serlo todavía). Ella se enfada muchísimo: será mejor que cambiemos de tema – le advertí, lanzándole una mirada fulminante. Pero él no dejaba de reír. Había algo diabólico en sus carcajadas. Era la risa de un niño que acaba de aplastar una hormiguita. En su relación siempre predomina la superioridad del maestro que ella, normalmente, acepta. Él es siempre el que decide o el que propone o el que enseña o el que la reprocha con cariño. Ella parece que vive en una vida suspendida en la que no sabe nunca qué hacer. En su casa, después del trabajo, se tira en el futón y deja las horas pasar hojeando una revista o un libro, dormitando. No parece reaccionar ante los acontecimientos dejándose simplemente llevar. Pero ésta vez reacciona y dejan de hablarse. Se siente atacada por él, pero lo echa de menos: el maestro era mi única compañía […] Estaba sola. Subía sola al autobús, paseaba sola por la ciudad, iba de compras sola y bebía sola. Incluso cuando estaba con el maestro era como si fuera sola a todas partes. No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa. Era una sensación curiosa, como si me hubiera comprado un reloj nuevo y no quisiera quitar el plástico adherente que protegía el cristal. Si el maestro llegara a enterarse de que lo estoy comparando con un pedazo de plástico, probablemente se enfadaría. Cuando coincidíamos en la taberna y nos tratábamos como perfectos desconocidos, me sentía como el reloj que ha perdido el plástico adherente. Por otro lado, las reconciliaciones fáciles nunca me habían gustado, y estaba segura de que al maestro también le resultaban ofensivas. Por eso seguíamos fingiendo que no nos conocíamos. Los símiles que utiliza de los hechos más importantes son curiosos. Los compara, de nuevo, con lo aparentemente más trivial. Así también, más adelante, en la página 70, describiendo la relación que mantiene con su familia vuelve a hacer lo mismo: pero había algo en aquella casa que me provocaba incomodidad. Era como si encargara varias piezas de ropa hechas a medida y al probármelas descubriera que unas eran demasiado cortas y otras eran tan largas que las arrastraba por el suelo al caminar. Entonces me quitaba la ropa, estupefacta, comprobaba de nuevo las medidas y me daba cuenta de que eran exactas. Así me sentía con mi familia.

Como se echan de menos, y ha pasado el tiempo suficiente para que su reconciliación esté a la altura, vuelven a amigarse y ella le regala un rallador que ha comprado un día que visitó una tienda en la que no sé por qué extraña asociación de ideas el brillo de los filos me hizo pensar en él. El caso es que me invadió un apremiante deseo de verlo. De nuevo, unidos, lo más importante y lo más trivial. Ya todo de nuevo en su lugar, se van a coger setas con el tabernero Satoru que les invita a una excursión a Tochigi. Se les une el primo del tabernero, Toru, y, aunque Tsukiko vacila y no sabe muy bien porqué va, el maestro está contento de estar nuevamente con ella. Mientras cogen setas, ella a veces cree verlo y a veces no: creía que estaba justo delante de mí, pero si apartaba la vista durante un segundo y volvía a mirar, ya se había esfumado. Entonces lo buscaba, sorprendida, para descubrir que se encontraba a mi lado. Un juego visual que refleja muy acertadamente lo que es su relación. Tsukiko sentada en el bosque lejos de ellos, se siente invadida por todo lo que la rodea, sobre todo la vida animal y vegetal y la agobiante humedad. Tanta vida la hace reflexionar: me sorprendió estar rodeada de tantas criaturas vivas. En la ciudad siempre estaba sola, aunque estuviera con el maestro. Creía que en las ciudades sólo vivían criaturas de gran tamaño. Sin embargo, al reflexionar sobre el asunto me di cuenta de que en la ciudad también estaba rodeada de seres vivos. Nunca estábamos solos […] nunca había considerado a los demás personas de carne y hueso. No había caído en la cuenta de que cada uno de ellos tenía su propia vida, llena de altibajos como la mía. Durante la comida que improvisan en el bosque, una deliciosa sopa de setas, el maestro les cuenta la historia de cómo su mujer comió la seta de la risa. Es la primera vez que habla de ella y se pone de manifesto claramente que al maestro esa mujer tan peculiar no le agradaba demasiado aunque fuera ella la que le abandonara quince años atrás: mi esposa no era una persona de trato fácil, pero yo tampoco. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. Es evidente que yo no era el roto ideal para su descosido. Un poco más tarde, Tsukiko le pregunta si sigue enamorado de su mujer. El ríe y le contesta: mi mujer sigue siendo un misterio para mí […] Los insectos zumbaban a nuestro alrededor, y yo seguía sin entender qué estaba haciendo allí.

A continuación viene un capítulo importante, “Año  nuevo”, en el que conoceremos algo más a Tsukiko. Nos habla de su familia, de su soledad, de su incapacidad de resolver pequeños accidentes domésticos, de su peculiar relación con su madre, a la que se siente muy unida aún en el silencio y en la torpeza de su casi inexistente comunicación. Asimismo, nos habla de su incapacidad para mantener una relación sentimental: quizás la rutina del compromiso no fuera tan mala, pero me costaba mucho imaginármela. Y nos narra cómo de una manera absurda, sin ningún motivo aparente, dejó de ver a su último novio, al que quería, sin hacer nada para salvar esa relación. Un poco más tarde, él se casará con una amiga de ella que intentó ayudarla para que no le dejara: estaba convencida de que el amor y yo no estábamos hechos el uno para el otro. Si tan caprichoso era el amor, no quería tener nada que ver con él. Tsukiko está tan perdida que recordando todo esto en la soledad de su vida comienza a llorar mientras come una manzana. Y se va a la calle a caminar y sigue llorando y se siente como una niña que no sabe volver a casa. Y piensa intensamente en el maestro echándole de menos pero él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar. Para mitigar su soledad se pone a cantar la única canción de invierno que recuerda en la que un verso dice “el cielo es azul, la tierra blanca”, pero no recuerda el final, y continúa llorando. ¡Está tan sola! Y por arte de magia el maestro aparece por las calles y la llama. Cada uno pronuncia el  nombre del otro. Nada más. Se están enamorando sin darse ni cuenta. Y el maestro como si la hubiera estado siguiendo, o bien adivinando su pensamiento, le dice las últimas palabras de la canción que no recordaba: ¡Oh!, las colinas nos reciben. Y se van a beber: beber sake era mucho más agradable que llorar.

Otro día que también se siente mal sale a la calle: quería comprobar que no estaba sola en el mundo y que no era la única que se sentía angustiada y, de nuevo, se encuentra casualmente con el maestro, ¡ah! El azar haciendo de las suyas, uniéndole a este hombre irremediablemente. El maestro le dice: aun el encuentro más casual es karma. Y le explica, ante la ignorancia de la chica, qué es: es la energía que todos nos llevamos de nuestras vidas anteriores y que condiciona nuestras vidas futuras. Mientras beben, el maestro le acaricia el pelo: últimamente aprovechaba la menor oportunidad para hacerlo.

Esta primera parte de nuestra lectura termina con un doble capítulo titulado “Cerezos en flor”. En él, y en el curso de un picnic de primavera organizado por su antigua profesora de arte, la señorita Ishino, Tsukiko, incómoda y celosa de ésta que no se separa del maestro, se encuentra con un antiguo compañero con el que salió un día, Takashi Kojima, que la corteja. Ella se deja hacer para alejarse de la situación creada (¿por ella misma y sus celos e inseguridad?). Ignora las llamadas a voces del maestro, como si no lo conociera, y termina por irse con Takashi a tomar algo a otro lugar. No tiene nada claro que quiera estar con él pero se deja llevar una vez más. Comen comida occidental, beben vino, el bar es muy diferente de la taberna de la estación, más moderno, está incómoda, como en una misteriosa dimensión temporal, no sabe qué hace allí, piensa en el maestro, ¿dónde y con quién estará?,  el maestro no diría nada de lo que Takashi dice. El hombre comienza a seducirla: ¿Es esto lo que quiero?, ¿quiero que Takashi Kojima siga atrayéndome hacia él? En mi cabeza había algo que no encajaba. El la roba un beso: me había cogido desprevenida. No me sentía violenta, pero tampoco estaba feliz. Me invadió una oleada de inseguridad. Su pensamiento está en el maestro, comparándolo continuamente con Takashi. El hombre termina por darse cuenta de que no va a funcionar, aun así, pasean largo rato de la mano: su mano estaba caliente. La luna bañaba las flores de los cerezos con su resplandor. Me pregunté dónde estaría el maestro. Termina marchándose en un taxi en el que pronuncia en voz alta la palabra “maestro”. Maestro, dije por segunda vez. Mi voz no llegó a ninguna parte. El taxi me llevaba por las calles oscuras.

Plazos

Es hora de vuestros comentarios sobre esta primera parte. Espero que sean numerosos. Hay mucho que comentar. Todo es sencillo y sutil en esta narración pero está lleno de significado. Adelante con vuestras opiniones sobre todo lo que consideréis interesante. Mientras la comentamos a lo largo de una semana, seguiremos leyendo a partir del capítulo “Buena suerte” (pág. 117) hasta el final de la novela. Por favor, no comentéis nada de la segunda parte, sólo de esta primera. Hay algunos que habéis dejado en el post anterior un comentario total de la novela a pesar de mis indicaciones. Ciñámonos a los plazos y a las partes a comentar. Gracias. ¡Nos encontramos en el blog!

El cielo es azul, la tierra blanca: el amor en un haiku

7 May

Haiku. Foto en flickr de n8k99. Algunos derechos reservados.

El cielo es azul, la tierra blanca en realidad se titula El maletín del maestro. En su edición castellana se ha optado, después de haber hecho lo mismo en la alemana, por utilizar como título un verso de una canción que se menciona en la novela. Y además añadirle el subtítulo de Una historia de amor para darnos más información sobre su contenido. Empiezo por destacar esto porque no acabo de entender cómo se puede cambiar, al traducirlo, el título original de un libro, o película, pasando por alto la decisión del autor. Un título dice mucho de la obra y de la intención de su autor por lo que debería de respetarse. Y, además, me pregunto: ¿por qué lo hacen? ¿A qué obedecen esos cambios? ¿Márketing? En este caso concreto los editores debieron de pensar que era “más japonés” (¿más poético?, ¿más delicado?), y por lo tanto más vendible, el título escogido… ¿qué pensáis vosotros sobre esto? A mí me enfada y después de haber leído el libro entiendo muchísimo más que su título real sea El maletín del maestro.  Saberlo otorga más sentido al contenido de esta historia. Una historia de amor, una historia de dos soledades que se encuentran.

Tsukiko Omachi, de treinta y ocho años, es una mujer solitaria, diferente, algo inmadura que acude con frecuencia a una taberna que hay frente a la estación a beber y a comer comida tradicional. Un día se encuentra allí con su viejo maestro de japonés del instituto, Harutsuna Matsumoto, cercano a los setenta años. El viejo maestro, que encarna la tradición japonesa, es muy educado y formal, un hombre elegante que siempre camina muy rígido y que también está solo. Dos seres opuestos, singulares y muy individualistas que al principio se buscarán para compartir su soledad. Esa incipiente amistad se irá convirtiendo lentamente, a través de gestos y hechos cotidianos, en amor. Un amor nada tópico, nada pasional, sin ningún drama, un amor profundo y natural, lleno de verdad y contenida emoción y también de muchos silencios. Esta es la historia en esencia. Apenas pasa nada, sólo el suceder cotidiano de sus encuentros esporádicos y casuales. Lo que aparentemente es trivial está, en realidad, cargado de significado. Y ahí radica, a mi parecer, el gran logro de su autora, Hiromi Kawakami. A través de una prosa depurada y sencilla nos transmite una profundidad de sentido y sentimientos. Nada es casual, nada es porque sí, todo está medido. Puro concepto. Puro Japón.

La novela está narrada en primera persona por Tsukiko varios años después de los hechos que acontecen por lo cual el punto de vista será siempre el de la mujer. El tono es contenido, sobrio, leve, sereno, delicado, melancólico y el ritmo lento pero bien hilvanado. La narración es cronológica, lineal sin saltos en el tiempo. La novela está plagada de descripciones minuciosas en las que la naturaleza está muy presente, como en los haikus (podríamos decir que todo el libro está lleno de haikus). Cada cambio en la naturaleza parece que produzca un cambio en los personajes o en la historia. Cada elemento de ella que aparece está cargado de simbolismo. La historia fluye como las estaciones que se van sucediendo o como las sencillas comidas que disfrutan con placer los protagonistas, acompañadas de abundante sake o las excursiones que hacen o las conversaciones triviales que mantienen. Cada capítulo es como un relato independiente. Pequeños aconteceres que si los unimos componen una gran historia.

La acción transcurre supuestamente en Tokio y sus alrededores. No se nos dice nunca porque no importa. Lo único importante es la relación entre los dos protagonistas. Tampoco hay apenas ninguna acción paralela, únicamente el contacto que establece Tsukiko con un antiguo compañero de clase que intenta sin conseguirlo establecer una relación más íntima con ella. Y que importa sólo por lo que puede influir en la historia de la mujer con el viejo maestro. Nada interesa sobre el trabajo o el mundo que rodea a cada uno de ellos. Tampoco el pasado es mostrado con detalle, únicamente pinceladas muy concretas cuando son necesarias para el relato como el matrimonio del maestro y el papel que ocupó su mujer, que lo abandonó, en su vida.

El cielo es azul, la tierra es blanca bebe de la tradición japonesa de autores como Kawabata o Tanizaki tanto en su estilo como en su temática. El amor entre un hombre mayor (muchas veces un maestro) y una mujer joven es un tópico en la literatura japonesa. La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, que leímos en este club, narra la historia, dejando mucho espacio a la imaginación, de una especie de casa de citas para ancianos que desean dormir al lado de una mujer joven como una manera de poder recuperar la juventud perdida. Pero, además, en El cielo es azul, la tierra blanca, Matsumoto no sólo ama a Tsukiko sino que desea mostrarle, como maestro que fue y es, el camino de la madurez. Según Roberto Saladrigas, crítico literario de “La Vanguardia”, lo que Hiromi Kawakami cuenta es tan carnal, hermoso y estimulante para el lector, que no exige ser más explícita. Su misterio radica en el extraordinario poder alusivo de la escritura, legado de los grandes artistas de la narrativa japonesa moderna.

Pareciera que en esta novela hay un canto a la cultura tradicional japonesa que va desapareciendo invadida por un Japón cada vez más moderno en el que ha triunfado la tecnología, la cultura de masas, el capitalismo feroz. Los personajes comparten una nostalgia por lo que se ha perdido, por la esencia de ese pasado tan diferente al presente que invade sus vidas y que rechazan. La eterna contradicción entre un pasado milenario pleno de ceremonias y símbolos en el que la presencia de la naturaleza es total y un presente urbanita y occidentalizado que pretende arrasar con todo.

No he logrado encontrar ninguna entrevista en castellano a la autora. Hiromi Kawakami es reacia a conceder entrevistas. Lo único un poco interesante que puedo aportar es un comentario sobre el libro hecho en un programa de Popular TV Navarra, “No apagues la luz” (2ª parte) de fecha 13 de enero de 2010. Añadir, para los que os guste el comic, que existe una versión manga de la novela titulada Los años dulces, dibujada por Jiro Taniguchi y publicada por Ponent Mon.

Plazos

Dividiremos la lectura en dos partes. Leeremos a lo largo de una semana hasta el final del capítulo “Cerezos en flor (II)”, página 116.

Os reitero lo de siempre, sobre todo a los nuevos: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA de HIROMI KAWAKAMI

27 Abr

Portada de El cielo es azul, la tierra blanca de Hiromi Kawakami. Editorial Acantilado

Vamos a leer de nuevo a otra escritora pero esta vez nos vamos a Japón. En este club hemos leído a dos autores japoneses: Haruki Murakami y Yasunari Kawabata. Es el turno de acercarnos a la obra de, la quizá desconocida, Hiromi Kawakami, nacida en Tokio en 1958. El cielo es azul, la tierra blanca, una historia de amor fue publicada en Japón en 2001 y traducida al español, directamente del japonés, en 2009 por Acantilado. Toda la obra de Hiromi traducida al español, seis libros por ahora, está publicada por Acantilado. Es una de las escritoras más populares de Japón. En 1994 apareció su primera novela. Posee numerosos premios entre los que destaca el prestigioso premio Tanizaki que recibió en 2001 por la novela que vamos a leer que se ha convertido en una especie de best-seller internacional siendo, incluso, llevada al cine.

Una mujer de 38 años, que considera que no está dotada para el amor, va a vivir una historia de amor muy especial con su viejo profesor de japonés en el bachillerato. La novela posee una prosa sensual y despojada en la que la escasez de recursos narrativos contrasta con la profundidad de sus significados.

Espero que os agrade la elección. En nuestras lecturas me gusta que nos abramos a la mayor cantidad de países, de culturas y de estilos así como alternar escritores más conocidos con otros que no lo son tanto. Todo con el objetivo de enriquecernos y crecer como lectores.

A partir de mañana jueves 28 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Disponéis de una semana para ello, lo mismo que los que vivís fuera de Coruña que tendréis que conseguirlo, como siempre, por vuestra cuenta.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de La extraña desaparición de Esme Lennox. Gracias.

Nos encontraremos aquí en una semana para empezar a leer El cielo es azul, la tierra blanca. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Maggie O’Farrell podéis hacerlo a lo largo de estos días.

Pero no puede soltar a Esme

20 Abr

The window. Foto en flickr de cudipeich. Algunos derechos reservados.

La excursión al mar de Esme e Iris continúa. El mar, la libertad, la vida normal (¿es posible que la vida sea tan sencilla?) sacuden a Esme en su contraste con lo que acaba de dejar atrás: Cauldstone y este lugar, esta terraza con el mar de fondo, no cuajan. ¿Cómo puede hablar de eso allí? ¿Cómo puede pensar en esas cosas? Ni siquiera las ve en una frase. No sabría cómo empezar. Iris le habla de su padre, fallecido a la temprana edad de treinta y un años por una negligencia médica. Pronto sería su cumpleaños: ¿Qué día?, se interesa Esme. El veintiocho. Esme se enreda obsesivamente con los dos números: tiene que levantarse y acercarse a la barandilla para librarse de ellos, y entonces ve, debajo de la terraza de madera donde todo el mundo se sienta al sol, una masa de afiladas rocas negras.

Kitty salta de un recuerdo a otro, de la época de su boda con un hombre, Duncan, que no la hará feliz a cuando eran niñas Esme y ella. Siempre el contraste, la buena y la díscola: siempre pasaba algo, siempre había una razón, por extraña que fuera, pero resultaba imposible adivinarla. Con ella nunca se sabía, no se podía prever qué iba a pasar de un minuto al otro. Creo que por eso...

Es consciente de que esos números, ese dos y ese ocho, intentan buscar un lugar para volver. Han estado acechando desde el recinto al que ella los empujó y están organizando un asalto, un allanamiento. No piensa permitirlo. Ni hablar. Cierra de golpe todas las puertas, echa los cerrojos, las llaves […] Esme se aparta de las rocas. Ahora está a salvo. Pero mantiene una mano en la barandilla, por si acaso. Y regresan los días del colegio en los que todas las niñas se reían de ella porque era diferente, pero eso a Esme no le importaba, sabía abstraerse. Vuelve al presente y a la niña Iris que se le parece muchísimo a su madre: Es como si a Esme se le hubiese concedido una visión de su madre en una idílica vida eterna: relajada al sol, con un peinado nuevo, llevándose una taza a la boca con los diez dedos extendidos. Y la historia de la chaqueta, que vuelve una y otra vez, y el color verde, siempre tan presente: ¿os habéis dado cuenta? ¿Qué creéis que simbolizan ambas cosas? A mí no me queda claro y aunque tengo alguna teoría, espero por las vuestras.

James Dalziel, un joven de excelente familia, aparece por primera vez en los recuerdos de Kitty. James, que jugará un papel decisivo en la triste historia de Esme. Kitty se fija en él: … y la primera vez lo vi creí que me iba a derretir como azúcar en agua […] Él estaba con un amigo, Duncan Lockhart, pero yo casi ni lo miré. Le gusta James, no le gusta Duncan, su futuro marido. Pero a James quien le va a gustar es Esme: él la miraba a ella, y cómo, cualquiera diría que estaba a punto de derretirse como azúcar en agua. Celos. Pero a Esme no le interesa, no le hace ni caso como veremos más adelante (¿O le hace un poquito de caso aunque no lo quiere admitir?). Kitty insiste una y otra vez en sus recuerdos en lo rara que era su hermana, y debo reconocer que a mí me molestaba muchísimo porque su comportamiento impide que las acepten, que las inviten a fiestas, estás destrozando mis oportunidades. La madre la apoya y se queja como ella de esa hija tan extraña e insolente, el bicho raro. Esme quiere seguir estudiando, saca buenas notas, le encantan los libros, pero su padre se lo impide: mis hijas no trabajarán. Mujeres nacidas en una época y en una clase social cuyo único objetivo en la vida es encontrar un buen partido y ser amas de casa. Todo lo que le espera a Esme lo aborrece tanto que le entran ganas de gritar, mientras que Kitty lo acepta gustosa.

A James le gusta mucho Esme pero ella lo rechaza una y otra vez: no creía haber sido tan grosera con nadie. A él parece gustarle porque no es como las otras. Eso a Esme, en el fondo, le agrada aunque le dice que no piensa casarse jamás. James no da su brazo a torcer: de todas las chicas que he conocido, eres la más idónea para el matrimonio […] tienes la personalidad necesaria. Podrías igualar a un hombre, sin desmerecer en nada. A ti no te intimidaría […] tú no cambiarías en nada. No te imagino cambiando por nada. Y eso es lo que quiero. Por eso te quiero a ti. Kitty, que se da cuenta, se siente humillada pues además de gustarle mucho el chico, ella es mayor, más guapa, más educada, más adecuada para casarse con él y asiste, al igual que la madre, escandalizada y dolida al cortejo que James despliega ante la impasible y huraña Esme. A ésta, en el fondo, algo se le está removiendo por dentro, ya tiene dieciséis años. Y, osada como es, se dirige a la habitación de la madre a probarse una  negligé de seda aguamarina: quiere saber si la falda susurrará en torno a sus tobillos, quiere saber si los estrechos tirantes caerán bien sobre sus hombros, quiere ver la persona que será bajo todo aquel encaje de color mar. Tiene dieciséis años.

El padre la descubre y furioso le da una bofetada: su padre no deja de gritarle palabras horribles, palabras que ella jamás había oído. Quiere prohibirle ir a la fiesta de Nochevieja en casa de los Dalziel. Pero la madre tiene una idea para terminar con todo esto: vamos a prepararla. La pondremos guapa, la enviaremos al baile y luego la casaremos con el chico Dalziel. Esme protesta, no quiere… Lo que tú quieras no importa. El chico te quiere a ti, Dios sabrá por qué, pero así es. Tu comportamiento nunca ha sido tolerado en esta casa, y nunca lo será. Así que ya veremos si unos meses de matrimonio con James Dalziel bastarán para doblegarte. Y ahora levántate y vístete. Y estamos de nuevo en el principio de la novela: dos chicas en un baile, pues. Ese será el principio del fin de la vida “normal” de Esme. James la conduce bailando, girando (ella pensará a menudo que aquél fue el momento clave, que si llegó a haber un momento en que pudiera haber cambiado las cosas, fue aquél, cuando danzaba bajo una lámpara de araña la noche de fin de año) a un cuarto oscuro donde se amontonan los abrigos, la besa, la toca, ella sintió una oleada de furia y miedo, así que pataleó y golpeó. Él la cubrió la boca con la mano y le susurró “zorra” al oído. Y el dolor fue tan asombroso, tan increíble, que Esme pensó que se partía en dos que él la quemaba, la desgarraba. Lo que estaba pasando era impensable, no lo habría creído posible. Una vez terminado todo, Esme, en shock y de vuelta a la fiesta sólo quiere ver a su hermana pero lo que hace es comenzar a chillar, un chillido agudo que no podía detener, sobre el que no ejercía ningún control. La señora Dalziel la lleva a su casa y cuando su madre entró en el dormitorio y le preguntó qué había ocurrido exactamente la noche anterior, Esme se incorporó en la cama y produjo de nuevo aquel sonido. Abrió la boca y gritó, gritó, gritó.

Todo se precipita, llaman a un médico: vamos a llevarte a un sitio para que descanses un poco, ¿de acuerdo?, escucha Kitty a través de la cerradura: yo no quería que se fuera para siempre, sólo el tiempo necesario para poder… La diagnostican demencia precoz, lo que hoy en día llamaríamos esquizofrenia. Se la llevan a la fuerza, Esme se resiste, agarrándose a la barandilla y gritando sin parar el nombre de su hermana. Y en ese momento comienza “la extraña desaparición de Esme Lennox”. Una adolescente que es encerrada por no aceptar las convenciones sociales de la época, por querer disfrutar de la felicidad y de la libertad: bailar, ponerse las ropas de mamá, dar paseos en soledad, reír a destiempo, decir y hacer lo que quiera, no quererse casar sino ser independiente y libre… a esa rebelión en aquellos tiempos se le llamaba “histeria” o “esquizofrenia” y los padres, médicos o maridos podían decidir el ingreso en un psiquiátrico a mujeres que no cumplieran sus órdenes o se salieran de la norma con una sola firma de un médico y continuar adelante como si nada hubiese sucedido borrándolas de sus vidas completamente. Abandonándolas en su infortunio, sin una sola visita. Terrible.

Esme ha tenido la mala suerte de ser diferente, de poseer ideas propias y opiniones que no cuadran con la mentalidad de la época. En ningún momento se cuestiona en la novela si está “loca” o no. Estuviera o no estuviera lo que la espera en el psiquiátrico es una vida terrible tal como eran esas instituciones en aquellos tiempos. Si además estás lúcida y realmente no tienes ninguna enfermedad mental tienes que sufrir todavía mucho más. Sólo pensarlo da escalofríos. La tragedia de Esme nos cala hondo y nos lleva a pensar en todas aquellas mujeres que realmente sí vieron sus vidas truncadas, destrozadas, por las decisiones autoritarias del hombre del que dependían. Terrible, insisto.  El personaje de Esme, su integridad, dignidad, está magistralmente construido, tanto en lo que dice como en lo que calla y nos toca para siempre. Esme que una vez libre todavía conserva su lucidez, su ser especial, aunque dañado de alguna manera después de más de sesenta años viviendo encerrada, con tratamientos, medicación, crueldad…, ¿Cómo no va a despertarse en la sensible Iris una complicidad y un afecto hacia su tía abuela?

¿Y qué  hay de Kitty? Que no fue nunca a verla, que aceptó que le robaran el hijo a Esme para dárselo a ella ya que siempre fue virgen y lo que más deseaba era un hijo. Kitty, su cruel verdugo, siempre ateniéndose a las normas, casada con un hombre al que no quiere y que además ni la toca, huye de ella… ¿Es Kitty egoísta, cruel y cobarde o actúa obligada por las circunstancias, las imposiciones sociales, los prejuicios? ¿Qué opináis? Recordad la cita de Edith Wharton que abre el libro. Está claro que Kitty no fue nunca feliz, porque además de tener un marido que la repudia, una vez que consigue el tan preciado bebé no le puede ni siquiera ni educar porque le ponen una niñera a su cargo: entonces descubrí que mis días se tornaban muy vacíos. Pero sobre todo porque lleva el peso duro en su conciencia, ¿y la culpabilidad?, de lo que ha hecho, por eso en sus recuerdos dañados por el Alzheimer no hace más que pensar obsesivamente en todo lo que pasó y repetirle a las enfermeras: yo me lo llevé, yo me lo llevé, y nunca se lo he dicho nadie […] Era de mi hermana, ¿sabes? ¿Cómo va a ser feliz si su vida está edificada sobre la injusticia que se ha cometido contra su propia hermana, como dice Edith Wharton?

Todo lo que se relata sobre la llegada de Esme a Cauldstone y lo que vive allí esos primeros meses, que es lo que nos cuenta el narrador, es aterrador, todo el sufrimiento de esa joven que no entiende nada y que aprende a doblegarse, a fingir, a sobrevivir. Pensar en toda una vida perdida, en tantas vidas perdidas de esa cruel manera… la conmoción hierve de nuevo en lágrimas. No puede ser, no puede ser. Tiende la mano y arranca la cortina, da patadas al armario, grita, tiene que ser un error, todo esto es un error, escuchadme, por favor. Las enfermeras se apresuran con anchos cinturones de cuero y la atan a la cama, luego se alejan meneando la cabeza, enderezándose las cofias. El trato es inhumano. Pero lo peor está por llegar porque cuando parece que la van a soltar descubren que está embarazada y entonces maquinan la idea de quitarle al hijo y dárselo a su hermana, que acepta, y es por ese motivo, por ese terrible hecho, por el que ella tiene que quedarse encerrada de por vida olvidada por todos empezando por su propia, y querida, hermana que nunca querrá que Esme salga por si le pudiera quitar al que ahora es su hijo. Esme la escribe muchas cartas pidiéndole que vaya a verla y nunca sabrá porqué no fue jamás. Es magistral cómo los recuerdos de Kitty están estructurados en una narración que alterna las dos historias: la del repudio sexual de su marido y el descubrimiento del niño de Esme el día que decide ir a verla pues ha leído las cartas que sus padres han escondido. Y cómo se parece a James, el hombre que sí amaba Kitty, y la rabia y envidia que la da, y el ofrecimiento del doctor y ella que lo que más desea es tener un hijo y…

Iris y Alex, que la ha ido a visitar, hablan de Esme. Iris no la ve loca: estamos hablando de una chica de dieciséis años a la que encerraron sólo por probarse una prenda de ropa; estamos hablando de una mujer encarcelada de por vida, que ahora ha recibido un indulto y.. y es cosa mía intentar.. no sé qué. Iris ya no tiene tan claro que la vaya a llevar a ningún sitio teniendo en cuenta, además, que el piso donde vive ella es de Esme. Lo que todavía no sabe Iris, entre otras muchas cosas, es que Esme es su verdadera abuela. A la vez, Iris recuerda todo lo que pasó con Alex. Cómo huyó a Rusia después de su encuentro sexual con Alex (en el que Kitty los descubrió) y nueve meses después (nunca habían pasado tanto tiempo separados) estaba en Manhattan para asistir a la boda de su hermanastro, hace ahora once años. Y cómo la noche anterior a la boda, Alex quiso hacer el amor con ella: te vas a casar, Alex, gritó ella. Mañana, ¿te acuerdas? Y él dijo que no le importaba, no quería casarse. Pues no te cases, replicó Iris. Tengo que hacerlo, objetó él, está todo dispuesto. Si quieres se puede indisponer, replicó ella. Pero él entonces gritó: ¿Por qué has tenido que irte a Rusia? ¿Por qué? ¿Cómo pudiste marcharte así? Era preciso, chilló ella a su vez, debía hacerlo. Tú no tenías que venir a Nueva York, no tenías por qué quedarte aquí, no tienes que casarte con Fran. Sí he de casarme, repuso él. Sí.

Mientras, Esme, a través de unas fotografías que tiene Iris de la familia, en concreto una de su padre, se ha dado cuenta de todo lo que nunca ha sabido: y sostiene la fotografía, la sostiene en las manos, la mira y lo sabe. Piensa de nuevo en esos números, los doses y los ochos, que juntos hacen ochenta y dos y también veintiocho. Y piensa en lo que le pasó una vez el día 28 de un mes de verano. O más bien no lo piensa. No necesita pensarlo. Está siempre en su mente, siempre y para siempre. Lo lleva dentro constantemente, lo oye. Forma parte de su ser. Sabe quién es este hombre. Sabe quién fue. Ahora lo ve todo […] Examina la cara del  hombre y ve en sus rasgos, en el gesto de la cabeza, todo lo que en su vida ha querido saber. Lo que detecta, lo que entiende es esto: Era mío. Parece tender los brazos hacia esta constatación y tomarla. Se la pone como un abrigo. Era mío […] Y comprende que la niña también es suya. Qué idea. Qué cosa. Quiere tomarla la mano, tocar esa carne que ahora es carne de su carne, quiere abrazarla con fuerza, por si sale volando hacia las nubes como una cometa o un globo. Pero se contiene.

Y a la mañana siguiente, el domingo, Esme sabe perfectamente lo que quiere hacer: ¿Podemos ir a ver a Kitty hoy? Kitty al ver a Esme después de tantísimos años farfulla en su inconexión: ¿Y qué tenía que hacer yo? Todas mis posibilidades destrozadas. Estás igual, igual. No fui yo, ¿sabes? No fui yo. Yo no me lo llevé. ¿Para qué iba a quererlo? Menuda ridiculez. De todas formas era lo mejor. Eso tendrás que admitirlo. Padre también pensaba que era lo mejor, y el médico. No sé a qué has venido. No sé qué haces aquí, mirándome así. Era mío, siempre fue mío. Pregúntale a cualquiera. Yo no me lo llevé. No fui yo. Iris y Alex no entienden nada, pero Esme sí que lo entiende y de qué manera: Pero yo sé que te lo llevaste. Pide quedarse a solas con Kitty. Poco después siente que es un alivio que haya cesado el ruido, que todo esté en silencio. Esme se alegra. Una sentada, otra de pie.

Mientras está ocurriendo lo inevitable, Alex e Iris hablan y el hombre por fin le dice lo que lleva años queriéndole decir: tú has sido siempre la única, y lo sabes. Iris sólo quiere huir. Y sabes que yo he sido el único para ti. Iris no sabe qué contestar.  De pronto un revuelo de gente a su alrededor le hace reaccionar a Iris y, de golpe, se da cuenta de todo, de lo que ocurrió en el pasado y de lo que acaba de hacer Esme. Echa a correr hacia la habitación de Kitty: es preciso que llegue primero, alcanzar a Esme antes que nadie, tiene que decirle, tiene que decirle, por favor. Por favor, dime que no lo hiciste […] Pero al llegar a la habitación de Kitty se encuentra el pasillo lleno de gente, residentes en bata y zapatillas, personas de uniforme que salen por la puerta, rostros que se vuelven a mirarla, pálidos como huellas digitales. Una vez ya dentro y viendo lo que ha ocurrido, se sienta junto a Esme que sostiene la mano helada de su  hermana. Alex llega y le presiona el hombro y la habla: Iris siente el impulso de tocarlo, sólo un instante, de sentir aquella conocida intensidad suya, de comprobar que es él realmente, que de verdad está allí. Pero no puede soltar a Esme […] La acompañará, la seguirá entre el blanco, a través de la multitud, fuera de la sala, por el pasillo y más allá.

Plazos

Me he quedado exhausta y conmocionada leyendo (y comentando) esta novela, no sé vosotros. Es hora de vuestros comentarios sobre esta parte y sobre la novela en general. Espero que sean numerosos. La novela es sobrecogedora con respecto al tema que trata y, a la vez, muy original y, desde mi punto de vista, muy lograda la manera en que está estructurada la  historia alternando tres voces que construyen todo el relato de los hechos. Dedicaremos una semana a vuestros comentarios. Los espero con ganas. Hay mucho que comentar.

Un sobre marrón

12 Abr

COME… lets GO. Foto en flickr de DraconianRain. Algunos derechos reservados.

¿Cuándo comienza esta historia? Se interroga el narrador al principio de la novela. Quizás con dos chicas en un baile de nochevieja en los años treinta en algún lugar de Escocia. O no, quizá empiece mucho antes, en la India cuando esas dos chicas eran unas niñas. Lo que sí sabemos es adónde nos va a llevar. A una mujer anciana que mira a través de una ventana con barrotes. Comienzo puzzle, original, el de La extraña desaparición de Esme Lennox. Los capítulos se van a suceder entre el pasado y el presente, entre la vida de Esme, de niña, de joven y ya anciana y la vida de Iris, su sobrina nieta. Más adelante aparecerá también la voz inconexa de Kitty.

Esme, encerrada pero siendo capaz de borrar esos barrotes si se concentra lo suficiente, recuerda diversos momentos de su infancia en India: últimamente no habla con nadie. Quiere concentrarse. En ellos vislumbramos que Esme es una niña diferente, especial, ensimismada en sus ensoñaciones: Esme entorna los ojos y sus padres se desdibujan hasta formar dos siluetas borrosas: ella, un triángulo; él, una línea. Saltamos a Iris, parece que está furiosa, que tiene problemas. Iris recibe una carta en un sobre marrón en la que le hablan de una tal Euphemia Lennox pero no le hace caso, está más preocupada por sus cosas, por su vida. Iris tiene un hermano (el narrador juega y nos hace creer eso, pero más adelante sabremos que es su hermanastro), Alex. Hay mucha complicidad y confianza entre ellos. Alex está casado con Fran. Iris recibe una llamada en la que le hablan de Euphemia Lennox, de nuevo este nombre, ella no la conoce de nada, pero la llamada se corta. La joven tiene una relación con Luke desde hace dos meses pero a ella no le atrae el matrimonio: qué extraño debe de ser el matrimonio, estar tan atada, tan enganchada a otra persona.  Odia las bodas pero conoció a Luke en una. Se convirtió en su amante. No es nada más que eso. Además Luke está casado. A Iris no le importa pero no quiere saber nada de su mujer. Luke quiere dejarla pero eso a ella le da pánico. No quiere ni hablarlo. Alex siempre está por en medio. Es fundamental en su vida. No le gusta Luke para ella. La relación entre los hermanastros es, cuando menos, curiosa, diferente. Un poco más adelante sabremos que el primer hombre con el que se acostó Iris fue su hermanastro Alex.

Volvemos a Esme y a su pasado en India. Es una niña que se fija más en el más nimio detalle que le rodea que en lo supuestamente más importante (estudiar, hacer los deberes): Esme no mira los problemas de aritmética que le han puesto, sino el polvo que se arremolina en los rayos de luz, la línea blanca de la raya del pelo de su hermana, los nudos y marcas de la mesa de madera, que fluyen como el agua, las ramas de la adelfa del jardín, las leves medialunas que aparecen bajo sus cutículas. Esme y Kitty tienen un hermanito, bebé, Hugo. Esme lo adora: le encantan sus miembros apretados, nacarados, los hoyuelos de los nudillos, su olor a leche. Esme huye de su presente, el sanatorio psiquiátrico que se está desmantelando, centrándose en su pasado. Es muy importante para ella. Kitty, su hermana, tiene seis años más y ya la están buscando novio. Kitty, al contrario que Esme, es dócil, obediente, sigue las normas. Esme no quiere casarse.

Por fin, a través de una llamada, Iris se entera de que la tal Euphemia Lennox es la hermana de su abuela: mi abuela no tiene hermanas. La llaman porque Cauldstone va a cerrar y ella es el familiar con quien contactar para los asuntos pertinentes a una tal Euphemia Lennox. Sin entender nada, Iris se dirige al sanatorio para averiguar qué pasa. Allí se entera de que Esme lleva encerrada sesenta y un años, cinco meses, cuatro días con diversos diagnósticos: “bipolar”, “electroconvulsiva”… pero ahora están plenamente convencidos de su docilidad y muy seguros de que puede reisentarse en la sociedad con total garantía. A Iris nunca nadie le ha hablado de Esme, y su madre, a quien llama a Australia, no sabe nada de ella, y su padre está muerto y su abuela perdida en el mundo del alzhéimer. En Cauldstone quieren que se la lleve. Tienen prisa. Van a cerrarlo. Iris está horrorizada: ¿llevarse a una mujer que no conoce de nada? Pero la curiosidad le puede más y pide verla.

Mientras, Esme piensa en lo peor. Lo más difícil. Lo hace muy pocas veces, pero en ocasiones siente la necesidad, y es uno de esos días en que le parece ver a Hugo. El bebé tiene fiebre. Está sola con él y con Jamila, su aya, pero ésta también está enferma. Y cuando intentó coger a Hugo, le resultó muy difícil. Tenía que inclinarse y había tantas mantas y sábanas que el cuerpo del niño parecía pesar mucho, y estaba tan frío y tan tieso que era difícil agarrarlo. Estaba congelado. Esme pasa con el niño toda lo noche. Cuando vuelven sus padres, Jamila y el niño están muertos. De tifus. No quería separarse de Hugo. Tuvieron que arrancárselo de los brazos, entre su padre y un hombre que habían traído no sabía de dónde Su madre se quedó junto a la ventana hasta que todo hubo acabado. El varón tan deseado. El trauma que marcará toda la vida de Esme.

Finalmente, Iris y Esme se encuentran. Después de un recorrido por el fétido y opresivo olor de los pasillos, Iris ve a una mujer alta, de puntillas ante una ventana elevada, dándoles la espalda. Esme siempre en la ventana, siempre huyendo de su terrible presente  rebusca en su mente algo que la salve. Esta mujer es alta, tiene el rostro anguloso y unos ojos inquisitivos, cierto aire altivo, una expresión pícara, las cejas enarcadas. Aunque debe de tener más de setenta años, se advierte en ella algo incongruentemente infantil. Hablan. ¿Has venido a por mí? Pero Iris le dice que no puede llevársela. Antes de que Esme, decepcionada, desaparezca, Iris ve en la cara de Esme la cara de su padre.

Iris va a ver a su abuela a ver si le aclara algo. No va a visitarla con mucha frecuencia. Su abuela la quiso de niña pero cuando Iris llegó a la adolescencia su abuela perdió el entusiasmo por ella. Kitty sólo le dice que no había forma de que soltara al bebé. Todo lo demás es incongruente, no hay manera de sacarla nada. Iris está decidida a investigar y se va a los archivos del sanatorio que son un caos y en los que se encuentra todo tipo de historias de mujeres que no parecen que estén “locas”. Sólo diferentes, raras, atípicas para la época que les tocó vivir. Antes cualquiera podía meter a su hija o a su mujer en un manicomio sólo con la firma de un médico de cabecera. Por fin, encuentra a Esme: Edad: 16. Insiste en dejarse el pelo largo. Los padres declaran haberla encontrado bailando delante de un espejo, vestida con la ropa de su madre. Iris se está involucrando en la vida de Esme y quiere saber qué va a ser de ella: los pacientes cuya familia no pueda hacerse cargo de ellos pasarán a ser responsabilidad del Estado y serán realojados consecuentemente, le informan. Aunque no se siente capaz de encargarse de ella, quiere que salga de Cauldstone (¿Te figuras lo que debe de ser pasar casi toda la vida en un sitio así? Yo ni siquiera me imagino lo que puede ocurrir si te encierran cuando todavía eres…) y está preocupada de adónde la llevarán hasta encontrarla plaza en una residencia de ancianos: un hogar, un asilo. Decide llevarla ella misma para ver cómo es ese sitio.

Esme vuelve a sus recuerdos que la llevan al barco en el que abandonan Bombay rumbo a Escocia. Dejan atrás mucho dolor. Una nueva vida. Un nuevo lugar para las niñas, que han nacido en India. Esme no entiende porqué ella no murió también de tifus como Hugo y la aya. Y aparece Kitty por primera vez con sus monólogos inconexos en los que salta de una época a otra. Esas frases incompletas que comienzan y terminan con puntos suspensivos y que reflejan muy bien su mente enferma. Están en Escocia y en los recuerdos de Kitty aparece la actitud díscola de Esme y, por el contrario, la suya que es obediente y ejemplar: eres responsable porque tu hermana no lo es. Siempre la diferencia entre ambas.

Cuando Iris comprueba el horrible lugar donde van a aparcar temporalmente a Esme, se la lleva de allí dispuesta a devolverla a Cauldstone, a pesar de la reacción de Esme: pero yo creía que me marchaba. Dijiste que me marchaba […] Lo dijiste. Lo prometiste. Iris, convencida de que no puede quedarse con ella, lo intenta pero no la admiten porque ya es tarde y comienza el fin de semana. Mientras habla con el portero de noche, Esme cierra la boca, cierra la garganta, pliega las manos una sobre otra y hace lo que ha llegado a perfeccionar, su especialidad: ausentarse, desvanecerse. Vean, damas y caballeros. Es de importancia crucial mantenerse totalmente inmóvil. Incluso respirar puede recordarles que estás ahí, de manera que hay que hacer sólo una respiración muy corta, muy superficial, lo justo para seguir viva. Nada más. Luego tienes que imaginarte alargada. Eso es lo más difícil. Piensa que eres fina y alargada, tenue hasta la transparencia. Concéntrate. Concéntrate de verdad. Tienes que llegar a un estado en que tu ser, esa parte de ti que te hace ser lo que eres, que te hace sobresalir en tres dimensiones, pueda salir por tu cabeza hasta que, damas y caballeros, hasta que llega el momento de…: la estrategia que Esme ha elaborado con su imaginación, ya desde su condición de niña rara, para poder soportar la vida que le ha tocado en suerte. Triste y duro.

Vuelven los recuerdos de Kitty, esta vez centrados en la muerte del hermano: fue una tragedia. Nos dijeron que evitáramos el tema. Sin embargo, Esme insistía en hablar de él, decía constantemente: ¿Te acuerdas de esto?, ¿te acuerdas de lo otro?, Hugo por aquí, Hugo por allá. El padre le da un escarmiento tal que Esme nunca más vuelve a nombrarlo. Kitty se alegra pues yo tampoco quería volver a saber nada de él. Será entonces cuando Esme elabora su estrategia contra el dolor: y Esme empezó a tener aquellos momentos raros, sus “trances”, los llamaba madre. Está en uno de sus trances, decía, no le hagas caso […] Totalmente quieta, inmóvil, apenas respiraba siquiera. Podía estar mirando a lo lejos, aunque en realidad no parecía estar mirando nada. Ya podías hablarle o llamarla por su nombre, que no te oía. Era de lo más raro. Era antinatural, decía mi abuela, como una persona poseída. Y debo admitir que yo estaba de acuerdo. Pero Esme está obsesionada con lo que ha vivido con su hermano, con su terrible muerte, estuvo allí tres días sola,  a pesar de que todos los demás lo obvien como si no hubiera ocurrido.

Iris no tiene más remedio que llevarse a Esme a su casa a pesar de que no quiere. Será sólo un fin de semana, piensa. Esme reconoce la casa en la que vivió cuando volvieron a Escocia: Kitty reformó la casa para dividirla en varios pisos le informa Iris, éste y otros dos, más grandes. No recuerdo cuándo. Ella vivió muchos años en el piso de la planta baja. Luego se vendió todo para pagar su asistencia médica. Menos éste, que se puso a mi nombre. Yo iba a verla de pequeña, y por entonces el edificio era sólo una casa todavía. Un caserón gigantesco con un jardín enorme. Iris ahora vive en lo que era el desván y aloja a Esme en la antigua habitación de la criada, le informa la anciana: No entiende nada, todo se le antoja muy extraño. De pronto le ha salido un pariente. Un miembro de su familia que conoce su casa mejor que ella misma.

Iris recurre a Alex. Éste se preocupa. Una vez colgado el teléfono, la joven recuerda cómo conoció a su hermanastro cuando tenían ella cinco años y él, seis. La primera vez que lo vio lo reconoció al instante, lo había visto antes. Lo había visto un montón de veces en los ángeles de las iglesias italianas que su madre le llevó a visitar cuando su padre murió. Viven seis años juntos hasta que sus respectivos padres se separan pero Alex no quiere alejarse de Iris y se escapa numerosas veces de su casa y del colegio al que le llevan. Una vez hasta se escapan juntos. Finalmente, los padres llegan al acuerdo de que pase las vacaciones con Iris y su madre. Cuando tienen quince y dieciséis años, la madre de Iris los deja solos unos días. Se encierran en la casa. No necesitan a nadie más. Se tienen el uno al otro: es mi corazón, pero en realidad te pertenece a ti” le dice Alex. Mientras, Esme recorre la habitación que pertenece a la que un día fue su casa reconociéndola. Siempre el pasado.

Sábado. Esme e Iris desayunan juntas. La anciana continúa reconociendo los objetos que un día ella utilizó. Se interesa por la vida de la joven: ¿hasta qué punto está loca?, se pregunta Iris. ¿Cómo se miden estas cosas? Esme le pide que la lleve a ver el mar. De nuevo, recuerda sus baños en él cuando era joven, lo que disfrutaba, era valiente, se arriesgaba hasta casi ahogarse. Contempla a su familia sentada en la arena mientras ella está nadando, ve a su hermana hablando con chicos y no entiende lo que le ha pasado a Kitty. La siente lejana. Se la va a llevar un chico de esos y la perderá para siempre. Se ve a sí misma con ellos, desdoblada. La visión dura unos instantes. Vuelve al presente, mira a Iris: la niña es sorprendente para ella. Es una maravilla. Quiere nadar pero no quiere asustar a la niña. Esme da miedo, eso sí lo ha aprendido. Pero mientras Iris habla por teléfono con Luke que también le reprocha que se haya hecho cargo de esa “loca” (el miedo a la locura), ésta contempla como su anciana tía abuela se está metiendo en el agua completamente vestida. Pero vuelve. No ha sido más que un susto para la alterada Iris que no sabe muy bien cómo llevar esta situación que parece desbordarla por momentos.

Plazos

Dedicaremos una semana a comentar esta parte. Espero que os explayéis en vuestros comentarios. Que opinéis sobre los personajes, sus relaciones, los acontecimientos, los temas que se van tratando, la estructura de la novela (¿os es difícil seguirla?), el estilo… Sobre todo lo que queráis. Mientras vais dejando vuestros comentarios, seguiremos la lectura desde la página 116: “La niña la lleva a almorzar a un restaurante en el extremo de North Berwick…” hasta el final de la novela. ¡Nos vemos en el blog!

La extraña desaparición de Esme Lennox: una historia difícil

4 Abr

Edinburgh. Foto en flickr de Oscar F. Hevia. Algunos derechos reservados.

Esta es una historia que va del pasado al presente y del presente al pasado en un juego de tiempos y voces. Se mueve entre los años treinta del siglo XX, en la India colonial y en Escocia, y un año indeterminado de principios del siglo XXI en Edimburgo. Esta es fundamentalmente la historia de Esme, pero también de Iris y de Kitty. Tres voces, tres silencios, tres pensamientos, tres vidas entrelazadas de tres mujeres pertenecientes a la misma familia. Una novela que es un puzzle en el que se superponen, se entrecruzan de una manera fragmentada las historias de estas mujeres. Un rompecabezas que iremos armando a medida que vayamos leyendo. Difícil, sí, pero en su estructura, compleja, radica la maestría de Maggie O’Farrell que logra, de una manera brillante, que al final de la novela sepamos qué ocurrió y el porqué. A través de esa estructura y de un lenguaje muy visual que no sólo leemos sino que escuchamos y olemos, la autora consigue que haya misterio, suspense, lo que nos impulsa a seguir hasta el final porque queremos saber más, entender, descifrar el enigma de estas vidas entrelazadas. Las tres voces narrativas, dos en tercera persona (Esme e Iris) y una en primera (Kitty), se van alternando lo que, al principio, nos produce cierta confusión hasta que, avanzando en la lectura, conseguimos identificarlas sin dificultad. La voz más difícil de entender es la de Kitty, ya que padece Alzhéimer por lo que intercala recuerdos inconexos sin un orden aparente, mezcla pasado y presente, las frases, están plagadas de puntos suspensivos, comienzan a la mitad y no terminan… yo creo que la autora logra con gran maestría mostrar lo que podría ser la mente de un enfermo de estas características. Los cambios de narrador son parte importante de la original estructura de la novela.

Iris es una mujer joven que tiene una tienda de ropa de segunda mano en Edimburgo y un perro. Un día recibe una llamada del viejo hospital psiquiátrico de Cauldstone que va a cerrar. En él lleva internada sesenta y un años Esme, que resulta ser su tía abuela y le preguntan si quiere acogerla ya que no tiene adonde ir. Iris no sabe nada de la existencia de esta tía abuela, ni ella ni su madre ni nadie de la familia. Todo un misterio. La hermana de Esme, Kitty, al estar enferma de Alzhéimer, vive recluida en un centro hospitalario y no recuerda casi nada y cuando estaba bien jamás dijo que tuviera una hermana. La madre de Iris vive en Australia y tampoco supo nunca nada de la existencia de Esme, el padre de Iris e hijo de Kitty murió hace tiempo. ¿Qué hacer con ella? A Iris se le despierta la curiosidad sobre esta mujer que de golpe y porrazo se convierte en parte de su familia. También sobre ella pesa la gran responsabilidad de hacerse cargo de alguien supuestamente enfermo mental y a quien,  además, no conoce de nada. Finalmente, la curiosidad y el deseo de indagar en una parte de su pasado que le han mantenido oculto puede más y va a buscarla.

Dos preguntas claman por ser contestadas: ¿qué circunstancia llevó a la reclusión de Esme en un psiquiátrico cuando sólo tenía dieciséis años? ¿Por qué se ocultó su historia, su existencia, al resto de la familia? Los recuerdos de Esme, una anciana de memoria clara que no parece estar en absoluto “loca”, y los escasos momentos de lucidez de Kitty irán reconstruyendo, de una manera fragmentada que da saltos en el tiempo, la vida de las dos hermanas hasta el momento fatídico de la “extraña desaparición” de Esme: su infancia en India y la primera juventud en Escocia. A la vez, iremos descubriendo aspectos de la vida de una Iris que no está muy satisfecha y anda algo perdida: la estrecha relación con su hermanastro Alex, el inicio de un idilio con un hombre casado con el que no desea comprometerse como parece que siempre hace, y, especialmente, todo lo que concierne a su encuentro con Esme y la relación que van estableciendo. Esme piensa más que habla e Iris quiere saber. En este puzzle que es la novela, el personaje de Iris es el hilo conductor. Y nosotros, los lectores, somos Iris. Sabemos tan poco como ella sobre la historia de su familia y queremos saber tanto como ella. Esme y Kitty son las que lo saben todo pero callan o fragmentan su saber o, en el caso de Kitty, está casi perdido, pero no del todo, por efecto de la enfermedad.

Hay dolor en esta intensa novela pero también hay gozo. Hay miedo, hay soledad, hay amor, hay misterio, hay olvido, hay incomprensión, hay rebeldía, hay injusticia, hay risas, hay hechos atroces, hay felicidad, hay traición, hay libertad… todo ello contado con un estilo ágil, fugaz, inteligente. Hay atención al detalle, al más mínimo, de todo lo que ven las protagonistas, sobre todo Esme. Novela magnética narrada de una manera original que se lee con avidez a pesar de su dificultad lo que exige al lector un esfuerzo pero sobre todo una entrega. Novela de mujeres (los hombres siempre quedan en un segundo plano, excepto quizás Alex) escrita por una mujer pero sin caer en el tópico. Novela que habla también de la locura, y la cordura, de la traición, de las tortuosas relaciones de las familias y de los secretos que esconden a veces, de las convenciones sociales de una época (principios del siglo XX) cerrada, asfixiante y estrecha sobre todo para las mujeres, máximo si éstas son diferentes o “raras” y quieren ser libres e independientes. Crítica feroz y doliente. Y valor para plantear temas tan escabrosos.

El libro se abre con dos citas de grandes y, no casual, mujeres escritoras: Emily Dickinson y Edith Wharton, citas que aluden a lo que nos vamos a encontrar en la novela y que son una clara declaración de intenciones por parte de la autora: el cuestionamiento de la locura (disiente, y de inmediato serás peligroso y atado con cadenas) y la injusticia que a veces se comete contra otra persona (¿Qué clase de vida cabría edificar sobre tales cimientos?).

Como apunte curioso, parece ser que Maggie O’Farrell utiliza elementos de una novela anterior, un clásico de la literatura británica, El jardín secreto, de Frances Hogdson Brunet, publicado en 1911. Esta novela está protagonizada por Mary Lennox que, como Esme, también nace en la India colonial y, en mitad de su infancia, tiene que abandonar ese mundo cálido para volver a su país de origen. Cuando ambas, en sendas novelas, llegan a Gran Bretaña, son niñas peculiares, rebeldes y traumatizadas. Hasta ahí las semejanzas. Este giño me recuerda al que hizo Jean Rhys en su novela Ancho mar de los Sargazos (extraordinaria novela que leímos en su momento en este Club) en la que recupera al personaje de la primera mujer de Rochester, la “loca” que está encerrada en el ático de Thornfield Hall del clásico de Charlotte Bronte, Jean Eyre. Personaje secundario pero clave en la novela ya que desencadena el incendio y posteriormente se suicida. Jean Rhys convierte a esta mujer en su protagonista y nos narra su historia desde su infancia hasta que, casada con Rochester, llega a Inglaterra. Es curiosa y muy interesante esta utilización por parte de algunos escritores de personajes o historias similares escritas anteriormente.

Asimismo, en una entrevista publicada en su página web, Maggie O’Farrell cuenta cómo surgió en ella la idea de escribir La extraña desaparición de Esme Lennox: la historia se me ocurrió por primera vez hace quince años. Fue a mediados de la década de 1990, después de la reforma de salud impulsada por Margaret Thatcher, cuando los hospitales psiquiátricos comenzaron a cerrar y los pacientes fueron puestos de patitas en la calle. Por entonces, se escuchaban muchas historias de personas, sobre todo mujeres, que habían sido confinadas en manicomios por actos de inmoralidad y abandonadas a pudrirse allí por el resto de sus vidas. Un amigo me contó que la prima de su abuela, que acababa de morir en el manicomio, había sido internada allí a principios de la década de 1920 por fugarse con un oficinista. Terrible.

Os dejo los pocos enlaces que he encontrado sobre la autora: su página web en inglés y una entrevista con motivo de la publicación de la que es, por ahora, su última novela: Instrucciones para una ola de calor (2013), realizada por Lara Touitou en febrero de 2014 y traducida por María del Pilar Martínez. No he logrado encontrar ninguna entrevista sobre La extraña desaparición de Esme Lennox. Si alguno encuentra algo más relacionado con la novela que vamos a leer que nos ponga el enlace. ¡Gracias!

Plazos

Dividiremos la lectura en dos partes. Leeremos a lo largo de una semana hasta la página 116 (parte de arriba de la página) justo hasta la frase “- ¿Estás bien?- pregunta Esme” que es el final de una de las partes (no hay capítulos) en que divide la autora la novela. Para más referencias, el inicio de la siguiente parte, que no vamos a leer, comienza con: “La niña la lleva a almorzar a un restaurante en el extremo de North Berwick”.

Os reitero lo de siempre: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o los personajes, o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: LA EXTRAÑA DESAPARICIÓN DE ESME LENNOX de MAGGIE O’FARRELL

23 Mar

Portada de “La extraña desaparición de Esme Lennox” de Maggie O’Farrell. Edicciones Salamandra.

Vamos a leer por primera vez a una autora escocesa. Se trata de Maggie O’Farrell, nacida en Irlanda del Norte en 1972 pero crecida en Gales y Escocia. Está considerada una de las voces más sobresalientes y reconocidas de la narrativa escocesa actual. Y la obra escogida es La extraña desaparición de Esme Lennox publicada en 2006. Fue elegido Mejor Libro del Año 2007 por el Washington Post.

Esta novela es una historia hermosa e inquietante que plantea de  una forma muy valiente el peso de las convenciones sociales y la tortuosa complejidad de los lazos familiares. Maggie O’Farrell aborda con un gran talento esta historia en la que logra, con un estilo altamente original, construir personajes memorables y transmitir emociones de todo tipo. Es una buena ocasión para acercarnos a la literatura de una escritora que muchos desconocíamos y que merece la pena conocer.

A partir de mañana miércoles 23 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Dadas las fechas que son, y como vamos a tener un parón de cuatro días, disponéis, tanto los que vivís en Coruña como los que vivís fuera, de más de una semana para conseguir el libro editado por Salamandra.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de Seda. Gracias.

Nos encontraremos aquí en el plazo de más o menos diez días para empezar a leer La extraña desaparición de Esme Lennox. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Alessandro Baricco podéis hacerlo a lo largo de estos días. ¡Feliz Semana Santa a todos!

Ser aquella mujer

17 Mar

Pajarera. Foto en flickr or M. Martín Vicente. Algunos derechos reservados.

A pesar de que en Japón está a punto de comenzar una guerra civil fomentada por las fuerzas que se oponían a la entrada de extranjeros en el país, Hervé Joncour emprende su tercer viaje a la isla. En este tercer viaje, el lago Baikal es definido como “el último”. Ya en los dominios de Hara Kei, pudo ver, al final, de repente, el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros, como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo, desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos, cantando y gritando, pirotecnia explosión de alas y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados, música en fuga, volando en el cielo. La pajarera ha sido abierta por la mujer quizá porque ella también desea salir volando. Hervé se ha encaminado con calma infinita hacia ella: era un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco. El hombre devuelve a la mujer la pequeña hoja de papel, regresad o moriré, que ella coge, mientras aprieta su mando con dulzura, y esconde en su vestido con una sonrisa. Aparece Hara Kei que sentencia sobre la huida de los pájaros: volverán. Es siempre difícil resistir la tentación de volver, ¿no es cierto?. Exactamente como le pasa a Hervé que no puede evitar volver a Japón a pesar de los peligros que conlleva. Está claro que desea ver a la joven, quizá sea lo que más desea en el mundo. En una fiesta en casa de Hara Kei, Hervé mil veces buscó los ojos de ella y mil veces ella encontró los suyos. Era una especie de triste danza, secreta e impotente. Hervé Joncour la bailó hasta bien entrada la noche. Después, se va a su casa, pero la noche le guarda una sorpresa: la chica le ha llevado a otra joven para que haga el amor con ella: la amó durante varias horas, con movimientos que nunca había hecho, dejándose enseñar una lentitud que desconocía. En la oscuridad, no importaba amar a aquella joven y no a ella.

Hervé vuelve bastante trastornado a Lavilledieu: por la noche entró en el lecho de Hélène y la amó con tanta impaciencia que ella se asustó y no consiguió retener las lágrimas. Lágrimas de felicidad porque quizá sea la primera vez que su marido la haya amado de esa manera (que es lo que ella debe desear más que nada en el mundo). Como un hombre. Aquí cobra importancia la teoría que hemos aventurado en los comentarios sobre que Hervé busca (¿buscaba?) en Hélène a una madre y no a una mujer, ¿qué opináis los demás? Hervé se retira de la vida social del pueblo y compra la casa de Jean Berbeck, aquel que dejó un día de hablar y no volvió a hablar hasta su muerte (más simbolismos), se encierra en ella de vez en cuando y trabaja en su proyecto del parque en el que quiere incluir una pajarera para llenarla de pájaros y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren sus puertas de par en par y se mira cómo vuelan libres (más simbolismos).

Hervé sigue raro y su mujer lo lleva a Niza convencida de que la serenidad de un refugio apartado conseguiría apaciguar el humor melancólico que parecía haberse apoderado de él. Allí parecen ser felices y sienten la suerte de amarse. Pero, de nuevo, vuelve la necesidad de comprar más huevos y para ello hay que ir a Japón. Pero en Japón ya ha estallado la guerra y están matando a muchos extranjeros. Es tan peligroso ir que Baldabiou no se atreve esta vez a pedirle que vaya y además tiene otras alternativas. Pero Hervé lo único que desea es volver y toma él la decisión bajo su única responsabilidad: Yo voy a ir al Japón, Baldabiou. Voy a comprar esos huevos, y si es necesario, lo haré con mi dinero. Tú debes decidir únicamente si os los venderé a vosotros o a cualquier otro.

El 10 de octubre de 1864, Hervé Joncour partió para su cuarto viaje al Japón. En este cuarto viaje, el lago Baikal es definido como “el santo”. Al llegar se encuentra con un país en guerra y con la aldea de Hara Kei destruida: no quedaba nada. No quedaba ni un alma. El fin del mundo. A pesar de darse cuenta de la inutilidad de su empresa, no era capaz de marcharse. Y de pronto surge un chico de la nada que, además, lleva el guante que Hervé había dejado caer al lado del vestido de la joven en la orilla del lago en su segundo viaje a Japón. Y decide seguirle más allá del fin del mundo. El chico no tiene más de catorce años: tocaba constantemente un pequeño instrumento de bambú, con el que reproducía el canto de todos los pájaros del mundo. Tenía el aspecto de estar haciendo la cosa más hermosa de su vida. Después de cinco días de viaje encuentran una caravana que dirige Hara Kei, el chico desaparece buscando un ademán para decir que había sido un viaje bellísimo. Hara Kei le recibe diciéndole que se marche, aquí no hay nada para vos. Pero Hervé no se va y poco después encuentra al chico ahorcado: el Japón es un país antiguo, ¿sabéis? Sus leyes son antiguas: dicen que hay doce crímenes por los que es lícito condenar a muerte a un hombre. Y uno de ellos es llevar un mensaje de amor de la propia ama le dice Hara Kei que sabe perfectamente el motivo por el que el hombre está allí. Y precisa: Él era un mensaje de amor […] Marchaos, francés. Y no volváis nunca más. Hervé parte sin haber llegado a ver a la joven no sin antes comprar huevos de gusanos de seda que morirán en el camino.

El negocio de la seda se ha ido a pique y para salvar de la miseria a las gentes de Lavilledieu, Hervé contrata a decenas de personas para que construyan su parque. Pero él no es feliz. Baldabiou sabe que algo le ha pasado desde que comenzó a viajar a Japón: total, a alguien tendrás que contarle, antes o después, la verdad. Hervé se la cuenta: ni siquiera llegué a oír nunca su voz. Es un dolor extraño. Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

A los seis meses de su regreso, Hervé Joncour recibe una carta de siete hojas escrita en ideogramas japoneses, sin nombre, sin dirección, sin ninguna palabra escrita en caracteres occidentales: cenizas de una voz quemada. Durante cuatro días llevará la carta consigo sin abrirla nunca, sólo una noche la mirará a contraluz: en transparencia, las huellas de los minúsculos pájaros hablaban con voz desenfocada. Decían algo absolutamente insignificante o algo capaz de desquiciar una vida: no era posible saberlo, y eso le gustaba a Hervé Joncour (¿Por qué?). Al quinto día (de nuevo, el quinto día) se dirige a Nimes con la intención de que Madame Blanche le traduzca la carta. Han pasado tres años desde la última vez que la visitó. La carta: sexo, deseo, amor, entrega, pero, también un adiós definitivo.

Hervé Joncour pasó los años que siguieron escogiendo para sí la vida límpida de un hombre ya sin necesidades. Sus días transcurrían bajo la tutela de una mesurada emoción. En Lavilledieu la gente volvió a admirarle, porque en él les parecía advertir un modo exacto de estar en el mundo. Viaja de vez en cuando con Hélène: todo les sorprendía; en secreto, incluso su propia felicidad. Hervé ha recuperado la calma, la indestructible calma de los hombres que se sienten en su lugar. Pareciera que la carta ha terminado con sus ansias y su infelicidad. Su intensa insatisfacción. Ahora parece un hombre satisfecho que ha optado por una vida sin sobresaltos donde todo ocupa su lugar. De vez en cuando, en los días de viento, Hervé Joncour bajaba hasta el lago y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida. El lago. ¿Qué simboliza el lago según vosotros?

El 16 de junio de 1871, Baldabiou abandona Lavilledieu. Nadie sabe adónde va. Hélène le abraza llorando, ¿quién sabe qué secretos les habían unido? Quizá Baldabiou le había dado a Hélène la llave para que abriera y entendiera todo lo que le había pasado a su marido. Quizá. Tres años después, Hélène enferma y muere. En su tumba, Hervé, hace esculpir una sola palabra: “Hélas” (que significa: desgraciadamente, por desgracia. Pero también: ay, ojalá. ¿Con cuál de las dos nos quedamos? ¿O valen las dos?). Hervé, sin desesperación, continúa su vida ordenada trabajando incansablemente en su parque. Vivirá todavía veintitrés años más con serenidad y buena salud. Sus costumbres le preservarán de la infelicidad y cuando la soledad sea muy grande, irá al cementerio a hablar con Hélène, su amada esposa. Como veis no he desvelado el gran secreto final que contiene esta novela. Eso os lo dejo a vosotros para que os explayéis en vuestros comentarios. Sólo una última pregunta: ¿qué os parece ese final? ¿Os lo esperabais? O, por el contrario, ¿os ha sorprendido? ¿Es un buen broche final? ¿Sí? ¿No?

Plazos
Disponéis de una semana para comentar esta segunda parte de la novela así como para exponer vuestras conclusiones finales sobre esta hermosa historia. ¡Espero con muchas ganas vuestras opiniones!

Era como tener la nada entre las manos

7 Mar

Foto en flickr por rrbhs99. Algunos derechos reservados.

Comienza Seda, con la concisión que la caracteriza, situándonos en el espacio y el tiempo, presentándonos a su protagonista, Hervé Joncour y explicándonos en qué consiste su profesión y cómo es su vida en Lavilledieu. Las repeticiones, que marcan el ritmo de la novela, están presentes ya desde el primer momento. En el capítulo 5 aparece Baldabiou, el artífice de esta historia, el mago que convierte a Lavilledieu, veinte años atrás en uno de los principales centros europeos de cría de gusanos y de producción de seda. El original y único Baldabiou que no se quiere quedar con todo el negocio, revelándoles a otros empresarios los secretos del oficio porque eso le divertía mucho más que ganar dinero a espuertas. Enseñar. Y tener secretos que contar. Así era aquel hombre. Asimismo, Baldabiou cambia el destino de Hervé doce años después de comenzar el negocio de la seda convirtiéndole en el viajero que irá en busca de los gusanos a Egipto: viajó en un barco que se llamaba Adel. Hasta los camarotes llegaba el olor de la cocina, había un inglés que decía que había combatido en Waterloo, la noche del tercer día vieron delfines que brillaban en el horizonte como olas embriagadas, en la ruleta salía siempre el número dieciséis. Cuando vuelve de su primer viaje, Baldabiou sólo le pide que le hable de los delfines: así era Baldabiou. Nadie sabía cuántos años tenía.

Pero la epidemia de prebina que había destruido los huevos de los cultivos europeos se extendió a través del mar, alcanzando a África. Todo parece indicar el principio del fin del próspero negocio de la seda pero, una vez más, Baldabiou tiene la respuesta al problema y la solución. Hervé, como ochos años antes, dejaba que aquel hombre reescribiera ordenadamente su destino y éste es que tiene que ir siempre recto. Hasta el fin del mundo: Japón. Una isla que durante doscientos años había vivido completamente separada del resto de la humanidad, rechazando cualquier contacto con el continente y prohibiendo el acceso a todo extranjero. Pero serán los americanos los que en 1853 conseguirán la apertura a los extranjeros de dos puertos en el norte del país y el establecimiento de las primeras, mesuradas, relaciones comerciales. Baldabiou sabe que allí se produce la seda más bella del mundo. Lo hacían desde hacía más de mil años, según ritos y secretos que habían alcanzado una mística exactitud. El aislamiento de Japón, piensa acertadamente Baldabiou, la ha preservado de cualquier epidemia. El problema es que los japoneses no se oponen a vender su seda, pero los huevos, ésa es otra historia. Los huevos no los sueltan. Y si intentas sacarlos de la isla estás cometiendo un crimen. Pero nada arredra a Baldabiou ni, consecuentemente, a su fiel servidor, Hervé Joncour. El seis de octubre se despide de Hélène, su mujer, que era una mujer alta, se movía con lentitud, tenía un largo cabello negro que nunca se recogía en la cabeza. Tenía una voz bellísima.

Comienza el primer viaje de Hervé a Japón. Cada vez que comience uno de estos viajes el narrador repetirá el itinerario que seguirá el viajero en un extenso párrafo exactamente igual, excepto en la frase: viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal, al que la gente del lugar llamaba mar. En sucesivos viajes la palabra “mar” será sustituida por “el demonio”, “el último” y “el santo”. ¿A qué creéis que se debe este cambio de nombres? ¿Cuál podría ser su significado simbólico? ¿Creéis que cada una de estas palabras puede tener que ver con las características de cada uno de los viajes? Yo os adelanto que para mí es un enigma que no he logrado descifrar así que espero con mucho interés vuestras opiniones al respecto.

Una vez allí, Hervé será conducido hasta el hombre más inexpugnable del Japón, al amo de todo lo que el mundo conseguía arrancar de aquella isla, Hara Kei, que quiere saber quién es este francés. El autor se demora con todo tipo de detalles en este encuentro a lo largo de cuatro capítulos porque tiene un poderoso motivo ya que junto al amo de todo se encuentra una mujer tendida junto a él, inmóvil, con la cabeza apoyada en su regazo, los ojos cerrados, los brazos escondidos bajo el amplio vestido rojo que se extendía a su alrededor, como una llama, sobre la estera color ceniza. Mientras Hervé, a petición de Hara Kei, le está contando su vida como nunca en su vida lo había hecho, la muchacha abre los ojos y es en ese momento, crucial en esta historia, cuando éste se da cuenta de que aquellos ojos no tenían sesgo oriental, y que se hallaban dirigidos, con una intensidad desconcertante, hacia él: como si desde el inicio no hubieran hecho otra cosa, por debajo de los párpados. A partir de ahí, el encuentro gira alrededor de esa mirada fija en los ojos de Hervé Joncour. Todo parece paralizarse a pesar de que Hervé conserva la compostura y continúa hablando. El único gesto de la muchacha será deslizar lentamente su mano hacia la taza de té en la que él ha bebido y llevársela a sus labios en el mismo lugar en el que Hervé había depositado los suyos momentos antes: los ojos abiertos, fijos en los de Hervé Joncour. Él beberá de nuevo en el mismo lugar de la taza. Ese gesto tan sutil pero tan lleno de significado y simbolismo será el inicio de un cambio que trastocará por completo la vida de Hervé Joncour.

Ya de vuelta en Francia, cuando Baldabiou le pregunta cómo es el fin del mundo, él le contestará: invisible. Al igual que la seda que varias veces es definida como “la nada”. Parece como si lo que está pasando, en realidad no está pasando, como si fuera un sueño, algo irreal. Quizá es así como lo está viviendo nuestro protagonista que, rico, decide comprar un terreno y diseñar para él un parque donde sería leve, y silencioso, pasear. Lo imaginaba invisible como el fin del mundo. Es como si Hervé hubiera entrado en otra dimensión, etérea, inmóvil, debido a ese encuentro mudo con la enigmática muchacha. Estamos en 1862, Hervé cumple treinta y tres años y llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto.

Nuestro protagonista emprende su segundo viaje a Japón. Es hospedado durante cuatro días por Hara Kei. El encuentro inicial será en las orillas de un lago. De nuevo, cruce de miradas con la muchacha que se despoja de un vestido naranja y se sumerge en el lago. Cuando los dos hombres abandonan la orilla después de pasar horas hablando y callando, Hervé dejó caer uno de sus guantes junto al vestido de color naranja, abandonado en la orilla. De nuevo un gesto lleno de simbolismo. Durante esos cuatro días la vida discurría en voz baja, se movía con una lentitud astuta, como un animal acorralado en su madriguera. El mundo parecía estar a siglos de distancia. Para hacer todo más extraño, más irreal, un inglés, que está de paso, le comenta a Hervé ante su pregunta sobre si conoce a una mujer joven blanca que viva allí: no existen mujeres blancas en Japón. No hay ni una sola mujer blanca en Japón. El silencio, el enigma, la soledad rodean a Hara Kei y a su casa. Hay numerosos pájaros, bien volando con grandes alas azules en cuyo vuelo la gente lee su futuro o bien, en una gigantesca jaula, loca prenda de amor, que hace que a Hervé todo le parezca un teatro, una representación cargada de símbolos. La última noche, durante el ritual del baño, una mano de mujer joven le pone un paño en los ojos, le baña con toda la delicadeza del mundo y, finalmente, le deja un papel dentro de su mano: se puso a observar la luz que temblaba, borrosa, en la lámpara. Y, con cuidado, detuvo el Tiempo durante todo el tiempo que lo deseó. No fue nada, después, abrir la mano y ver aquella hoja de papel. Pequeña. Unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro. Tinta negra.

Hervé regresa a Francia con su cargamento de huevos de gusanos de seda (que siempre consigue sacar a escondidas de la isla). Su mujer le recibe con dulzura y amor. Transcurren cuarenta y un días de vida tranquila pero no se ha olvidado del papel, imposible, necesita saber qué dice y de nuevo recurre a Baldabiou que lo envía a visitar a Madame Blanche, una rica japonesa propietaria de un burdel en Nimes que lleva en los dedos, como si fueran anillos, unas pequeñas flores de color azul intenso. “Regresad o moriré”, eso es lo que dicen los ideogramas. La enigmática madame le recomienda que lo deje estar: no morirá y vos lo sabéis. El narrador no nos dice explícitamente en ningún momento lo que piensa o siente Hervé. Todo son signos cargados de simbolismo, todo es sutil, todo lo tenemos que descifrar de sus gestos, miradas o acciones. Así que, sin saber lo que piensa o siente ante esas palabras, Hervé por primera vez en su vida llevó a su mujer aquel verano a la Riviera. La vida continúa y quieren tener un hijo que se llamará Philippe. Él la ama y se lo dice, le dice: te amaré siempre. Esa parece la respuesta a todo aunque en un rincón escondido de su despacho conservaba una hoja doblada en cuatro, con unos pocos ideogramas dibujados uno debajo del otro, tinta negra.

Plazos
Disponéis de una semana para comentar esta primera parte de la lectura. Espero que sean numerosos vuestros comentarios e impresiones y podamos entre todos descifrar todo el simbolismo que contiene esta lectura. A la vez, seguiremos leyendo desde el capítulo 31 (página 61) hasta el final de la novela. ¡Por favor no comentéis nada de la segunda parte hasta que publique el post sobre ella dentro de una semana! Gracias.🙂

Seda: una fábula exquisita

1 Mar

Silk. Foto en flickr por eatswords. Algunos derechos reservados.

Como dice su autor, Alessandro Baricco, ésta es una historia decimonónica. Sucede en la segunda mitad del siglo XIX entre Francia y Japón. Dividida en sesenta y cinco breves (a veces, brevísimos) capítulos, esta novela corta, más allá de lo que cuenta, se caracteriza por su estilo: sencillo, preciso, claro, casi transparente como la mejor seda, conciso y original. Casi ascética, Seda va a la esencia en su manera de narrar una sutil historia de amor. Su economía de palabras la suple el autor con una gran riqueza de imágenes, es muy visual. Es etérea, irreal, misteriosa, mágica, toda ella está impregnada de un halo de melancolía casi lacónica y, sobre todo, posee una gran cantidad de elementos simbólicos que quizá pueden dificultar su interpretación (lo veremos en los comentarios). Está narrada de tal manera que deja mucho a la imaginación del lector. El título se refiere tanto al tema como a la forma: la novela está escrita con la misma delicadeza con que se teje la seda. Asimismo, la seda aparece en varios momentos como símbolo de la nada: una vez había tenido entre los dedos un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener entre los dedos la nada” […] “A su mujer, Hélène, le trajo de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, nunca se puso. Si se sostenía entre los dedos era como coger la nada.

Otra característica de Seda es el ritmo que posee. Se aprecia que Baricco ha cuidado mucho este aspecto. La novela tiene música. Utiliza mucho las repeticiones para conseguirlo así como la estructura de cada uno de los capítulos que se establecen como si de una canción se tratase. También la alternancia de capítulos breves y algo más extensos sigue un ritmo perfectamente regular. La línea narrativa sube y baja, ondula rítmicamente. Al respecto dice el autor: todas las historias tienen música propia. Ésta tiene una música blanca. Es importante decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil. En estas palabras se percibe el listón tan alto que se ha puesto Baricco para hacer de Seda una novela diferente, única. Con sus palabras el autor nos quiere decir que detrás de su aparente sencillez hay mucho trabajo y reflexión. Que podría parecer una novela simple pero que, si escarbamos un poco, descubriremos que es muy compleja. Respecto a esto hay que decir que la novela tiene tantos defensores como detractores. Hay quien dice que es sublime y, por el contrario, otros afirman que es casi un bluf, que apenas hay nada detrás de su empeño. Cuando llegue el momento de comentarla, podremos discutir sobre lo que nos parece a cada uno de nosotros. Esta novela hizo famoso a su autor en casi todo el mundo. Su éxito de ventas y lectores le hicieron un hueco entre los autores actuales más conocidos, pero la polémica siempre ha ido con él. ¿Es bueno? ¿Es mediocre? ¿Es profundo? ¿Es superficial? En su debido momento lo comentaremos.

Seda narra gran parte de la vida de Hervé Joncour, un comprador y vendedor francés de gusanos de seda que recorre el mundo en su búsqueda. Casado y sin hijos, vive en un pueblo tranquilo, Lavilledieu, que se dedica casi por entero a la producción de seda. Ha sido Baldabiou, un peculiar personaje clave en esta historia, el que ha introducido esta empresa en el pueblo y ha sido también el que ha escogido a Hervé para que sea el que vaya a la compra de los huevos. El padre de Hervé, alcalde de Lavilledieu, había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, pero finalmente será la voluntad de Baldabiou la que cambiará el destino de Hervé Joncour. Cuando los huevos en Europa comienzan a ser pasto de epidemias, Hervé irá a Siria y a Egipto a por ellos, pero pronto también se verán contaminados por las plagas por lo que Baldabiou decide que hay que ir al fin del mundo, a la misteriosa Japón que lleva doscientos años viviendo completamente separada del resto de la humanidad, rechazando cualquier contacto con el continente y prohibiendo el acceso a todo extranjero. Pero Japón se está abriendo paulatinamente al comercio con el exterior y así comienzan los viajes de Hervé a este misterioso y exótico país en busca de las larvas de seda de la mejor calidad que le harán rico. Será allí donde vivirá una experiencia amorosa (¿o un deseo erótico?) no consumada con una joven no oriental que condicionará su vida. Además de los viajes físicos y reales, paralelamente hay un viaje interior del protagonista, que propiciará el viaje externo, hacia sus propios sentimientos y hacia la esencia de su ser. El autor nos muestra el conflicto existencial que vive Hervé Joncour. Y aunque Baricco diga que no es una novela de amor, éste, en todas sus facetas, es el tema principal: entrega, deseo, seducción, obsesión, erotismo…

Los personajes apenas están esbozados, nunca sabemos mucho de ellos ni de sus sentimientos, sólo el protagonista está algo más perfilado y ya desde el principio el narrador, en tercera persona, nos lo describe como uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla. Hervé se moverá entre dos tipos de amor, uno sereno, cotidiano, real y otro misterioso, prohibido, idealizado, pasional, sobre todo a través de las miradas pero que le abrirá una brecha profunda en su vida y su sentir convencional y mesurado. El milagro es que ambos conviven y que uno no desplaza al otro. También se nos hablará sucintamente sobre esa Francia y ese Japón de los años sesenta y setenta del siglo XIX, de los viajes, del cultivo de la seda. Hay en toda la obra una aire de fábula, ¿con moraleja?, que la hace, ya he dicho, irreal y atemporal. La no-historia en el no-tiempo. Es un triple salto mortal literario el que Baricco intenta en esta breve novela en la que apenas hay diálogos, y cuando los hay están cargados de significado, en la que predominan las descripciones precisas, las miradas, los gestos, los sentimientos… todos marcados por un ritmo musical muy pausado.

Hay quien ha dicho que Seda consigue emular la estructura narrativa de los haikus. Una forma de poesía tradicional japonesa compuesta por tres versos de cinco, siete y cinco moras. En ellos, el poeta describe una emoción profunda generalmente provocada por la percepción de la naturaleza, siempre manteniendo un estilo asimétrico caracterizado por la sencillez, la austeridad y la naturalidad de sus composiciones.

En declaraciones al diario El País, realizadas en mayo de 1997 con motivo de la publicación de Seda en España, Alessandro Baricco afirmaba: no me gusta tratar con las cosas que ya conozco, por eso mis personajes son bastante mágicos, las historias poco corrientes y los lugares inexistentes en el mapa. Añadiendo respecto a la influencia de la música en la estructura de sus novelas que yo no me doy cuenta, pero lo cierto es que voy escribiendo y de repente advierto que me ha salido, por ejemplo, un rondó. A menudo mis libros se pueden leer como una partitura, están construidos sobre una estructura musical.

Existe una versión cinematográfica de 2007 titulada Silk, del director canadiense François Girard, protagonizada por Michael Pitt, Keira Knightley, Alfred Molina y Miki Nakatani. Las críticas no fueron muy buenas.

Os dejo también tres enlaces sobre la obra. Uno es una crítica literaria realizada por Fernando Fuentes Pinzón en YouTube. Otra, muy breve, es un fragmento animado de la novela. Y, por último, una entrevista a Alessandro Baricco (subtitulada en español) de treinta minutos realizada en 2014 por Héctor de Mauleón para el Círculo Editorial Azteca de México. En ella, el autor habla de su obra en general, de su manera de enfrentarse a la escritura, de sus influencias… Es muy interesante porque además Baricco no se prodiga mucho en entrevistas.

Plazos
Como la novela es corta, 125 páginas, he dudado si dividir la lectura en dos partes o no. Finalmente he decidido dividirla para intentar profundizar más en ella y en sus símbolos. Leeremos a lo largo de una semana hasta la página 60 inclusive. Como he observado que algunos no respetáis los plazos (seguramente por desconocimiento de las reglas si sois nuevos o por despiste) y dejáis vuestros comentarios (a veces en el post que no le corresponde) no únicamente sobre la parte establecida sino, a veces, sobre la novela en su totalidad cuando estamos todavía en la primera parte, por favor, os reitero lo de siempre: escribir en este post, mientras vais leyendo esta primera parte, sólo vuestras impresiones iniciales sobre la lectura o sobre lo aquí escrito o los enlaces dejados, pero no la comentéis en su totalidad. Cuando publique el post de análisis correspondiente a esta primera parte de la lectura dentro de una semana, y todos hayáis leído dicha parte, entonces podréis explayaros ampliamente en vuestros comentarios sobre ella. ¡Buena lectura!

Nuestro próximo libro: SEDA de ALESSANDRO BARICCO

22 Feb

Portada de Seda de Alessandro Baricco. Editorial Anagrama.

Nos vamos a Italia de la mano del maestro Alessandro Baricco (Turín, 1958). Y lo hacemos con su obra más famosa y celebrada, Seda (1996). Dejo al autor que os hable de ella: Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, ese nombre no es amor.

Una sutilísima y breve historia narrada con el especial estilo de Baricco, único y diferente a todo que nos invita a sumergirnos en un mundo donde las cosas se cuentan de otra manera. Espero que os guste la elección.

Una empresa a la vez muy difícil y muy seductora que lleva a cabo como jugando, como un sueño, ¡he aquí un artista!… Baricco es un elegido de los dioses (Pierre Lepape, Le Monde).
Con su ternura, su erotismo, su despojamiento, Seda es una de las novelas más sorprendentes y conmovedoras que he leído jamás (Stephane Merrit, Daily Telegraph).

A partir de mañana lunes 22 podéis pasar a recoger vuestro ejemplar en la Biblioteca Fórum. Los que vivís fuera de Coruña disponéis de una semana para conseguir el libro editado por Anagrama.

No os olvidéis de devolver vuestro ejemplar de El vino de la soledad. Gracias.

Nos encontraremos aquí en una semana para empezar a leer Seda. Mientras, los que todavía no habéis dejado vuestros comentarios finales sobre el libro de Irène Némirovsky podéis hacerlo a lo largo de esta semana.

No temo a la vida

15 Feb

Arco del Triunfo. París. Foto en flickr por Juanedc. Algunos derechos reservados.

Con quince años, Elena y su familia llegan a Finlandia. Este país va a ser nieve y alegría. Dos años en los que Elena será feliz como nunca lo ha sido. Esa nieve blanquísima que le empuja a la aventura la limpiará de todo lo vivido: sintió enseguida una serenidad, una paz tan profunda como no había conocido en su corta vida. Y luego, igual que el bienestar que sigue de cerca a la ingestión de un tónico, la embriagó una alegría infantil, una especie de jubiloso fervor. Van a vivir en un hotel con otras personas que, al igual que ellos, han huido de la revolución. Elena no se sentirá sola a pesar de que su padre se marcha a Moscú y su madre sólo tiene ojos para Max con el que pasa, a pesar del peligro, largas temporadas en San Petersburgo. Se siente acompañada por personas amables que la cuidan y con las que lleva una vida de deliciosa rutina, y en su corazón conserva intacto el recuerdo y el amor por mademoiselle Rose. De alguna manera, Elena recupera su infancia, la alegría de tirarse en trineo por las laderas nevadas, de jugar salvajemente, pero, paralelamente, conocerá el amor con un hombre casado, Fred Reuss, que es como un niño. Es curiosa esta mezcla de niña y mujer que se da en la joven en su estancia en el país de la nieve. La niña que se hace mujer con el hombre cuya juventud parece inextinguible inmersos en una naturaleza que les hace jugar salvajemente con el peligro volviendo a ser niños (en el caso de Elena la niña que nunca fue) y, a la vez, besándose febrilmente como adultos que viven una pasión que saben que no durará. Sintiendo que un suave y dulcísimo vértigo se apoderaba de su alma en ambas situaciones.

Abrirse al amor le hace incluso entender y aceptar, por primera vez, que entre su madre y Max hay verdadero amor pero cuando comprueba que Fred no va a dejar nunca a su mujer vuelve el odio a través del dolor. Y comienza a idear su venganza: ¡Qué tonta soy! La venganza está en mi mano… Si supe atraer a Fred Reuss, detrás del cual iban todas las mujeres… Max no es más que un hombre… Si yo quisiera… ¡Oh, Dios mío, aleja de mí esa tentación! Sin embargo… ella se lo merece… Mi pobre mademoiselle Rose… cómo la hicieron sufrir… ¿Perdonar? ¿Por qué? ¿A santo de qué? Sí, ya lo sé, Dios dijo: “Mía es la venganza”. ¡Me da igual, no soy una santa, no puedo perdonarla! ¡Espera, espera un poco y verás! Te haré llorar como me hiciste llorar a mí […] ¡Qué odioso es todo! ¡Cuánto dolor! ¡Qué malo es el mundo! ¡Espera, amiga mía espera!  Elena se debate entre el deseo de venganza que crece en su corazón lleno de odio y la culpa por ser mala como ellos. En una larga noche magistralmente narrada en la que todos los huéspedes del hotel reunidos en el salón, cercados por el peligro de la guerra que se acerca a su refugio en la nieve, falsamente seguro, Elena, al contrario de los demás, no siente miedo ninguno: rió entre dientes. El silbido de las balas le gustaba. Una exaltación salvaje la hacía estremecerse y temblar de alegría […] De pronto experimentó una energía y un júbilo burlón que no volvería a sentir en toda su vida […] y sentía hasta el vértigo la orgullosa embriaguez de ser ella misma, Elena Karol, “más fuerte, más libre que todos ellos juntos”. Finalmente, por la mañana, todos se marchan del hotel y se despedirá para siempre de Fred. Refugiados en un pueblo, Elena se aburre mortalmente: no es que echara de menos a Fred, muy al contrario, extrañamente lo había olvidado. Pero añoraba la libertad, los espacios abiertos, el peligro, la vida al límite que había conocido y que no podía borrar de su memoria.

En su estancia en ese pueblo, Elena continuará alimentando su idea de venganza. Cada vez los odia más y Max y su madre ya no se quieren como antes, discuten, se reprochan, ya sin ningún pudor, delante de ella. Esta tercera parte termina con una discusión terrible entre los dos en la que Elena presencia el inicio de su decadencia como pareja y fríamente se aferra como a un clavo ardiendo a su plan de venganza: yo soy joven, tengo dieciséis años, te lo quitaré, te robaré a tu amiguito, y para ello no hará falta ni mucho tiempo ni mucha astucia, ¡ay, ni mucho esfuerzo!… Y cuando te haya hecho sufrir lo bastante, lo mandaré a paseo, porque para mí siempre será el odiado Max de mi infancia, el enemigo de mi pobre institutriz muerta… ¡Oh, qué bien voy a vengarla! Pero todavía hay que esperar… Terrible.

El vendaval de la revolución, que desperdigó a su capricho a los hombres por la faz de la tierra, mandó a los Karol a Francia en julio de 1919. Así comienza la cuarta y última parte de la novela. Acaba de terminar la I Guerra Mundial, Elena tiene diecisiete años y está feliz de regresar a su amada París: la niña se había transformado en joven mujer. Un mundo se había desmoronado, arrastrando a innumerables personas a la muerte, pero de eso Elena no se acordaba, o más bien un feroz egoísmo lo velaba en su interior: rechazaba los recuerdos fúnebres con la implacable dureza de la juventud; sólo le quedaba la conciencia de su fuerza, su edad, su poder embriagador. Una salvaje excitación fue apoderándose de ella. ¡Quién le iba a decir a Irène Némirovsky que en la siguiente guerra mundial ella moriría a la edad de treinta y nueve años en un campo de concentración sólamnente por ser judía!

Y como se siente joven, fuerte y capaz de seducir a un hombre comienza su acercamiento a Max, no ha olvidado su venganza aunque la culpa no la abandona: en el fondo no soy mejor que ellos. Estos sentimientos encontrados vivirán en su interior mientras ejecuta su plan. No queda claro tampoco si Elena se enamora de alguna manera de Max o sólo es venganza, hay momentos en que parece que sí lo ama o por lo menos lo necesita. Todo es confuso, ¿no creéis? Claramente, Max cae rendido a sus pies y a su juventud (la hija que sustituye a la madre, la misma sangre), su relación con Bella está acabada, ésta además está haciéndose mayor y, aunque intenta patéticamente ocultarlo con afeites de todo tipo, su decadencia es un hecho que ella lleva muy mal así como la distancia de Max. Se pasa el día llorando y suplicando y Max no la aguanta. Pero no la deja, hay todavía apego a ella (el sangrante, agonizante amor que seguía existiendo entre Max y su vieja amante), a pesar de las numerosas discusiones, y además, muerta su adorada madre, no tiene a nadie, sólo a los Karol a los que se aferra y a su nuevo amor por Elena. En su seducción, Elena avanza y retrocede, duda, siente culpa o una exaltación llena de odio a partes iguales (me he pasado la vida luchando contra una sangre odiosa, pero la llevo dentro). Y a Elena lo que más le importa es mantener su fuerza ganada a pulso: deseo ser más fuerte que yo misma, quiero vencerme a mí misma…  Y cuando el poco amor que recibe, de Fred, de su padre, le falla, su fuerza se tambalea y entonces sólo le queda el odio o el juego de la seducción. Algo importante que señalar es que Bella no se enterará nunca de la relación de los dos jóvenes. Sospecha que Max tiene una amante pero nunca sabrá que es su propia hija así que, a mi parecer, la venganza no es completa. Elena nunca le dirá a su madre lo que está ocurriendo: cuando vea que el juego ha llegado demasiado lejos, me retiraré… Pero no antes de haberla hecho sufrir, al menos un poco. Nunca será tanto como yo sufrí por su culpa… Sólo un poco… En medio de sus dudas por lo que está haciendo comienza a surgir una nueva idea en Elena: si pudiera creo que esta misma noche me iría. En el fondo, es lo único que deseo. Marcharme a cualquier rincón de la tierra donde no volviera a ver ni a mi madre ni esta casa, donde no volviera a oír las palabras “dinero” y “amor”.

Finalmente, Elena se niega a casarse con un Max que le suplica muerto de amor: nunca podré olvidar. Jamás sería feliz contigo. Me gustaría vivir junto a un hombre que no hubiera conocido a mi madre, ni mi casa, que ni siquiera conociera mi lengua ni mi país, que me llevara lejos, me da igual dónde, al infierno, lejos de aquí. Contigo sería desdichada aunque te amara. Pero no te quiero. Éste se marchará a Londres donde vive su hermana y comenzará una nueva vida casándose con otra mujer. Pasa el tiempo, dos años, que Elena siempre recordará como un torrente de aguas densas e impetuosas. En ese tiempo había madurado, envejecido, pero sus movimientos seguían siendo bruscos y torpes, su tez, pálida, y sus brazos, delgados y frágiles. Bella se entregará a lo único que le queda: los amantes, gigolós, por dinero. No puede vivir sin amor, sin hombres, sin peligro: no puedo cambiar mi cuerpo, apagar el fuego que arde en mi sangre […] La sensación de peligro, que era lo único que la satisfacía […] ¿Crees que hay alguien en el mundo que pueda vivir sin amor?

Mientras tanto, Boris, que se ha reunido con ellos en París, parecía consumido por un fuego interior. Está muy desmejorado y aunque sigue ganando dinero a raudales se entrega al juego aún más, al alcohol y a las fiestas con mujeres en una carrera autodestructiva que le llevará, con el tiempo, a la muerte después de arruinarse completamente. La familia ha estallado por los aires, no queda nada e incluso Elena echa de menos aquellos tiempos en los que había tenido algo parecido a un hogar, a una familia. Y se siente culpable: soy yo, yo, la artífice de esto. Tenía a Max… Habría sido mío hasta la muerte… Quise cambiar el curso de nuestras vidas, como un niño que intenta detener un torrente con sus débiles manos, y aquí está el resultado. Este armenio gordo, este hombre pálido y agotado y esta vieja arpía – se decía, mirando a su madre con un sentimiento en que ya no había odio, sino una especie de horror ante aquel rostro devastado, abotargado, embadurnado, con el hilo escarlata de los finos labios, aquel rostro donde tantas arrugas, tantos surcos dejados por las lágrimas, eran obra suya, pensaba con piedad, pavor y remordimiento. Pero enseguida se decía, desesperada -: Todo el mundo vive así…

Muerto su padre, la idea de Elena de marcharse cobra un mayor sentido: ¿Para qué voy a quedarme? ¿Qué me retiene ahora que el pobre ha muerto? Tengo veintiún años. Mi padre era mucho más joven cuando se marchó de casa. Supo ganarse la vida muy bien. Tenía quince años. Me lo contó muchas veces. Yo soy una mujer, pero soy valiente. Y, Elena, sin saber siquiera adónde ir, abandona su casa con una maleta y su gato: por primera vez, las lágrimas, gruesas y abundantes, resbalaron por su cara. Estaba sola. Con la lluvia, los Campos Elíseos habían quedado desiertos. Poco a poco, iba entrando en calor; la sangre empezaba a correr por sus venas más deprisa, con mayor alegría […] Jamás habría abandonado a mi padre. Pero ahora está muerto, descansa tranquilo, y yo soy libre, libre, me he librado de mi casa, mi infancia, mi madre, todo lo que odiaba, todo lo que me oprimía el corazón. Lo he arrojado lejos, soy libre. Trabajaré. Soy joven y estoy sana. No temo a la vida. La venganza, a medias cometida, ya no tiene importancia porque Elena ha encontrado su camino, su liberación.

Plazos
Ya terminada esta extraordinaria novela es vuestro turno de comentarla, tanto esta segunda parte como toda ella en su totalidad. Disponéis de una semana para ello. Espero con muchas ganas vuestros comentarios que ¡tienen que ser muchos!🙂 Venga, ánimo, sobre todo a los que todavía no os habéis pronunciado. A mí me ha dejado un poso amargo esta lectura pero, a la vez, he aprendido mucho con ella, de la vida, del ser humano, de los sentimientos de todo tipo que le mueven… Y he disfrutado enormemente de la prosa poderosísima de esta gran autora.

Su temida y odiada madre

5 Feb

Palacio de invierno. San Petersburgo. Foto en flickr por Little Sadie. Algunos derechos reservados.

Para empezar situémonos en el tiempo y en el espacio. La primera parte de El vino de la soledad se desarrolla en Ucrania donde Elena vive desde los ocho a los doce años, entre 1910 y 1914, año del comienzo de la I Guerra Mundial. La segunda parte arranca con el traslado de la familia a San Petersburgo donde vivirán hasta el inicio de la Revolución Rusa de 1917 cuando Elena ya tiene quince años.

Boris y Bella Karol viven en una aletargada ciudad de provincias perdida en lo profundo de Rusia con los padres de Bella, los Safronov, y Elena, su única hija. La profesión de Boris, gerente de una fábrica de tejidos, les permite llevar una vida acomodada. Boris ha salvado de la miseria a los Safronov, una familia aristócrata que ha dilapidado su fortuna. El matrimonio de Bella ha sido claramente de conveniencia. Ésta no quiere a su marido y únicamente le ha dado una hija para contentarle. Boris, sin embargo, ama a su mujer pero se pasa casi todo el tiempo fuera y, cuando está en casa, las peleas se suceden. Boris además es débil, cede para evitar los problemas. Elena crece con el único amor de su institutriz, mademoiselle Rose. Odia a su madre, adora a su padre que tampoco parece quererla mucho (estoy de acuerdo con vosotros en lo del complejo de Edipo que sufre), siente algo de aprecio por su abuelo y no soporta mucho a su quejosa y triste abuela. Elena es víctima y, a la vez, observadora de la triste vida familiar que lleva.

A través de una cena familiar la autora nos presenta a la familia y a sus circunstancias. La narración está frecuentemente salpicada de hermosísimas descripciones de la naturaleza o el tiempo como la primera con la que arranca la novela. Bella se aburre mortalmente y se resiste a tener un amante, solución tomada por todas las mujeres casadas de la época, ella lo que quiere es ¡estar sola, ser libre! Pasear por las calles de París mientras hombres desconocidos la siguen y la abordan: eso al menos era apasionante, peligroso, excitante… Estrechar en sus brazos a un hombre del que no sabía ni el nombre ni la procedencia, que nunca volvería a verla: era lo único que le provocaba aquel intenso estremecimiento al que aspiraba. La autora pisa fuerte, no elude la verdad por muy dura que sea. Incluyo este párrafo sobre Bella para ver si podemos entenderla. Es el personaje que más rechazo nos puede provocar, con razón. A los ojos de la niña es toda defectos pero, de tanto en vez (no sé si lo habéis apreciado), hay una cierta justificación de su proceder como cuando se nos habla de sus anhelos y de sus orígenes familiares, ¿no os parece?: nunca he sido feliz. Que me dejen divertirme ahora, no hago daño a nadie. Y sobre todo: pensar que su temida y odiada madre había sido una niña como todas las demás e incluso que también tenía derecho a reprocharles algo a sus padres, introducía demasiados matices en el sumario y radical retrato que Elena había ido esbozando laboriosamente en su fuero interno. Elena no quiere saber, no quiere, quizá, entender. Pero, a la vez, hay una explicación sutil de dónde puede proceder todo.

Elena no es cariñosa con nadie, no le gustan las demostraciones de afecto y cuando recibe alguna, pocas, se siente mal (en sus raros momentos de maternal ternura, cuando estrechaba a Elena contra su pecho, sus uñas siempre arañaban la cara o el brazo desnudo de su hija). Desdeña el cariño y le gusta que la institutriz, comedida y sensata, sea parca en esas demostraciones (era ordenada, exacta, meticulosa, francesa hasta la médula, algo distante y burlona. Nada de palabras altisonantes. Pocos besos. “¿Qué si te quiero? Claro, cuando te portas bien”). A la niña le llega con saber que la quiere y que se lo diga de vez en cuando, pero con su padre todo es diferente: los únicos besos que Elena aceptaba y devolvía con gusto eran los paternos. Su sangre y su alma, su fuerza y su debilidad, sólo se sentían fraternas y cercanas con él, que inclinaba hacia la niña su pelo gris plateado con reflejos verdosos por la luz de la luna, su rostro todavía joven pero arrugado, fruncido por la atención, sus ojos, tan pronto profundos y tristes como iluminados por el brillo de un malicioso regocijo… Lo primero deciros que me rindo ante la prosa de Némirovsky, ¡es brillante! (os transcribiría decenas de párrafos), y lo segundo es una teoría que he elaborado mientras leía el libro sobre que quizás lo que salvó a Elena-Irène fue ese amor incondicional por su padre, ese Edipo, independientemente de que el padre no la correspondiera. Quizá toda su fuerza y valor vengan de ese amor que la salva de todo lo demás. ¿Qué opináis? Pero también viene de su soledad cuando se encierra en su habitación con sus juegos de guerra (de niño, curioso), sus libros y su entrega al mundo de los sueños donde se cura de todo lo malo bajo los cuidados siempre atentos de su mademoiselle que nunca la abandona.

Boris pierde el trabajo por culpa de su mujer. El director sabe que ella lleva una vida de lujo por encima de sus posibilidades y piensa que él puede acabar robando dinero para mantener ese tren de vida. Y por esa razón le despide. Mientras los oye discutir, Elena juega a la guerra con sus soldados y eso la hace fuerte (lo que más le interesaba era su fortaleza). Escapa a los gritos de sus padres a través de un sueño de sangre y gloria. La niña aprende pronto a defenderse de todo lo hostil que le rodea. Ese despido será el principio de la fortuna que amasará Boris que se marcha a Siberia, como gerente de unas minas de oro, y con el tiempo se hará inmensamente rico. En su ausencia, Bella se lanzará al desenfreno, siempre fuera de casa, siempre seduciendo a otros hombres. Elena crecerá solo con la compañía, indispensable, de Rose. E insisto: se hará fuerte: gracias a mademoiselle Rose, la niña, que se había acostado con el telón de fondo de un estrépito de gritos, discusiones y platos que estallaban en pedazos, podía oír con indiferencia aquella lejana tempestad como quien oye el viento en una casa caldeada con las ventanas cerradas, sabiendo que tenía un refugio al lado de aquella tranquila joven que cosía junto a la lámpara. Con la ausencia de su padre, Elena soporta peor la vida en familia y llora a menudo: durante mucho tiempo, la carne tuvo para Elena un regusto a sal y el pan estuvo empapado de amargura. Elena compara su vida con la de otras familias más felices y siente, a la vez, envidia y desprecio. Siempre se está defendiendo, luchando: su forma de ser no le permitía rendirse a una desesperación inútil.

Elena crece sola, asustada, triste, con terror a perder a la única persona que la quiere (No regresará. Un día se irá y no volverá) pero eso, a la vez, la hace fuerte, sobre todo el silencio y la soledad: a los diez años empezó a hallar un encanto melancólico en aquella soledad dominical. Le gustaba el extraordinario silencio de aquellas largas jornadas. Y el odio a su madre va creciendo: su corazón albergaba un extraño odio hacia su madre, odio que parecía crecer con ella, que como el amor tenía mil motivos y ninguno, y como el amor podía decir: “Porque era ella, porque era yo”. ¿Cómo entendéis esta última frase? Me parece un enigma. Aquí podemos introducir también lo que algunos habéis remarcado: la atípica relación madre-hija, el tema principal de esta novela, llena de matices, silencios, renuncias, tristeza.

A pesar de todo su sufrimiento, Elena es una niña, ya de diez años, y disfruta con el juego; sobre todo corriendo se sentía libre, contenta, fuerte. Está viva: sentía la dura y amarga alegría de estar viva con una especie de embriagadora plenitud. Observad la adjetivación de “alegría”, aparentemente contraria a su significado: “dura”, “amarga”. Como la vida de Elena: una niña que juega, se ríe, corre pero, a la vez, es muy desgraciada. Y mientras juega y corre descubre a chicas más mayores que se entregan al juego del amor y el sexo. Esto, en una edad que se acerca a la frontera entre la niña y la mujer, le produce, al mismo tiempo, curiosidad y rechazo (una oscura sensación de asco, vergüenza y atracción). ¿Qué sabe ella del amor? Su modelo son unos padres que discuten, una madre que no ama a su padre y tiene amantes, ella lo sabe bien (la escena de la camisa rasgada). El amor colocado en un lugar erróneo. Por eso no puede envidiar ni entender a esas chicas y, entonces, como oposición, se sumerge, se reboza, en la naturaleza: ¡Uf! ¡Qué horror! Volvió la cabeza y la hundió en la hierba, que se mecía suavemente, porque con el atardecer se había levantado viento. Olía al cercano río y los juncos, a la cañas que lo rodeaban. Roza la perfección cómo la autora describe esa contradicción que una niña tan desgraciada vive respecto a lo que significa hacerse mujer con el modelo de una frívola e infiel madre incapaz de amar.

En sus viajes todos los años a París, Elena es feliz. Aunque su madre se aloja en un gran hotel y manda a la niña con su institutriz a una mísera pensión, ella disfruta enormemente de la ciudad y estando en ella y viendo a otros niños, muy diferentes a ella, jugando felices en la calle, quiere ser como ellos, quiere ser otra. Ha pasado el tiempo, ya tiene doce años, es el invierno anterior a la I Guerra Mundial, está en Niza y llega su padre que se las va a llevar a vivir a San Petersburgo: de repente experimentó un sentimiento de amor por él que le colmó el corazón de una alegría casi dolorosa, intensa hasta la angustia. Pero a su padre, ya rico, sólo le interesa el dinero: la mecánica de la ganancia, los negocios, y su hija era una niña inocente que lo miraba con adoración. Y también el juego. La lleva con él al casino de Montecarlo, la deja fuera, se olvida de ella horas mientras Elena se dedica a observar, mientras espera, a toda la gente que la rodea imaginándose sus vidas: la incipiente escritora hace su aparición.

La segunda parte comienza en el otoño de 1914 cuando Elena y mademoiselle Rose llegan a San Petersburgo. Una nueva vida en una nueva ciudad. Elena se ha convertido en una niña reservada que ha aprendido a ejercer el disimulo: habría preferido morir a dejar traslucir sus sentimientos. No le gusta la ciudad, tiene un presentimiento de desgracia. ¡Es tan diferente a París! Y su amada París está en guerra, y Rose está muy triste pensando en qué será de su país y su familia y, además, nadie las viene a buscar a la estación: una oleada de dolor y hiel le inundaba el alma, ascendiendo de las profundidades de su ser, de un región de sí misma que ni ella conocía. Al llegar a la casa se encuentra con la sorpresa de que allí vive su primo Max Safronov, un joven de veinticuatro años, rico, que se ha convertido en el amante de su madre: Elena se marchó, preguntándose con angustia qué le traería aquel desconocido, si felicidad o desgracia, porque ya sabía que en adelante sería el verdadero dueño de su vida. Elena que, de alguna manera, siempre se ha sentido mayor a su edad siente que ha envejecido de golpe: qué vieja se puede ser a los doce años… – Súbitamente, se sintió ávida de soledad total, de silencio, de una amarga melancolía con la que alimentar su alma hasta saturarla de odio y tristeza. El odio, siempre el odio que la configurará hasta llegar a la venganza.

A partir de este momento se acelera la acción. Estamos ya en 1915. Europa está en guerra pero nadie de la familia, excepto Elena y Rose, piensa en ella, sólo les importa el dinero y la abundancia en la que viven. Su padre nunca está en casa, su madre o esta fuera o se encierra en el salón con Max, ella no tiene amigas… y sólo piensa en ser la mujer más hermosa del mundo: Dios mío, haz que todos los hombres se enamoren de mí cuando sea mayor (¿Cómo su madre?). Cuando su padre está en casa con amigos tan ricos como él sólo hablan de dinero y de cómo pueden conseguir más y más. De nuevo, otro salto en el tiempo, la revolución de 1917 se acerca pero nadie parece darse cuenta, no se la toman en serio ni cuando comienza a haber graves disturbios. Mademoiselle Rose ha envejecido, está como ausente, murmura frases ininteligibles, hace tres años que no sabe nada de su familia. Las dos se refugian en las iglesias donde Elena se siente tranquila, no tiene miedo a nada, se logra olvidar de esa ciudad fétida que odia. En casa se aburre, ya tiene catorce años pero la siguen vistiendo como a una niña. Tiene pensamientos de adulta: todas las casas están habitadas por mujeres adúlteras, niños infelices y hombres atareados que sólo piensan en el dinero.

Los acontecimientos se van a precipitar hacia el abismo cuando Elena, que siente que nadie le presta atención (ellos no la veían, pero para ella también eran irreales, seres lejanos medio envueltos en la bruma, vanas e inconsistentes sombras carentes de sangre y sustancia. Vivía lejos de ellos, aparte, en un mundo imaginario del que era dueña y señora), se alivia escribiendo en los márgenes de los libros todo lo que piensa de su familia. La escritura como acto de liberación, algo que ya no la abandonará a Elena-Irène. Pero, se equivoca, y Bella le arrebata el libro. Al leer lo escrito la insulta con inusitada dureza e infinita crueldad: la cara de su madre, crispada por la ira, se acercó a la suya. Vio brillar aquellos ojos que odiaba, dilatados por la cólera y el miedo. Hay que buscar una cabeza de turco y, claro, ¿quién va a ser la culpable sino mademoiselle Rose que ha sido quien la ha educado? Deciden despedirla. Elena sucumbe ante lo que más ha temido en toda su vida: perder a la única persona que la quiere. Y recurre al padre pero éste también la rechaza y Elena se dio cuenta de que su padre no deseaba saber nada, que quería seguir amando a aquella mujer y aquella caricatura de hogar, y conservar la única ilusión que le quedaba en la vida. Aunque Elena, ya mayor, sufre más por su institutriz porque sabe que no podrá vivir sin la niña a la que ha educado y amado, que no tiene a nadie más en el mundo, que morirá si la separan de ella.

En una última escena sobrecogedora, perdidas en la niebla de la ciudad hostil, mademoiselle se esfumará mientras habla sola delirando hacia el abismo, hacia la nada. Elena aterrorizada la buscará en vano y por un momento siente deseos de tirarse a los canales pero sabía que no era cierto. Cuanto veía en ese momento, cuanto experimentaba, su misma desdicha, su soledad, y aquellas aguas negras, aquellas llamitas de farol agitadas por el viento, todo, incluso su desesperación, la impulsaban hacia la vida […] No, no podrán conmigo. Soy valiente… Mademoiselle Rose muere. Ellos se van a marchar dos días después a Finlandia huyendo de la Revolución. Elena se ha hecho fuerte, muy fuerte. Todo, su familia, su vida, la guerra, la muerte, el horror, el odio, la soledad, todo ello le ha convertido en una mujer valiente: ¿acaso soy una niña pequeña? ¿Me asusta la muerte, la desgracia? ¿Me asusta la soledad? No. No pediré ayuda a nadie, y menos a ellos. No los necesito. ¡Soy más fuerte que los dos juntos! ¡No me verán llorar! ¡No son dignos de ayudarme! Nunca volveré a pronunciar su nombre… ¡No son dignos de oírlo! Sobrecogedor. Fuerte. Duro. Todo en este libro lo es.

Plazos
Disponéis de una semana larga para comentar esta primera parte. Mientras, seguiremos leyendo desde la Tercera parte, pág. 117, hasta el final de la novela. Espero que sean numerosos los comentarios. ¡Hay tanto que comentar! Los personajes, los temas fundamentales que toca, la situación histórica y social, el estilo, la verdad y el valor que contiene la prosa poderosa de Irène Némirovsky…

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